5.4 Multivariate sampling and behavioural analyses
5.4.3 Results and discussions
Toda consigna lanzada por el partido al pueblo está destinada a petrificarse en letra muerta: con todo sigue siendo válida para muchos, incluso después de haber cambiado las condiciones que la hicieron necesaria.
Lenin, “Las valiosas declaraciones de Pitirin Sorokin”, Obras
completas, t. xxx, p. 33.
En la etapa democrático-burguesa de la revolución, el gobierno provisional prometió realizar una Asamblea Constituyente que debería aprobar una serie de importantes reformas económico-sociales. Los bolcheviques apoyaban la constitución de tal asamblea, pues creían que en una república burguesa tal institución es la forma superior de la democracia y porque, al crear el Anteparlamento, la república imperialista, con Kerensky a la cabeza, preparaba una falsificación de las elecciones y numerosas infracciones de la democracia.1
Sin embargo, pese a que esta consigna prendió fácilmente en las grandes masas, durante el gobierno provisional esta asamblea fue sistemáticamente postergada, nunca llegó a inaugurarse y todas las importantes cuestiones de las reformas quedaron pendientes. Consumada la revolución socialista de octubre, quedó superada la etapa burguesa de la revolución y, con ésta, sus formas más típicas de funcionamiento. Así lo ha planteado Lenin:
Para el tránsito del régimen burgués al socialista, para la dictadura del proletariado, la República de los Soviets (de diputados obreros, soldados y campesinos) no es sólo la forma de tipo más elevado de las instituciones democráticas (comparada con la república burguesa ordinaria, coronada por una Asamblea Constituyente), sino la única forma capaz de asegurar el tránsito menos doloroso posible al socialismo2
Esta es una de las innumerables manifestaciones de la flexibilidad leninista. La consigna que representa una reivindicación avanzada para un periodo, deja de serlo para una etapa subsiguiente y, por tanto, debe ser desechada. No hay en el leninismo dificultades para deshacerse de consignas circunstanciales. Además, Lenin comprendía muy bien que los bolcheviques no estaban en condiciones de controlar la Asamblea Constituyente. Ellos tomaron el poder, teniendo a su lado a la mayor parte de la clase de vanguardia, el proletariado urbano. Este predominio bolchevique se reflejaba en los soviets. Pero no tenían aún el apoyo incondicional, vale decir, conscientemente prosocialista, de la mayoría de la población para poner en marcha el programa revolucionario. Lenin confiaba en que ese apoyo se ganaría con el poder en las manos, utilizándolo. Por esto, era sumamente arriesgado someter el poder revolucionario -recién conquistado- al juicio de una asamblea, donde la vanguardia no tenía cómo garantizar su ascendencia. De todos modos los bolcheviques no tuvieron fuerza para impedir la realización de las elecciones a la Asamblea Constituyente. Éstas se efectuaron el 25 de noviembre (es decir, 15 días después de la toma del poder, en la fecha anteriormente estipulada’). Los bolcheviques obtuvieron el
1 “Tesis sobre la Asamblea Constituyente”, Obras escogidas, t. II, p. 527. 2 Loc. cit.
25% de la votación nacional aunque fueran una amplia mayoría en Petrogrado y Moscú. Pero la primera mayoría cupo al partido socialista-revolucionario con cerca del 48%.
La convocatoria de la elección fue, sin embargo, en base a las listas que habían sido presentadas antes de la victoria de la revolución de octubre. De esta manera, “la representación proporcional no manifiesta fielmente la voluntad del pueblo” en las nuevas circunstancias. Como ejemplo, Lenin cita el caso del partido mayoritario, el socialrevolucionario, que habiendo presentado listas únicas a la asamblea, posteriormente se escindió en función de las nuevas condiciones, provocadas por el triunfo de la revolución.
Por consiguiente, el agrupamiento de las fuerzas de clase que se hallan en lucha en Rusia en noviembre y en diciembre de 1917 difiere por principio, en la práctica, del que pudo hallar su expresión en las listas de candidatos presentados por los partidos para las elecciones a la Asamblea Constituyente a mediados de octubre de 1917.3
Finalmente. Lenin esgrimía un último argumento: el comienzo de las acciones contrarrevolucionarias conducía a la guerra civil, elevando la lucha de clases a niveles más agudos e imposibilitando la solución de esta lucha por medio de “un camino democrático formal”. En consecuencia, se haría imperativa la necesidad del ejercicio de la dictadura del proletariado -en alianza con el campesinado pobre-, cuya expresión más auténtica era el poder de los soviets. “Intentar atar, de cualquier manera que sea, las manos del poder de los soviets en esta lucha, sería hacerse cómplice de la contrarrevolución”.” En base a toda esta irrebatible argumentación, el gobierno soviético emite un decreto disolviendo la Asamblea Constituyente en enero de 1918. Esta asamblea sólo una vez llegó a sesionar, y fue boicoteada por los representantes bolcheviques que se retiraron de la sesión. Después de su partida en el salón se fueron disipando, hasta la madrugada, los ecos de las estériles discusiones entre mencheviques y eseristas, como un preludio de su derrota final. Sin embargo, es importante destacar que pese a que los bolcheviques desecharon, con tamaña audacia, esta asamblea, la expresión más elaborada del democratismo burgués, no dejaron de promover las asambleas representativas, que son una expresión de democracia. Los primeros años de existencia del poder soviético, constituyen sin duda, por la gran cantidad de estos eventos, una inusitada demostración de democracia proletaria.
3Ibid.,pp. 528-29.
Sería excesivo enumerar aquí las múltiples conferencias, congresos, asambleas de varias clases y sectores de clase, del partido, del gobierno, etcétera, que tuvieron lugar en la Rusia Soviética, y es preciso señalar que estos actos permitían al pueblo participar, por medio de sus representantes, en decisiones más o menos importantes para la construcción de la nueva sociedad.
Una de las características del régimen soviético, particularmente hasta 1920, es la coexistencia de una amplia participación popular al lado de una acentuada centralización del poder en manos del partido, cuyos dirigentes eran también gobernantes. En la medida en que todas las agrupaciones políticas fueron sucesivamente pasando a la oposición y a la contrarrevolución, el partido bolchevique (que adopta el nombre de Partido Comunista) en su VII Congreso, en marzo de 1918, se convierte en partido único. El mono partidismo fue un resultado de la lucha de clases en la primera república socialista, sin que jamás hubiera sido una cuestión de principios.
De hecho, si bien los marxistas, y Lenin en particular, siempre habían tenido la concepción de un poder centralizado, las propias circunstancias -provocadas por la necesidad de trabar una durísima lucha contra la reacción contrarrevolucionaria- explican, en última instancia, el carácter progresivamente centralizado que fue adquiriendo el ejercicio del poder en el país de los soviets.
De todos modos, como decía Lenin en su réplica al renegado Kautsky, quien criticaba el carácter dictatorial del Estado soviético:
La democracia proletaria es un millón de veces más democrática que cualquier democracia burguesa. El poder soviético es un millón de veces más democrático que la más democrática de las repúblicas burguesas[.. .] Esto sólo podía escapársele a un hombre incapaz de plantear la cuestión desde el punto de vista de las clases oprimidas: ¿Hay un sólo país del mundo, entre los países burgueses más democráticos, donde el obrero medio, de la masa, el bracero medio de la masa, o el semiproletariado del campo en general (es decir, el hombre de la masa oprimida, de la inmensa mayoría de la población), goce, aunque sea aproximadamente, de la libertad de celebrar sus reuniones en los mejores edificios; de la libertad de disponer de las mayores imprentas y las mejores reservas de papel para expresar sus ideas y defender sus intereses; de la libertad de enviar a hombres de su clase al gobierno y “organizar” el Estado, como sucede en la Rusia. soviética?5
5"La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, Ibid., t. III, pp. 79-80.