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Results for Method 2: Height Map-based Point Cloud Alignment

5 Results and Analysis

5.2 Results for Method 2: Height Map-based Point Cloud Alignment

La rama estructuralista dentro de la lingüística surge de los juicios de Saussure (1857-1913), las cuales son postuladas en su Curso de Lingüística General, obra publicada por sus alumnos de la Universidad de Ginebra, ellos fueron Charles Bally y Albert Sechehaye, en el año 1916, trabajo que fue realizado a nombre de su maestro. Saussure postula novedades con estos cursos, ya que desatiende las premisas de la Gramática comparada e histórica en la que se desarrolló como

estudioso; además que en su obra se destaca su preocupación por fijar con claridad y precisión el objeto de la Lingüística, por redefinir los conceptos lingüísticos ya establecidos; y, por crear novedades, los cuales estén aptos para representar una posible renovada perspectiva que él le pretende imprimir a esta ciencia. Así, la clara idea de Saussure por cimentar epistemológicamente su innovadora propuesta teórica define el desarrollo de todo el Curso (Nafría, 2005).

En vista de que el lenguaje es un fenómeno complejo, el cual está conformado por elementos de diversa índole, se hace imprescindible hallar un punto específico de estudio, el cual brinde la posibilidad de ser analizado desde categorías y con metodologías propiamente lingüísticas; por lo tanto, Saussure plantea que dicho

objetivo para analizar esa la lengua, y no el habla, a pesar de ser ambas partes constitutivas del lenguaje. Así, la capacidad y el uso del lenguaje vendría a ser una facultad inherente del ser humano, del que se desprende como una consecuencia social a lo que denominamos lengua, la cual dota a la persona para poner en práctica el ejercicio de esa facultad. En consecuencia, es el mismo Saussure (1915) quien en su Curso de lingüística general, define:

El lenguaje es multiforme y heteróclito; a caballo en diferentes dominios, a la vez físico, fisiológico y psíquico; pertenece además al dominio individual y al dominio social; no se deja clasificar en ninguna de las categorías de los hechos humanos (...). La lengua, por el contrario, es una totalidad en sí y un principio de clasificación (p. 51).

Según Ferdinand de Saussure, la facultad del lenguaje es una concesión que nos brinda la naturaleza de forma innata; en cambio la lengua es adquirida a través del desarrollo y es el producto de una convención social. Por lo tanto, no es natural al hombre el lenguaje hablado, sino la facultad que posee de constituir una lengua, un sistema de signos distintos que se corresponden con ideas distintas; por lo que la clase de signos gráficos que se utilicen es irrelevante en el complejo proceso del lenguaje. Aunque debemos aseverar que no poseemos la aptitud para emitir un mensaje lingüístico sin la intercesión de un instrumento, el que no es otro que la lengua, motivo primordial por la que Saussure la sopesa como un medio preferente entre todos los aspectos del lenguaje; y esta se encuentra instalada en la mente de cada individuo.

Según Gorky, en su obra Pensamiento y lenguaje, es en el cerebro donde están asociados los conceptos con imágenes acústicas; es decir, son los significantes que sirven para expresar esos conceptos, postura que corresponde a la idea de signo lingüístico de Saussure. Por lo tanto, ambas vertientes son psíquicas; en otras palabras, están en la mente y conforman el sistema de la lengua, lo que conocemos como el código o el idioma. Sin embargo, se hace preciso agregar una facultad de asociación y de coordinación entre los signos, según Saussure (1915) «Esta facultad es la que desempeña el primer papel en la organización de la lengua como sistema» (p. 56).

Así Saussure (1915) quien establece la diferencia entre lenguaje y lengua, también se encarga de distinguir a esta del habla «La lengua es el producto que el individuo registra pasivamente: nunca supone premeditación y la reflexión no interviene en ella más que para la actividad de clasificar. El habla, por el contrario, es un acto de voluntad e inteligencia» (p. 57); por lo tanto, el hablante utiliza todos los signos posibles del código que conoce para expresar sus ideas y las exterioriza a través de un acto psicofísico. Así, la lengua, conocida también como el código o idioma, es social porque es el producto de una convención, un pacto entre los hablantes de una determinada comunidad lingüística (ejemplo: los hablantes de español, inglés, alemán, etc.); mientras que el acto del habla es individual porque cada persona utiliza este conocimiento del código de una manera independiente y particular. En consecuencia, el conocimiento de la lengua se da a través del proceso de enseñanza-aprendizaje; ya que esta, como código, es un sistema de signos gramaticales que tienen su base en el cerebro del hablante.

Tal y como asevera Nafría (2005) para definir la desemejanza entre lengua y habla «Saussure utiliza ejemplos muy didácticos: la lengua es como una sinfonía, es la partitura de la misma tal y como está en nuestra mente; cómo se ejecuta y con qué instrumentos, esto ya sería el habla» (p. 66). No cabe duda, sin embargo, que lengua y habla, a pesar de ser dos elementos distintos del lenguaje humano, estos se

complementan de forma recíproca; por lo tanto, sin una lengua establecida, el acto del habla no sería inteligible; y sin el habla no existiría la lengua, pues tiene su origen en ella y es través de ella que cambia y evoluciona. Como ya lo

mencionamos, la lengua o idioma es psíquica porque tiene su base en la mente, en cambio el habla es psicofísica porque requiere de un proceso psicológico y cognitivo previo al acto físico propio de hablar; es decir utilizar los órganos del aparato

fonador.

De tal manera que la distinción que propone Saussure entre ambas; es decir, entre lengua y habla, lo conduce a ofrecer el surgimiento de dos ciencias lingüísticas: (1) la lingüística de la lengua, la cual se dedicará a la examinación de los elementos lingüísticos que se encuentran instalados de forma innata en nuestra mente, y (2) la lingüística del habla, entendiéndose a esta como entidad autónoma del lenguaje, el cual incorpora y comprende la indagación de la fonación, audición, etc. Uno y otro como elementos individuales de estudio dentro de la rama de la lingüística, tanto la lengua como el habla, se relacionan recíprocamente y son interdependientes la una de la otra, pero, a la vez, absolutamente distintos (Nafría, 2005).

Según Saussure (1915) el ser humano adquiere el conocimiento de su lengua materna oyendo a los otros miembros de su comunidad y después de estar expuesto

a diversas experiencias lingüísticas es que esta se instala en el cerebro, así: «La lengua es un conjunto de hábitos lingüísticos que permiten a un sujeto comprender y hacerse comprender» (p. 144). Consecuentemente, la mente es una tabla en blanco para Saussure, en la cual se irá escribiendo de acuerdo a la experiencia (entiéndase esto como una metáfora); por tanto, la adquisición del conocimiento de la lengua requiere necesariamente de un aprendizaje cooperativo, puesto que las frases o construcciones lingüísticas que oímos pronunciar a los demás se nos van grabando y forman parte de nuestra experiencia lingüística que se convertirán en nuestro

entendimiento de la lengua y su consecuente aplicación en el uso. Al respecto, Saussure (1915) establece que «hay, pues, interdependencia entre lengua y habla; aquella es a la vez el instrumento y el producto de esta» (p. 65).

Así, para Nafría (2005) la lengua es, según Saussure (1915) «una suma de acuñaciones depositadas en cada cerebro» (p. 65), la cual está presente en cada persona y es común a todos los integrantes de una misma comunidad lingüística. Aunque el dominio de esta se manifestará en distinto grado, ya que dependerá de la exposición o la experiencia lingüística a la que cada uno haya tenido acceso desde su nacimiento; es por esto que Saussure afirma que la lengua es un fruto social, comunitario y abstracto, en tanto que el habla es la exteriorización (entiéndase como pronunciación) unipersonal y concreta de esa lengua.

Saussure define la lengua a través de un ejemplo muy gráfico y Nafría (2005) lo dice «La compara con el juego del ajedrez, pues es un conjunto de piezas con unas reglas, es decir, con una gramática. Y no importa el material de que están hechas esas piezas, lo importante es que se diferencien entre ellas» (p. 67). Lo mismo pasa

con las diversas lenguas que existen, las que tienen reglas gramaticales propias y rasgos distintivos como la pronunciación (fonética y fonología) y otras

especificaciones que pueden cambiar una de otra, pero esto no afecta a su correcto funcionamiento.

Los fonemas son unidades mínimas que componen cada palabra y cada fonema es el resultado de múltiples impresiones acústicas que están constituidas por sonidos esenciales que se diferencian de otros (el mismo sonido pronunciado por distintos hablantes); esto es, todo fonema es un conjunto de rasgos lingüísticos puntuales que se encuentran registrados en nuestra memoria. Por lo tanto, para Nafría (2005) «las variaciones con que cada persona los pronuncia, es decir, los transforma en sonido, no impiden la comunicación» (pp. 67- 68), esto se debe a que el cerebro está dotado con la facultad de captar estos rasgos e identificar qué fonema se está pronunciando con características propias como el timbre de voz, tono, etc. Así, el cerebro cuenta con la potestad innata de distinguir los rasgos peculiares de los fonemas a través de la audición, el cual es un elemento externo propiciado por el sonido que se capta en la pronunciación.

Saussure (1915) concluye «en la lengua solo hay diferencias sin términos positivos (...), la lengua no comporta ni ideas ni sonidos preexistentes al sistema lingüístico, sino solamente diferencias conceptuales y diferencias fónicas resultantes de ese sistema» (p. 203). Por este motivo, la equivalencia lingüística de un signo puede variar sin que se afecte su significado y significante, tal y como sucede con la palabra «vos»; en consecuencia, la lengua es un sistema con desigualdades y

oposiciones de valores entre sus componentes, las que forman y caracterizan a cada signo de dicha lengua.

Para Nafría (2005) estas relaciones opuestas entre los signos de una lengua son de dos clases: sintagmáticas y asociativas. Las primeras se ejecutan en la frase hablada, las segundas se concretan en la mente; por lo que cada individuo posee en su mente los signos por grupos o categorías, los que están reunidos porque

comparten similitudes, como los adjetivos de gentilicios, los términos de parentesco, etc., o también porque comparten el mismo sufijo, como enseñanza, templanza, etc. Al respecto, Saussure (1915) afirma que «el espíritu capta la naturaleza de las relaciones que los atan en cada caso y crea con ellos tantas series asociativas como relaciones diversas haya» (p. 211). En consecuencia, en todas las lenguas hay muchas distinciones, pero, a la vez, todo se reduce también a agrupaciones.

Saussure postula que la lengua se ubica entre dos ejes: (1) el eje de las

simultaneidades o sincrónico, en el que los valores se determinan a través de sus vínculos existentes con los otros en un momento dado; y (2) el eje de las sucesiones o diacrónico, en el que los valores se fijan en función del tiempo. Así, para Nafría (2005) el estudio de las simultaneidades le corresponde a la Lingüística sincrónica; mientras que el estudio de las sucesiones le compete a la Lingüística diacrónica. Realizar el estudio de la lengua a través de ambas ramas de estudio es imposible, ya que los dos requieren métodos distintos. Asimismo también, la significación de cada signo solamente se captará al enfrentarlo de forma comparada con otros términos coexistentes; por lo tanto, es el mismo Saussure (1915) quien afirma que «El fenómeno sincrónico nada tiene en común con el diacrónico; el uno es una relación

entre elementos simultáneos; el otro, la sustitución de un elemento por otro en el tiempo, un suceso» (p. 162).

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