4 CHAPTER FOUR
4.2 Research Design
4.2.3 Risk Management Plan
Henry Rousso
Algunos hombres de negocios e industriales sentados en el banquillo del juicio de Núremberg bastaron para desacreditar a todas las élites económicas alemanas. ¿Acaso fueron todas culpables, tal como afirmó durante mucho tiempo una histo- riografía de inspiración marxista?
Como suele suceder, con la distancia y los progresos de la investigación, la historia se ha despojado de los esquemas sim- plistas y ha invalidado los tópicos de origen marxista que do- minaban los análisis realizados sobre esta cuestión.
El capitalismo alemán conoció un gran desarrollo desde el
reinado de Guillermo II, a finales del siglo XIX. La gran patronal
representaba una potencia considerable en la sociedad alemana, que perduró después de 1933, pues el capital industrial y finan- ciero constituía uno de los principales poderes de la «policracia» nazi, junto al partido, el ejército y la burocracia.
Por «gran capital» entendemos, generalmente, los principales accionistas y dirigentes de las empresas industriales, comercia- les y financieras más importantes. Entre ellas, 158 sociedades poseían un capital superior a 20 millones de Reichsmarks (RM) en 1927. Dichas empresas detentaban más del 46 por 100 del capital total de las sociedades anónimas, mientras que en nú- mero solo representaban el 1,3 por 100.
Las más importantes y, por consiguiente, las más influyen- tes eran el trust químico de IG Farben; Siemens y Allgemeine Elektrizitäts-Gesellschaft (AEG), en el sector de la construcción
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eléctrica; las Acerías Reunidas (Vereinigte Stahlwerke), así como Krupp y Hoesch, los grandes trusts siderúrgicos; grandes bancos, como Deutsche Bank, Discontogesellschaft, Dresdner Bank, etc.
La mayoría había alcanzado un nivel de concentración muy elevado, dando lugar a los Konzerne, grupos industriales de con- centración vertical (IG Farben controlaba toda su cadena de pro- ducción química, desde la fuente de energía hasta el mostrador de venta), y los cárteles, de concentración horizontal (los acuerdos entre las diferentes sociedades del cártel del acero les permitían controlar cerca del 80 por 100 de la producción interna).
Además de ser una potencia económica, la gran patronal cons- tituía también una potencia política debido al poder de sus orga- nizaciones profesionales. Tenía una doble vocación: por un lado, negociar con los sindicatos obreros (también muy influyentes, aunque divididos en varias tendencias) y, por otro, tratar cuestio- nes de política económica con el gobierno y la administración.
Era, por tanto, lógico que todo partido que aspirara al poder intentara ganarse los favores de estos grupos de presión que tuvieron gran peso en el destino de la República de Weimar; o, por lo menos, no contarlos entre sus enemigos acérrimos. Sin embargo, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP) parecía estar lejos de conseguirlo.
Dada su vocación «obrera», en sus inicios, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán no suscitaba el entusiasmo de los grandes industriales. El programa nazi en 25 puntos de 1920 pedía «la supresión de los ingresos no conseguidos por medio del trabajo y del esfuerzo, así como la liberación de la servidum- bre capitalista», es decir, la impuesta por el interés (punto 11), la confiscación de los beneficios de guerra (punto 12), la naciona- lización de los Konzerne (punto 13), la «participación» (sin más precisión) en los beneficios de las grandes empresas (punto 14), la entrega de grandes almacenes a la administración comunal y su alquiler a bajo precio a los pequeños comerciantes (punto 16), y una reforma agraria que contemplara expropiaciones a gran escala (punto 17).
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Finalmente, el último punto perfilaba un corporativismo bá- sico, puesto que recogía la creación de «cámaras profesionales»,
correas de transmisión de un «fuerte poder central»1. Ni a la
nacionalización de la economía ni a establecer un programa coherente, estas intenciones solo se dirigían a elementos tradi- cionales en el contexto de la crisis de principios de los años 20: los monopolios, los capitales especulativos y «apátridas», y los grandes propietarios agrícolas.
A este programa anticapitalista del partido nazi se sumaban las ideas confusas de su jefe en materia económica y social. ¿Consideraba Adolf Hitler que la economía era «algo de im- portancia secundaria», como proclamó en un discurso en sep- tiembre de 1922? Lo cierto es que en Mein Kampf no se hace mención a este tema, salvo para afirmar que un partido que estuviera dedicado por completo a la Weltanschauung y que se ocupara de problemas económicos correría el riesgo de desviar su energía de los asuntos políticos fundamentales.
Sin embargo, una vez en el poder, Hitler se mostró a menudo interesado por las cuestiones relativas a la economía del rearme o de las materias primas y desempeñó un papel directo en la elaboración del Plan de Cuatro Años.
No obstante, nunca fue un ferviente partidario de la propie- dad privada y, por tanto, del sistema capitalista tradicional, y apoyó sin cesar la primacía de la política sobre la economía. ¿Pero, entonces, por qué el mundo de los negocios decidió apo- yar a Hitler y a los nazis?
Es cierto que, en la Alemania de los años 20, los capitalistas se desvincularon progresivamente de la República de Weimar debido a las concesiones y a las ventajas que concedía a la clase obrera, y que les resultaban cada vez más difíciles de sopor- tar, sobre todo, en el contexto de la crisis política. Después se acercaron a Hitler y al partido nazi, ya que los partidos con-
1 Cf. el texto completo en Martin Broszat, L’État hitlérien. L’origine et l’évolution des
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servadores y nacionalistas tradicionales no respondían a sus aspiraciones.
Este cambio de orientación, que se sitúa entre 1923 y 1933, se explica no solo por el intenso conflicto existente entre la burguesía y la clase obrera, sino también por las profundas divergencias de las clases dirigentes: conflictos entre los pro- ductores agrícolas y los industriales, cuya alianza tradicional, que databa de la Alemania imperial (Sammlung) se había roto tras la Primera Guerra Mundial; choque entre las industrias pesadas cartelizadas, de tendencia proteccionista, y las indus- trias de transformación, partidarias de una mayor integración en el mercado mundial; y por último, conflictos de naturaleza política y social sobre la necesidad de establecer acuerdos con los sindicatos obreros.
No obstante, los archivos de la patronal alemana y del parti- do nazi desmienten tajantemente la tesis según la cual el gran capital aportó una ayuda progresiva e intensiva a Hitler antes de las elecciones de marzo de 1933, luego a fortiori, antes de su nominación al puesto de Canciller.
Dichos archivos ponen en entredicho tres cuestiones funda- mentales: la adhesión de los industriales al nazismo, la finan- ciación del NSDAP con dinero de la patronal y la creación de un grupo de presión prohitleriano en los últimos años de la
República de Weimar2.
A partir de 1926, el partido nazi se lanzó a la conquista de una cierta respetabilidad. Por razones de estrategia política, Adolf Hitler puso entre paréntesis los 25 puntos, pues se dirigía cada vez más a un público compuesto por dirigentes económicos. Así ocurrió durante la primera reunión en Essen, el 18 de junio, seguida por tres más en 1926 y en 1927, así como en sus viajes «triunfales» en el Ruhr en otoño de 1931, y aún más durante la reunión en el club industrial de Dusseldorf, el 27 de enero de
2 Cf. la obra fundamental de Henry A. Turner, German Big Business and the Rise of
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1932. No obstante, el resultado de estas reuniones fue global- mente mediocre. Se produjeron acercamientos y adhesiones al NSDAP, pero pocas entre los grandes capitalistas y aún menos entre las personalidades que podían influir de manera notable, en especial, en el seno de las poderosas federaciones profesio- nales. Dichas adhesiones se realizaban siempre a título indivi- dual, pues las grandes organizaciones nunca tomaron posición públicamente a favor de Hitler antes del año 1933.
Fritz Thyssen, fundador y principal accionista de las Acerías Reunidas, fue el más relevante de estos miembros. En enero de 1931 se unió al NSDAP por mediación de Göring, consecuencia lógica de sus posiciones ultranacionalistas. Además, había apo-
yado ya el golpe de Estado de Múnich3. Fue el único industrial
de gran envergadura que se comprometió sin reticencias con Hitler.
Otros capitalistas de menor importancia apoyaron al partido nazi, como es el caso de Emil Kirdof, industrial militarizado y re- accionario, apodado el «Bismarck del carbón», que se afilió al par- tido nazi en 1927, con ochenta años, y dimitió un año más tarde, escarmentado por las tesis anticapitalistas que seguían activas.
Friedrich Flick, magnate del Rhur sin grandes escrúpulos, que repartía subsidios a todos los partidos, incluido al Partido Social Demócrata (SPD), entabló amistad en 1932 con Hein- rich Himmler. Afiliado al NSDAP en 1937, formó parte de esos grandes industriales que llegaron a ser cómplices activos del Tercer Reich.
La presencia de los banqueros Emil Geog von Stauss y Kurt von Schroeder no evidenciaba una adhesión masiva por parte
3 Habiendo roto su vínculo con los nazis en 1939, se refugia en Suiza y después en
Francia, donde será entregado a los alemanes por el Gobierno de Vichy. En un artículo publicado en Estados Unidos realiza una confesión pública (I paid Hitler, Nueva York, 1941) en la que afirma haber entregado a Hitler 100.000 marcos de oro durante el golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923. H. A. Turner pone en duda esta afirmación, alegando pruebas, al igual que pone en duda el apoyo que Hugo Stinnes, otro magnate del Rhur, aportó al recién fundado NSDAP.
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de los medios financieros, sin embargo, fue por iniciativa de este último y en su mansión donde tuvo lugar el encuentro decisivo entre Adolf Hitler y Franz von Papen el 4 de enero de 1933, que tenía por objetivo crear un ministerio de coalición dirigido por Hitler. Este hecho explica el papel desmesurado que la historiografía clásica le atribuyó.
Se observaron, en cambio, numerosas adhesiones de ejecu- tivos y de jefes de pequeñas y medianas empresas, que mostra- ban mucha más antipatía hacia la socialdemocracia y hacia los sindicatos obreros que los grandes hombres de negocios y, por consiguiente, eran más receptivos a los discursos antimarxistas de los nazis.
Entre ellos se encontraban importantes dirigentes del Tercer Reich. Por ejemplo, Wilhelm Keppler, director de una pequeña empresa en Baden, afiliado en 1927, fundador del círculo que lleva su nombre y encargado de la propaganda en el mundo empresarial, llegó a ser en 1935 el asesor económico de Adolf Hitler. Albert Pietzsch, un pequeño empresario de Múnich, ocu- pó la presidencia de la Cámara económica nacional del Reich. Otto Wagner, que abandonó la dirección de una empresa de máquinas de coser para ser nombrado, en agosto de 1929, jefe del Estado Mayor de las SA, fue posteriormente ascendido a jefe de la sección económica del NSDAP.
A esta lista hay que añadir a Walther Funk, editorialista eco- nómico en el periódico financiero Berliner Börser-Zeitung, que fue ministro de la Economía del Reich desde 1937 a 1945.
No obstante, de todos esos nombres, incluido el de Fritz Thys- sen, ninguno tenía influencia o credibilidad suficientes para atraer a los grandes empresarios a la órbita del partido nazi. La única excepción relevante es Hjalmar Schacht, que fue sin lugar a dudas el más prestigioso de los «compañeros de viaje». Este financiero «mago» de Weimar, responsable de la espec- tacular recuperación monetaria de 1924 tras la hiperinflación, se unió a Hitler en septiembre de 1930, tras haber dimitido como presidente de la Reichsbank.
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A pesar de estas afiliaciones y de la propaganda activa de Göring, Schacht, Thyssen o del círculo Keppler, el partido nazi nunca recibió contribuciones considerables del mundo de los negocios.
Finalmente, la creación de un grupo de presión patronal pro nazi durante los últimos años de la República de Weimar, tam- bién se debe a la interpretación abusiva o a la simple y pura leyenda.
En otoño de 1932, antes de las elecciones cruciales de no- viembre, los nazis llevaron a cabo una violenta campaña anti- capitalista, populista y proagraria que incitó a un gran número de grandes industriales, tales como Krupp, Albert Vögler, el director de las Acerías Reunidas, Siemens y muchos otros, a in- tervenir directamente contra ellos. Así, durante una reunión en Berlín el 19 de octubre de 1932, acordaron la unión de todas las fuerzas nacionalistas y conservadoras, excluyendo al NSDAP, y el apoyo al canciller von Papen.
Según el historiador Henry A. Turner, esta política contri- buyó a hacer retroceder a los nazis, lo que benefició relativa- mente a sus adversarios de derecha. Este autor desmonta un cliché que siempre se ha propagado en la literatura sobre el nazismo: la carta que Schacht envió al presidente Hindenburg justo después de las elecciones de noviembre de 1932, solicitan- do, en nombre de grandes dirigentes del mundo empresarial, el nombramiento de Hitler al puesto de Canciller. Henry A. Turner revela, por el contrario, que «ningún nombre del gran capitalismo industrial y financiero concedió su firma», salvo el mismo Schacht, Thyssen y el banquero von Schroeder, los tres
conocidos desde hace mucho tiempo por su inclinación nazi4.
4 Numerosos autores franceses y de otros países siguen escribiendo que esta carta fue
«firmada por los grandes nombres de la industria alemana», entre los que se encontra- ban Krupp, Siemens, Reusch, Bosch, etc. El error proviene de una confusión entre la carta propiamente dicha, de la que H. A. Turner cita los diecinueve firmantes reales, y un borrador encontrado entre los documentos de von Schroeder, en el que figuran una
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En total, los grandes empresarios y financieros mostraron una actitud pasiva ante el nombramiento de Hitler. Aunque había divergencias, la mayoría era partidaria de terminar con el sistema parlamentario y favorecer la llegada de un régimen presidencial de carácter más autoritario. Pero sus preferencias y su dinero se dirigían de buena gana a los partidos conserva- dores y nacionalistas.
No debe menospreciarse su responsabilidad en el derrumba- miento de la República de Weimar, aunque todos los análisis recientes insisten en que los partidos políticos y los grupos sociales estaban debilitados ante el crecimiento del nazismo. En cambio, la percepción tradicional de este se encuentra alterada. El partido nazi, partido de masas, que contaba con la energía y la movilización de sus militantes, no necesitó el dinero del gran capital para acceder al poder. Luego, después de 1933, no le debió nada al mundo de los negocios.
Durante los primeros años del régimen, los industriales se conformaron bastante bien con la nueva situación, hasta el pun- to de pactar una alianza tanto con el Estado y el partido como con el Ejército. Esta alianza se tradujo, en primer lugar, en el nombramiento de Schacht para el Ministerio de Economía, en el verano de 1934. A partir de 1933 había vuelto a ocupar la presidencia de la Reichsbank, puesto que conservó hasta enero de 1939. Del 21 de mayo de 1935 hasta octubre de 1936 fue tam- bién Plenipotenciario General de la Economía de Guerra. Aun- que Schacht no consiguió adhesiones masivas antes de 1933, constituyó una garantía de seguridad para los empresarios que seguían desconfiando de los proyectos de los nazis.
Esta alianza se tradujo posteriormente en apoyos importan- tes por parte de los grandes empresarios al partido nazi, que entonces eran minoría en el ministerio de coalición constituido el 30 de enero de 1933. El 20 de febrero Göring consiguió, por serie de nombres prestigiosos que se tenía previsto contactar, un documento utilizado en el Juicio de Núremberg.
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primera vez, obtener fondos sustanciales para las elecciones legislativas de marzo de 1933. El 23 de marzo, día del discurso de habilitación de Hitler en el Reichstag, tras una sesión acalo- rada, la poderosa Asociación de la Industria alemana proclamó su confianza en el nuevo gobierno, bajo la batuta de Gustav Krupp y las violentas presiones de Fritz Thyssen.
En realidad, este cambio se debía más a intereses que a opi- niones comunes. Hitler necesitaba a los grandes capitalistas para llevar a cabo su política de rearme e iniciar la lucha contra el desempleo, que expuso personalmente a los industriales el 29 de mayo de 1933. Estos contaban con el nuevo gobierno para garan- tizar la estabilidad económica y, sobre todo, la estabilidad social, que adoptó la forma de una reorganización de la clase obrera.
Así pues, las primeras leyes promulgadas por el Estado nazi en el ámbito económico y social consolidaron las estructuras capitalistas existentes. En julio de 1933, las leyes sobre la carte- lización y la concentración obligatoria ratificaron la potencia ya asentada del capital monopolista. Entre 1931 y 1938, el número de sociedades anónimas descendió de aproximadamente diez mil a un poco más de cinco mil, mientras que su capital social aumentó de 2,25 a 3,39 millones de Reichsmarks.
La ley sobre «la preparación orgánica de la economía alema- na», de febrero de 1934, reorganizaba la economía en torno a unas bases aparentemente nuevas. La ley reagrupaba, por una parte, los sectores y los ramos de actividad en siete Reichsgrup-
pen y más de seiscientos Fachgruppen y Unterfachgruppen. Por
otra parte, creaba una nueva red de organizaciones territoriales —la única innovación real— y una Cámara económica nacional del Reich. No obstante, contrariamente a las intenciones corpo- rativistas de la tendencia de izquierda del partido, esta organiza- ción fue esencialmente «horizontal» y no «vertical». En lugar de integrar toda la cadena de producción, del obrero al patrón, de un mismo sector o de un mismo ramo, establecía una separación neta entre las esferas de dirección y el mundo del trabajo, lo que fortalecía aún más el poder de los monopolios.
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En virtud del Führerprinzip (principio del jefe), los grandes jefes de empresa veían su autoridad reforzaba, mientras que los trabajadores estaban afiliados a una organización única de tipo totalitario: el Frente de Trabajo (Deutsche Arbeit Front). Estas reformas se elaboraron con la voluntad explícita de mantener la estructura de las antiguas organizaciones patronales, y de des- mantelar la de las antiguas organizaciones sindicales obreras. Dichas reformas aumentaron considerablemente la autonomía del ámbito económico, manteniéndola al mismo tiempo bajo el estricto control de los órganos del Estado nazi, y marcaban el abandono definitivo de las aspiraciones corporativistas, para
inmenso alivio del mundo de los negocios5.
Asimismo, durante este primer período, que va de 1933 a 1936, la alianza entre capitalistas y nazis se tradujo en contri- buciones de carácter económico. La política de bloqueo de los sueldos acabó con la presión que las reivindicaciones obreras ejercían sobre las grandes empresas alemanas. Así, entre 1931 y 1938, la cuota de los sueldos en la renta nacional pasó de un 58 a un 52 por 100, mientras que la cuota de los beneficios aumentaba. Al mismo tiempo, disminuyeron las retenciones fiscales sobre los beneficios industriales.
Si bien el gran capital alemán, al igual que el resto de las élites dirigentes, se vio obligado a someterse a la férula del Estado y a la de la política hitleriana, también obtuvo de ello considerables ventajas, especialmente, en los sectores que se beneficiaron de los encargos públicos en el marco del rearme. Sin embargo, fue esta misma política la que produciría las mis- mas reticencias de los empresarios.
En contra de las ideas preconcebidas, la movilización eco- nómica de Alemania, que se aceleró en 1936 y 1937, fue relati-