4 CHAPTER FOUR
4.4 The Delphi Technique
4.4.5 Selecting an expert panel or group
Ya sea tachado de reaccionario o de revolucionario, el nazis- mo fue un fenómeno de masas. A lo largo del siglo precedente, Europa había visto movilizarse a muchas personas bajo la ban- dera de la libertad política, la igualdad social o la independencia nacional. En cambio, tras el primer conflicto mundial, primero Italia y, después Alemania, ofrece un espectáculo muy distinto: el de millones de personas que se unen a un hombre que proclama su deseo de instaurar una dictadura sobre las ruinas de la demo- cracia. Es cierto que Adolf Hitler no fue impulsado al poder por el pueblo alemán en su mayoría. No obstante, nunca habría sido nombrado Canciller por Hindenburg sin los éxitos electorales que obtuvo y sin el peso de las masas afiliadas a su partido.
Sus contemporáneos ya se preguntaron sobre la identidad de aquellos hombres y mujeres que inflan el movimiento pardo. Su convencimiento, rápidamente afincado, debía conocer una posteridad duradera. ¿Los nazis? Pequeños burgueses enfadados,
víctimas de un auténtico «pánico»1 en esas clases medias que son
considerados desde entonces como los precursores del populismo
de extrema derecha. El nazismo era un «extremismo del centro»2,
el modo de expresión política de las clases sociales en crisis.
1 La citada expresión es del sociólogo Theodor Geiger. CF su artículo «Panik in Mittels-
tand», Die Arbeit 7, 1930, págs. 637-659.
2 Cf. Seymour M. Lipset, «Fascism — Left, Right and Center», Political Man. The Social
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Artesanos, comerciantes y granjeros, pero también emplea- dos y funcionarios, estas son las categorías comprendidas entre la burguesía acaudalada y los obreros aliados, y expuestas a una amenaza de proletarización que la crisis económica agudizó más que nunca. Indignadas contra un Estado insensible a su destino e impotente ante la amenaza marxista, decepcionadas por las fuerzas conservadoras tradicionales, fueron, al fin y al cabo, presa fácil para un partido como el nazi, cuyo discurso coincidía con sus quejas y con sus resentimientos.
Sin embargo, no hay que olvidar que el partido se negaba precisamente a considerarse portavoz exclusivo de las clases medias. La pretensión que mostraban con más frecuencia era la de reunir a todo el pueblo alemán; su objetivo era crear una
Volksgemeinschaft, una comunidad nacional unida y homogé-
nea, librada de los antagonismos de las clases que eran alimen- tados por el liberalismo y el marxismo. Se presentaba como una anticipación de dicha comunidad venidera proclamando que, en sus filas, el obrero se codeaba con el patrón, el profesor, el periodista, el funcionario, el artesano y el comerciante. Es cier- to que el partido realizó esfuerzos persistentes para conseguir adeptos en todos los medios socioprofesionales para no ser un partido de intereses o el de una sola clase social.
¿Entonces, el NSDAP era un partido de clases medias, tal y como lo consideraban los observadores contemporáneos, o un partido del pueblo entero, tal y como pretendía Hitler? Los historiadores adoptaron durante mucho tiempo y sin reservas la primera posición. Sin embargo, a partir de los años 80 se produjo un cambio por la influencia de estudios que, con todo el rigor deseable, sacaron provecho de una base documental excepcionalmente fructífera. A diferencia del partido fascista italiano, el partido nazi participó en numerosas elecciones, cu- yos resultados pueden someterse a las técnicas de análisis elec- toral. Además, sus archivos han sobrevivido, afortunadamente, junto con los expedientes de sus 8,5 millones de miembros. De los estudios realizados se deduce un balance que, sin llegar a
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contradecir las conclusiones comúnmente admitidas, las matiza considerablemente.
El partido nazi, que era insignificante en 1928, ya que ese año obtiene el 2,6 por 100 de los sufragios expresados, conoce con la llegada de la crisis un progreso espectacular: un 18,3 en septiembre de 1930; 37,3 en julio de 1932 y 43,9 por 100 en marzo de 1933. Para pasar de 800.000 a 17,5 millones de votos, ha tenido que pescar excesivamente en el agua de la competen- cia, obteniendo un éxito desigual cada vez. Paralelamente a este auge se produce el tan conocido desmoronamiento de los par- tidos llamados «burgueses», las dos formaciones liberales del centro (DVP — Deutsche Volkpartei —, DDP — Deutsche De- mokratische Partei) y el partido nacionalista de derecha (DNVP — Deutschenationale Volkpartei), cuyo porcentaje acumulado pasa del 27,8 por 100 en 1928 al 8,1 por 100 en julio de 1932.
En cambio, el partido católico del Centro (Zentrum) muestra una destacable estabilidad, con un 15 por 100 de los votos. El partido social demócrata (SPD — Sozialdemokrastiche Partei Deutschlands) retrocede sensiblemente, del 30 en 1928 al 20 por 100 en noviembre de 1932, mientras que, al mismo tiempo, el voto comunista pasa del 10,6 al 16,9 por 100. La implantación nazi encuentra, por tanto, importantes frentes de resistencia en los medios obrero y católico, que constituyen dos subculturas con una identidad fuertemente marcada desde que Bismarck les pro- hibiera la socialdemocracia y persiguiendo a la Iglesia católica.
Esta evolución global, recalcada y comentada por los con- temporáneos, debe interpretarse con prudencia. Los votos de los 3,5 millones de jóvenes electores aparecidos entre 1928 y 1932 constituyen un factor indeterminado en la medida en que no es posible comprobar empíricamente si, como se afirma con frecuencia, benefició esencialmente al partido nazi.
En cualquier caso, los movimientos del electorado fueron seguramente más complejos de lo que sugieren las apariencias. Según un estudio reciente, la mitad del aumento del resultado nazi entre 1928 y 1930 se debió solo a la adhesión de antiguos
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electores de los partidos conservadores; hay que añadir la apor- tación, en un 20 por 100, de los antiguos abstencionistas y tam- bién la de los tránsfugas del Partido Socialdemócrata, del Centro y del Partido Católico Bávaro (BVP) a razón de un 10 por 100 cada uno. En julio de 1932, uno de cada dos antiguos electores de los partidos burgueses aporta su voto al partido nazi, pero el SPD pierde probablemente, también en beneficio del partido
nazi, uno de cada siete de sus electores de 19303.
Por otra parte, si bien el partido nazi cala indiscutiblemen- te en el medio protestante, eso no quiere decir que solo los protestantes hayan votado por él. De una elección a otra se observa que el aislamiento católico tiende a atenuarse. En mar- zo de 1933, uno de cada dos electores vota a los nazis en las regiones protestantes, pero uno de cada tres hace lo mismo en las regiones católicas. Según la probabilidad, de los diecisiete millones de electores nazis de marzo de 1933, cuatro millones eran católicos. En lo que respecta al peso de las campañas, aun- que es cierto que los nazis obtienen resultados más elevados en los pequeños municipios que en las grandes ciudades, la diferencia es modesta y no debería ocultar un hecho más impor- tante, el que el partido nazi era el partido alemán que contaba con el electorado mejor distribuido entre todos los municipios, cualquiera que fuera su tamaño.
Los datos disponibles sobre la composición de dicho electora- do también invitan a alejarse de los juicios esquemáticos. Lejos de ser el resultado de una predestinación social, el voto nazi es resultado de un conjunto de factores, entre los cuales se encuen- tra el repertorio de temas propagandísticos, tensiones y tradi- ciones locales y, finalmente, las alternativas políticas existentes, que ocupan un lugar destacado. Así, su base social evolucionó a lo largo de los años, como lo demuestran diferentes estudios
3 CF. Jürgen W. Falter, «Die Wähler der NSDAP 1928-1933: Sozialtruktur und partei-
politische Herkunft», Die nacional-sozialistische Machtergreifung, Wolfang Michalka (dir.), Paderborn, Schöningh, 1984, págs. 47-59.
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que se sirven del análisis electoral para entender la afinidad de
tendencias de las diversas categorías socioprofesionales4.
Hay una opinión común que el examen no comprueba. Los desempleados no fueron el origen del éxito nazi. Es más, el NSDAP obtiene sus peores resultados en las regiones con una alta tasa de desempleo, mientras que el Partido Comunista co- noce un éxito indiscutible.
Las antiguas clases medias, formadas por artesanos, comer- ciantes y campesinos constituyen, y no es extraño, el núcleo del electorado nazi. La correlación artesanos-comerciantes y voto nazi comienza en 1924 y se acentúa después de 1930. En cambio, la correlación campesinos y voto nazi es marginal en los años 20 y no se intensifica hasta la crisis, que permite a los nazis tomar el relevo de los partidos conservadores, que habían sido desacreditados por su impotencia. Del mismo modo, las personas que vivían del dinero generado por un pequeño capi- tal, como es el caso de rentistas, jubilados o viudas de guerra, que habían sido las principales víctimas de la hiperinflación de los años 20, acogen con gusto, en especial durante las elec- ciones de 1932, a un partido que ha realizado una campaña a su favor. Las nuevas clases medias, empleados tanto del sector público como privado, también suministran al partido nazi un cuantioso contingente de electores que ha sido sobrevalorado, el de los empleados, aunque nada demuestra que se afiliara masivamente al partido de Hitler en los años 1931 y 1932. Por otro lado, el apoyo de los funcionarios pasó más bien desaper- cibido; un apoyo que los nazis adquirieron condenando la po- lítica gubernamental deflacionista y exaltando la tradición del servicio público autoritario de la época imperial. Al gozar de la seguridad del empleo, de un nivel de instrucción relativamente elevado y, sobre todo, de un prestigio social mucho más pro- nunciado que en otros países, los funcionarios establecen la
4 Cf. Thomas childers, The Nazi Voter. The Social Foundations of Fascism in Germany,
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transición con las clases superiores, cuya contribución a la ola parda se ha mencionado en muy pocas ocasiones. Sin embargo, hoy día está comprobado que, al menos en las grandes ciuda- des, los nazis obtienen resultados superiores a la media en los
barrios residenciales5. A propósito de esto, recordamos que la
organización de los estudiantes nazis alcanza la mayoría en las elecciones universitarias desde principios de los años 30.
En cuanto a los obreros, que eran constantemente corteja- dos, proporcionan un apoyo nada despreciable; no tanto los de la gran industria, que permanecieron en su mayoría afiliados a las organizaciones tradicionales de la clase obrera, como los de la pequeña empresa, especialmente de la producción arte- sanal. Es en este medio, que comprende un tercio de la clase obrera alemana, en el que los nazis encuentran un número sus- tancial de electores, sobre todo, a partir de 1932. Señalamos que esta fracción del electorado también parece haber sido par- ticularmente inestable. Por lo que se cree que la pérdida de dos millones de votos que sufrieron los nazis entre la elección de julio y la de noviembre de 1932 se debió en gran medida a su deserción. En conjunto, aunque los obreros estaban claramente infrarrepresentados en el electorado nazi, en comparación con el peso que tenían en la sociedad alemana, cabe destacar que aportaron al partido de Adolf Hitler entre la tercera y la quinta parte de los votos.
Este panorama no estaría completo si no se mencionara el electorado femenino, que nació con la Constitución de Wei- mar en 1919. Orientadas hacia los partidos conservadores, las mujeres ignoran a la extrema derecha durante los años 20. En cambio, a partir de 1930 tienden a votar cada vez más al partido nazi en la misma proporción que los hombres, lo que contri- buye a acelerar el ascenso de Hitler. Este cambio se debe, en buena parte, a una propaganda que, bajo la prudente dirección
5 Richard F. Hamilton, The Social Basis of European Fascist Movements, Detlef Mühl-
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de Goebbels, eleva a primer plano un discurso tradicional car- gado de referencias a los valores cristianos y pone en sordina el racismo y el antisemitismo, todo lo que ha procurado a los nazis una turbia reputación de neopaganismo.
A partir de 1930, el partido nazi también experimentó un rápido crecimiento, pero en proporciones mucho menores. Sus simpatizantes pasan de setenta y nueve mil, a principios de 1929, a ciento treinta mil en septiembre de 1930, y a ochocien- tos cincuenta mil en enero de 1933. Tiene en común con los electores una gran inestabilidad: alrededor de un 40 por 100 de los inscritos de 1930 ya no forman parte del partido en el momento de la llegada al poder de Hitler. Además, muestran un carácter heterogéneo también muy pronunciado, sobre todo, en lo que se refiere a la compasión social, que varía sorprendente- mente de una región a otra, e incluso entre localidades, lo que eluden las estadísticas a nivel nacional.
Hoy día disponemos de una visión mucho más precisa de la estructura socioprofesional de los simpatizantes de Adolf
Hitler6. Si examinamos el perfil de los nuevos afiliados, en-
tre 1930 y 1932, vemos que las clases medias poseen una pre- ponderancia numérica, formando un poco más de la mitad del contingente (un 54,9 por 100 con relación a un 42,6 por 100 en la población activa). Por orden de importancia de sobrerre- presentación, encontramos a comerciantes, campesinos, arte- sanos, pequeños funcionarios y empleados. En lo que respecta a los obreros o, más exactamente, a los trabajadores manuales asalariados, estos se encuentran infrarrepresentados (un 35,9 contra un 54,5 por 100). También en este caso, se trata más bien de obreros que residen en el campo o en pequeñas ciudades. A veces viven en el campo y trabajan en la ciudad.
La élite (por orden de sobrerrepresentación, estudiantes, pro- pietarios de empresas, profesionales liberales, altos funciona-
6 Cf. Michael Kater, The Nazi Party. A Social Profile of Members and Leaders, 1919-1945.
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rios y directores) ve aumentar su porcentaje a partir de 1930. Es obvio que, para un número considerable de los que poseen algo, Hitler aparece como una defensa del orden y de la pro- piedad, a pesar de las reservas que podían inspirarles; por otro lado, el carácter plebeyo del movimiento y algunos puntos de su programa. En 1932, la élite representa un 9,2 por 100 de los nuevos afiliados contra un 2,8 en la población activa.
Observamos que esta sobrerrepresentación es mucho más importante que en el caso de las clases medias; sin embargo, nadie ha presentado jamás al partido nazi como un partido de la clase superior. En realidad, las clases medias no se encuentran sobrerrepresentadas de manera particularmente importante, y si bien suponen un poco más de la mitad de los efectivos, hay que tener en cuenta la otra pequeña mitad, donde los obreros tienen un peso sustancial. Es cierto que la situación es bastante distinta en lo que se refiere a los directivos del partido, entre los que, prácticamente, no se encuentra ningún obrero, mientras que los empleados y los funcionarios se reparten la mejor parte. No obstante, este fenómeno no es propio del partido nazi.
El elemento obrero resulta tanto menos despreciable cuan- to que tenemos en cuenta la composición de las filiales del NSDAP. Así pues, las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend), que cuentan con cincuenta y cinco mil miembros en 1933, estaban compuestas por un 65-70 por 100 de obreros.
Del mismo modo, las SA, que constituían la milicia del par- tido, estaba formada mayoritariamente por obreros. Las clases medias estaban escasamente representadas y las clases supe-
riores prácticamente no lo estaban7. Lo que no es extraño, ya
que las SA provenían en buena parte del desempleo y de la pobreza urbana. Era el refugio de los desamparados que encon- traban una razón de ser en la vida de las bandas y las reyertas callejeras. No es sorprendente, pues, que se caracterice por dos
7 CF. Conan Fischer, Stormtroopers. A Social, Economic and Ideological Analysis, 1929-
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aspectos que también son válidos para el partido: la masculini- dad y la juventud.
No había lugar para las mujeres en una milicia y, en el parti- do, representaban el 8 por 100 de sus integrantes entre 1930 y 1933. En lo que a la edad se refiere, el partido nazi, a diferencia probablemente de su electorado, presenta un perfil demográfico más joven que la población alemana. La edad media de los nue- vos afiliados, entre 1925 y 1932, se sitúa en 31 años; lo que lo diferencia notablemente del SPD, por ejemplo, pero lo asemeja al Partido Comunista.
Después de su acceso al poder, el movimiento nazi sufre nue- vas transformaciones. Primero, durante los primeros meses del gobierno de Hitler, las solicitudes de adhesión afluyen tanto que se alcanza en mayo de 1933 el límite de 2,5 millones de afilia- dos, por lo que los nazis tienen que cerrar las inscripciones. Las listas fueron reabiertas dentro de unos límites en 1935-1936, sin restricciones durante el año 1937. Después, entre 1939 y 1942, en los intervalos, la entrada al partido se hizo mediante la Hitlerjugend. No se frenó el aumento de los efectivos, sino al contrario, puesto que el NSDAP contaba con cinco millones de miembros en 1939 y más de ocho en 1945, sin ni siquiera tomar en consideración los millones de las múltiples filiales. En este partido de masas, el porcentaje de mujeres aumenta ahora considerablemente. Entre los años 1942 y 1944 representaban el 35 por 100 del total.
Al mismo tiempo, la composición social evoluciona en cierta medida. Entre los nuevos afiliados, aunque el porcentaje de las clases medias no cambia significativamente, el de los obreros aumenta hasta alcanzar el 42,6 por 100 entre los años 1942 y 1944. Correlativamente, el porcentaje de la élite disminuye de forma muy señalada. Así, mientras se impulsa en 1933 (de un 9,2 a un 12,2 por 100), después disminuye progresivamente (8 por 100 en 1937, 6,3 en 1939), y desciende de forma verti- ginosa a 2,7 por 100 durante la segunda mitad de la guerra. Mientras que el apoyo de las clases superiores se debilita en
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proporción a las dificultades económicas y a los riesgos de ca- tástrofe nacional que entraña la política del régimen, los obreros se muestran más patriotas aún que durante la Primera Guerra Mundial.
En total, se trate de sus electores o de sus simpatizantes, el movimiento nazi presenta una composición a la vez más va- riable y menos limitada de lo que se afirma. Definirlo como un movimiento de las clases medias, no es solo no hacer justicia a la amplia variedad social que lo compone, sino también con- ceder una importancia excesiva al factor socioeconómico a la hora de explicar un fenómeno cuyos resortes son mucho más complejos. Al resentimiento social de artesanos y comerciantes amenazados por la producción masiva y los grandes almacenes, se añadió el resentimiento político de gran parte de la pobla- ción, en especial de las élites, que miraban con nostalgia hacia una época imperial idealizada.
No obstante, junto a las citadas disposiciones de larga dura- ción, otras causas más inmediatas contribuyeron a aumentar la ola nazi, como la protesta emocional fruto de la inestabilidad de la posguerra y de la gran crisis, y por la desorientación de gran parte de las jóvenes generaciones, víctimas de rupturas sociales.
Aunque no consiguió eliminar las divisiones tradicionales de la sociedad alemana, el partido nazi logró superarlas en gran medida y convertirse, al mismo tiempo, en el primer gran par- tido nacional después de la unificación. Una agrupación que, para desgracia de Alemania, no era sino el frente del rechazo,