La Comunidad Iberoamericana de Naciones puede ser el eje natural de las rela- ciones eurolatinoamericanas. Éstas son fortalecidas desde España y Portugal como países ‘iberoamericanos de Europa’.
No existe contradicción, como a veces se ha sugerido, en la doble y simultánea per- tenencia de los dos países ibéricos a la Comunidad Iberoamericana y a la Unión Europea, sino que resultará perfectamente natural que la articulación de un diálogo iberoamericano basado en la realidad y la conciencia de una identidad cultural y lin- güística compartida, preceda, facilite y hasta ‘oriente’ un diálogo más amplio por su ámbito territorial, y más centrado en intereses económico-políticos como es el estable- cido entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe. Las máximas expresiones político-diplomáticas de las relaciones eurolatinoamericanas son representadas por las Cumbres entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe y la idea de establecer una Alianza Estratégica birregional, y las cumbres entre el Grupo de Río y la Unión Europea. La propia idea de estas relaciones intercontinentales o interregionales sugie- re una gran oportunidad tanto para la promoción de la integración regional y subre- gional latinoamericana –que debe avanzar si América Latina aspira a convertirse en un interlocutor coherente e importante en el contexto mundial– como para la verdade- ra conformación de una política exterior europea haciendo que Europa, o una parte muy sustancial de la misma, actúe como región ante otra gran región del mundo.
En este sentido el gran reto del sistema iberoamericano será la oportunidad y la necesidad de, al menos, explorar la posibilidad de encauzar y canalizar las grandes relaciones eurolatinoamericanas –las birregionales y multilaterales a las que esta- mos aludiendo– a través del marco y la institucionalidad iberoamericanos. De este modo se desarrollaría una de las proyecciones y potencialidades básicas del sistema iberoamericano –la de ser eje de las relaciones eurolatinoamericanas– dándose un nuevo, especial y complementario valor al mismo y superándose su definición más formal en tanto que espacio para el diálogo, la concertación político-diplomática y la cooperación entre sus miembros. Este encauzamiento, esa canalización, ese en defi-
nitiva ‘ser eje’ de las relaciones eurolatinoamericanas podría llegar a tener un refle- jo y una materialización prácticos e institucionales. La eventual creación y puesta en marcha de una “secretaría general” para las cumbres entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe, posibilidad anunciada en la última reunión de este foro celebrada en México, no debería constituirse como una realización ajena al sistema iberoamericano, sino que a partir de un legítimo y lógico aprovechamiento del siste- ma iberoamericano y sus potencialidades, podría pensarse en opciones que van desde la misma ‘monitorización’ iberoamericana de esas relaciones a su incorpora- ción coherente, integral e institucional en el sistema iberoamericano.
La Secretaría General Iberoamericana, SEGIB, que alcanzará su progresivo desarro- llo durante los años venideros, podría constituirse en una instancia de interlocución idó- nea entre América Latina y la Unión Europea y, eventualmente, podría llegar a incorpo- rar en su seno la institucionalidad y la gestión del todavía reciente diálogo eurolatinoa- mericano al más alto nivel. La coyuntura actual representada por la próxima celebración en mayo de 2006, en Viena, de la IV Cumbre UE–ALC y el interés de la Administración austriaca por contar con la colaboración tangible de países iberoamericanos de Europa y de América resalta aún más la oportunidad de esa interlocución iberoamericana. El pro- bablemente seguro consenso que se obtendría entre los propios iberoamericanos de uno y otro lado del Atlántico a favor de una posibilidad semejante supondría un paso decisivo para su asunción también por la América Latina y la Europa no iberoamericanas. La incorporación conceptual –también material y formal– de esta proyección específica al sis- tema iberoamericano favorecería claramente el diálogo eurolatinoamericano.
No existe quizás una realidad de concertación análoga entre la Unión Europea y otra región del mundo con una oportunidad de canalización e impulso semejante y equiparable a la que ofrecería el diálogo birregional eurolatinoamericano potencia- do y gestionado a través del eje iberoamericano. Otras comunidades de naciones fundamentadas en elementos culturales e históricos no corresponden en su esencia o en su territorialidad a las regiones geopolíticas y económicas con las que la Unión Europea establece sus diálogos de alto nivel. La oportunidad que en general se ofre- ce a la Comunidad Iberoamericana para incorporar cabalmente esa proyección, y en particular a España y Portugal en tanto que países iberoamericanos de la Unión Europea, es significativa. La oportunidad que se ofrece al diálogo eurolatinoameri- cano de aprovechar el eje iberoamericano existente es igualmente singular.
PROYECCIÓN PANAMERICANA
La proyección iberoamericana hacia la América no iberohablante es lo que podemos denominar proyección panamericana de la Comunidad Iberoamericana. Se refiere ésta a los vínculos y estrategias de colaboración de una Comunidad Iberoamericana institu- cionalizada con los organismos e instituciones representativos de ese ‘hemisferio occi- dental’ americano –como la Organización de Estados Americanos (OEA) o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID); a los vínculos con los países caribeños no hispáni- cos y sus organizaciones representativas y, particularmente, con los Estados Unidos de América. No se puede obviar tampoco la relación con el otro gran país del norte, Canadá, donde ya en cuatro de sus provincias el español es segunda lengua en número de hablan- tes (por delante del francés o del inglés, según el caso, lenguas cooficiales en Canadá). La inmigración latinoamericana en Canadá es una realidad tangible equiparable en algu- nos casos a la que experimentan los Estados Unidos.
Se trata la proyección panamericana de una proyección principalmente geopolítica y geoconómica pero que parte de un innegable elemento cultural y lingüístico, habida cuenta de la omnipresencia del factor hispánico en todo el continente americano.
EL CARIBE NO HISPÁNICO
Resulta pertinente e insoslayable, pues, reconocer la cercanía al espacio iberoa- mericano, no sólo geográfica sino también cultural y cada vez más económica y polí-
tica, de algunos países caribeños formalmente no hispanohablantes. Ello no signi- fica que éstos puedan llegar a ser categorizados o definidos como ‘iberoamericanos’, pero ciertamente sí forman parte de un ‘espacio iberoamericano’ en un sentido amplio. Tradicionalmente han venido participando como invitados especiales en las Cumbres algunos mandatarios de estos países (Belice, Haití, etc.). En concreto, el interés de la última Cumbre Iberoamericana de San José de Costa Rica por la cri- sis haitiana y la participación en ese país de fuerzas de paz iberoamericanas –incluyendo un contingente español– bajo el mandato de Naciones Unidas y la dirección brasileña constituyen un ejemplo muy significativo de la percepción de cercanía del Caribe no hispánico al espacio iberoamericano.
La rápida hispanización cultural de países como Belice –Estado partícipe de los procesos de integración centroamericanos y donde según algunas estimaciones más del sesenta por ciento de la población ya habla español- o el interés de Trinidad y Tobago por convertir el castellano en segunda lengua no pueden ser ignorados.
El ex Presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso constató esa cercanía natural cuando, en sus propuestas y recomendaciones sobre la reformulación del sistema de Cumbres Iberoamericanas presentadas a los máximos mandatarios en la XIII Conferencia de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en 2003 en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), se refirió a los criterios de participación en este siste- ma y de posible vinculación de nuevos países al mismo. Señalaba como requisitos esenciales de participación
“la condición de estado soberano, la necesidad de pertenecer al espacio geográfico iberoamericano y la disposición del portugués o del español como idioma oficial. Países que, aunque no cumplan con uno de esos puntos, deseen compartir la convivencia ibe- roamericana, pueden ser invitados como observadores para las conferencias”.
Es decir, si entendemos la expresión “espacio geográfico iberoamericano” como equiva- lente a América Latina y el Caribe en el continente americano más la península Ibérica en Europa, esto es, el espacio oficialmente iberoamericano añadiéndosele su entorno regional más cercano geográfica y culturalmente, concluiremos que algunos países cari- beños podrían llegar a tener, de aplicarse las pautas o recomendaciones del ex Presidente brasileño, la posibilidad de participar como observadores en el sistema de Cumbres Iberoamericanas. Esto, sin embargo y teóricamente, no podría ocurrir, por ejemplo, con los dos grandes países norteamericanos anglófonos, Canadá y los Estados Unidos.