5.2 SE imaging in SEM and HIM: Imaging modes
5.2.1 Sample preparation and imaging modes
“Si la vida me diera la oportunidad de volver a vivir, volvería a ser campesino colombiano porque en esta vida no he podido vivir por intentar sobrevivir”.
Testimonio de Líder campesino, San Pablo, 2010.
En este capítulo voy a desarrollar con más amplitud los testimonios de tres campesinos que sufren las violencias estructurales que ejercen tres fuerzas que hacen parte del contexto
local. Por un lado la violencia de los discursos de la pobreza que desde una perspectiva asistencialista sitúan a los campesinos de la zona alta de San Pablo como vulnerables e incapaces de auto agenciarse. Por otro lado la violencia cotidiana ejercida por la guerrilla, quien regula la libertad de opinión y de acción de los campesinos que conviven con ellos, de acuerdo a sus intereses. Los cuales además están ligados al negocio de la base de coca que hace parte del mercado global de la droga. Tercero, la violencia estatal que regula desde políticas coercitivas los cultivos de uso ilícito. Aunque cada una de estas violencias es potencialmente manifiesta en todos los habitantes de la zona alta de San Pablo, se acentúa más en unos que en otros. De esta forma, las historias contadas por cada uno de los campesinos que escogí en este apartado, representan la experiencia sufrida por la opresión de cada una de estas violencias. Ángel representa la violencia del asistencialismo, Agustín en sus testimonios muestra el ejercicio de autoridad de la guerrilla y Ramiro es un ejemplo de una víctima del Estado.
En los capítulos anteriores analicé cómo las condiciones socioeconómicas de la zona rural de San Pablo han conducido a los pobladores a sembrar coca como fuente principal de su sustento económico. Este hecho ha situado a los campesinos pobres de la zona alta de San Pablo dentro de las categorías que el Estado elabora sobre el sujeto criminal y por lo tanto lo ha convertido en un delincuente. Dicho proceso de criminalización ha legitimado la política PECIG, la cual no discrimina entre las prácticas consideradas lícitas de las ilícitas, y por lo tanto ha causado un contexto de opresión y pobreza general que, paradójicamente, ha incentivado el cultivo de la coca en lugar de desestimularlo, como es su intencionalidad. En ese orden de ideas, el Estado ha negado el acceso a un plan de desarrollo alternativo hasta que no se erradique en su totalidad la coca sembrada en la región. Por su parte Asocazul, como alternativa de sustitución, ha procurado formar nuevas subjetividades reguladas y moldeadas a través de la promoción de distintas prácticas entre sus beneficiarios, con el fin de construir un perfil de conducta (Foucault, 2009) que se adapte a la idea de “campesino trabajador y legal” que ellos quieren formar. Sin embargo los campesinos han sido críticos ante esta política y han procurado adaptarla a sus propias necesidades. En este capítulo se explorarán las narrativas de tres campesinos, Ángel, Agustín y Ramiro, quienes se vincularon al plan de desarrollo alternativo no estatal promovido por Asocazul. Con ello quiero analizar su búsqueda para insertarse dentro de la
legalidad, aumentar sus ingresos y lograr una transformación en sus condiciones de existencia. A través de sus testimonios examinaré cómo se las han ingeniado para sobrevivir en un contexto caracterizado por la vulneración sistemática de sus derechos civiles, e indagaré si el vínculo con las organizaciones cacaoteras cumple un papel significativo a la hora de satisfacer sus intereses personales, aun cuando los proyectos de sustitución existentes tiene muchas fallas y obstáculos, especialmente la oposición de la guerrilla.
Ángel
Hubo personas que no teníamos coca pero nos cayó glifosato y eso dañó la tierra y ahora ya no da.
Aquí primero eran puros cultivos de coca y por eso cuando comenzó el proyecto de cacao se
exigía que no hubiera coca a mil metros a la redonda. Yo dije „en el Sur de Bolívar no van a conseguir fincas que a mil metros estén sin coca‟. Entonces a lo último lo redujeron a 200,
eran condiciones del banco más que todo. Aquí donde yo tengo mi cultivo no hay coca antes de 200 metros.
Y yo no sé si por equivocación una vez la avioneta alcanzó a botar un chorro de veneno. Gracias a dios que estaba haciendo como una brisa y cayó allá en aquel potrero y quedó quemado todo aquello. Eso es malo porque la fumigación afecta el medio ambiente y todo, porque cuando pasa la avioneta la coca queda buenesita y la montaña es la que lleva del bulto, por eso yo digo que esa fumigada si ha sido un error.
Nosotros hemos hecho huelga y todo para que no fumiguen sino que lo arranquen, y se logró con acuerdo de las alcaldías de Santa Rosa, Simití y San Pablo que así fuera. Pero yo no sé por qué los antinarcóticos se fueron a meter en esto. Se metieron allá y resulta que cuando la gente de las veredas miró que los antinarcóticos iban llegando a los cultivos se formó la de Troya. Enseguida nos obligaron a los campesinos a que fuéramos por allá a Cerro Azul y nos hicieron perder una semana, y pues eso es fracaso para uno.
Por aquí nos dijeron a nosotros que si no ayudábamos entonces teníamos que desocupar. La guerrilla va mandando la razón con el uno o con el otro. Porque yo era uno de los que decía:
„yo por allá no voy, si yo nunca he sembrado coca‟ y después me llegaron y me dijeron: „tiene que ir porque si no [se dio unos golpecitos en el cuello como gesto de que lo iban a matar] ¡chao!‟ ¿Si ve? en todas esas cosas sale uno involucrado, sin tener coca y termina uno
afectado, y por eso digo yo que afecta a todo el mundo. (Testimonio de Ángel, Caño de Oro, San Pablo, 2010)
En junio de 2010 me entrevisté con Ángel, la movilización de Cerro Azul había ocurrido once meses antes de nuestro encuentro y era un asunto que yo ya había olvidado. Sin embargo, su relato me advirtió que esa experiencia había tenido gran relevancia para la gente del municipio. Yo me había enterado del evento por medio de algunas notas y artículos de periódico e inmediatamente llamé a algunos campesinos locales y funcionarios del PDPMM y del SJR para informarme mejor de lo sucedido. En ese entonces los voceros de las comunidades involucradas habían comunicado a los medios de comunicación que la concentración era una iniciativa puramente campesina, pero ahora podía comprobar que muchos participantes no habían ido por cuenta propia sino la guerrilla los había obligado a asistir. Ese era el caso de Ángel, quien se había sentido agredido al verse obligado a asistir a la movilización en contra de su voluntad.
El hecho de que la guerrilla hubiera obligado a algunos campesinos a movilizarse no deslegitimaba las peticiones hechas por el movimiento campesino. En esos contextos era frecuente que la guerrilla ejerciera presión para que un mayor número de personas se movilizara y esa razón se convertía en una perfecta excusa mediática para invalidar las exigencias que se demandaban (Ramírez, 2001). En lugar de deslegitimar los reclamos, lo dicho en el testimonio de Ángel se sumaba a la sucesión de situaciones violentas que tenía que padecer como campesino local. La guerrilla era una fuerza importante en esa zona. Por lo tanto a las personas como Ángel les tocaba abrirse camino en medio de la escasez, la desprotección del Estado y además tenían que lidiar con las imposiciones de la guerrilla que controlaba las dinámicas socio-económicas y políticas en los sectores rurales del municipio. Ángel fue una de las primeras personas que conocí cuando comencé mi trabajo de campo y a lo largo de sus últimos años había estado buscando la forma de poder salir del jornal para dejarle algún patrimonio a sus hijos. Su casa, que quedaba muy cerca de la carretera, era un rancho hecho con retablos de madera y techado de palma que él ocupaba por temporadas. El único habitante permanente era un gato raquítico y mezquino que salía corriendo cuando alguien se acercaba. El día que fui a visitarlo ofreció asiento y se disculpó por no tener ni siquiera una limonada para ofrecer. Era un hombre moreno, bajito y de contextura gruesa,
de 45 años de edad aproximadamente. Llegó de Sucre en 1996 atraído por la bonanza del oro de la Serranía de San Lucas y comenzó a trabajar en las minas de Simití, municipio que limita con el norte de San Pablo. Allí permaneció hasta que la guerrilla lo obligó a salir para quitarle unos recursos que había recibido de un proyecto de mejoramiento de vivienda. Por ese motivo se desplazó a San Pablo y comenzó a vivir del jornal que era lo “único” que sabía hacer. Trataba de evitar trabajar como raspachín porque a Ángel no le gustaba «molestar con coca»43 y en esa medida conseguir trabajo le quedaba más difícil. Cada jornal le daba para conseguir los recursos apenas suficientes para subsistir y llevarle mercado a la familia. Sin embargo, Ángel estaba cansado de esa situación y por ello comenzó a suscribirse a todos los proyectos agropecuarios de los que se enteraba que se estaban implementando en la región para ayudar a las familias rurales. Sin importar si tenían o no tenían algún respaldo institucional, Ángel decía que igual se anotaba «porque eso vivir del jornal imagínese, no tiene uno futuro». Algunos proyectos no funcionaron. Otras veces sucedía que después de recoger las firmas y la plata de la suscripción a un proyecto, no se volvía a saber nada de quienes habían estado gestionando la propuesta, pues se robaban los recursos y dejaban a todo el mundo esperando. Por ejemplo, uno de esos proyectos fue el de maracuyá. En esa oportunidad, los gestores de esos proyectos le aseguraron que la compra ya estaba asegurada con el gobierno de Canadá y pensaba que esta vez no habría riesgo de pérdidas. Después de invertir tiempo y dinero en insumos, incluso afirmó que dejó de comer bien para sacar adelante el cultivo, arriesgó todo lo trabajado y como decía, perdió «hasta el modo de caminar», porque nadie compró nunca ese producto. Venderlo en San Pablo tampoco era una opción porque allí la gente creía que el maracuyá inhibía el desempeño sexual.
Todos esos proyectos se comenzaron a promover en 2001, cuando los rumores sobre el inicio de las fumigaciones con glifosato se convirtieron en una amenaza cada vez más próxima a concretarse y por lo tanto muchos campesinos, especialmente raspachines provenientes de otros lados, se inscribieron en aquel proyecto por miedo a quedarse desempleados cuando las fumigaciones acabaran con la coca. Ángel contaba que junto a él,
43 Como la zona alta de San Pablo es una zona coquera, es común que la gente trabaje raspando coca. Sin embargo, como vimos en el capítulo anterior la coca tiene una doble connotación y para algunas personas
trabajar la coca significa “molestar”, es decir, obstinarse a trabajar con algo que no debería ser una opción de
una vez se anotaron 5000 personas para acceder a unos mercados que supuestamente el gobierno iba a dar en compensación por las fumigaciones. Una cantidad que parecía excesiva de acuerdo con la demografía de la zona rural del municipio, pero era verosímil porque en ese entonces un gran número de personas trabajaba la coca y por lo tanto el sector rural era más poblado de lo que es en la actualidad44. En general, dichos proyectos no tenían respaldo de alguna entidad o institución, sino que eran estrategias de personas que aprovechaban la situación «para engañar al personal», como me expresaba Ángel.
Hacia el año 2002, cuando dijo estar con la moral tirada en el suelo, llegaron unas personas a la vereda invitando a conocer el proyecto de cacao, y a Ángel le «sonó, porque estaba bien organizado y cada quien trabajaría en su finca aparte». En ese momento la organización todavía no se llamaba Asocazul sino Cacao para la paz; a diferencia de los proyectos anteriores, éste estaba pensado para que los campesinos pudieran ser propietarios y dejaran de vivir del jornal. Por esa razón se requería que los socios tuvieran tierra propia. Entusiasmado, Ángel se esforzó por comprar un terreno para dejar de trabajar en propiedades ajenas. Contó que un amigo le cedió la mitad de su tierra y acordaron que la pagaría en la medida que fuera consiguiendo recursos.
Él y su familia se fueron a vivir al campo en el 2004, para cumplir con la condición de ASOCAZUL de que los beneficiarios del proyecto permanecieran en sus fincas. Hasta ese momento ellos siempre habían estado viviendo en el pueblo y durante ese periodo Ángel se iba por temporadas a hacer sus jornales para poder regresar con mercado a la casa. En la finca era igual, pero ahora a la mujer le tocaba quedarse sola en el campo, viviendo en condiciones más difíciles y cuidando a los hijos pequeños. Ángel tenía que irse a trabajar lejos porque cerca de su tierra sólo se conseguía trabajo como raspachín y decía: «yo a eso no le jalo» decía, porque había interiorizado que la coca tenía una connotación negativa. Con el tiempo se consiguieron unos animales, gallinas y marranos para ayudarse y cultivaron yuca, plátano y arroz. Pero el cultivo de cacao demandaba mucho trabajo. Las cinco hectáreas sembradas que exigía el proyecto eran demasiado trabajo para una sola persona; en consecuencia los animales y los cultivos de pancoger se descuidaron y luego se perdieron, y la mujer se devolvió para el pueblo, de modo que para Ángel fue muy difícil
mantener el cultivo de cacao en buenas condiciones. Hasta el momento de nuestro encuentro, sus matas de cacao no habían dado mazorcas y las cinco hectáreas cultivadas estaban abandonadas. Caño de Oro, la vereda donde él tenía su tierra pasó de tener 46 a tan solo diez inscritos en el programa de cacao. Los vecinos le recordaban a Ángel que él llevaba muchos años «molestando con cacao» y no había logrado sino volverse «más pobre». Reforzaban su argumento diciéndole que si en esos años hubiera sembrado coca ya « tendría de todo». La coca podía comenzar a rasparse al año de haber sembrado y desde ese momento ya comenzaba a generar los ingresos suficientes para sostener el cultivo y obtener utilidades. Del mismo modo, quienes no tenían cultivo podían hacerse cincuenta mil pesos diarios como raspachines, mientras que el valor que le pagaban a los obreros por el jornal en cultivos “legales” era de tan solo veinticinco mil pesos. Por su parte, el proyecto de cacao le pagaba a sus socios doce mil pesos por jornal. Bajo esas condiciones, era difícil que las personas quisieran o pudieran mantenerse cultivando cacao, por lo tanto existían muchos desertores que habían vuelto a raspar o cultivar coca a pesar de los riesgos y la inestabilidad que implicaba.
Ángel, que se había dado cuenta que como jornalero nunca iba a lograr «mejorarle el futuro a los hijos», le tocaba convencerse día tras día que su esfuerzo iba a tener una recompensarse en algún momento, sin embargo constantemente se preguntaba si valía la pena tanto sacrificio. Por lo pronto se había observado a sí mismo y era consciente de que quería cambiar lo que había sido hasta ahora, por esa razón evitaba rendirse y abandonar como tantos otros. Tenía una expectativa que lo animaba a persistir:
Yo ya viví la experiencia de que uno como jornalero nunca sale adelante, todo el tiempo es la misma persona, entonces ya teniendo el cultivo productivo, uno ya tiene la esperanza de que al menos los hijos de uno no van a estar igual a uno, que les va a quedar siquiera la base de algo para que salgan adelante. Eso es más que todo pensando en el futuro de mis hijos que estoy aquí prácticamente que sufriendo solo y sin recursos, para ver si saco adelante esto y les dejo a mis hijos y a mi mujer algo diferente a una deuda. (Testimonio de Angel, Caño de Oro, San Pablo, 2010).
Pero la mujer le insistía que volviera a los jornales, porque para ella con esos trabajos por lo menos habían comido mejor. La experiencia de esta pareja, al intentar subvertir sus
condiciones materiales de existencia, inscribiéndose al proyecto de cacao, los había llevado a experimentar circunstancias más difíciles que las vividas anteriormente.
La historia de Ángel es una muestra de la opresión del sistema económico y la marginalidad social, manifestado en la continua experiencia de pobreza en la que había vivido buena parte de su vida. La construcción narrativa de sí mismo se erguía a partir de reconocerse como una persona con «falta de recursos». Los procesos que le habían tocado vivir no eran fáciles y el contexto en el que se desenvolvía no brindaba opciones para aspirar cambiar esa condición. Durante el momento de nuestras conversaciones a él lo asaltaban tres miedos: Primero, el dejar tirado el proyecto después de haber «sufrido» un largo trecho justo antes de alcanzar las metas. Segundo, no poder darle un futuro diferente a sus hijos y que ellos tuvieran que repetir su historia de «vivir de lo ajeno», sin oportunidades y sin lograr hacer un capital propio con el cual poder tener una vida digna. Por último, Ángel temía que si llegaba a salirse del proyecto de cacao, llegara algún funcionario a hacerle un cobro judicial por su deuda con el banco y como él no tendría con que pagar terminaría en la cárcel porque seguramente «para cobrar si aparecería la ley del Estado».
Agustín
Agustín vivía en una vereda llamada La Palúa, localizada dentro de la jurisdicción de Cantagallo. A pesar de pertenecer al área político-administrativa de ese municipio sólo existía una vía carreteable de acceso a esa vereda desde San Pablo. Al igual que la mayoría de las carreteras terciarias de estos dos municipios, ésta se encontraba en pésimo estado pues no recibía mantenimiento ni por parte de las administraciones locales ni por parte de INVIAS. Por lo tanto, eran los mismos habitantes quienes sacaban tiempo y ponían su mano de obra para evitar que la carretera se volviera del todo intransitable.
Desde el último punto al que se podía acceder en moto hasta la finca de Agustín, había que caminar alrededor de 30 minutos por una trocha, hasta que en la cima de una loma se divisaba su casa. Ésta estaba construida con madera y palma, tenía forma rectangular y estaba dividida en dos espacios. El primero era abierto, techado y de piso de tierra en donde Agustín podía protegerse del sol. El otro era una habitación con paredes de retablos
entrecruzados y sin ventanas, con una puerta en la cual había pegado un afiche de la campaña presidencial de Mockus y Fajardo.
Agustín es un hombre moreno, alto y flaco, que había llegado al sur de Bolívar desde El