Chapter 2: Materials and Methods
2.2. Controlled-environment post-anthesis temperature experiment
2.2.4. Sampling protocol
Pasada la tempestad, llegaron a la otra orilla del lago, a la región de los gerasenos, en tierra de gentiles, en la Decápolis, probablemente entre las poblaciones de Gerasa y Gadara. Buscaba allí Jesús un sitio retirado para descansar un poco con sus discípulos. El suceso es relatado con especial detalle por san Lucas y por san Marcos. San Mateo,
como casi siempre, se limita a lo esencial de los hechos y se detiene poco en pormenores. Nada más llegar a la orilla les salió a su encuentro un endemoniado. Este hombre desde hacía mucho tiempo no llevaba vestido, ni habitaba en casa, sino en los sepulcros (Lc). San Marcos nos dice que nadie podía tenerlo sujeto ni siquiera con cadenas; porque había estado muchas veces atado con grilletes y cadenas, y había roto las cadenas y deshecho los grilletes, y nadie podía dominarlo. Su situación era verdaderamente dramática, pues se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras (Mc). Divisó de lejos a Jesús, que acababa de poner pie en tierra, y corrió donde estaba y se postró ante Él y, con gritos y grandes voces, decía: ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes (Lc).
San Mateo recoge unas palabras parecidas: ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos? Según los apócrifos judíos y las ideas corrientes acerca de los demonios en aquella época, estos tendrían poder para afligir a la humanidad hasta el día del juicio; entonces serían castigados[306].
Jesús le preguntó su nombre –es la única vez que lo hace– y ellos, los demonios, contestaron: Mi nombre es legión, porque somos muchos. Entonces, Jesús les ordenó que saliesen de aquel hombre, y ellos salieron. Pero le hicieron una súplica sorprendente: que no los expulsara fuera de la región (Mc). San Lucas dice más expresamente: le suplicaban que no les ordenase ir al abismo. Y san Mateo nos ha dejado escrito que le rogaban así: Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos, pues había en aquel lugar una gran piara que pacía. Esto nos indica también que nos encontramos en tierras de gentiles, pues el cerdo es animal prohibido para los judíos[307].
Jesús les dejó hacer lo que pedían, y entraron en los cerdos, que se lanzaron inmediatamente, como enloquecidos, por el precipicio hacia el lago. Todos perecieron.
Los porqueros, asustados, echaron a correr y contaron por todas partes lo que había ocurrido. Y vinieron de todos los lugares. Y llegaron junto a Jesús, y vieron al que había estado endemoniado sentado, vestido y en su sano juicio; y se quedaron asustados.
San Marcos nos indica expresamente que eran alrededor de dos mil los cerdos que se ahogaron. Debió de significar una gran pérdida para aquellos gentiles. Quizá fuera el rescate pedido a este pueblo por librar a uno de los suyos del poder del demonio: han perdido unos cerdos, pero han recuperado a un hombre. Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado. En el cambio de un hombre por unos cerdos se inclinan por estos, por los cerdos. Ellos, al ver lo que había pasado, rogaron a Jesús que se marchara de aquellas tierras. Cosa que el Señor hizo enseguida[308].
Jesús fue a visitarles y no supieron comprender quién estaba allí, a pesar de los prodigios que había hecho. Esta fue la mayor necedad de estas gentes: no reconocieron a
Jesús. ¡Cómo se hubieran llenado de bienes sus casas y, sobre todo, sus almas!; pero estaban ciegos para los bienes espirituales. Si no hubiera tenido lugar aquella hecatombe de los cerdos, los porqueros probablemente no habrían bajado al pueblo y sus habitantes no se habrían enterado de que Jesús estaba allí, tan cerca. Si aquella mujer que encontrará al Maestro en Cafarnaún –veremos enseguida el relato– no hubiera estado tantos años enferma y malgastado sus bienes en médicos, quizá no se habría acercado a Jesús para tocar la orla de su vestido y no habría oído nunca aquellas palabras consoladoras de Jesús, las más importantes de su vida, que bien valían todos los sufrimientos y los gastos inútiles…
Si estos gentiles hubieran comprendido quién estaba delante de ellos, si hubieran captado el prodigio obrado en aquel hombre que fue redimido del demonio, ¿qué hubiera importado la desgracia económica, si habían conocido a Jesús? Habrían dado gracias por ella y organizado una buena fiesta porque el Maestro estaba con ellos y porque habían recuperado a un hombre de los suyos. Fue la gran oportunidad perdida. Un hombre vale mucho más.
Jesús dio la orden de volver. Ya descansarían en otro lugar. Y, al subir en la barca, el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con Él (Mc). ¡Ahora sí que estaba en su sano juicio! Pero el Señor no se lo permitió: prefirió que volviese a los suyos y contribuyera desde allí a la expansión del nombre de Jesús, difundiendo sus maravillas y sus misericordias. Y aquel hombre se marchó publicando por toda la ciudad lo que Jesús había hecho con él (Lc). San Marcos nos indica que pregonó por toda la Decápolis, un territorio no judío, las maravillas que había realizado Jesús, y todos se admiraban.
Este suceso nos muestra lo que más tarde proclamará san Pedro: Jesús pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo[309]. Y es una prueba más de la llegada del Reino.
3. LA HEMORROÍSA
Mt 9, 20-22; Mc 5, 25-34; Lc 8, 43-48
De aquella región de gentiles, Jesús atravesó el lago y volvió a Cafarnaún. Allí, todos estaban esperándole. Una gran multitud aguardaba con impaciencia su regreso. Muchos le habían visto partir y ahora vigilaban la orilla para recibirle en cuanto se tuviera noticia de su llegada. Algunos habían sufrido la tormenta de la noche anterior.
Llegó el Señor y les atendió una vez más: a uno le impuso las manos, a otro lo bendijo, al de más allá le dirigió unas palabras alentadoras… Pero los evangelistas no se detienen en estos pequeños favores, que muchos recordarían toda su vida, pues narran dos grandes acontecimientos que tuvieron lugar enseguida.
En medio de aquella muchedumbre se presentó un hombre bien conocido por todos, pues era el jefe de la sinagoga. Se llamaba Jairo y tenía una hija de doce años, que estaba a las puertas de la muerte. Ya conocía a Jesús, pues le había invitado en diversas ocasiones a predicar en la sinagoga de aquella ciudad, y le tenía una gran consideración, pues se postró ante él para rogarle que fuera a su casa. Le suplicaba con insistencia, y le decía: Mi hija está en las últimas. Ven, impón tus manos sobre ella para que se salve y viva. Era su única hija (Lc). Jesús es ya su última esperanza. Jairo habría visto los milagros realizados en Cafarnaún y también ha escuchado su doctrina; quizá es incluso un discípulo de Jesús. En Él ha puesto toda su confianza.
El Señor atendió con prontitud al jefe de la sinagoga y se dirigió enseguida a su casa, acompañado de sus discípulos. También la muchedumbre emprendió el mismo camino, de tal manera que en aquellas estrechas calles le apretujaban por todas partes (Mc).
Mientras caminaba con dificultad a causa de la multitud, se acercó una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Esta mujer había gastado su fortuna de médico en médico sin lograr nada. Antes al contrario, iba de mal en peor. Ella también le espera impaciente, llena de fe y de esperanza; ha oído que muchos habían curado con solo rozarle. De hecho, así lo dice san Marcos en diversas ocasiones, al resumir la actividad de Jesús: salía de Él una virtud que sanaba a todos. Ella pensaba, y así lo haría público cuando contara su curación: Si pudiera tocar, aunque solo fuera su manto, quedaré sana (Mc). Y tal cual lo hizo: se abrió paso como pudo a través de la multitud y tocó su vestido (Mc). San Lucas precisa un poco más: tocó la orla de su manto (Lc). No logró más, pero fue suficiente. Esta acción en medio de la gente era insólita para una mujer en aquellos tiempos.
Y en aquel instante se sintió completamente sana. No la curó el manto, ¡la curó Jesús!, que había observado todos sus movimientos, y también la fe de su corazón.
El Señor, con buen humor y echando una mirada a su alrededor, preguntó: ¿Quién me ha tocado? Y Pedro, que desconocía a qué se refería Jesús, dijo: Maestro, todo el mundo te oprime y te sofoca… Pero Él miraba a su alrededor para ver a la que había curado. San Marcos nos dice que la mujer estaba asustada y temblorosa. En buena parte por la gracia que había experimentado en su cuerpo y, también, por verse convertida en el centro de atención de toda la multitud y de Jesús mismo. Entonces, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad (Mc). Es decir, descubrió su enfermedad, que era secreta para la mayoría y constituía, además, una impureza legal; también puso de manifiesto su fe y afán por tocar a Jesús, y finalmente cómo se había sentido curada al tocar el manto[310]. El Señor la acogió con toda benevolencia y le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu dolencia. Y ella se marchó más contenta que unas castañuelas. Se fue con su cuerpo sano y con la amistad de Jesús, de la que sería una fiel discípula.
El apócrifo Evangelio de Nicodemo atribuye a esta mujer el nombre de Verónica, y nos la muestra compareciendo en el tribunal de Pilato en el momento de la Pasión para declarar en favor de Jesús; pero esta noticia no tiene un fundamento histórico serio. Esta mujer, Verónica, sería también quien enjugara el rostro de Jesús camino del Calvario, como relata una antigua tradición.
La historia de la mujer curada, llamada muchas veces la hemorroísa, fue muy celebrada por los cristianos de los primeros siglos, como se desprende del testimonio de Eusebio de Cesarea[311]. Según una tradición que se remonta al siglo IV, esta mujer era pagana y natural de Cesarea de Filipo. Hizo levantar en el jardín de su casa una estatua en la que estaba representada la escena del milagro, donde está ella postrada a los pies de Cristo. Eusebio atestigua haber visto estas figuras.