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8.3 Scenario 2 – Upload Customer ABC rating file
La conciencia es por tanto un producto de la actividad cerebral, pero sólo surge y se forma en el cerebro en virtud de los nexos materiales que ligan a éste con el mundo exte- rior. Gracias a los órganos sensoriales periféricos —el ojo, el oído, las mucosas nasales, las papilas de la lengua, las terminaciones nerviosas de la piel, etc.—, puede vincularse el cerebro con el mundo exterior.
Sólo cuando la excitación nerviosa, provocada por la acción estimulante de ciertos agentes materiales sobre los órganos de los sentidos, llega al cerebro, surgen las sensa- ciones en él. Así, por ejemplo, las sensaciones auditivas son suscitadas por las ondas so- noras que actúan sobre el oído; las olfativas son originadas por la acción de las partícu- las materiales sobre las células olfatorias, situadas en las cavidades nasales, etc.
La fuente de las sensaciones es, por consiguiente, el mundo exterior, la materia, el medio material, los fenómenos y objetos que lo componen.
Las sensaciones constituyen la forma elemental de la conciencia, sobre cuya base surgen todos los demás .fenómenos, más complejos, de ella. Sin las sensaciones sería imposible el conocimiento. Sólo mediante las sensaciones adquiere la conciencia su con- tenido entero y toda su riqueza. Cuanto más amplios y diversos sean los vínculos que la unen al mundo material circundante, tanto más empapada estará de contenido.
Se conocen casos de personas simultáneamente ciegas, sordas y mudas de naci- miento. Si no se toman medidas especiales para ayudarles, su existencia se reducirá en esencia al ejercicio de sus funciones meramente fisiológicas y su conciencia será extre- madamente pobre. Pero si con la asistencia del médico se les devuelve algunos de los órganos sensoriales perdidos se ampliará el horizonte de su conciencia, se enriquecerá el
contenido de ésta y, de este modo, volverán a ser miembros útiles a la sociedad, capaces de llevar una vida activa y fecunda.
Si el cerebro no mantuviera relación alguna con el medio exterior a través de los órganos de los sentidos no habría sensaciones y, consiguientemente, no se darían tampo- co otras formas de la conciencia. “Cuando un hombre que está agotado físicamente cae en un profundo sueño —escribe M. Sechenov— su actividad psíquica, por un lado, se reduce a cero, ya que en ese estado ni siquiera sueña, y, por otro, revela una extraordina- ria insensibilidad ante los estímulos externos. En efecto, nada puede despertarle; ni la luz, ni un ruido intenso, ni siquiera el dolor. Esta correspondencia entre la insensibilidad y la desaparición de toda actividad psíquica la hallamos también en los casos de embria- guez alcohólica, adormecimiento con cloroformo y síncopes. Todo el mundo sabe y na- die pone en duda que existe una relación causal entre ambos hechos. Las opiniones di- vergen en cuanto a si la desaparición de la conciencia es la causa de la insensibilidad, como sostienen unos, o si es más bien lo contrario, como piensan otros. Sin embargo, no es posible dudar entre ambas opiniones. Si cerca de un hombre que duerme profunda- mente disparamos 1, 2, 3, 100 o más cañones, se despertará y enseguida aparecerá su actividad psíquica; pero si ha perdido el sentido del oído, podremos disparar teóricamen- te hasta un millón de cañones sin que su conciencia aparezca. Y lo mismo sucedería con el sentido de la vista, cualquiera que fuese la intensidad del estímulo luminoso; por últi- mo, si estuviera privado de la sensibilidad táctil, no podría afectarle el dolor más terri- ble. En una palabra, un hombre que ha caído en un profundo sueño y que, por otra parte, está privado de los nervios sensitivos, podría seguir durmiendo así hasta la hora de su muerte.
“Que no nos digan, por tanto, que sin una excitación sensible exterior podría darse un solo instante de actividad psíquica, ni tampoco el movimiento muscular en que se manifiesta.”8
En condiciones exactamente iguales, la misma propiedad de una cosa provoca en nuestro cerebro idéntica sensación. Es imposible que la misma bola de billar, por ejem- plo, provoque en nosotros la sensación de color blanco en un momento dado, y en otro, la de negro; que después origine la de verde o azul y, más tarde, provoque nuevamente la sensación de blanco, etc.; o que en este momento tengamos la sensación de su lisura e inmediatamente la de su aspereza; que primero la sintamos dura y, un instante después, blanda, etc.
Las sensaciones provocadas en nosotros por las propiedades de los objetos materia- les no tienen carácter casual, ni se suceden caóticamente; son sensaciones absolutamente definidas que responden a la naturaleza objetiva de esas propiedades. Percibir el olor de una sustancia significa que ésta posee la propiedad de expeler al aire partículas ínfimas, que se distinguen por algunas cualidades físico-químicas de que carecen las partículas
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I. M. Sechenov, Obras filosóficas y psicológicas escogidas, ed. rusa, Gospolitizdat, 1947, pág. 178.
En la clínica del célebre hombre de ciencia S. P. Botkin se hallaba un enfermo que había perdido la vista y el oído al mismo tiempo que la sensibilidad táctil en todo el cuerpo, con excepción de la de una mano. El enfermo estaba durmiendo casi siempre y sólo despertaba al tocarle la mano en que conservaba la sensibilidad.
que emiten las sustancias no olorosas. El olor es una propiedad objetiva. La existencia en el aire de partículas emitidas por sustancias olorosas, dotadas de propiedades especí- ficas, puede ser registrada no sólo por el olfato, sino también por medio de procedimien- tos físicos y químicos.
Gracias a que ciertas propiedades de los objetos materiales provocan en nosotros sensaciones definidas, podemos distinguir esas propiedades entre sí. Propiedades iguales de los cuerpos, que se diferencian, sin embargo, por su grado o intensidad (temperatura más o menos alta, mayor o menor peso, etc.), provocan en nosotros sensaciones de la misma cualidad, que no obstante son distintas, en virtud de las peculiaridades vinculadas con la intensidad de las propiedades de que se trate. Las semejanzas y diferencias que se observan entre las sensaciones provocadas por la acción de los objetos materiales expre- san las semejanzas y diferencias entre las propiedades inherentes a esos objetos.
Las cosas materiales no poseen una sola propiedad, sino muchas propiedades, entre las que figuran la forma, el peso, el color, el olor, la dureza o la blandura, la lisura o la aspereza, etc. Nuestros órganos sensoriales transmiten simultáneamente al cerebro múltiples y variadas excitaciones, cuya fuente se encuentra en esas propiedades. Y, so- bre esta base, se produce en el cerebro una percepción unitaria e íntegra de los objetos. La percepción es un complejo de sensaciones ligadas entre sí que corresponde a las pro- piedades —mutuamente relacionadas— del objeto que provoca la percepción dada. A cada objeto material corresponde en el sujeto determinada percepción; las peculiaridades de la percepción expresan las de los objetos materiales, sus propias semejanzas y dife- rencias.
Las sensaciones y percepciones no concuerdan con los objetos exteriores a la mane- ra como las señales o signos convencionales con las cosas a que se refieren, sino como las copias que corresponden a determinados objetos. Las sensaciones y percepciones son copias, fotografías o imágenes de los objetos materiales. Esta tesis constituye uno de los pilares de la teoría dialéctico-materialista del conocimiento. Su veracidad ha sido com- probada de modo irrefutable por las ciencias naturales.
I. M. Sechenov contribuyó considerablemente a fundamentar la tesis de que las sen- saciones son copias, imágenes o fotografías fieles de los objetos del mundo exterior. Va- liéndonos del procedimiento demostrativo utilizado por Sechenov, podremos conven- cernos de que las sensaciones nos dan imágenes adecuadas de los objetos que percibi- mos.
Al contemplar un objeto exterior, se forma una imagen suya en ambos ojos, exac- tamente en la retina. La imagen surge, con arreglo a las leyes de la óptica, merced al cristalino, que tiene la forma de una lente biconvexa. Pero esta imagen física no es to- davía la imagen visual que aparece en la conciencia, sino un simple eslabón intermedio entre el objeto exterior y la imagen formada en la conciencia. Nos falta saber si al crear su propia imagen la conciencia transforma la que surge en la retina. Por consiguiente, tenemos una serie de tres términos enlazados entre sí: 1) el objeto exterior; 2) la imagen retiniana, y 3) la imagen formada en la conciencia. Ahora nos interesa plantear la si- guiente cuestión: ¿coincide la imagen de la conciencia (3) con el objeto exterior (1)? La
cuestión se complica porque desconocemos cómo es el objeto en sí; es decir, fuera de la imagen que de él se forma en la conciencia. Lo único que se nos da de un modo directo e inmediato es esa imagen; por tanto, para resolver la cuestión planteada es forzoso que sigamos una vía indirecta.
Tomemos una lente ordinaria biconvexa. Valiéndonos de ella, formemos en una pantalla la imagen del objeto que estamos viendo; resultará entonces que la imagen for- mada en la pantalla y el objeto exterior coinciden. Esta coincidencia responde a las leyes de la óptica. Pero también podemos convencemos de ella, comparando la imagen con el objeto. Para nuestro objeto son tan exteriores la imagen formada en la pantalla como el objeto examinado. La similitud entre ambas sensaciones nos permite concluir que la imagen y el objeto coinciden entre sí. Y puesto que el cristalino se comporta como una lente ordinaria (lo cual puede demostrarse experimentalmente), la imagen retiniana co- incide con el objeto exterior. Cuando miramos a la pantalla vemos de hecho lo mismo que se da en la retina, ya que las dos imágenes se han obtenido empleando los mismos procedimientos físicos. Pero, al contemplar el objeto exterior, nuestro cerebro entra en relación con la imagen formada en la conciencia. Consiguientemente, al mirar la pantalla y el objeto exterior comparamos la imagen retiniana con la que se da en la conciencia. Ahora bien, ¿qué logramos con esta comparación? Sechenov resume así sus resultados: “El triángulo, el círculo, la creciente de la Luna, el marco de la ventana, etc., se dan en la retina y en la conciencia como triángulo, círculo, creciente de la Luna, etc. La imagen borrosa de la retina provoca una imagen también borrosa en la conciencia. El punto in- móvil se presenta inmóvil y el pájaro que vuela se presenta en movimiento: las zonas débilmente iluminadas en la imagen retiniana aparecen oscuras en la conciencia, los puntos brillantes resplandecen, etc. En una palabra, la conciencia se comporta, respecto a las imágenes retinianas, como un espejo no menos fiel que la retina misma con los medios refringentes del ojo respecto al objeto exterior. Pues bien, si el primer término de una serie coincide con el segundo y éste con el tercero, tendremos entonces que el terce- ro coincidirá, a su vez, con el primero. Es decir, el objeto exterior desconocido u objeto en sí coincide con su imagen óptica en la conciencia.”9
Las sensaciones visuales no sólo dan una imagen fiel de cada objeto singular, sino también de un grupo de objetos. Y para comprobarlo podemos seguir el mismo razona- miento anterior, considerando el grupo entero como un objeto complejo, compuesto de partes heterogéneas.
Pero ¿el ojo refleja adecuadamente la disposición de los objetos en el espacio? La ciencia responde en sentido afirmativo. Para apreciar la posición de los objetos en el es- pacio, su alejamiento respecto de nosotros, pasamos la mirada sucesivamente de un ob- jeto a otro, reducimos más o menos el eje del ojo con relación a la nariz; si el objeto está cerca, los ojos se contraerán con más fuerza y si se encuentra lejos la contracción será menor. La sensación ligada a las contracciones musculares que hacen virar el ojo, permi- te calcular el ángulo de viraje; con esto se vincula directamente la percepción de la dis-
tancia a que se halla el objeto con relación a nosotros. Al abarcar con su mirada la natu- raleza circundante, el hombre realiza con sus ojos las mismas operaciones geométricas que efectúa el topógrafo que lleva a cabo un levantamiento del terreno. Y de la misma manera que sus construcciones geométricas dan un cuadro exacto de la disposición mu- tua de los objetos en el espacio, así también las sensaciones visuales constituyen un re- flejo fiel de esa disposición. Naturalmente, los instrumentos goniométricos permiten medir los ángulos con más exactitud que los músculos que hacen girar el ojo. De ahí que la medición visual del terreno sea también menos exacta, sobre todo si se trata de objetos muy alejados. Pero, en general, también en este caso el ojo refleja fielmente la realidad. Puede mostrarse asimismo que el ojo refleja con bastante exactitud la magnitud relativa de los objetos.
A modo de comprobación general de que las sensaciones visuales reflejan adecua- damente el mundo exterior, podemos aducir lo siguiente. Cuando el hombre se mueve incluso a grandes velocidades entre objetos de formas muy complicadas que se interpo- nen en su camino de manera confusa y extraña, logra sortear venturosamente todos los obstáculos guiándose por el testimonio de sus ojos. Esas pruebas sólo pueden afrontarse con éxito si los ojos dan una imagen exacta, formada además con rapidez, de los objetos del mundo exterior. El ojo se comporta ante las formas y los movimientos de esos obje- tos como una placa fotográfica muy sensible que impresiona tanto los objetos inmóviles como los que están en movimiento.
También podemos citar otras sensaciones que son reflejos o imágenes del mundo exterior. Por ello, no sólo podemos hablar de “fotografía” luminosa, sino también de “fotografía” sonora de los procesos de la realidad exterior. Nuestras sensaciones auditi- vas reflejan fielmente los movimientos sonoros de los cuerpos. Y así lo demuestran los datos aportados por instrumentos físicos que registran con gran exactitud los procesos sonoros de los objetos y sus rasgos específicos. La sensación auditiva surge en cuanto empieza a vibrar un cuerpo sonoro y, al cesar el sonido, cesa también la sensación. Cuando los movimientos sonoros cambian de intensidad, frecuencia y duración, varían también la altura, el tono y la duración de la sensación respectiva. Las diferencias de timbre en el sonido percibido se traducen en diferencias objetivas en el carácter del mo- vimiento sonoro, etc.
La sensación (y la percepción), en cuanto forma de reflejo del mundo exterior, se distingue por dos particularidades: Primera: es un reflejo directo e inmediato del mundo material, ya que no existe ningún eslabón intermedio entre la sensación como elemento de la conciencia y la realidad objetiva reflejada. Segunda: refleja siempre determinadas propiedades de objetos materiales concretos; no el color en general, sino este color en un momento dado y en circunstancias determinadas; no el peso en general, sino el peso de un objeto concreto en un instante dado y en circunstancias definidas, etc.
El hombre no es sólo un ser biológico, sino también social. Sus órganos sensoriales no solamente son fruto de la evolución biológica; también lo son del desarrollo de la so- ciedad. Al actuar sobre la naturaleza, el hombre se transforma a sí mismo y transforma, a su vez, sus órganos de los sentidos. El ojo del águila ve más allá que el débil ojo huma-
no; sin embargo, el águila no ve en las cosas la centésima parte de lo que el hombre puede ver. Al igual que el oído, el tacto y el olfato, la vista es fruto del desarrollo histó- rico humano. Todos los hombres tienen sensaciones y percepciones, pero el pintor puede distinguir más matices cromáticos que los demás. Muchos animales captan un susurro apenas audible, pero el hombre cultivado musicalmente puede escuchar más sonidos que el finísimo oído de un animal como el perro.
La percepción del mundo por el hombre no es pasiva, contemplativa, como un espe- jo inerte, sino una percepción activa. En el proceso de su actividad transformadora so- cial, el hombre percibe los objetos y fenómenos del mundo circundante. Ello le permite conocer más a fondo el mundo. En ese proceso de percepción del mundo que le rodea, desempeñan una función muy importante no sólo los objetos percibidos y los órganos sensoriales, sino también toda la experiencia histórica acumulada por el hombre y la humanidad.
Con muchos objetos del mundo que nos rodea estamos en una relación frecuente. Gracias a la percepción reiterada de los mismos objetos, nuestro cerebro ha adquirido la facultad de crear imágenes unitarias de ellos, no sólo cuando los objetos provocan direc- tamente el complejo sensorial que pueden provocar, sino también cuando sólo suscitan algunas de las sensaciones de ese complejo. Así, por ejemplo, al ver un candelabro metálico ya conocido, no lo percibo simplemente como un objeto con cierta forma exte- rior, sino como un objeto pulimentado, sólido, frío y pesado. Puesto que no lo estoy to- cando, el candelabro no provoca en mí, en ese momento, sensaciones táctiles o térmicas. Ahora bien, en el pasado experimenté esas sensaciones cuando contemplé el candelabro y además lo tuve en mis manos, lo palpé y calculé su peso. Todo ello hizo que en mi conciencia surgiera un firme complejo sensorial, gracias al cual pude tener una imagen total del objeto, una representación suya. Ahora que sólo veo el candelabro, que única- mente tengo de él sensaciones visuales, puedo representarme también mediante la aso- ciación otras propiedades de ese objeto.
Nuestro cerebro posee la facultad de formar representaciones, es decir, imágenes de los objetos que en un momento dado no provocan sensaciones en nosotros. Aunque esas imágenes son, al parecer, productos de la autoactividad arbitraria de la conciencia, no es así en realidad. Sólo podemos representarnos los objetos que alguna vez provocaron efectivamente sensaciones en nosotros, dejando grabadas sus huellas en nuestro cerebro. Las representaciones, al igual que las sensaciones y percepciones que les sirven de base, son reflejos, imágenes, del mundo material.
¿Cómo explicarnos entonces ciertos productos de la actividad psíquica: las imáge- nes del centauro (mitad hombre, mitad caballo) o de la sirena (medio cuerpo de mujer y medio de pez)? Nadie ha visto ni palpado nunca un centauro o una sirena, ni jamás estos seres han provocado sensación alguna por la sencilla razón de que no existen efectiva- mente en la naturaleza. No obstante, sí existen sus imágenes mentales. ¿No viene a refu- tar esto la tesis materialista de que las sensaciones, percepciones y representaciones son imágenes o reflejos de la realidad objetiva, del mundo material? No, no la refuta, como lo demuestran claramente los elementos que integran las imágenes del centauro y de la
sirena. En efecto, si los hombres no hubieran visto nunca un caballo ni un pez, jamás habrían podido crear las imágenes del centauro y de la sirena.
Puesto que las representaciones no dependen de la existencia de las sensaciones en