No se trata todavía de componer frases sino tan sólo de encontrar las palabras que designan a las cosas, de reunir las piezas del mecano y disponerlas sobre la mesa antes de comenzar el ensamblaje. Veamos, a partir de las imágenes, cuáles son esas «palabras», los elementos que con más frecuencia se repiten y con los cuales se hará posible imaginar un discurso.
En primer lugar, España, que ofrece dos representaciones suficientemente extendidas: la matrona coronada de torres y la maja.
Aunque se trate de una codificación ya antigua, parece ser que desde finales de los sesenta la matrona coronada de torres comienza a encontrarse con frecuencia como alego- ría de la Nación. La tyche clásica era utilizada en época romana como representación de ciudades y entidades territoriales y así es generalmente aceptada en el siglo XIX en otras partes de Europa. Como en el caso italiano, en España esta alegoría simboliza el conjunto de la Nación y no una ciudad o territorio concretos, imponiéndose paulatinamente a la imagen tradicional en forma de figura femenina, vestida a la romana, tocada con morrión y llevando en las manos espigas y un escudo junto con dos flechas o saetas. Aunque la alegoría clásica no va a desaparecer por completo como representación oficial, la matrona con corona mural aparecerá ahora con mucha más frecuencia, de tal manera que en toda la documentación consultada es el único tipo presente.
Es delicado intentar elucidar el porqué de un «éxito» simbólico. En la difusión de una imagen juegan factores de muy diverso cariz, que van desde las medidas legales hasta los volubles dictados de la moda. En este caso, lo institucional parece haber jugado un papel importante ya que, probablemente, es el gobierno provisional de 1868 quien populariza esta imagen al utilizarla para una nueva emisión de monedas. En efecto, el decreto del 19 de octubre de 1868 organiza un nuevo sistema destinado a acabar con la caótica proliferación de diferentes valores estableciendo la peseta dividida en cien céntimos como unidad mone- taria. Dadas las circunstancias políticas de la Nación, las nuevas acuñaciones no deben re- presentar ninguna efigie personal ni tampoco las flores de lis unidas al recuerdo de los Bor- bones, únicamente el escudo o las figuras alegóricas de la Patria. De esta manera, junto a un primer tipo donde se observa a la matrona sentada sobre rocas y con una rama de olivo en la mano derecha, aparece la figura coronada de torres, también con una rama de olivo, pero recostada sobre los montes Pirineos y teniendo a sus pies el peñón de Gibraltar. Esta repre- sentación se inspira en su forma y composición en los denarios de Adriano, cuyo reverso presenta la imagen descrita junto con la inscripción «Hispania», con una importante salve- dad en lo que nos concierne: la corona mural, elemento heráldico de inequívoca significa- ción en España, es simplemente un lazo en el original.
Las variaciones con respecto a este modelo en las imágenes humorísticas son pocas y apenas significativas, como la aparición de elementos heráldicos en la cenefa del manto de acuerdo con la descripción tradicional. Por el contrario, en algunas ocasiones, la túnica y el manto de la alegoría están hechos harapos, aunque esta circunstancia merece ser analizada en relación con un aspecto más general, como es el de la complexión de las figuras femeninas.
En efecto, la querella entre Españas «gordas» o «flacas», de obvia significación, se popu- lariza en la prensa satírica a partir de 1868, siendo habitual encontrar dicha tipificación en las publicaciones de la época, dando incluso título a periódicos de signo político opuesto. La imagen de la Nación se ve, mediante este recurso, desprovista de toda solemnidad. De alguna
manera, se rompe la frontera entre el mundo de referentes absolutos de la alegoría y el ridículo universo de la caricatura. Sin perder por completo su carga simbólica, la Nación pasa a ser un personaje más de actualidad que con su raída toga y la corona ladeada baja a la arena, se codea con políticos grotescos, los amonesta o, en la mayoría de los casos, sufre las consecuencias de sus malas artes (ilustraciones 1 y 2 [véanse las ilustraciones al final del artículo, pp. 195-198]).4
Otro tipo, que acaso resulte más singular por su novedad, es el de la Nación representa- da como una joven maja, «manola» o simplemente vestida de acuerdo con la moda de la época. Las variantes son muchas y prácticamente dependen del gusto del ilustrador: se dan tipos goyescos, castizos, burgueses, populares o diseños de fantasía. Sin embargo, todos ellos presentan ciertos rasgos que les confieren carácter simbólico, como el predominio de los colores de la enseña nacional —ya sea en distintos elementos del traje o en un tejido listado— y la presencia de elementos heráldicos formando parte del estampado que hacen suponer una relación con el modelo estudiado anteriormente. He encontrado muchas más muestras de esta imagen a partir de la Revolución, y particularmente tras el año 1875. Aun- que también es utilizada en otras publicaciones, la revista El Loro —en especial los dibujos de Demócrito— ofrece la mayor variedad de ejemplos, como éste en que la referencia a la nación sólo existe en el tejido listado de la falda (ilustración 3).
Esta codificación es un verdadero hallazgo de la prensa satírica. La incómoda ambiva- lencia entre alegoría y caricatura que presenta el tipo anterior, es salvada aquí mediante la hibridación de ambas. Los elementos simbólicos han sido reducidos al máximo —colores, heráldica— sin por ello impedir la identificación, que es casi inmediata. La utilización de referentes contemporáneos, como la ropa o el tocado, se acomoda perfectamente al objetivo de la sátira: salvar la distancia entre el plano alegórico tradicional y el deformante espejo de la caricatura y colocarlas en un mismo escenario donde lo grotesco, por contraste, confiere realce a la figura simbólica. Se logra así una completa inversión de valores: el tipo «maja» implica para España un «destino de folletín: seducida o maltratada, seducida y maltratada», como afirma Valeriano Bozal al estudiar el grabado en esta época.
Si es cierto que se mantienen los modos de expresión tradicionales, no lo es menos que publicaciones como La Flaca, El Loro, La Campana de Gracia, La Correspondencia del Diablo, La Madeja Política o La Viña serán a partir de ahora el territorio predilecto de la sátira gráfi- ca. Del mismo modo, lo joco-serio sufre un desarrollo significativo: si desde los años cuaren- ta hasta la Revolución, la separación entre lo positivo y lo negativo se mantiene aún, poco a poco se tiende hacia una deformación grotesca que acaba por convertirse en esperpento.5 La
evolución político-social de la España del momento no puede desligarse de este hecho: el proceso iniciado en 1868 provocará en aquéllos que habían apostado por las reformas radi- cales un desencanto sólo equiparable a la magnitud de las esperanzas. La burguesía radical teme las consecuencias de un auténtico protagonismo del elemento popular y, en consecuen-
4. Resulta interesante comparar esta codificación con algunas representaciones alegóricas oficiales caras a la monarquía. Si en éstas la figura del rey se revaloriza precisamente como consecuencia de su «ascenso» a un plano simbólico superior —lo que le confiere un valor semejante a las imágenes que le acompañan—, en el caso de la caricatura se produce el fenómeno inverso: la alegoría desciende de su mundo de referentes abso- lutos al de la realidad más desnuda teniendo como consecuencia una inmediata desmitificación.
5. La consolidación de la burguesía y la mejora de condiciones económicas y culturales, unida a la agudización del enfrentamiento —político— entre las diversas tendencias dentro del liberalismo, son para Valeriano Bozal algunas causas del aumento sorprendente de las publicaciones en estos años, razo- nes a las que se puede añadir una mayor libertad de prensa que duraría hasta el golpe de estado de Pavía y otras medidas como la reducción de los derechos de timbre y del precio del papel que van a contribuir a una evidente expansión con respecto al reinado de Isabel II. El desarrollo de lo joco-serio se produce en años posteriores al Trienio, y sobre todo en la década de los años 1840. La unión de lo serio (política, economía, religión, moral, etc.) y el tratamiento humorístico conduce a lo grotesco y finalmente a lo esperpéntico. Algunos ejemplos tempranos de este género serían publicaciones como Guindilla, El papa-
gayo, Fray Gerundio o El cencerro. Ver Valeriano Bozal, «El grabado popular en el siglo XIX», en Juan
Carrete et al., Summa Artis, Historia general del arte, vol. XXXII, El Grabado en España (siglos XIX y XX), Madrid, Espasa Calpe, 1988, 2.ª ed., pp. 247-426.
cia, éste se va a sentir utilizado y abandonado. La sátira total, violenta y escéptica, donde se confunden los eternos valores del pasado con la descarnada realidad contemporánea, la pataleta, el humor o la carcajada ácida se presentan como única salida de la situación. Muy pocos se salvan de la quema. Acaso algunos políticos republicanos —Castelar, Figueras, Pi y Margall, Salmerón— cuyo renombre e imagen se irá empañando a medida que avancen los acontecimientos y los ideales tasqueen el freno de la realidad (ilustraciones 4 y 5).