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1.3 Threshold Cryptosystems

1.3.1 Secret Sharing

Los trabajos de interpretación o análisis de la toponimia riojana en su conjunto son relativamente escasos, aunque con importantes aportaciones de lexicología etimológica y agrupaciones semánticas, aparte de otros estudios lingüísticos (sobre fonética y dialectología).

Son más numerosos los estudios relacionados con análisis de nombres geográficos pertenecientes a estratos lingüísticos concretos (como la toponimia vasca), los que se dedican a un cierto campo nocional o los que abarcan un territorio municipal o comarca para el registro de topónimos, su adscripción semántica o para la recopilación de nombres

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vernáculos. Reseñamos a continuación las obras básicas que configuran el estado previo de la cuestión a nuestra indagación fitotoponímica.

El planteamiento fundamental de los estudios lingüísticos de perspectiva regional conlleva la asunción de La Rioja como territorio idiomáticamente transicional entre Castilla, Aragón y Navarra, con diferencias entre las comarcas orientales y occidentales, que tienen elementos fosilizados en la toponimia de léxico romance propio de los ámbitos lingüísticos de cada dominio. Asimismo, se destaca la importancia de elementos vascos y mozárabes y la ausencia o escasez de germanismos tan abundantes en otras regiones peninsulares.

Los primeros trabajos específicos de toponimia riojana comienzan mediado el siglo XX con el trabajo de Alarcos Llorach (1950), que hace una estratificación de los macrotopónimos o topónimos mayores riojanos (prerromanos, latinos, romances, vascos, árabes etc.), con una clasificación de grupos de significados para los romances –para los que subraya el carácter fronterizo de La Rioja- y en particular una breve relación de topónimos de nombres de plantas y vegetación (op. cit. pp. 483-485). Utiliza Alarcos el Nomenclátor de la provincia de

Logroño del Instituto Geográfico y Estadístico de 1893 y se apoya también en los Diccionarios de Madoz y de Govantes. Añade que:

“Para una investigación más demorada sería necesaria la recogida sobre el terreno de centenares de denominaciones de toponimia menor (…). Bien se nos alcanza que de esta forma nuestra labor queda incompleta: no obstante, puede ser útil y servir de cimiento para un examen más apurado del tema”.

(Alarcos Llorach, Apuntaciones sobre toponimia riojana. Berceo, nº 16 (1950): 473-

492)

A este artículo, le siguió el trabajo breve de Sánchez Vidal (1972: 15-24), que hace una recensión crítica, corrección o matización de algunas interpretaciones etimológicas propuestas por Alarcos y por Merino Urrutia (vid. infra) a la luz de la consulta de

documentación antigua riojana: por ejemplo, los topónimos de Gembres, Inestrillas, Pazuengos, Villalobar y Ayuela, que hemos comentado en los respectivos epígrafes de este

trabajo y que tendrían una adscripción controvertida al campo nocional fitonímico.

Con base en el DTALR de González Blanco (1987), González Bachiller (1997) realiza una investigación panorámica y profunda sobre aspectos fonéticos y morfológicos de la toponimia riojana en su conjunto, con análisis de la evolución y aportaciones etimológicas sobre muchos nombres. Subraya una vez más el carácter mixto de la toponimia y el léxico de la región, como territorio de frontera entre distintos ámbitos lingüísticos, destacando las variedades autóctonas del riojano e incluso las concomitancias con dialectos occidentales peninsulares. Este estudio ha sido un apoyo fundamental en nuestro trabajo. En el prólogo al Diccionario de González Blanco, M. Alvar (op cit. Pp. 21-35) introduce una magistral

síntesis de la toponimia riojana desde el punto de vista fonético, morfológico y léxico. Cantera Ortiz de Urbina (1997) hace una somera mención a toponimia mayor riojana centrándose en la vasca y sobre todo la árabe, ya estudiada por Asín Palacios y Steiger (en concreto, el topónimo de Albelda).

Sobre la toponimia vasca en La Rioja, la aportación fundamental ha sido la de Merino Urrutia, que recopiló datos y realizó publicaciones parciales que comenzaron alrededor de los años 30 del siglo XX y culminaron en 1978 con su La lengua vasca en La Rioja y Burgos.

Realizó un exhaustivo análisis de nombres geográficos riojanos con posible adscripción a la lengua vasca, y no sólo los actuales y relativos a entidades de población, es decir, incluyendo una relación copiosa de topónimos menores, sobre todo de los valles del Oja y del Tirón, pero también de la cuenca del Najerilla y del resto de La Rioja así como de las comarcas

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limítrofes de la actual provincia de Burgos. Los trabajos de Merino han sido la base para posteriores recensiones parciales de ciertos topónimos por él mencionados como el de Lecuona (1953). Hubo el precedente de Rittwagen (1928) con su Nomenclátor de denominaciones geográficas vascas en La Rioja. También cabe mencionar la de Arregui Belar

(1958) sobre la toponimia de Ezcaray, con información cartográfica suplementaria. Aunque el grueso de los topónimos vascos que se conservan actualmente (sobre todo los menores) no parece remontarse más allá de tiempos medievales, la intensidad y frecuencia de toponimia en ciertas comarcas inspiraron los planteamientos sobre si la impronta vasca se remontaría a un pasado en que el pueblo autrigón se extendió desde la costa cantábrica hasta La Demanda o por el contrario es resultado de una repoblación posterior de vascones entre los siglos IX y XII. La primera hipótesis, que ya se planteó Caro Baroja (1945), la secunda también Aznar Martínez (2011), apoyándose en la onomástica de testimonios epigráficos de época romana y la onomástica de ciudades vasconas (como Calagurris) y

beronas, que confirmarían la existencia de un protovasco muy anterior en La Rioja; este autor ha propuesto nuevas hipótesis etimológicas de microtopónimos repartidos por el territorio riojano, que, para el caso de los relacionados con la vegetación, hemos recogido en los correspondientes epígrafes del Capítulo 4. Irigoyen (1982, 1987) también participó en la interpretación de algunos topónimos de forma vasca en el término de Briones y en documentación riojana, y Oria de Rueda (2004) recoge toponimia fitológica como parte de la cultura vascongada en el valle del Oja.

Sobre estudios de topónimos concretos, destacan los trabajos de Ruiz del Castillo (2006) sobre los aproximadamente 200 nombres geográficos emparentados con rad o dehesa, los

de Lecuona (1953b) sobre dos macrotopónimos (Nájera y Medrano), la de Mangado (2007) para el nombre de la población de Alberite o el de Moralejo (1975) sobre Albelda. González Blanco (1999) estudió la mención a cuevas de La Rioja a partir de los testimonios toponímicos relacionados con columbarios y palomares.

Los estudios toponímicos de entidades territoriales municipales, aparte de las recopilaciones, han sido escasos: cabe mencionar el de Hernández Jiménez (1996) sobre los topónimos de las vías pecuarias del término de Alfaro y el de García Fernández (2004) ya citado más arriba. En la Toponimia de Viniegra de Abajo según la tradición oral (2013),

Fernández Aldana, Elías Pastor, Pastor Blanco y Gómez Villar hacen un estudio de los nombres geográficos recogidos en el término con análisis particularizado de sus asignaciones semánticas o de los orígenes etimológicos.

No hay trabajos exhaustivos sobre los topónimos riojanos en textos antiguos, pero las aportaciones son de sumo interés por cuanto recogen las fuentes documentales de las que extraer la información: así, el breve trabajo de García Mouton (1983) sobre la toponimia riojana medieval incluida en la Enciclopedia de La Rioja, síntesis de la información

disponible en las ediciones de las documentaciones del Becerro de Valvanera (Lucas Álvarez, 1950), el Cartulario de San Millán de la Cogolla (Serrano, 1930), la colección diplomática medieval de La Rioja (Rodríguez de la Lama, 1976) y referencias tomadas de documentos de Alfaro (Menéndez Pidal, 1952) y del cartulario de Albelda (Ubieto Arteta, 1960). Introduce García Mouton una clasificación preliminar de la toponimia mayor relacionada con la flora, los bosques y prados y algunas actividades (hornos, carboneras etc.).

De topónimos tal y como aparecen en textos antiguos hay que agregar los artículos de Ovejas (1956) sobre toponimia en las obras de Berceo (no sólo riojana). La obra divulgativa de Ortiz Trifol (1982) recoge toponimia mayor en formas históricas y hace una clasificación sistemática por campos semánticos y estratificación lingüística.

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Entresaca Dutton (1980) nombres de plantas y topónimos mencionados en la propia obra de Berceo y en documentación medieval: Cartularios de San Millán (los de 759-1076, Ubieto 1976; y el posterior a 1976 de Serrano, 1930), la colección diplomática de San Salvador de Oña (822-1284) (del Álamo, 1950). De fechas más recientes es el artículo de Ranz Yubero y López de los Mozos (2002) sobre topónimos riojanos del patrimonio emilianense en una bula de 1199, en el que se hace mención a 109 nombres de lugar, clasificados según su adscripción nocional y origen etimológico.

La fitotoponimia en particular ha sido objeto de análisis específico por parte de Fernández Aldana (2001, 2011) en sus estudios para el período comprendido entre los siglos XVIII y XX sobre la evolución de los hayedos en las cuencas del Leza, Jubera y Cidacos y sobre la presencia de robles en La Rioja.

Los estudios de onomástica botánica (léxico vernáculo de plantas y agrupaciones) son básicos en la identificación del apelativo original de muchos nombres geográficos. Mencionamos en particular los realizados en territorio riojano: son básicos los trabajos de García Turza, Pastor Blanco, Echaide y Saralegui y Elías.

Los estudios de onomástica botánica (léxico vernáculo de plantas y agrupaciones) son básicos en la identificación del apelativo original de muchos nombres geográficos. Mencionaremos en particular los realizados en territorio riojano y zonas limítrofes:

Son fundamentales los trabajos sobre el léxico botánico en Matute (García Turza, 1992), el incluido en el estudio del habla de los valles de Canales, del Brieva y del Urbión (Pastor Blanco, 2001) y el léxico específicamente pastoril en el alto Najerilla (Pastor Blanco, 2011), además del vocabulario agrícola riojano (Conde Soldevilla, 1994) y el léxico fitonímico en Alfaro (Martínez Ezquerro, 1994). Aparece vocabulario vernáculo fitonímico en otras obras de alcance léxico más amplio, como el propio Atlas Lingüístico y Etnográfico de Aragón, Navarra y La Rioja (Alvar, Llorente y Buesa, 1979-1983) y el Tesoro Léxico de las Hablas Riojanas (Pastor Blanco, 2004), que recoge todos los vocabularios y fuentes de léxico

específicas del territorio regional o de alguno de sus términos, como el de Goicoechea, Magaña y el de Echaide y Saralegui, junto con otros muchos. Posterior es el trabajo de Pajuelo Merino (2007) y el del propio Pastor (2007) sobre léxico característico de los valle del Cidacos y el Alhama. Hay mención a términos riojanos en Oria de Rueda (2002) y en Ruiz de la Torre (1998). Los nombres vascos de plantas se encuentran en Baráibar (1903), López de Guereñu (1975) y en el estudio toponímico del Condado de Treviño y la Puebla de Arganzón de Sánchez González de Herrero (1985), así como en los trabajos de Urrestarazu (1998, 2013).

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2. OBJETIVOS, MATERIALES Y

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