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Chapter 4: Research Methodology

4.10 Data collection process

4.10.1 Semi-structured interviews

Definitivamente la ética la realizan y experimentan las personas. De hecho las personas son los sujetos responsables de ésta, y como las personas son seres sociales que se han agrupado de muchas maneras -lo que hace que la forma de realizar y experimentar la ética se diversifique por medio de las instituciones-, así las personas pueden llamarse y constituirse como sujetos colectivos organizados. Las universidades como organizaciones o instituciones de amplia influencia se muestran como entidades que persiguen metas específicas que, a su vez, se guían por valores, con lo que, no sólo reflejan dichos valores en su entramado institucional, sino que los llevan más allá de sus espacios internos. (Etxeberría y Rodríguez, 2004: 18). La universidad es una institución moral donde la noción misma es sinónimo de universalidad. Como tal, en la universidad convergen muchos constructos sobre las ideas de conocimiento, comunicación, comprensión, apertura, crítica y libertad. Cada uno de estos conceptos encierra parte de su carácter (Barnett, 2004: 40). Pero la universidad no es una simple organización o una corporación. Como estructura social, sus funciones son mucho más complejas -como ya se señaló con MacIntyre- (MacIntyre, 1985). Las universidades tienen sus propios bienes internos, que requieren ciertas virtudes para su posibilidad, por lo que, las actividades que se realizan para obtener los bienes le dan el carácter moral a la institución universitaria.

Podría decirse incluso que la universidad es una de esas instituciones a las que la ética es inherente en su constitución y definición. Las universidades de cualquier tipo, deben tener

vocación ante la llamada a configurarse desde el aliento moral, lo que hace que su respuesta negativa a este reto deba ser vista como contradicción a su propia naturaleza (Etxeberría y Rodríguez, 2009: 20). Si la universidad goza generalmente de una clara orientación ética, exigirá para sí misma, aunque no de manera declarada, que ésta y sus integrantes actúen acorde a ello. No sólo se trata de tener un programa de formación en ética para autodenominarse institución moral, tendrá que actuar conforme a su función formativa y operativa dada su naturaleza; ya que si existe una contradicción entre sus estructuras respecto a la ética y en sus iniciativas de fomento educativo de ésta, habría una incoherencia en lo primero y sería dañina en lo segundo. No es exagerado afirmar, entonces, que si hay alguna institución idealista en el sentido filosófico de esa expresión, es decir, una institución cuya fisonomía dependa en alto grado de la idea que para sí misma trata de realizar, esa es la universidad. No es difícil comprender por qué en la universidad “florece la más clara conciencia de la época” (Jaspers, 1959: 392), y si ella aspira a tomar conciencia de todo, ¿cómo iba a estar ignorante de sí misma? (Peña, 2008: 24).

La universidad, como la más clara conciencia de la época, en la medida en que salvaguarda el saber de su tiempo y examina, a la vez, las condiciones de su posibilidad, pervive hasta mediados del siglo XX. La muestra más clara de esto la señala Jaspers, quien, en la segunda postguerra mundial, reflexiona de nuevo sobre la índole de la universidad y su vinculación incondicional con la ciencia (Jaspers, 1959: 392 y Ortega, 1936: 60 y ss). No cabe duda entonces de que la universidad reclama para sí un lugar incondicional, un momento más allá de toda determinación desde el cual buscar la verdad y reafirmar, incluso, el sentido de búsqueda (Peña, 2008: 35; Derrida, 2002: 9-10). Desde sus orígenes medievales, la universidad ha tenido la función de proveer formación para las profesiones. Sin embargo, esta función toma una nueva dimensión desde que se presentaron los primeros fenómenos de masificación y más aún, cuando estos ya fueron de mayor impacto, desde mediados del siglo XX. El crecimiento exponencial de la formación superior reclutó a muchos estudiantes que, esperanzados en la preparación para un mejor devenir profesional, volteó a ver a la universidad como la alternativa de sus propias garantías de desarrollo profesional. La expansión de la educación superior no se ha detenido y las reformulaciones de su influencia moral se han ido diversificando y, en ocasiones, diluyendo en el compromiso social de ésta.

La universidad se encuentra ante el peligro inminente de ser arrastrada a las racionalidades de los nuevos órdenes mundiales. Sus actividades se han ido modificando por las coerciones que implican las racionalidades vigentes -adecuarse o morir-. Como ejemplo, tenemos que la universidad puede apelar a fondos privados desde la industria, lo cual impacta en la visión de la propia educación y el compromiso social, moral y económico. Se empieza a mover acorde a los intereses de quien le apoya. La educación superior, por lo tanto, está modificando la racionalidad que le legitima por sus bienes internos y se mueve ahora también prioritariamente en la línea de los bienes externos. Aun cuando mucho del financiamiento ahora es privado y la lógica de operación y gobierno sea más efectiva bajo estos esquemas, todavía hay lugares donde la mayoría del financiamiento corre a cargo del Estado, o bien, en una mezcla, dados los intereses económicos dominantes de la economía de mercado (Barnett, 1990: 66). Entonces, el compromiso social de la universidad ante el comportamiento y formación moral, corre riesgos de adelgazamiento, lo que Jaspers ha denominado sustancia, la cual está en peligro de perderse. La lucha entre el espíritu de la ciencia y las exigencias cambiantes de la sociedad lleva, primero, a la materialización de la idea en formas históricas únicas, y luego, de nuevo a la sujeción de su espíritu. Por eso se suceden épocas estériles y épocas de florecimiento en el desarrollo de la universidad (Jaspers, 1959).

La filosofía originada en la universidad (desde Kant a Hegel) marcó durante épocas toda la cultura, y elevó por doquier a todas las profesiones académicas. El médico y el profesor, el funcionario y el pastor de almas, eran conscientes del sentido de su hacer y comprendían su vida como integrada a una concepción del mundo. Desde entonces, el prestigio de las universidades ha disminuido enormemente por distintas causas: primero, por la general desaparición de todo prestigio de origen espiritual, a la vez que las universidades mismas ya no mostraban esa alta espiritualidad; después, porque -a pesar de numerosos descubrimientos científicos- las universidades ya no guiaban la concepción del mundo ni expresaban los movimientos de la época y, además, porque la universidades se habían entregado de tal forma al estado que habían perdido muy visiblemente la actitud moral entre los profesores (Jaspers, 2013 [1946]: 196-197).

La universidad impacta en el espíritu de su tiempo, dicho de una forma, pero también impacta en la cultura, dicho de otra, a través de los compromisos para con la sociedad. La

idea de cultura fue acuñada en el tercer cuarto del siglo XVIII como un modo abreviado de referirse a la gestión del pensamiento y comportamientos humanos (Bauman, 2010: 73). Pero también nos encontramos con que la cultura no es la ciencia, sino el sistema vital de las ideas de cada tiempo (Ortega y Gasset, 2005), por lo que la universidad, como institución moral lleva, en sí, el compromiso del fortalecimiento de la cultura o espíritu acorde a la capacidad de respuesta de las necesidades sociales. “El carácter (êthos) de las personas y las instituciones se hace adquiriendo determinados hábitos, el êthos universitario es el de la búsqueda irrenunciable de la verdad, la transmisión del saber y la discusión abierta, crítica y libre sobre cualesquiera temas” (Cortina 2003b: 53).

Capítulo 2

Reconstrucción histórica del êthos universitario.

Todas las actividades circunscritas en la misión, función y metas de la universidad, se han venido ampliando y diversificando con el devenir del tiempo, con ello, la universidad se encuentra ante un número creciente de tensiones; tanto internas, con los grupos y las personas que la conforman; como externas, con la sociedad que le influye y le circunscribe. Como se han ido ampliado y diversificado la misión, las funciones y las metas de la institución, y el êthos universitario existe en correspondencia al conjunto de actividades, hábitos y responsabilidades de la universidad inmersas en éstas, entonces: al mismo tiempo se es causa y consecuencia de las actividades que la institución realiza, por lo que resulta pertinente reconstruir en una línea de tiempo para comprender mejor la realidad actual de dicha institución; el cómo la universidad y los elementos que constituyen su êthos han ido evolucionado siempre da pautas para un mejor entendimiento de por qué ahora se tiene lo que se tiene. Con ello, también se conoce el antecedente de sus funciones y su evolución, cuáles de éstas persisten, cuáles no y cuáles siguen evolucionando o se encuentran amenazadas de desaparecer.

Las diferentes percepciones de vida que se han manifestado a través de la historia de las civilizaciones y su cultura se deben muchas veces a razones de dominación, comercio, adopción, apropiación o conquista entre las civilizaciones, habiendo influencia entre unas culturas y otras, creando similitudes y diferencia entre sociedades e ideologías. Así la universidad, desde su nacimiento, se ha convertido en un espejo social, ya que es una de las instituciones que refleja la cultura de su tiempo y la evolución a través de él. El conocimiento siempre ha estado en constante evolución, siendo éste la columna vertebral y razón primaria de la existencia de las universidades. Si bien el conocimiento evoluciona constantemente, también ha experimentado momentos de cambios radicales; al grado que su impacto ha modificado el orden social. Son justamente algunos de estos momentos de la historia los que se usan de referente y guía en este capítulo, para extraer información que ayude a dilucidar la evolución de ese êthos universitario. Primero, el nacimiento de la

universidad entre el siglo XI y XIII; luego, el Renacimiento entre el siglo XIV y XVI; posteriormente, la Ilustración con sus revoluciones ideológicas y científicas que trae como consecuencia en el siglo XIX renovados modelos de universidad. Para con ello visualizar y entender situaciones más recientes como el fenómeno de masificación y las crisis universitarias que impactaron de sobremanera las funciones de la universidad a finales del XX. La universidad como gestora y trasmisora del conocimiento, evoluciona conforme avanza el desarrollo del mismo, ampliando con ello sus marcos de acción, de compromiso y responsabilidad, y por ende, el marco de referencia sobre su êthos.

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