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Si realizamos un análisis de clase para entender los movimientos sociales en América Latina, encontraremos que el zapatismo en México ha sido un ejemplo de lucha de clase que pretendió apoderarse de medios de producción (tierras y otros espacios) y exigir mayor democracia, para lo cual utilizó la aceptación de intelectuales y analistas que favorecen el elemento identitario en el estudio de los NMS (Veltmeyer, 1997). En este ejemplo, los indígenas chiapanecos usaron su marginalidad y su pobreza como estrategia para empoderarse y reivindicar una “identidad internacionalizada” (Vargas-Hernández, 2005). Hoy por hoy, los movimientos de liberación indígena siguen siendo los movimientos más dinámicos, y las principales fuerzas de cambio de la estructura social en América Latina (Vargas-Hernández, 2005; Veltmeyer, 1997).

Sin embargo, es un hecho que los movimientos indígenas luchan por reconstruir una identidad que ha sido negada y desvalorizada por siglos, y también luchan por la sobrevivencia y el espacio dentro de la política nacional (Mora, 2008). Las mujeres indígenas han tenido un papel central en la lucha por defender y reconstruir una identidad. Su protagonismo como portavoces de un mundo que se presenta unificado aunque tenga sus propias escisiones, es cada vez más aplaudido y tomado en cuenta por las autoridades. La fuerza que adquieren es asombrosa, como lo fue escuchar a mujeres zapotecas, durante el Encuentro Nacional de Mujeres Rurales por el Desarrollo Humano, decir en su propia lengua y ante toda la audiencia: “yo me empodero a mí misma” (participante Chiapaneca, Zacatecas 16-17 de Octubre 2010).

Esta posibilidad de convivir, escuchar, leer u observar a mujeres empoderadas, es en sí mismo empoderador, pues nos hace sentir “más fuertes, más capaces, más resistentes, en lugar de agachar la cabeza” y nos lleva a reconocer que “nos necesitamos las unas a las otras: para compartir experiencias, para elaborar nuevas formas de entendimiento, para saber cómo somos y cuánto nos falta por hacer” (Dresser, 2009: 12-13). En este contexto, el auto-empoderamiento se convierte en una forma de resistencia que adquiere múltiples

formas entre las mujeres, desde su resistencia pacífica que pasa desapercibida (Molineux, 1985) o las acciones colectivas para frenar los feminicidios en Chihuahua, hasta los movimientos estratégicos feministas que luchan por modificar la constitución política. Los movimientos feministas de acuerdo a Cohen y Arato (1992) han adoptado una participación en los dos niveles. Por una parte, persisten los grupos que luchan por la inclusión política y económica para buscar igualdad de derechos y combatir la discriminación; por otra, hay múltiples grupos que centran su participación en la identidad, la autoayuda y el fortalecimiento de la conciencia como herramientas de articulación de los temas de género (derechos reproductivos, violencia hacia las mujeres, etc.).

En resumen, “la identidad de género y la pertenencia de clase conjugadas, en el capitalismo, abren las puertas del cielo para unos pocos y son un pasaporte seguro a la supervivencia en condiciones infrahumanas para las grandes mayorías, constituidas, a su vez, por una mayoría de ‘otras’”(D´Atri, 2010). Por ello, para alcanzar la emancipación femenina serán necesarias tanto la “resistencia como la transformación estructural” (Pieterse en Ast, 1995). Esto implicará utilizar propuestas integradoras en el estudio y análisis de las agentes de cambio dentro de los movimientos sociales contemporáneos.

Por un lado, se busca analizar la interacción, siempre existente, entre los procesos políticos nacionales y los eventos internacionales (Tilly,1998), los cuales son muy importantes dada la capacidad femenina de crear redes que vinculan proyectos locales y organismos feministas nacionales e internacionales. Por otro, se requiere un análisis de clase de los movimientos sociales considerando aspectos como el género y el origen étnico, así como la base social, las demandas, el contexto y tipo de lucha, la identidad asumida o construida por los actores y la ideología o políticas empleadas por el adversario (Veltmeyer, 1997). En México, los hombres y mujeres machistas y los grupos conservadores que perciben la emancipación femenina como ‘amenaza para la familia’ representan un fuerte obstáculo a las corrientes y movimientos feministas. Por último, el poner a la sociedad civil en el centro del análisis de los movimientos sociales contemporáneos permite encontrar puntos de unión entre los enfoques sobre la movilización de recursos y el paradigma de la identidad (Cohen y Arato, 1992).

1.4.1 El empoderamiento de la sociedad civil: un proceso desde abajo

En Latinoamérica, el modelo neoliberal seguirá agudizando el deterioro de la condición de vida de las mayorías, y de las mujeres en particular (D´Atri, 2010; Ehrenreich, Hochschild, 2003; Gimtrap, 1997), provocando, entre otras cosas, la ausencia de oportunidades para la juventud, el aumento de la carga de trabajo para muchas mujeres, e incluso, su migración forzada para realizar las tareas domésticas que las mujeres de países desarrollados ya no pueden realizar, y que los hombres, en su mayoría, siguen evitando (Ehrenreich, Hochschild, 2003). Sin embargo, la diversidad de la sociedad civil, en especial de los intereses de hombres y mujeres depende no sólo de la clase, la localidad y otros factores (Molineux,1985), sino también de los discursos impuestos por los grupos de poder. Por ello, para construir movimientos sociales se requieren procesos variados de conscientización sobre las fuentes de opresión. Además, se necesitan acciones en dos niveles, la lucha práctica y la estratégica.

A veces, los pequeños cambios cotidianos, menos visibles o latentes, como dicen Cohen y Arato (1992) son importantes para construir una acción colectiva. Así mismo, el progreso de un individuo es el estímulo para el despertar de otros/as actores/as. Podemos pensar en una forma de empoderamiento por “contagio”, como dijo la promotora de la Fundación para el Desarrollo de Artesanas, A.C. en el estado de Hidalgo, entrevistada en diciembre de 2010 “a mí me empoderó el convivir con mujeres empoderadas”. Las acciones de mujeres asertivas que exigen sus derechos, que exigen respeto y buen trato generan una re-interpretación de lo que es posible y lo que es deseable y representan formas de reivindicación. Esta re-significación denominada también conscientización,

puede ser motor de la acción de cambio cuando se comprende una injusticia o daño recibido, produciendo movimientos hacia fuera y hacia adentro (Durand, 1999). En efecto, el actor social busca producirse y producir una sociedad diferente (Bada, 2008). Entonces, la acción de ruptura existe en ambos planos, el individual y el colectivo, y requiere construir y construirse.

Dependiendo del grado de poder, el actor podrá emprender acciones más o menos radicales, y en función de su vinculación con otros sujetos será el tipo de poder al que se pueda aspirar. Sin embargo, no hay que olvidar que el empoderamiento no es un producto fijo y homogéneo; es algo que varía con el tiempo y que se debe construir y reconstruir en

cada espacio. Por ejemplo, el empoderamiento laboral no se traduce necesariamente en un empoderamiento en el hogar (Córdova, 2010).

Por lo anterior, el contexto de los movimientos sociales parece ser un entorno que permite el surgimiento del auto-empoderamiento como un proceso desde abajo. Para el cual, las herramientas principales serían la conscientización concebida como re- significación o re-interpretación que podríamos definir de acuerdo con López-Monjardín (1999) como un proceso de puntualización, diagnóstico, articulación y codificación, conectado a la posibilidad de nombrar e identificar las experiencias y las emociones. Ambas acciones, similares a las de un proceso psicoterapéutico permiten al individuo alcanzar mayores niveles de asertividad, auto-confianza y auto-estima, pero sobre todo, permiten reconfigurar identidades que promueven el cambio interno y externo, a través de la acción colectiva basada en objetivos comunes.

1.5 Conclusiones

Hablar de mujeres siempre es un tema controvertido. En el sistema patriarcal, ‘las mujeres’ representamos un grupo en tanto compartimos una característica casi universal: nacer y vivir subordinadas. Como tal, toda acción individual o colectiva que pretende modificar esta condición es altermundista. Puesto que el sistema androcéntrico define lo femenino como estructuralmente inferior, podemos decir que la mujer es desempoderada cada vez que interactúa con esta ordenación, con sus instituciones y con sus prácticas, tanto a nivel local, regional, nacional como internacional. Esta estructura de desigualdad por géneros, se interconecta con otras formas de injusticia históricamente construidas por las sociedades humanas como son la desigualdad étnica y la desigualdad de clase. Esta triple estructuralidad, no sólo se manifiesta en el mundo objetivo y pragmático, sino también en el mundo subjetivo, mental, de los actores/as.

Para poder modificar estas estructuras mentales, es necesario primeramente traerlas a la conciencia. Este proceso que implica tomar conciencia de situaciones que afectan al actor social es una herramienta clave del empoderamiento que puede ser inducido desde abajo. En el caso de los proyectos de desarrollo se busca generar la capacidad en las mujeres de actuar por sí mismas para romper el círculo de la pobreza a través de otorgar recursos (económicos y educativos) como una forma de empoderamiento desde arriba. Así, los resultados del empoderamiento dependerán de los objetivos perseguidos, ya sea el

empoderamiento para la acción individual, consistente en obtener acceso a recursos materiales como dinero, tecnología, condiciones para desarrollar actividades productivas, y recursos intangibles como educación y fortalecimiento psicológico como el reconocimiento sobre las propias capacidades, orientado a favorecer que el sujeto actúe de forma autónoma para mejorar su condición de vida. Ya sea el empoderamiento para la acción colectiva, emanado de la conscientización sobre las condiciones internas y externas, similares a las de otros/as actores/as, que permite luchar por conseguir objetivos comunes. En el caso de los objetivos de las mujeres, la conciencia feminista es un elemento importante que se desarrolla en la convivencia con personas de concepciones feministas. En el primer caso, se observa que el conocimiento y el ingreso pueden convertirse en poder para. En el segundo, la re-significación de las experiencias de vida y los contextos permite construir poder con

(una forma de poder ‘contagioso’), y puede llevar a la búsqueda del poder sobre.

Finalmente, retomamos la importancia de los resultados del empoderamiento en tanto permite la participación, el protagonismo, e incluso el liderazgo de las actoras sociales; como agencia de cambio, esta participación oscila entre la búsqueda de mejoras prácticas, puntuales e inmediatas y las luchas estratégicas que pretenden la emancipación de la mujer. En cualquier caso, la discusión aquí presentada nos permite analizar desde diferentes perspectivas teórico-conceptuales el empoderamiento de las mujeres que colaboran en los estudios de caso y que han vivido diferentes procesos de transformación dados los distintos contextos en que participan. Como veremos en los capítulos finales, se observan diferencias claras entre el empoderamiento desde arriba que por su enfoque liberal-social promueve un protagonismo más individual, y el empoderamiento desde

abajo, el cual tiende a generar una conciencia de sí que permite a las mujeres visualizar la

importancia de la organización colectiva.

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CAPÍTULO II

GÉNERO, DESARROLLO CAPITALISTA Y POBREZA