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2. Proposal

2.4. Description, application and analysis of the proposal results

2.4.5. Session five

Sònia Hernández:

El hombre que se creía Vicente Rojo

Acantilado, Barcelona, 2017 144 páginas, 16.00 €

El escritor que está detrás de cualquier texto se asoma a él de muchas maneras: la pedantería, la soberbia, la vanidad aparecen muchas veces en algún adjetivo o matiz. Más infrecuente, en cambio, es que no se perciba apenas a su autor o, al hacerlo, creer ver una suerte de discreción. En esta novela hay una amabilidad narrativa, una inseguridad que el texto se encarga de contradecir. Se impone la literatura sobre la posible duda, sobre el ti- tubeo. Acaso sea que la protagonista es una periodista entrada en la cuarentena, a quien su marido ha dejado, con veinte kilos de so- brepeso, inteligente pero acostumbrada a re- cibir en la mirada del otro una información de sí misma como alguien anodino. Ni espe- cialmente bella, ni joven ya, es consciente de no haber conseguido demostrar profesio- nalmente gran brillantez y para colmo su hi- ja adolescente hace ya un tiempo que la per- cibe –algo habitual entre los adolescentes– como alguien menos fascinante y necesario de lo que fue años atrás, en la niñez, cuan- do los padres son referentes. Este personaje, consciente de sí, de sus torpezas, es sensible y vulnerable a la mirada ajena que le otorga una identidad demasiado estrecha a la que, en parte, se somete.

Por otro lado, tenemos a Vicente Rojo, ese pintor a quien Octavio Paz definió de este modo: «Riguroso como un geómetra y sensible como un poeta». Ese equilibrio en- tre lo preciso y lo imaginativo produce en la protagonista fascinación. Además de su celebridad: su posición en el mundo como alguien respetado le predispone a la admi- ración. Escucharlo –bajo el pretexto de una entrevista– sostiene su mundo en un mo- mento frágil para ella, llenándolo de signifi- cado. Su escucha es en parte la de alguien necesitado de gurús, de ahí que no perciba que no es quien dice ser. Pero ella no pare-

ce dispuesta a hallar matices, quiere rendir- se al otro. Espera que la sólida construcción de opiniones acerca de la vida y el arte que manifiesta el supuesto Vicente Rojo le ayu- de a encauzar su vida. El lector lo que anda esperando es la grieta, ver resquebrajarse al imitador. O quizá haya quien desee asomar- se a la identidad (la genuina) de este imi- tador que ha conseguido sentirse conforme consigo mismo apropiándose una identidad ajena, saber si su modo de ser desasido de sí contiene algún valor oculto o si es un vul- gar farsante.

La novela nos habla de lo que vemos y de cómo lo vemos. De los modos de mirar. La hija adolescente de la protagonista tiene un modo propio de mirar que interesa al pintor. La protagonista apenas ve la pintura, está más fascinada por el aura del pintor. Por otra parte tampoco ve la ficción en la que se halla envuelto el impostor. El supuesto Vicente Rojo sólo puede ver de la periodista a una cuarentona entrada en carnes, anodi- na, que le fastidia con sus predecibles co- mentarios. Pintor y periodista buscan refe- rentes, personas con un discurso más sólido que ellos mismos, con unas certezas y cons- trucciones que serenen las arenas movedi- zas bajo las que caminan. Ella, conocedora de sí misma pese a sus inseguridades y tor- pezas, sabe de su inestabilidad. Él, asenta- do sobre el préstamo, goza de cierta vani- dad de sí.

Bajo este vínculo que se establece entre ambos, la novela pasea por otros temas co- mo son el significado e importancia de la belleza y de la fealdad en el arte, la frágil frontera entre lo veraz y la imitación, el jui- cio o medición que toda mirada nos regala y nos conforma, así como de la necesidad de modelos y referentes para asentar un ca- mino de aprendizaje y superación personal.

Siempre hay una tentación de querer in- dagar en el autor a partir de su obra de fic- ción, bien sea por hallar paralelismos en cuanto a género o edad o por intuir que lo que se reflexiona en la obra es el vehícu- lo de la reflexión personal –error sólo par- cial, puesto que aquello que nos obsesiona lo suficiente como para escribir nos confor- ma, de una u otra manera–. No obstante, no es una novela testimonial pero sí que nos presenta a un tipo de mujer reconoci- ble, cercana. Sònia Hernández es periodis- ta, poeta –La casa del mar, Los nombres del

tiempo– y novelista –La mujer de Rapallo, Los Pissimboni, además de la obra que co-

mentamos–. Y es miembro del Grupo de Estudios del Exilio Literario (gexel), donde ha desarrollado varios trabajos de investiga- ción sobre Max Aub y Vicente Rojo, empa- rentados directamente con la obra.

Tanto uno como otro son germen de la trama. Max Aub como referente probable para la construcción del personaje que no es el que dice ser. Recordemos su gran mascarada: Jusep Torres Campalans, la muy convincente biografía del pintor vincu- lado a Pablo Picasso, Amedeo Modigliani o Piet Mondrian, al que llegó incluso a atri- buirle más de treinta obras y varios dibujos que se expondrían en dos ocasiones en la galería Excelsior de México y en la Bodley Gallery de Nueva York. Este heterónimo creado por Aub le sirvió, sin duda, de di- vertimento, pero también para reflexionar en torno al arte de las vanguardias. Sònia Hernandez, al incluir a un falso Vicente Rojo, nos acerca a afirmaciones del pintor (el verdadero) acerca de su propia biogra- fía, o a su exploración de temas como la materia, la serialidad o la muerte. Así que, para Sònia Hernández, Vicente Rojo es un

pretexto, como lo fue Campalans para Aub, para reflexionar acerca de la vida y el arte.

Vicente Rojo admiraba a Aub y viceversa. En su Diario abierto, presentó a Max Aub co- mo creación del pintor catalán Jusep Torres Campalans, dando la vuelta a la tortilla de esta ficción, por lo que no deja de tener gra- cia que se encuentren de nuevo inmersos en otro juego de identidades en una litera- tura que sigue por otros derroteros pero apo- yada sobre algunos de los ejes que verte- bran la obra de ambos.

Inventar otros que no existen, dar nombre a los muchos que habitan en uno, negarse uno para apropiarse de otro son manifesta- ciones de la movilidad que se da en la iden- tidad, algo menos rígida de lo que el nombre y apellido otorgados acotan. Por otra parte, moverse con soltura entre lo que podemos ser, ampliando el abanico de posibilidades, resulta un juego atractivo para un tempera- mento creativo. Recordemos otras invencio- nes memorables. Julio Cortázar –escritor lu-

dens por excelencia– introdujo en Rayuela

la sospecha de que el personaje Morelli era el heterónimo autor del libro, un alter ego de Cortázar que mueve los hilos de la histo- ria. O, más cercano a la autora de El hom-

bre que se creía Vicente Rojo, el también

periodista Joseph Mitchell con su obra más singular: El secreto de Joe Gould. Escritor de perfiles para la revista New Yorker y can- sado quizá del compromiso con lo veraz de su profesión, escribió el retrato de un bohe- mio al que presentó como autor de Historia

oral, una obra monumental de más de nue-

ve millones de palabras, casi tres veces más que las que tiene la Biblia. La fama del libro llegó hasta tal punto que escritores como Ezra Pound o E. E. Cummings se interesa- ron por ella. Es más, a la muerte de Gould, en 1957, un grupo de amigos emprendió

una larga búsqueda de sus famosos manus- critos por todos los rincones de Nueva York sin el menor éxito. Se trataba de una ficción de Mitchel.

Puede darse la paradoja de que el hete- rónimo escriba mejor que el autor y, cuan- do esto sucede, no es raro que comien- ce a caminar con independencia y soltura. Recordemos a Álvaro de Campos, Alberto Caeiro, Ricardo Reis o Bernardo Soares. Fernando Pessoa supo cederles el asiento delantero en muchas ocasiones. El «poeta,

filósofo, retórico e inventor de una Máquina de Cantar» Juan de Mairena dio algunas de las grandes obras de Machado, entre ellas la biografía de su maestro Abel Martín, inven- ción del personaje inventado. O Unamuno, quien hizo que su heterónimo Víctor Goti le escribiese el prólogo de Niebla. El persona- je Augusto gritará «¡Quiero ser yo, ser yo!», ambición de unos y otros, aunque a veces, como en la novela de Sònia Hernández, el querer ser uno pasa por ser un otro que es más uno que sí mismo.

Que el ser humano es un animal radical- mente afectivo resulta una obviedad, a pe- sar del cogito ergo sum; y que la afectivi- dad humana está vinculada a un comple- jo imaginario también es un lugar común, pero también es un lugar común (digamos una idea aceptada) que la tierra gira alre- dedor del sol, y no por eso deja de ser in- teresante. Podemos observar la tristeza en otros mamíferos, pero el ser humano sufre depresiones con todo tipo de repercusiones en su mente y en su organismo. Nuestros sentimientos están llenos de ideas, de pen- samientos, y nuestros pensamientos, salvo los de la lógica formal, no carecen de as- pectos afectivos. En la actualidad, la lite- ratura médica sobre la depresión es inmen- sa, y la ignoro casi toda, pero también es un

tema de novelas y testimonios narrativos, a los que he tenido más acceso como lectora habitual de estos géneros. En todos hay va- rios lugares comunes: la depresión duele, no es un mero alejamiento relativo de las actividades; tampoco es la melancolía, que a veces defiende de la angustia y nos per- mite una cierta disminución de lo urgente. La depresión de verdad aísla a la persona, la individualiza, despojándola del mundo, y ahí, en el yo aislado, encarcelado, sólo hay laceración. El yo, vuelto sobre sí mismo, tras haber sido despojado del eros que afir- ma lo externo, es pura herida.

El músico y folclorista Joaquín Díaz (Zamora, 1947) –conocido por muchos por sus trabajos sobre la música tradicional y la fundación que lleva su nombre en Ureña