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La estabilidad en el trabajo, derivada del Derecho al Trabajo, pasó a ser un principio jurídico presente en aquellos estados que desarrollaron el modelo social. De lo que se trataba era de garantizar unos mínimos de estabilidad para el/la trabajador/a en al menos dos ámbitos: interno y externo. En el ámbito interno (de la relación laboral) la legislación establecía unos límites a la subordinación contractual del/la trabajador/a en manos del empresariado dentro del ámbito laboral. Si anteriormente el empleador o empleadora podía imponer sus condiciones siempre que el/la trabajador/a las aceptase, con la legislación de la estabilidad se ponían límites a posibles abusos por parte del empleador sobre la empleada, como los posibles desplazamientos geográficos, las tareas a realizar, las alteraciones de la jornada y del calendario laboral, el abuso de la extensión de la jornada laboral, etcétera. El Derecho del Trabajo atendía con esta intervención el desequilibrio entre partes que se da en la relación laboral, esto es, la vulnerabilidad del/la trabajador/a frente a su empleador/a. Se reconocía implícitamente que la empleadora podía hacer prevalecer sus intereses sobre los del/de la trabajador/a al imponerle condiciones que éste/a debía aceptar de forma coercionada por su dependencia respecto al puesto de trabajo.

En el ámbito externo la estabilidad establecía unas condiciones por las cuales el/la trabajador/a accedía a una garantía de continuidad en su puesto de trabajo. Dicha estabilidad “tiene una doble proyección central: a) la preferencia por los contratos de

trabajo indefinidos sobre los temporales, y b) la protección de los trabajadores frente a los despidos injustificados” (Montoya Melgar, 2001: 62). La legislación establecía el

derecho del/la trabajador/a a no ser tratado/a como un medio de producción cualquiera, prescindible según los ciclos económicos, ya que el trabajo no podía ser reducido al factor de coste tal y como era percibido por la perspectiva empresarial. Se reconocía que el trabajo tenía valor tanto para el/la trabajador/a, como medio de vida y como vehículo de inserción social, como para la sociedad, en forma de cohesión social y con su propia función económica.

Las condiciones económicas generadas por la reconstrucción postbélica y las transformaciones realizadas bajo el modelo de la demanda, como el desarrollo de nuevos productos y la masificación del consumo, propiciaron que la permanente ampliación de la producción fuese absorbida por la demanda. Esto establecía una dinámica económica con una producción a escala que demandaba un permanente aumento de la productividad. Con estas condiciones la planificación empresarial podía desarrollarse a largo plazo ya que de lo que se trataba era de aumentar la producción dentro de unos costes determinados

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gracias a la confianza de que las mercancías producidas acabarían vendiéndose en el mercado.

La estabilidad del/la trabajador/a en el puesto de trabajo beneficiaba tanto a la empresa como a la propia trabajadora. A ésta última le ofrecía estabilidad y certidumbre sobre su trayectoria profesional y vital ya que el puesto de trabajo constituía un elemento central en la vida de las personas: determinaba el status, la identidad, la personalidad, la red de vínculos sociales, el lugar de residencia, etcétera. El trabajo ofrecía a las/os trabajadoras/es el medio por el cual podían realizarse como personas e insertarse de forma funcional en su sociedad.

La estabilidad del/la trabajador/a en el puesto de trabajo también constituía una ventaja en muchos aspectos para su empleador. Dicha estabilidad era la única manera de que las/os trabajadoras/es pudieran mejorar su eficiencia a base de ganar experiencia y veteranía en el puesto de trabajo. La rotación de trabajadores imposibilitaba la familiarización del/la trabajador/a con la tarea a realizar y renovaba la inexperiencia de la plantilla. Otro valor importante que ganaba la empresa con la estabilidad de sus trabajadores/as era la fidelidad y la lealtad de éstos/as hacia ella. Trabajadoras que durante años permanecían en la misma empresa desarrollaban con ésta un vínculo que suponía una clara ventaja para la misma. Tanto la experiencia como la fidelidad de las/os trabajadoras/es con las empresas en las que permanecían estables a largo plazo eran la clave para una alta productividad.

Con el modelo social el trabajo estable con contrato indefinido pasó a ser la norma, el Trabajo de Referencia, la relación laboral estándar que cabía esperar cuando se accedía al mercado laboral. Tras un periodo previo o inicial de formación, las/os trabajadoras/es podían esperar que toda su trayectoria profesional se desarrollase en una misma empresa o, al menos, en una misma profesión. Dicha trayectoria era lineal, ascendente y la acumulación de años en el puesto de trabajo permitían alcanzar condiciones de mayor estabilidad, protección y remuneración. En definitiva, el/la trabajador/a estaba protegido/a frente a desequilibrios del mercado o infortunios personales -como enfermedades u otra clase de imprevistos- que en tiempos pretéritos habrían supuesto la pérdida del puesto de trabajo. Pero estas ventajas tenían una importante contraprestación: las/os trabajadoras/es debían asumir definitivamente la subordinación al capital, no podrían aspirar a emanciparse como trabajadoras (el paso de compañero a maestro en el sistema gremial) ni como clase (optar por la vía revolucionaria rechazando la propiedad privada de los principales recursos), aceptaban, en definitiva, la alienación inherente a la condición asalariada.

La lección económica de la crisis del 29 fue la de que el Estado debía ejercer un papel activo en el impulso de la demanda (modelo de la demanda) para que pudiese compensar la dinámica inherente al sistema capitalista. La incapacidad de los agentes privados para generar un número suficiente de empleos fue compensada por las nuevas políticas económicas del Estado. A partir de entonces la salud de la economía ya no dependería del estado de confianza de empresarios e inversores; era el Estado el que podía relanzar la economía ante ciclos económicos difíciles. Durante la etapa del modelo social hubo cuatro elementos que permitieron que los salarios de las/os trabajadoras/es aumentasen al mismo ritmo que la productividad:

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 Motor de la demanda: los salarios tenían durante el modelo social una función económica central, la de financiar el consumo masivo de la clase trabajadora con el fin de absorber los aumentos de productividad; por ello fueron institucionalmente potenciados.

 Pleno empleo: el mercado laboral genera un aumento de los salarios cuando las trabajadoras son escasas en relación a las demandadas por los empleadores; y una disminución de los mismos cuando los empleos disponibles escasean en relación a las/os trabajadoras/es que compiten por ellos. Con muchas trabajadoras compitiendo por empleos escasos se devalúan los salarios y se degradan las condiciones laborales. Con pleno empleo, las empresas solo pueden competir aumentando los salarios y se disminuye la subordinación de la empleada respecto a su empleador: siempre podrá buscar otro empleo si éste no le satisface.

 Protección social: la protección social y los derechos garantizados permitían a las/os trabajadoras/es una menor dependencia del sistema asalariado para lograr su bienestar. En esta situación las empresarias no podían esperar que la pobreza y la miseria obligasen a las trabajadoras empobrecidas a aceptar cualquier condición salarial y laboral. Al contrario, debían incentivar a las/os trabajadoras/es para que trabajasen para ellas, con lo que se producían continuos aumentos de los salarios.  Movilización obrera: la fortaleza de los sindicatos, la amenaza revolucionaria que suponía el ejemplo de la revolución bolchevique de 1917, la llegada al poder de partidos socialistas afines a la clase trabajadora, etcétera. El desastre de las dos guerras mundiales puso en serios apuros la legitimidad de las doctrinas liberales y del sistema capitalista, el cual sólo pudo pervivir a costa de importantes cesiones que se produjeron durante el modelo social, muchas de ellas directamente relacionadas con los aumentos salariales.

Todos estos elementos permitieron que durante los Treinta Gloriosos los salarios aumentasen al ritmo al que lo hacía la productividad. De esta forma se anulaba la conocida como Ley de Hierro de los Salarios, la cual implicaba que el salario de las/os trabajadoras/es tendía hacia la cantidad mínima necesaria para que éstos pudieran saciar sus necesidades (también las socialmente instituidas según la concepción marxista) y su reproducción (mantener a sus hijas e hijos). Fueron estas transformaciones en las dinámicas salariales las que posibilitaron una mejora sustancial en los ingresos de una parte importante de la clase trabajadora que pudo mejorar significativamente su situación económica. Durante el modelo social se produjo una importante reducción en la desigualdad y un aumento de la movilidad social ascendente que dio lugar a un proceso

de desproletarización, el permitió a gran parte de la clase trabajadora alcanzará el estatus

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