3.4 Quantitative Results
3.4.3 Simulation results
Según Durand, el segundo grupo de epifanías referentes a la angustia humana ante la temporalidad es el de los símbolos de la noche.692 Además del movimiento agitado y devorador al que
nos dedicamos en el apartado anterior, las tinieblas también alarman del paso del devenir. La reacción de Adán y Eva ante la inminente noche y la descripción que Lucrecio hace de las dos posibles reacciones de nuestros antepasados ante la llegada de la noche son ejemplos del pánico ante el paso del tiempo.
“Y cuando las tinieblas de la noche los sorprendían, sus desnudos miembros
en la tierra tendían a la manera de jabalí cerdoso, y se envolvían entre hojarasca y broza. No buscaban en medio de las sombras de la noche, sobrecogidos de temor, con gritos la luz del Sol, errantes por los campos;
antes bien esperaban silenciosos y en sueño sepultados que subiendo
el sol al horizonte, iluminase con su rosada luz de nuevo el cielo; porque desde la infancia acostumbrados
a ver siempre alternando noche y día, no se maravillaban ya sus ojos:
no llegaron jamás a recelarse que a la Tierra cubriese eterna noche, la luz del Sol robada para siempre”.693
Durand afirma que todos los pueblos e incluso los animales padecen en común la “depresión hesperiana”. El horror del atardecer y de la noche tiene que ver con la aparición de seres maléficos y demoníacos. Como mencionan Frazer o Eliade, algunas celebraciones nocturnas como la de San Juan o Navidad pueden tener su origen en calendarios nocturnos primitivos, en donde “la noche negra aparece como la sustancia misma del tiempo”.694 Se nos ocurre que ese pánico instintivo que puede generar el
atardecer no sólo es explicable a partir de una racionalización que prevé la llegada de la infinita noche.
691 = Los símbolos nictomorfos.
692 Durand,G., Las estructuras antropológicas del imaginario, Introducción a la arquetipología fundamental, F.C.E., México, 2004, pp. 94ss.
693 Lucrecio, De Naturalia, V, 968-981. Traducción tomada de la edición de García Calvo, en donde se anota (Lucrecio, De la naturaleza de las cosas, Cátedra, Madrid, 1994, p. 331) que aquí Lucrecio trata de refutar una doctrina según la cual los hombres primitivos quedarían desolados tras la desaparición diaria del sol, teoría que sería precisamente la que serviría de ejemplo a Durand.
Desde el mismo esquema de la animalidad, el atardecer es el momento del bullicio, en donde se ve más movimiento en el reino animal que en cualquier otra hora del día o de la noche. El hombre puede recordar el peligro que suponía esa hora para sus remotos antecesores, convertidos en presas más que en ninguna otra hora del día.
La noche negra expresa que el tiempo es irracional, por despiadado. La negrura, incluso en las culturas negras, tiene a menudo connotaciones peyorativas, quizás por oposición al isomorfismo de luz, blancura y pureza. Esto hace que nuestro subconsciente lo designemos como la parte oscura de nuestro ser. Por eso la ceguera expresa a menudo el subconsciente. Durand pone el ejemplo de Eros-Cupido con los ojos vendados, equivalente a la libido moderna, y de Edipo y su trágica emergencia a la consciencia. Cabría añadir a estos ejemplos los de adivinos ciegos, como Tiresias, de lo que se concluiría que la adivinación tiene una estricta relación con la emergencia del subconsciente. Igualmente, el propio mito de Orfeo puede leerse desde este punto de vista. Mirando a Eurídice la pierde, porque, paradójicamente, iluminándolas las tinieblas desaparecen. Nunca la consciencia podrá acotar su recipiente, el subconsciente. Si la luz es inteligencia, la ceguera evoca lo irracional.
Si bien la luz siempre es por oposición a las tinieblas, mientras que la inversa no es verdadera, en el día puede verse reflejado lo más oscuro de nuestro ser. En este sentido, el espejo es lo que simboliza la “translucidez ciega” de la psique humana .695 Siempre hay un yo mismo ciego. Por ello las aguas,
primer espejo, nos hunden frecuentemente en lo más profundo de nosotros mismos. Entendidas como el río en el que uno nunca puede sumergirse dos veces, reflejan el correr del tiempo. Y si la fuente es fuente de la vida, el río nos lleva inevitablemente a la muerte. Las aguas estancadas son putrefacción. El agua como símbolo del devenir temporal se expresa en Los relojes “blandos” de Dalí, en donde el tiempo aparece licuado. Y tal pavor ante las aguas tenebrosas acaba trasladándose al dragón, que para Durand es arquetipo universal, teriomorfo y acuático a la vez.696 En el caso griego, el dragón está encarnado por
Equidna, mitad serpiente y mitad pájaro y mujer, y que es madre de otros personajes terroríficos: Quimera, Esfinge, Gorgona, Escila, Cerbero y León de Nemea.
695 Durand,G., Las estructuras antropológicas del imaginario, Introducción a la arquetipología fundamental, F.C.E., México, 2004, p. 99. 696 Durand,G., Las estructuras antropológicas del imaginario, Introducción a la arquetipología fundamental, F.C.E., México, 2004, p. 101.
La imagen del humano desbordado por el tiempo (ahora diríamos, estresado) también se expresa en el ahogado y, en especial, en el que se ahoga en sus propias lágrimas. Éstas reflejan la idea de Bachelard de que tanto las aguas como las lágrimas son “la materia de la desesperación”. En ese sentido, Durand interpreta las aguas del Styx o las del Aqueronte como ámbitos de tristeza. Pero en la constelación del agua negra se encuentra todavía otra imagen humana, la de la cabellera. Por ondear, la cabellera humana simboliza el agua movediza y, por ende, el pasar del tiempo. El jeroglífico egipcio que sirve para designar las aguas, y que da nombre a las aguas primordiales de donde todo procede y a donde todo retorna, es precisamente un compuesto de tres líneas ondulantes. Entre los precolombinos de Mesoamérica el sacrificado era arrastrado al altar de los sacrificios agarrado por el cabello de la coronilla, en donde se creía que residía su tonalli, su aliento vital. Quizás en ello se encuentra otro indicio más de la relación entre la cabellera ondulante y el movimiento, lo que anima el cuerpo. Finalmente, lo acuoso de la cabellera (y no el que sea propiamente pelo largo) remite a otro de los grandes símbolos de las aguas estancas, la sangre menstrual. Es a través de ella entorno a lo que se articula la habitual relación entre el agua y la luna, y que Eliade ha estudiado.697 A menudo ambas están regidas por la misma
divinidad. Se relacionan por las mareas, pero también por la fertilidad (siempre acuosa) determinada por los ciclos lunares, y porque la luna es la epifanía dramática del tiempo, como ya indicamos. Sus tres días en el infierno explican porqué en muchas culturas el luto es precisamente de tres días, porqué los muertos en algunas culturas vagan durante tres días, o el porqué del tiempo transcurrido entre el sepelio y el renacimiento de Cristo. La luna nefasta a veces toma la forma de luna roja o rojiza, y se considera más ardiente que el propio sol. Entre algunos pueblos mayas, por ejemplo, hay que ir con cuidado todavía en la actualidad para no quemarse con los rayos lunares.698
La luna llena, la nueva y la roja nos señalan los tres colores de la reina de la noche: blanco, negro y rojo, y por ello decíamos anteriormente que Blancanieves es epifanía lunar: “blanca como la nieve”, “roja como la sangre” y “negra como el ébano”. La luna, como ya indicamos, está ligada al tiempo, especialmente a los menstruos y a los meses, y quizás por ello tiene atribuciones ginecológicas: son los casos de Diana, Artemisa y Hécate.699 La lucha
contra el tiempo incontrolable toma a veces el cariz de un resistirse a la feminidad. Para Durand, “toda la Odisea es una epopeya de la victoria sobre los peligros tanto de la onda como de la feminidad”.700
Esa onda de feminidad envolvente que atrapa al héroe se expresa también a través de símbolos de animales como el pulpo y la araña, o de sus desarrollos fantásticos. El pulpo es el animal que ata por excelencia, por sus tentáculos, y la araña, el que hila. El cabello es el signo microcósmico del hilo y, finalmente, del
697 Eliade, M., Tratado de Historia de las Religiones, ediciones Era, México, 1972, pp. 150-177. 698 Comunicación personal de Mtra. Teri Arias.
699 Como ya indicamos, para Bernal la equivalencia entre Artemisa y la luna es tardía, ya que le supone su origen en el sol del atardecer egipcio.
lazo, que es la imagen directa de las ataduras del tiempo, como Eliade ha estudiado.701 Esas
connotaciones negativas que se encuentran en el agua turbia y espesa, expresión fisiológica de la feminidad, a menudo pasan de la mera fisiología humana a la moral. Si originalmente se temía a la infinitud, el devenir encarnado en mujer, se acaba virando hacia una culpabilidad moral de la mujer originada en una falta sexual. Pero esta idea tiene ya más que ver con el arquetipo de la “caída”, y no tanto con el de los símbolos nictomorfos, que son viscosidad inaprensible, esencia del mismo tiempo. La sangre encarna esa viscosidad, y corriendo por nuestras venas nos recuerda cada día, reflejándonos nuestro otro lado, que pereceremos. La sangre es el espejo en donde vemos el alma: “pues el alma de la carne está en la sangre”.702 La sangre es el río humano, y la regla de las mujeres el recordatorio mensual
de que desembocaremos en el océano del olvido, la muerte.
701 Eliade, M., Imágenes y símbolos, ensayos sobre el simbolismo mágico-religioso, ed. Taurus, 1ª ed. 1955, Madrid, en donde analiza sobre todo a divinidades de las culturas de la India.
702 Levítico, XVII, 10-11, cf. Durand,G., Las estructuras antropológicas del imaginario, Introducción a la arquetipología fundamental, F.C.E., México, 2004, p. 121.