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De modo paradójico, los intentos de preservar la biodiversidad existente en cada ecosistema forestal han puesto, en muchas ocasiones, en serio riesgo la propia pervivencia de estos bosques. Sin embargo, tras la deforestación aparece la reforestación como aquella acción por la cual se intenta recuperar la cubierta forestal primitiva. En los testimonios dejados por los viajeros extranjeros que transitaron por España se refleja la existencia de una política con una clara tendencia de plantar nuevos árboles como remedio para la carestía de madera existente en el solar hispano.

En el siglo XVI se aconsejaba que los ejemplares que fuesen plantados lo fuesen en las orillas de los ríos por tener las cualidades necesarias para que los árboles medren (Vital, 1999). Sin embargo, el avance se produce en la centuria posterior, pues ya se intuye que la pobreza de España es debida a la escasez de arbolado existente y, además, la plantación de estos nuevos árboles contribuiría a frenar la escorrentía de las lluvias (Peyron, 1999).

La repoblación de los bosques españoles, según se recomienda en el siglo XVII, tiene que establecer unas verdaderas pautas forestales por las cuales deben El bosque español y su industria de primera transformación

adecuarse las especies arbóreas al terreno plantándose, por tanto, lo que conviniere: acebuches, pinos, álamos, sauces, etc. Además, se establecieron medidas coercitivas, de guarda y conservación de los árboles recién plantados, y, en caso de incumplimiento, el infractor sería sancionado con una multa (Cuevas y Zuñiga, 1630).

El afán y la necesidad conservacionista de la naturaleza española se tradujo, en el siglo XVIII, en la disposición que establecía el mandato imperativo a cada habitante de las zonas rurales de la obligación de plantar, al menos, cinco árboles. No obstante, la ejecución fue encargada a personas no aptas para la realización de tal tarea y, por tanto, la norma no fue cumplida (recogido en el relato del viaje realizado por el Barón de Bourgoing, 1999). Esta circunstancia pone de manifiesto que la teórica protección que debía dispensar el Estado era muy distinta de la praxis que se seguía. España no ha carecido de normas protectoras de sus paisajes y, sin embargo, de lo que ha estado necesitada es del cumplimiento efectivo de tales disposiciones.

También, algunos de los viajeros que dejaron sus impresiones sobre el paisaje forestal español en el siglo XVIII, muestran su extrañeza ante la ausencia de una repoblación forestal, ya que según sus propias observaciones, hay lugares que demuestran que son fértiles y no yermos como el terreno alrededor de Ataquines que es apto para la plantación de álamos, moreras, viñedos y olivos, pues allí plantados tales ejemplares crecerán (Townsed, 1999).

Además de la publicación del Informe sobre la Ley Agraria, a finales del siglo XVIII, que, en el mejor de los casos, ignoraba la relevancia de los montes, hubieron de convivir este planteamiento que puede denominarse antiforestal con la importancia que se le otorga a esta centuria por ser la época en la que surge un pensamiento conservador de la naturaleza. Esta primigenia idea de preservar los paisajes forestales aparece estrechamente vinculada con el goce que produce su belleza (Urteaga, 1987). En este siglo se produce también la publicación de nuevas normas tuitivas de los paisajes forestales españoles, como los reglamentos de las plantaciones de 1748, por los cuales se tenía la obligación de plantar cada año tres árboles por cada cabeza de familia y se recogía la prohibición de talar ningún árbol excepto para calentarse. A pesar de este texto normativo, sólo en la teoría, se dispensó protección a las masas boscosas españolas (recogido en el relato hecho de su viaje por Townsed, 1999). Aunque pudiera parecer que tal norma no tuvo el éxito deseado, sin embargo, siendo tal afirmación cierta también ha de reseñarse la influencia positiva que tuvo esta regulación en los montes españoles (Guerra, 1999).

Para llevar a cabo la tarea de conservación de las masas boscosas españolas surgieron las denominadas Sociedades de Amigos del País cuyo propósito fue el fomento de las nuevas plantaciones, la difusión de la silvicultura y, por supuesto, el desterrar los

viejos prejuicios arraigados en la población española respecto a los bosques (Urteaga, 1987). Éste es el primer atisbo de una idea conservadora de los paisajes forestales españoles considerados en su integridad y no vinculada a la idea estética del siglo pasado. Este inicio tuvo su continuación desde el Estado cuando en 1843 se crea la titulación universitaria de Ingeniero de Bosques y de Plantíos (Cruz, 1994). Para percibir en toda su magnitud lo que representó la implantación de estos estudios hay que señalar que se pedía, en 1924, el aumento de personas que cursasen esta disciplina, puesto que de ellos dependerá la conservación y restauración correcta de la cubierta forestal española (Senador, 1924). Sin embargo, el avance real fue la asunción de algunos de los bienes y servicios que los bosques podían prestar a los hombres en su vida diaria. Así, se reconoce la función de los bosques como abrigo de los vientos y la fertilidad que proporcionaba el suelo forestal para según qué tipo de cultivos. También, se revela la importancia que tienen las hojas caídas y las ramas muertas que yacen en el suelo de los ecosistemas forestales (Urteaga, 1987). Si a estas funciones, se le añade la actuación como freno de la escorrentía de las lluvias, se está empezando a descubrir que los bosques no son sólo generadores de madera y del necesario suelo para las labores agrícolas, sino que tienen otros valores que están empezando a ser descubiertos en esta época. Sin embargo, el desarrollo de este pensamiento conservador de la naturaleza española le costó la pervivencia a un número indeterminado de marismas que fueron desecadas para aprovechar dicho terreno para plantar especies arbóreas (Urteaga, 1987).

Parece contradictorio todo lo sucedido en este siglo XIX. Por un lado, la sociedad civil con las Sociedades de Amigos del País, principian un pensamiento conservador y recuperador de los paisajes forestales españoles. En esta misma centuria el Estado crea, en 1843, una nueva titulación universitaria dedicada al estudio de los bosques y los nuevos plantíos. Además, la repoblación no ha de ser una acción consistente en plantar un número cada vez mayor de especies arbóreas, más bien todo lo contrario, ha de adecuarse no sólo la especie a los factores ambientales sino que, también, ha de adaptarse a los usos y costumbres de la población del lugar donde se vaya a efectuar dicha plantación. Es la supuesta prohibición de plantar castaños en lugar de robles, pues los primeros perjudicarían el derecho de los concejos a la bellota (aparece recogido en el «Promptuario del Consejo de Guerra y Jurisdicción Militar» en el libro de Cruz, 1994). Por otro lado, el Estado promulga leyes desamortizadoras que suponen una de las mayores pérdidas de superficie forestal.

Además, los particulares que adquieren las nuevas propiedades -con algunas excepciones como el llamado Pinar de los Belgas situado en la provincia de Madrid (Bravo, 2009)- no conservan esos bosques. Talan su madera o roturan su suelo, e inclusive, una vez devastado el bosque surgió lo que se llamó «carbón de raíces», es decir, que una vez cortados los troncos el dueño del terreno necesitaba arrancar los tocones para proceder, con posterioridad, a la roturación. Entonces, el dueño ofrecía la posibilidad a El bosque español y su industria de primera transformación

quien contratase de quedarse con esa madera proveniente de las raíces a cambio del trabajo de descuajar los tocones (Senador, 1993).

Así pues, la idea de conservación de los bosques españoles comenzada en el siglo XVIII, vio cómo se interrumpía su mantenimiento al permitir parte de su destrucción durante la centuria siguiente. Sólo la creación de la Escuela de Ingenieros de Montes en 1848 y su plasmación definitiva en la creación del cuerpo de Ingenieros de Montes en 1853 crean algo de esperanza para la propia pervivencia de los ecosistemas forestales, pues siempre se había vinculado la existencia de los bosques con la prestación de algún servicio que pudieran dar. En un primer momento, fue la caza quien creó una estructura reticular en los paisajes forestales españoles muy relevante (Ruiz, 2002) y (Urteaga, 1987). Aunque se sugiere que existe una vinculación muy estrecha entre la creación de estudios forestales y la conservación de los montes no en todas las naciones tal relación ha existido. Así, por ejemplo, puede citarse el caso de Canadá, pues hasta 1917 no se comenzó a investigar científicamente los aspectos forestales de los bosques de dicha nación (Paille, 2003).

Corolario de todo lo anterior es la necesidad que tienen los bosques españoles de contar con una política conservadora uniforme, duradera en el tiempo y que sea realmente eficaz y no consista solamente en la promulgación de nuevas normas protectoras de los ecosistemas forestales, de las que ya se ha tenido abundante muestra de ellas durante los siglos pasados. Sólo con estas premisas la idea de conservar verdaderamente los bosques no será una utopía ni una amenaza a su integridad y sí una realidad.

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