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3.5 Tool support for NeuroML

4.1.1 Simulations on multiple processors

Contestar a la pregunta ¿qué nos hace más vulnerables para sufrir una depresión? es otro lugar de divergencias teóricas y prácticas. El discurso actual más extendido -en al ámbito profesional y el denominado ámbito lego- es el biomédico, que relaciona la aparición de las depresiones con una disfunción de determinadas hormonas como pueden ser los estrógenos o la existencia de bajos niveles de serotonina; pero ninguna de estas teorías tiene suficientes pruebas empíricas ni está demostrada a día de hoy (Burín et al. 1990; Gøtzsche, 2014:219; Healy, 2015). Como Carlos Castilla del Pino (1978:19-20) afirma, “la enfermedad es un acontecimiento resultante de determinados modos de relación de la persona con el medio”, razón por la que son necesarios “modelos dialécticos”, para entender la relación de la persona con todo su contexto, desde lo más macro a lo micro estructural, posibilitando así puntos de encuentro entre las diferentes disciplinas científico- académicas.

Así, quedarse en una concepción de la salud o la enfermedad basada únicamente en el determinismo bio-fisiológico parece insuficiente, puesto que desde lo socio-cultural deviene la construcción social de la enfermedad que marcará los límites entre normalidad y anormalidad, los hábitos o comportamientos sociales asociados a esa enfermedad y los constreñimientos posibles de las estructuras socio-culturales que tienen impactos sobre la salud de las personas (pobreza, género, calidad ambiental, etc.) (Martínez, 2008:68-67). En este capítulo abordaré el análisis de aquellos factores que han sido señalados por las personas participantes como determinantes para el surgimiento de sus depresiones. He intentado respetar en todo momento la propia significación emic, para conocer a fondo el universo particular y colectivo de cada participante. Como Castilla del Pino (1974:17) señala, es necesario escuchar la experiencia de las personas, puesto que “lo simbólico de toda acción humana no es una pseudosignificación sino una significación en sí, válida desde el sistema de normas y valores, de impulsos y afectos contradictorios del sujeto, que no siempre pueden ser superpuestos sobre el sistema del observador”.

Otro de los objetivos de este capítulo es mostrar la particularidad de cada narración, porque toda depresión es singular. Como hemos visto en el capítulo anterior, no se sostiene la idea de una fenomenología única de las depresiones, y en este capítulo veremos que tampoco se puede defender la idea de una etiología igual para todas las narraciones. Sin embargo, y a partir del análisis etnográfico, entre toda la variedad inter e intra personal, hay ciertos factores depresógenos -que facilitan las depresiones- que se van repitiendo.

Lo que presentaré a continuación es una organización de las diferencias, a la vez que de las similitudes, de aquellas situaciones socioestructurales, contextuales y personales que han sido señaladas como las causantes de las depresiones. En el primer apartado

expondré las relativas al sistema sexo-género, abordando las desigualdades y violencias de género sufridas por las personas informantes, y su influencia en la generación del malestar. El segundo apartado tratará sobre la gestión de las pérdidas, ya sean por muerte, enfermedad, desamor u otro suceso que implique la vivencia de un duelo. Y en el tercer apartado abordaré aquellas situaciones y acontecimientos que están relacionados con el ámbito de lo productivo o laboral, y por tanto, con el sistema socioeconómico. Por último, he incluido una recapitulación de dos ideas principales que han surgido tras este análisis de las etiologías: por un lado, que en todo relato existe una multicausalidad, y por otro, que las depresiones podrían ser entendidas como un malestar social encarnado.

4. 1. Desigualdades y violencias de género

Desde la práctica psiquiátrica feminista, Burín et al. (1990) se refieren a las depresiones como psicopatologías del género, añadiendo además que no son estáticas, sino dinámicas. Es decir, que varían con el tiempo y el contexto sociohistórico, y están directamente relacionadas con el concepto hegemónico de salud. La idea general de estas autoras es señalar la importancia de las opresiones de género como facilitadoras de las depresiones. Una misma idea que a lo largo de esta etnografía fue cogiendo fuerza, y que tras los análisis se mostró como una evidencia fuerte y abrumadora.

Para presentar estas opresiones y su influencia en la aparición de este malestar, haré una diferencia entre desigualdades de género, por un lado, y violencias por otro. Entiendo las primeras como condiciones socioestructurales que no favorecen una igualdad de oportunidades, necesidades y cuidados a todas las personas, y son diferencias condicionadas por el género. Mientras, las violencias se refieren a situaciones donde la integridad física, emocional o psicológica de la persona se ve comprometida.

4. 1. 1. Desigualdades de género

Autoras, como Burín et al. (1990) y Bleichmar (1999), advierten que los modelos hegemónicos de feminidad y masculinidad están implicados en la etiología de las depresiones, dada la enorme desventaja social, política y económica que afecta a los cuerpos nombrados como mujeres. Por un lado, la subjetividad femenina ha sido definida alrededor de los roles de maternidad y trabajo en el hogar y esto se ve reforzado por muchos de los modelos explicativos de las depresiones que se aferran a argumentaciones esencialistas. A su vez, se estaría robusteciendo el moderno sistema sexo-género que otorga una orientación personal hacia los otros en el modelo femenino, en contraste con una orientación hacia proyectos propios en el modelo masculino (Chodorow, 1979)150. Por 150 Citada en Sherry Ortner (1979:123-124).

otro lado, el aislamiento que supone el trabajo doméstico mengua las posibilidades de apoyo mutuo y refuerza el sentimiento de soledad y desolación.

En los siguientes subapartados, se presentan evidencias etnográficas de esta cuestión en varias categorías que ayudaran a presentar el análisis: cuidados, maternidad, menopausia y vejez en femenino, y una última sobre vivencia conflictiva con el modelo hegemónico de género.

4. 1. 1. 1. Cuidados

Sin contar los cuidados propios de la maternidad, algunas de las participantes (Inma, Ainhoa, Iryna, Rocío, Carla y Josep) señala el tema de los cuidados informales151 como uno

de los factores desencadenante de su(s) depresión(es). Es decir, bastantes mujeres, y sólo un hombre. Por ejemplo Iryna, cuando le pido que cuente cómo fue su proceso de depresión, comienza su relato de esta forma:

Yo siempre he tenido que cuidar de mi familia. A los dieciséis años a mi madre le diagnosticaron un cáncer. Hace ya de esto casi quince años. Era cáncer de pecho y claro, en aquella época, cáncer, aunque fuera de pecho era como ¡buf!, no es como ahora. Entonces era igualdad a muerte. La cuestión es que se le complicó la cosa y tuvo que un virus posoperatorio y se pasó un mes en el hospital. A todo esto, yo tuve que cuidar de mi hermano, de mi madre y de mi padre que estaba ausente, porque, no tengo nada en contra de mi padre, pero estaba todo el día trabajando. Entonces los días que podía ir a ver a mi madre pues se iba a jugar al fútbol o lo que sea, da igual. La cuestión es que me cargué yo toda la responsabilidad porque tiendo a eso, tiendo a cargarme toda esta puta responsabilidad, ¿no? Mi hermano tiene dos años menos que yo. Luego así, a nivel familiar, a mis veintidós [años], mi padre se puso enfermo y tuvo una embolia, y entonces se le ha quedado paralizada media parte, la parte izquierda, pero también tiene afectada la parte cognitiva. Y estuve desde los veintidós a los veinticinco viviendo con mis padres y cargándome... O sea, yo lo que quería hacer era de alguna manera protegerlos, ¿no? Pero protegiéndolos a ellos me estaba desprotegiendo a mí. Quería proteger a mi hermano que es una persona muy complicada, muy complicada. Quería proteger a mi madre para que no lo pasara mal, porque creo que lavar el culo a tu marido deber ser muy duro y decidí hacerlo yo. Pero de alguna manera no me estaba dando cuenta de lo que yo me estaba desprotegiendo, porque era un ritmo... Mi padre estuvo varios meses en el hospital, en principio debía morir, pero sobrevivió, y se pasó muchos meses en el hospital. Y yo, pues mi padre estaba en la UCI aún y yo me cogí un curro porque mi padre era

151 Por cuidados informales me refiero a la: “prestación de cuidados de salud a las personas que los necesitan por parte de

familiares, amigos, vecinos y, en general, personas de la red social inmediata, que no reciben retribución económica por la ayuda que ofrecen” (García-Calvente et al., 2004:83).

autónomo, y yo no quería dejar sin un duro a mi familia y me cogí un curro. Con lo cual no hice nada, de proceso de duelo, cero, o sea, cero [ríe sarcásticamente]. Y bueno, lo derivaron a otros hospitales y mi día era: estar a la 8:30 en el trabajo, a las 14:30 salía, a las 15:15 estaba en el hospital, comía con mi madre, a las 15:45 estaba con mi padre y a las 21:30-22 cuando se acababan las visitas me iba. Esto de lunes a viernes. Los sábados iba de 10 a 22 todo el día en el hospital [..] Y estuve así hasta que él salió del hospital, esto pasó en febrero, pues hasta octubre-noviembre estuve así. Y luego en casa también, yo lo llevaba al médico a mi padre, ya quedé con mi madre en eso, lo duchaba yo a mi padre, lo cambiaba yo, todo yo, ¿no? Entonces a los veinticinco [años] no podía más, estaba cansada. Realmente no sé qué sentía en aquel momento... estaba demasiado cansada, demasiado agotada. (Iryna, Barcelona, 31)

Iryna, desde los dieciséis años ha ejercido el rol de cuidadora informal, una dedicación hacía los demás que, según los datos estadísticos152, realizan mayormente las mujeres, es

decir, existe una feminización de este tipo de cuidados. Sobre la realidad de la CAE, Isabel Larrañaga et al. (2009:51) señalan que “en el País Vasco se estima que la familia asume más del 70% de la carga de cuidado, siendo la mujer la proveedora principal (73%), y variando las relaciones de parentesco según el ciclo vital de las personas cuidadas y cuidadoras (esposa 20%, madre 25%, hija 17%)”. Y en Cataluña y el total del Estado español la situación es muy parecida (Bofil, 2006:265).

Además, respecto a los hombres que también participan en estas tareas, autoras como María del Mar García-Calvente et al. (2004) enumeran una serie de desigualdades en el reparto, atendiendo a la cuestión del género. Por un lado, cuando las cuidadoras informales (generalmente mujeres familiares) no pueden asumir esa carga reproductiva, buscan a otras mujeres (y no hombres) que puedan sustituirlas, las que serán cuidadoras secundarias. Por otro lado, cuando también los hombres se implican en estas tareas suelen hacerse cargo de las menos pesadas, menos cotidianas o que exigen menor dedicación. Además, García-Calvente et al. (ibídem) señalan cómo el ejercicio del rol de cuidadora principal tiene un alto coste sobre las vidas de las mujeres que es algo más que el tiempo dedicado; toda su vida se ve afectada y su salud también. Estas autoras recogen los resultados de diferentes estudios sobre personas cuidadoras de la CC. AA. de Andalucía (Mateo et al., 2000; Montoro, 1999; Moral et al., 2003), que afirman una relación entre el desempeño de estas tareas y efectos negativos sobre la salud, principalmente en la esfera psicológica más que en la física, que se manifiesta como depresión y/o ansiedad en una quinta parte de las personas entrevistadas, o como tristeza y agotamiento en un tercio de

152 Las Encuestas de Usos de Tiempo y de las Cuentas Satélite también señalan que el trabajo doméstico y los cuidados

los casos, siempre en correlación directa según aumenta la edad de la persona cuidadora y la dependencia de la persona cuidada (García-Calvente et al., 2004:88).

Iryna153 siempre se queja de la falta de tiempo para ella misma, pero también de que esta

dedicación completa le impidió desarrollar proyectos y vivencias propias de la juventud. Por ejemplo, acabó sus estudios universitarios con treinta y dos años, porque durante mucho tiempo apenas pudo asistir a clase por el cansancio acumulado tras tantos cuidados informales, y porque además nunca dejó de trabajar asalariadamente para poder subsistir ella y su familia. Por tanto, las personas que ejercen de cuidadoras informales, al menos las que participan en esta etnografía, todas realizan una triple jornada laboral: la de cuidados, la de trabajo doméstico, y la de empleo remunerado. Una situación de continúo desgaste físico y emocional, que poco a poco va mermando la propia salud.

Es importante también destacar una diferencia que surgió durante la etnografía, y que de nuevo está relacionada con el género. Como advertí al principio, Josep154 ha sido un

cuidador informal. A su esposa, con apenas treinta años, le diagnostican un comienzo de esclerosis múltiple y, durante casi todo el proceso de salud-enfermedad-atención Josep se encargó de los cuidados de ella y de la crianza de sus dos hijos, mientras continuaba trabajando en el taller de carpintería para conseguir un sustento económico familiar. Pero en el relato de Josep hay algunas diferencias, respecto al de Iryna, o al de Rocío o al de Inma. Primero, que a Josep su hermana le ayudó durante todo el tiempo con los trabajos domésticos, liberándole a él de esta carga. Pero, además, Josep por las noches disponía o se tomaba tiempo para sí mismo.

Els dies eren pels meus nanos i la meva dona i les nits eren per mi, que també era molt poc, però jo tenia que disfrutar, jo tenia que... Jo tenia que satisfer les meves necessitats físiques i psíquiques, no? Vull dir, si no estava viu estava mort. I amb tot això pues anar bebent, anar-li fotent al trango, i bueno, vaig conèixer la Carmen, vaig sortir dos anys amb ella... vaig sortir dos anys amb ella.155 (Josep, Lleida, 64)

En contraste con lo que Iryna contaba, o con lo narrado también por el resto de mujeres cuidadoras informales que participaron en esta investigación, Josep es capaz de dedicarse también tiempo para sí mismo. Sin embargo, ellas no, sus vidas ya no les pertenecen, porque están dedicándolas por completo a las necesidades de las otras personas, mientras desatienden las propias.

153 Barcelona, 31. 154 Lleida, 64.

155 Los días eran para mis niños y mi mujer, y las noches para mí, que también era muy poco, pero yo tenía que disfrutar, yo

tenía que... Yo tenía que satisfacer mis necesidades físicas y psíquicas, ¿no? Quiero decir, sino estaba vivo estaba muerto. Y con todo eso pues iba bebiendo, le iba dando al trago, y bueno, conocí a Carmen; salí durante dos años con ella... salí durante dos años con ella.

Esta situación es consecuencia de la socialización de género y el sistema socioeconómico actual, que empuja a las mujeres al cuidado. Como Purificación Mayobre e Iria Vázquez (2015:85) señalan, entre otras, esta disposición total hacia las necesidades de otras personas tiene un origen sociocultural e histórico:

El concepto de cuidado ha cambiado notablemente a lo largo del tiempo y las culturas […] Esa actividad, antes de la aparición de las sociedades industriales, podía ser desempeñada por diversas personas de la familia extensa; pero con el capitalismo se produce una separación tajante de espacios, usos y reconocimiento social de los mismos: el ámbito público, ocupado por los varones, se destina a la producción de bienes y servicios a cambio de un salario y reconocimiento social, y el ámbito privado, habitado por las mujeres, se consagra al cuidado y atención a los otros miembros de la familia, al tiempo que queda sin reconocimiento social a causa de la extensión de la ideología que naturaliza el amor familiar y la capacidad de las mujeres de cuidar de otras personas (Martín Palomo, 2008).

Por otro lado, la cuestión de clase también debe tenerse en cuenta en este análisis sobre los cuidados. Primero, porque tener que soportar una triple jornada laboral es consecuencia de la pertenencia a una clase baja o media-baja; puesto que son personas que no pueden dejar de trabajar asalariadamente, porque de ello depende su subsistencia, y segundo, normalmente tampoco pueden contratar los servicios de cuidadoras/es formales, ya que no disponen de los ingresos suficientes para costearlo.

Por tanto, ejercer el rol de cuidadora informal es una situación que facilita la aparición de una depresión. Un rol que por otra parte, es ejercido mayoritariamente por mujeres, debido a la división sexual del trabajo en distintas sociedades, y que además está interrelacionado con la clase. Así, se puede concluir, que este tipo de desigualdad de género podría ser una de las responsables de la brecha de género en los diagnósticos de depresión, pero también de las diferencias entre grupos socioeconómico de pertenencia.

4. 1. 1. 2. Maternidades

La maternidad es una tarea de reproducción, que supone a su vez muchas tareas o roles: la gestación, el parto, la crianza, etc. Y aunque en algunas de estas fases o tareas los hechos de tipo biológico sean protagonistas, siempre hay que mantener una mirada cultural, histórica y política de los mismos y de la maternidad en general, porque los significados y prácticas que van asociados al “ser madre” son propios de cada grupo o sociedad, es decir, la categoría de madre es un constructo cultural (Abajo-Llama et al., 2016:21).

Coral Cuadrada (2009)156 señala que durante el siglo XIX, en el Estado español, fue

predominante el discurso de la domesticidad de la mujer, que tras un breve período republicano tomó de nuevo fuerza con la dictadura franquista y la continua exaltación de la maternidad por parte de este régimen autoritario. Según la autora, en el caso concreto de Cataluña, estos hechos hicieron que, con la llegada de la democracia, y por los cambios impulsados por los diferentes movimientos feministas, a finales de los años setenta y ochenta del pasado siglo, muchas catalanas decidieran no ser madres, o ejercer maternidades poco convencionales hasta el momento (mientras trabajaban asalariadamente, custodias compartidas al 50% con el otro progenitor, etc.). Para el caso de la CAE, Del Valle (1992), recogiendo algunas ideas de Begoña Arregi (1987), sugiere una historia parecida, que explicaría además las disminución de las tasas de natalidad en este territorio desde los años ochenta del siglo XX.

Hasta ahora solo he hablado de maternidad, porque ninguno de los hombres que participan en la investigación han nombrado el hecho de ser padres, o el deseo de serlo, como un detonante de su depresión. Mientras que para algunas mujeres (en concreto para Helena y Rocío como madres, y para Ainhoa por el anhelo de serlo), los conflictos y situaciones que vivieron en este área fueron grandes facilitadores de sus depresiones.

El relato de Helena, está muy centrado en las vivencias alrededor de su maternidad. Cuenta que su malestar comienza a los veintitrés años, cuando tuvo a su primera hija, y un año después se incrementó cuando tuvo al segundo hijo:

Yo estaba muy autista en el sentido de: veinticuatro años, mis amigos van de excursión, se van a bailar y de copas, se iban al cine... y yo no, yo hacía biberones, con lo cual estás descontextualizada ¿no? Fin de semana, no puedes ir. Son gente que luego han tenido hijos, pero en ese momento vives sola con tus circunstancias. Eso también fue una cosa que… me llevó más al límite. (Helena, Barcelona, 55) Helena, además, comenta que, a los veintisiete años, cuando se divorció de su marido y padre de sus hijas/os, se quedó sola al cuidado de las criaturas. Siempre compaginó las tareas de crianza con una intensa vida profesional que la obligaba a desplazarse entre Lleida y Barcelona casi a diario, y unos horarios laborales flexibles y exigentes. Este doble