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3.4 Which attributes make up the construct teamwork

3.4.2.1 Situational Awareness

forma o el orden del sistema (Capra, 2006). Como medida de desorden representa lo que crece conforme las relaciones sociales tienden a reducirse. Refleja la complejidad

Figura 2. Correlaciones hipotéticas de la sustentabilidad en términos de cambios en la cantidad de energía utilizada en el tiempo, con el proceso de desarrollo (A), el patrón de sucesión agroecológica (B) y la expansión de estructuras de poder (C). Adaptado de Newbold, 1983

A)

B)

y desorganización en las sociedades inmaduras al disipar su capacidad para atender y afrontar los problemas que surgen en su interior pero que al mismo tiempo son producto de su relación con el entorno. Los procesos entrópicos redundan en aumento de población, inequidad económica y de calidad de vida, pérdida de valores sociales y en aspectos elementales colectivos como la inseguridad social. En consecuencia a lo anterior se generan incomprensión, miedos e insatisfacción de la población así como conflictos sociales (Antequera, 2005; Laca, 2006).

Usualmente el conflicto social se interpreta como una situación generada de corto o largo plazo, por visiones contrapuestas, por desigualdades o como frustración de sus necesidades, donde se desarrollan conductas que causan daños físicos, psíquicos o ambientales recíprocos. No obstante, desde la teoría del conflicto, el concepto replantea la valoración negativa tradicional y se constituye en un mecanismo de innovación y de cambio social al dar significado de estrategia a la acción (Suares, 2004). El conflicto no implica, sin embargo, la disolución o revolución del sistema en el corto plazo sino más bien su uso funcional en cuanto a que la contradicción forma parte del orden en las sociedades. El orden y el conflicto en alguna medida son una condición inherente en la sociedad, aunque el conflicto por sí solo es suficiente para causar orden, puede no ser necesario (Laca, 2006). Ejemplos de conflictos que por su funcionalidad han marcado la historia son el derecho a la rebelión expuesto por Locke y la lucha de clases, por Marx.

Hay tres tipos de conflictos: cognoscitivo, emocional y de intereses (Matus, 2007). El cognoscitivo, sobre el modo de conocer y de ver la realidad, por la forma en que lo concibe Matus, se relaciona con la teoría de la construcción social del conocimiento. Depende del tipo de información que tiene la persona, del modo teórico que maneja, de su capacidad para detectar lo que es benéfico y perjudicial, y de los valores para asignarle importancia al conflicto. El conflicto emocional, se asocia a la teoría piagetiana del conocimiento, en cuanto a que la primera reacción de los seres humanos es emocional, nunca racional, ésta la adquiere en el transcurso de su vida al relacionarse con su entorno, más las situaciones a las que se enfrenta pueden hacerle

percibir sus emociones como racionalidad, como ocurre con la razón de la modernidad. La mayoría de los conflictos emocionales se traducen en conflictos políticos. En tanto que los conflictos de intereses, se explican por el principio económico de Pareto, si uno gana el otro pierde; en esta situación es importante la ausencia de conflicto cognoscitivo, para estar más perceptivos a ver la jugada que afecta. En el proceso del sector productivo hacia la sustentabilidad, uno de los conflictos que encierran las tres dimensiones es debido a que la actitud positiva de los agricultores no llega a la acción en su comportamiento. Lo cognoscitivo se da por la falta de educación ambiental, el productor no percibe la magnitud global que causan sus acciones locales. Mientras que lo emocional e intereses, están dados por la necesidad del bienestar familiar, de prioridad sobre cualquier política ambiental.

En la medida que se avanza en desigualdades y conflictos, la sociedad se deteriora, la entropía es mayor e incrementa la redundancia. Los sistemas muy redundantes, como el económico, tienen una alta concentración y una distribución desigual generada por fuerzas antagónicas. Por el contrario, cuando el sistema progresa hacia la equidad en el sentido neguentrópico, la entropía disminuye (Bacallao, 2007). Así, de manera relativa, en una sociedad con salud e ingreso distribuidos equitativamente, la entropía será mínima; al no haber desigualdades, tampoco habrá margen de acción para la redistribución de las condiciones de salud o del bienestar económico. Estas nociones pueden aplicarse a la medición de las desigualdades sociales en cualquier componente.

En el escenario de la crisis social, económica y política vigente, las fuerzas antagónicas que han estado actuando en la disipación de los procesos entrópicos, son las siguientes: 1) el orden constituido en función de la racionalidad moderna, 2) la oposición, que muchas veces persigue de manera irreflexible la destrucción del orden existente para reemplazarlo por el suyo propio y, 3) la tendencia hacia un aumento de la entropía que genera todo conflicto social (Laca, 2006).

Por lo que respecta a la ontogenia de la entropía social, sus raíces epistemológicas profundas y convergentes se explican tanto por el pensamiento dialéctico como el estructural funcionalista a través de procesos de orden físico biológicos, sociales, antropológicos y sicológicos. Desde esta perspectiva, el grado de orden y de conflictos no sería solo una respuesta a la influencia de una minoría a través de sus significaciones en torno a una identidad social sino una respuesta colectiva a la manera en que un sentido de vida creado en una época puede amplificarse en el tiempo e impactar a otros grupos minoritarios, a las necesidades básicas sin satisfacer, a la competencia por recursos limitados, a la socialización y sentido de valores, así como a la autonomía. Elementos que en su conjunto favorecen la comprensión del orden o el estancamiento del desarrollo social para construir y potenciar las fuerzas que transformen a la sociedad.

De esta manera, el funcionamiento del libre mercado se constituye en el modelo cognitivo de entropía típico de la hegemonía y división social que caracteriza a la perspectiva teórica centro-periferia (Sánchez, 2009). Siguiendo la segunda ley de la termodinámica de Prigogine, la paradoja entrópica del modelo radica en que las naciones de la periferia con mayor capacidad de consumo internamente incrementan la dispersión y la oferta de las distintas configuraciones de energía; mientras que globalmente, las naciones centrales con costos más bajos, igualan su temperatura creando una mayor desigualdad en sus estructuras internas; es decir, se dan flujos de capital macro para igualar entornos con distinto potencial, pero que en su proceso de equilibrio generan mercados más amplios, complejos y diversos simplemente porque no se igualan en el micro (Toledo, 2008). Si la sociedad fuera rígida y no permitiera el flujo de capital fácilmente, éstos se equipararían con el micro, en consecuencia sería poco probable la riqueza a nivel macro y la sociedad desarrollaría bajo un modelo tipo comunista, con características organizativas y estructurales completamente opuestas a la del modelo económico vigente.

Así en un sistema económico que se rige por las leyes de la entropía el 90% de sus habitantes tiene poca probabilidad de llegar al punto en el cuál los incrementos de

riqueza son exponenciales, siendo la capacidad de ahorro de unos cuantos ubicados en el centro, el factor crítico de la desigualdad social en la periferia. Por tanto, la equidad económica se asocia con el nivel de la diferencia entre el consumo-gasto y el salario-ingreso, por tanto en la medida en que el ingreso tienda a incrementarse en la mayoría social, ésta tendrá oportunidades de acceder a la capacidad de ahorro. Sin considerar el trasfondo social que subyace al problema, el ahorro privado facilitaría la corrección de las desigualdades (Antequera, 2007).

Desde la visión teórica de las necesidades humanas, propuesta por Abraham Maslow, la entropía social se explica debido a que en la vida humana existen necesidades cuya satisfacción es socialmente dependiente, y cuando no se satisfacen se generan conflictos. En la medida que se cumple cada necesidad, aparece el interés por la otra, de tal manera que el desarrollo personal se activa hasta el último, una vez satisfechas todas las anteriores. A partir de esta etapa de dimensión no económica, es que surge el interés de las personas por las metas espirituales, cambio cultural que Inglehart y Abranson (1999) denominan postmaterialismo. Las personas con prioridades postmaterialistas se asocian a condiciones de mayor seguridad material y económica (Díez, 1992). Debido a que este esquema solo es alcanzable por un grupo mínimo de la sociedad, se reducen las posibilidades de bienestar de la mayoría, lo cual genera un proceso dialéctico y condiciones de conflicto.

Al respecto, Rodríguez (2005) enfatiza que ninguna dimensión política, social, técnica o económica es más importante que una doctrina de supervivencia. Ésta es fundamental para el futuro de los pueblos y la evolución de los seres humanos. Para Martínez-Alier (1995), las sociedades prósperas, lejos de ser postmaterialistas, consumen cantidades crecientes de materiales y de energía, en consecuencia en la misma proporción generan desechos, a causa de la producción propia o de los intercambios comerciales. Sugiere que la tesis de que el ecologismo tiene raíces sociales que surgen de la prosperidad, se podría plantear, no en términos de una correlación entre riqueza e interés postmaterialista por la calidad de vida, sino precisamente en términos de una correlación entre riqueza y producción de desechos así como agotamiento de recursos.

Mientras que para Torcal (1989) los valores postmaterialistas reflejan el sentido subjetivo de seguridad. Es cierto que individuos y naciones ricos tienden a sentirse más seguros de lo que lo hacen los pobres, no obstante, estos sentimientos también están influidos por la socialización, el medio cultural y las instituciones de bienestar social y educación. Torcal tiene razón si se toma en cuenta que en la actualidad, el grupo social que tiene satisfechas sus necesidades básicas de acuerdo a Maslow, y que pudiera estar en los valores postmateriales según Inglehart, se encuentra entre la sociedad demandante de seguridad pública debido al incremento de inseguridad social ante el narcotráfico, robos y secuestros, por tanto, la seguridad social retoma fuerza como necesidad básica y se constituye en una razón prioritaria de orden social.

A partir de la epistemología social constructivista de la realidad, los conflictos responden a que los marcos de entendimiento de sentido de vida establecidos por la sociedad en un espacio y tiempo específicos son heredables a épocas y condiciones distintas, por lo que se manifiestan incoherencias (Capra, 2006). Son las habilidades del ser humano las que responden a estas accionando el conflicto, evento que paralelamente lo convierte en el promotor de cambio hacia formas nuevas que se adapten a sus necesidades actuales.

La esencia teórica de esta perspectiva radica en el sentido mismo de la autoreproducción, autoorganización y autoreferenciación de las sociedades. La realidad es tan solo una construcción social en un espacio y época determinados, de manera que si en el mismo espacio pero en otros tiempos el sentido de vida creado resulta incoherente, la propia sociedad tiene la capacidad de reconstruir y formar realidades, sentidos de vida, organizaciones o verdades nuevas, diferentes y congruentes a la época vigente, y lo logra a través de su capacidad de conflicto. Desde esta posición, no existe nada inherentemente real o verdadero, pues todas son construcciones sociales arbitrarias que deben de adaptarse a las necesidades, por lo que hipotéticamente, solamente la falta de imaginación del ser humano detiene de formar organizaciones nuevas, más adaptadas a las necesidades actuales.

En el mismo pensamiento constructivista pero desde el enfoque narrativo de la realidad y de la identidad social, el lenguaje y las palabras, a través de la conversación, se convierten en los elementos activos de la teoría social, básicos en la creación del sentido de vida, de la realidad que se reconoce e incluso de la de futuro. Cuando el lenguaje utilizado en la construcción narrativa de la realidad describe al diálogo apreciativo de un modo positivo, se tiene la capacidad de restaurar relaciones y de atenuar daños ocasionados por el discurso crítico o negativo. No obstante, cuando se dan narrativas contrarias, que niegan a un grupo de individuos el reconocimiento o la satisfacción de una necesidad humana, como ocurre con la racionalidad de la modernidad, se afecta la identidad profunda de las personas y de los grupos. En respuesta a la perturbación de su identidad, la capacidad humana transforma las inconformidades en el motor de las búsquedas de reivindicación, y se generan conflictos. Esta es una de las razones del por qué algunas comunidades tienen más éxito que otras a la hora de gestionar recursos comunes (Matus, 2007).

Por lo anterior es evidente la necesidad de reflexionar sobre el modo como se construyen verbalmente las descripciones de lo que se elige, debido al inmenso poder que tiene el lenguaje en la fabricación de consenso, lo cual de acuerdo con Chomsky (2007), se explica por la relación entre los medios de comunicación y el grupo selecto que emerge de la democracia representativa espectadora. Así, de la manera como el lenguaje se use en la construcción de realidades, surgirán las formas de vida, los modos de producción, de consumo y los conflictos.

Por otro lado, la entropía social subyace también a la falta de protagonismo de los ciudadanos en la lucha por el sentido de la vida individual y de las acciones para el cambio. En este sentido, el desarrollo de autonomía es el mecanismo para soslayarla. En la concepción de la autonomía no hay más sujetos que la ciudadanía representada por todas las instituciones que construye: organizaciones, asociaciones, centros de expresión, instituciones representativas y administraciones, entre otras; las cuales se convierten en espacios de desarrollo del imaginario social, a través de los que puede

manifestarse el contenido de la lucha cotidiana por la libertad y la igualdad (Vera, 2006).

A pesar de los conflictos existentes y de la magnitud de orden que ello pueda implicar, la coherencia en la práctica social es condición de supervivencia, por ello, el proceso de mediación que resulta de una confluencia entre la teoría de conflicto y la cooperación (teoría de juegos) abre el espacio a la negociación, convirtiéndose en la energía social que concilia las relaciones entre cultura y cambio (Matus, 2007).

Por lo anterior se plantea que, las contradicciones básicas que resultan en los conflictos surgen por incoherencias en las relaciones y prácticas sociales. El nivel de conflictividad de la sociedad es complejo debido a que se organiza en torno a conflictos donde persiste el determinismo económico prevaleciente durante años. Con base en ello la sociedad posee alta conflictividad y bajo orden social, razón por la cual puede ser susceptible a transformar su red de relaciones. Sin embargo, las habilidades de la sociedad para crear conflicto serán decisivas para promover los cambios coherentes a la problemática actual, y que la sociedad alcance su madurez y equilibrio neguentrópico dinámico.

2.2.2 Entropía en los procesos de estructuración de la interacción entre sociedad y