CHAPTER 2: THE CHARACTER PROBLEM
2.4 Sketching a New Answer to the Character Problem
María Amelia Migueles [email protected] Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad Nacional de Entre Ríos, Argentina
Recibido: 14/07/2011 Aprobado: 28/10/2011
Definición del problema y decisiones metodológicas
La definición del tema “Sentidos de la buena enseñanza en escuelas en contextos de pobreza urbana” ubica como principal preocupación la re- construcción de los sentidos configurados en estas escuelas, tomando como elementos de análisis los relatos de docentes (directivos y maestros de aula) respecto de aquello que consideran como buena enseñanza. “Buena enseñanza” no remite en este caso a aquello que supondría un parámetro de medida, un ideal sostenido desde el lugar del investigador, a cotejar en las prácticas o decires de los docentes. Tampoco se busca corroborar si lo que ellos enuncian por tal efectivamente se pone en juego en los aprendi- zajes de los alumnos o cumplimenta lo estipulado en el diseño curricular. La intención es trabajar sobre los sentidos que se han venido configurando sobre “la buena enseñanza en escuelas en contextos de pobreza urbana”, no exentos de normas y códigos acuñados dentro del dispositivo escolar y en relación a tradiciones pedagógico-didácticas que definen qué es ense- ñar y qué es “buena enseñanza”, en distintas épocas y desde diferentes perspectivas.
La situacionalidad de “escuelas en contextos de pobreza” como parte de la definición de la unidad de análisis, opera como ámbito que se piensa estructura de algún modo, lo que se concibe como “buena enseñanza”. Este es un supuesto inicial, a lo que podría agregarse que el sentido cons- truido en estas escuelas sobre la buena enseñanza se especifica desde las condiciones de pobreza que atraviesan de manera ineludible a los alum- nos, a sus familias y a la misma escuela. Sin embargo, no dejamos de pre- guntarnos si es sólo desde la pobreza que se estructura el sentido de
“buena enseñanza” sin encontrar otras condiciones, otras posibilidades en los alumnos, en las familias, que la permitan.
A estas escuelas, llamadas y caracterizadas como “marginales”, “de la periferia”, o “pobres”, asisten en su gran mayoría niños en condiciones de pobreza material (viven del cirujeo, del cuentapropismo; muchos desocu- pados y asistidos por planes sociales, con empleos transitorios, madres, padres u otros familiares solos a cargo del hogar). Por otra parte, muchas de estas escuelas padecen síntomas de pobreza material (deterioro de las construcciones, robos permanentes, falta de materiales de trabajo).
La selección de determinadas escuelas ha sido intencionada y por moti- vos de accesibilidad. Se escogieron cinco escuelas de la ciudad de Paraná, consideradas en contextos de pobreza. Cuatro de ellas funcionan en jorna- das simples y una es de jornada completa. Se sustanciaron, en una primera etapa, entrevistas en profundidad a los directivos de cada una de estas ins- tituciones, y en una segunda etapa se entrevistó a maestros de aula, esco- gidos por los mismos directivos. La investigación, de corte exploratorio, se inscribe en una opción epistemológico-metodológica que articula tanto pro- blemas referidos al objeto de conocimiento como al modo de aproximación y construcción del mismo. Adopta como perspectiva de análisis un enfoque hermenéutico, poniendo énfasis en el análisis del sentido.
La antedicha perspectiva crea instancias de permanente problematización que tornan imprescindible construir un campo de objetos articulados que medie la relación con la realidad investigada (Zemelman, 1992). Objetos que toman el carácter de categorías, abiertas a su especificación en la si- tuación que se analiza y en relación al problema delimitado. El concepto bá- sico que organiza la investigación, la buena enseñanza, se pone en relación inicialmente con otros objetos que a su vez circunscriben el universo de ob- servación (sentidos - escuela – pobreza – saber – conocimiento – sujeto pe- dagógico – tradiciones pedagógico-didácticas – transmisión – transferencia - vínculos pedagógicos – afectos – culturas – prejuicios – experiencias – aprendizajes - metodologías). Sin embargo, avanzando en el proceso de in- vestigación, se complejiza el punto de partida (problema inicial) recono-
ciendo nuevas categorías y relaciones no planteadas al comienzo. De allí entonces que en una reformulación del campo de objetos articulados y del mismo universo de observación, se rearticularon otros ejes como: educación y pobreza; los discursos sobre las diferencias y el lugar del “otro”; los terri- torios de la pobreza; la “escuela de contexto”, la escuela en contextos… de pobreza… urbana; la relación educación y pobreza, entre la enseñanza “común” y la “especial”; el afecto, el “amor” en la “buena enseñanza”; otras “exigencias” para la “buena enseñanza”; sobre los sentidos y discursos.
En esta oportunidad sólo se hará referencia a algunos de estos ejes de análisis, recuperando las entrevistas a directivos.
Las escuelas de la pobreza… resistencia a seguir confirmando su imagen social
De hecho la pobreza se ha configurado como un “estado” difícil de ob- viar en los tiempos recientes y actuales. De allí los mecanismos del Neoli- beralismo para crear “otros sentidos”, de “nombrar” la relación entre educación y pobreza. Las consecuencias de la década de los 1990 en Lati- noamérica y particularmente en Argentina, no pueden estar ausentes en estos análisis. Participamos, junto a otros países de la región, de una nueva “oleada” neoliberal que afectó al sur del continente (como proyecto global preparado para países como los nuestros) y construyó un discurso político- pedagógico que aún resuena en las escuelas. Se instalan palabras como “niño carente” y se describe como de “marginación social” la situación de estos niños, pero sin mención alguna a los condicionantes estructurales de carácter económico y social que la generan. Este discurso mantiene el man- dato redentor de la escuela y le atribuye a los sujetos particulares la res- ponsabilidad de su propia marginación, mientras la de la escuela sería integrar a estos sujetos y superar la carencia cultural de que adolecen.
De tal modo, el discurso neoliberal que comenzó a llamar a los alumnos “carentes” y a atribuirles individualmente la falta, fue clasificando a las es- cuelas en “escuelas carenciadas”, “escuelas marginales”, “escuelas pobres” o “escuelas de contextos de pobreza”. Estos enunciados parecen nombrar el descubrimiento de otro fenómeno, un nuevo tipo de pobreza; el descu-
brimiento de la pobreza urbana, pobreza caracterizada como “marginali- dad”, “exclusión”, “diversidad”. De tal manera se transforma en hegemónico el discurso que nombra a esta nueva pobreza como marginalidad y la con- cibe, en última instancia, como producto del sistema educativo. Marginali- dad, sinónimo de deserción educativa, de desgranamiento, de abandono, volviendo intercambiable lo escolar por lo social y viceversa. (Romano, 2006, 142).
Bajo el tamiz de la “diversidad” se termina caracterizando a las escue- las sólo desde su relación con los contextos de pobreza o por las funciones de “atender a los pobres”, poniendo de manifiesto la relevancia estructu- rante que esta problemática asume para definir sus contenidos, sus modos de acción, sus intencionalidades, al tiempo que la incapacidad para poder afirmarse desde otro lugar. Lo paradójico –dice Romano– es que el discurso busca combatir la pobreza, pero finalmente se estructura exclusivamente desde ella (Romano, 2006, 155). Escuelas definidas desde una situación particular, que le impone límites que no pueden superar, subordinándose lo educativo a las políticas sociales y creando un discurso que lleva a pensar: “para poder educar, antes se deben ofrecer respuestas de otras políticas”. Agrega Romano que: “… Existen escuelas que se caracterizan porque están ubicadas en ciertas zonas, que atienden a ciertas familias en las cuales en- señar se ha vuelto imposible. Escuela de contexto es el eufemismo que se- ñala la renuncia de las escuelas primarias, convertida en política oficial, a enseñar en ciertos contextos”. (2006, 156).
Sin embargo, los efectos del discurso no logran subordinar la decisión de algunos sujetos de contradecir los determinismos sociales. Se hacen es- fuerzos desmesurados por resistir estigmatizaciones, destinos preanuncia- dos, por no constituirse sólo desde la condición de pobreza (de la escuela o de los alumnos). Cuenta la directora de la escuela de tiempo completo que lo que más cuesta revertir es la imagen que la sociedad tiene de esa escuela, con una función tradicionalmente asignada. Y se obstina en cam- biar esta imagen pública porque piensa que también desde allí es posible modificar las relaciones que los alumnos tienen consigo mismos. La imagen pública de la institución, su historia, no deja de estar presente en sus rela- ciones con el medio.
La escuela a la que se refiere la directora se constituyó históricamente con el mandato fundacional de atender a los niños pobres y desampara- dos, también con pobres posibilidades. Surgen con la intención de asistir a los niños de menores recursos, a los vulnerados socialmente, niños huér- fanos, pobres, cuyos padres trabajaban durante todo el día, compensando desde el Estado, y en este caso desde la escuela, las “carencias” provo- cadas por su condición de clase.
La directora intenta entonces resignificar la función que cumplió esta escuela en la sociedad. En sus comentarios se advierte una búsqueda in- cesante para que se la reconozca desde otro lugar, con otros sentidos, como un espacio de posibilidad y no como el último receptáculo de “residuos so- ciales y escolares”. Se pretende construir otra identidad para la institución y para los sujetos que forman parte de ella, alumnos y docentes. Es como decirle a la sociedad: “no somos los que creen, aquí se puede, nosotros también somos alumnos y docentes como cualquier otro, enseñamos y se aprende, no somos pura imposibilidad, fracaso, violencia”. Una lucha cons- tante por interrumpir, en este caso, el destino histórica y socialmente pre- anunciado…aunque este interrumpir implique reemplazar nombres de escuelas, sustituir el pasado.
De la escuela de la asistencia se pretende pasar a la escuela de la en- señanza, y más especialmente “a la escuela”. Aquel mandato sarmientino de “ser escuela” y ser “alumno” —desde la educación, la enseñanza, el aprendizaje, la socialización— parecía no haber estado nunca en esta ins- titución, considerada sólo de la asistencia, de la carencia, de la pobreza. De allí la urgencia de distinguirse, de revalorizar la enseñanza, el aprendi- zaje, las “buenas costumbres”. Comentaba la directora:
“Vemos muchos cambios en los chicos…desde que tienen interés en trabajar, que quieren aprender… cambian en la disciplina, son otros chicos, dicen: ¨permiso, señora¨. Van con el guardapolvo, porque antes nunca lo tenían. Y la gente decía, ´ah, son de la Escuela Hogar´. Una vez me pasó que fuimos a una fiesta de la Patronal San Cayetano, con los chicos con guardapolvo, y me dice una mamá: ´¿de qué
escuela son…?´. Y le respondí: ´…de la escuela, bueno… de la escuela Pérez Colman´. Y dice: ¿y los de la Escuela Hogar usan guardapolvo?. Le respondí: ´Señora, son alumnos…´. ¿Y sabés qué tuve que hacer?. A la entrada tuve que poner: `Escuela Nº 1 de Tiempo Completo´… para que diferencien que no somos Escuela Hogar… que funcionamos dentro del complejo Escuela Hogar, pero que somos escuela… donde el chico viene, se le enseña, se le exige…”. (DIRECTORA ESC. A) Por otra parte, ante aquella subordinación de las escuelas a las políticas sociales que antes mencionábamos y que deja de lado la enseñanza, la di- rectora establece una interesante distinción de funciones y tareas para cada miembro de la institución. Distinción que parecía no estar presente al mo- mento de su llegada y quizá tampoco en una larga historia institucional que inicia con la misma fundación del “Complejo Escuela Hogar Eva Perón”. Ve la necesidad de reorganizar la institución y redistribuir funciones:
“…El docente tiene que enseñar; los preceptores, su función específica; el equipo interdisciplinario, trabajar con las adecuaciones de los chicos que te- nían dificultad… Era un escuela en la que, dadas las características, no había actas, acuerdos para el trabajo con los chicos, no había adaptaciones curri- culares; eran chicos que repetían, chicos no concurrentes, y como eran pro- blemáticos nadie los iba a buscar… Bueno, tuvimos que hacer todo un trabajo… en tres años, y ahora se va viendo un poco el fruto. Se trabaja mucho con el alumno … respetando sus características. Vemos en los chicos, que no es tanto el problema de aprendizaje que tienen como sí el problema de su contexto social y familiar… entonces hemos acordado que el maestro, sí o sí, cumpla su función de enseñar. Acá…el Complejo hace todo lo que es asistencia… si al chico le faltan zapatillas, si no tiene vestimenta… hay en- fermeros, una pediatra… . Tenemos servicio de odontología. Tenemos pre- ceptoras que se encargan de llevar a los chicos a determinados lugares y de su orden e higiene… O sea, que la función del docente es enseñar. …”. (DIRECTORA ESC. A).
Una necesaria distribución y diferenciación de funciones y tareas de tal modo que el docente pueda cumplir aquello tan fundamental para esta di- rectora, que es enseñar.
El buen vínculo, el afecto, el reconocimiento, la confianza… condiciones ineludibles de la buena enseñanza
El discurso pedagógico, desde diferentes perspectivas y en distintos tiempos, fue trasmitiendo aquello que consideró principios necesarios para lograr una “buena educación” y una “buena enseñanza”. Y dentro de ellos podemos mencionar las relaciones que estableció entre “amor” y “ense- ñanza”. Ana Laura Abramowski1analiza estos “afectos magisteriales” como parte de distintas tradiciones pedagógicas. Señala que, como nuevo “pas- torado contemporáneo”, el sentir cariño por los niños se entrena y disci- plina, no es natural, espontáneo ni inmutable, aunque esto no niega la existencia de sentimientos. El buen maestro se conduce de acuerdo a pres- cripciones de la buena enseñanza, disponibles en diferentes épocas para ser pensadas y sentidas. Parece natural que los docentes deban cuidar a los niños, deban quererlos, saber de ellos, como pedagogía invisible. Agrega que los sentimientos efectivamente sentidos por los docentes son producto de los sentimientos pensables, decibles y disponibles para ser sentidos en determinados tiempos y espacios. Los amores, las formas de querer son históricas y cambiantes, producto de regulaciones –que no siempre doblegan o reprimen pasiones, también las incitan y autorizan (Abramowski, 2006, 86-87).
Afirma además que uno de los motivos por los que se ubica al afecto en el centro de la escena educativa es la comprobación de una supuesta falta en los niños, alumnos carentes de afectos, lo que provoca malos compor- tamientos, conductas agresivas, problemas de aprendizaje. De tal manera, los maestros se verían obligados a darlo, compensando, para que la ense- ñanza y el aprendizaje no sean tan dificultosos. Querer a los niños porque otros no los quieren y como condición indispensable para aprender.
1 A partir de una investigación dirigida por Inés Dussel, aborda los“afectos ma- gisteriales de la educación”. Ver ABRAMOWSKI, A. L.: “´Un amor bien regu- lado´: los afectos magisteriales en la educación”, en FRIGERIO, G. y G. DIKER, Educar: figuras y efectos del amor. Ed. Del Estante. Bs. As. 2006.
Los maestros como “contenedores afectivos”, reemplazando a las familias o a otras instituciones que no dan afecto.
Decía una directora: “…Nuestros niños necesitan mucho cariño. Y es lo que tratamos de darles, cariño y elevar su autoestima, que muchas veces es baja. Bajísima”. (DIRECTORA ESC. B).
En forma recurrente, en las distintas entrevistas, vincularon la buena enseñanza con la demostración de cariño por parte del docente; “enseñar desde y en el cariño”, planteando que sólo desde allí es posible lograr aprendizajes y avances en los niños. Por otra parte, se les atribuye a estos maestros la condición de erigirse en alguien en quien confiar, alguien con quien establecer lazos, nuevas filiaciones. Saben que no van a solucionar los problemas de los niños, pero sienten que deben aliviarlos, contenerlos:
“…tratando de entender y atender la realidad y las necesidades con que ellos viven a diario; entonces es a partir de ellos que se trabaja, como que son el motor de todo el proceso de enseñanza–aprendizaje. Creo que le ayuda muchísimo a un chico hoy que se lo valore, que se levante su auto- estima, estimularlos continuamente con que ellos pueden. Cosa que a veces en el círculo en que se manejan y desde la sociedad está un poco menos- preciado”. (VICEDIRECTORA ESC. B)
Se piensa que el afecto es el medio fundamental para lograr cubrir en parte “las falencias, las necesidades” con las que los niños llegan; caren- cias afectivas, materiales, de alimentación, culturales, de “buen lenguaje, de apoyo en las tareas escolares”. Los contenidos sólo pueden enseñarse y aprenderse cuando se ha establecido un vínculo positivo con los alum- nos y cuando éstos los significan desde el contexto en el que viven. Y para ello es necesario considerarlos con sus sentimientos, sus vivencias, sus carencias, hay que escucharlos. Aunque - comenta Abramowski - se suele afirmar que al dar afectos (acariciando, alimentando, escuchando proble- mas, curando heridas, sacando piojos) se relega la tarea de enseñar. Pero ante esta última afirmación, vale plantear una necesaria interrupción. In- terrupción que ligue, antes que diferenciar, “cuidado e instrucción”, ya que
la transmisión de conocimientos es una forma de cuidado y protección. Es importante valorar las formas de cuidado menos intelectuales que tienen lugar en la escuela (Dussel, 2006)
Distintos relatos de las directoras dan cuenta de esta necesaria con- junción. Contaba una directora:
“El año pasado hubo un maestro muy… muy maestro. Esa sería la defini- ción. Filmó en distintas oportunidades su grupo de clase. Y a fin de año, junto con el maestro orientador, les pasaron a los padres esa filmación… desde el niño que no sabía escribir su nombre, a la progresión de una ora- ción a fin de año… Llorábamos todos. Ellos se emocionaban al ver los lo- gros. Porque uno que hace años que está en la docencia… yo que fui maestra quince años en primer grado, es como que te acostumbrás a todos esos cambios… tomás a los niñitos prácticamente en blanco, y llegamos a fin de año con un montón de conceptos logrados, de actitudes, de apren- dizajes… Pero el verlo en la filmación es otra cosa!!! Por ejemplo, uno que no se quería quedar… y después, se ve en la filmación cuando él está con su mamá; prendido a la pollera de su mamá. Y después está prendido al guardapolvo del maestro… (DIRECTORA ESC. B)
Nos acostumbramos a todos esos cambios, dice, a ese lugar que van ocupando los maestros, casi naturalmente, sosteniendo lugares de refe- rencia, constituyéndose en aquellos que hacen un puente entre la familia y la escuela, entre la familia y la sociedad toda. Hay algo que la escuela está haciendo, algo que los docentes están promoviendo como referentes claves en un lugar distinto, transferencias que operan casi sin advertirlo. El lugar del docente, como adulto es una necesidad imprescindible para los niños:
“Muchos chicos están buscando el vínculo, que vos lo acaricies, que digas ¨qué hermoso¨… Tenemos un alumno, que su maestra fue cambiando de taller y los alumnos también debían ir a otros talleres; pero no se lo puede sacar de al lado de su maestra… Ella se fue del taller de cocina al de cos- tura, y él se fue con la maestra al de costura! ¡Y tenés que ver cómo cose! Y él… es terrible!. Pero ama a su maestra. Yo me río, le digo el otro día: ¿qué hace Pablo cosiendo ahí?”. (DIRECTORA ESC. A).
La estabilidad en las relaciones que los niños establecen con los adultos es condición de orden, aprendizaje y buen vínculo. Estabilidad en los tiem-