CHAPTER 1 LITERATURE REVIEW
1.2 Soft computing
IRLANDA, 1943 Diseñad o p or Da vid Criad o / Bolivia
La hermana de Anne Maguire, Mairead Corrigan, conoció la iniciativa de Betty Williams y la invitó a los funerales de sus sobrinos que se celebraron el 13 de agosto de 1976.
Mairead Corrigan cortó el paso a su rencor y se sumó con toda su energía a las peticiones de fin de la violencia junto a Betty Williams. Ese mismo día, ambas se reunieron con el periodista Ciaran McKeown y los tres fundaron The Northern Ire- land Peace Movement (Movimiento por la Paz en Irlanda del Norte), posteriormente conocido como The Peace People (Gente de Paz). En sus propias palabras, este movimiento nacía “con el fin de dar un verdadero liderazgo y dirección a la voluntad que se había mostrado en lo más profundo de los corazones de la inmensa mayoría de la gente”. Mairead Corrigan no lo dudó: “El mejor recuerdo que podemos dar como homenaje a quienes han muerto es construir la paz en Irlanda del Norte”. Así, como una llama que todo lo prende e ilumina, en pocos días consiguieron reunir en las calles de la ciudad de Belfast a 10.000 mujeres católicas y protestantes en una marcha pacífica que el IRA intentó acallar aduciendo que estaba promovida en la sombra por el Gobierno británico. Pero la voz de los ciudadanos se volvió a oír nítida días después con más de 35.000 personas pidiendo una solución pacífica al conflicto. Para entonces la campaña de The Peace People había obtenido la atención de todo el país y daba nuevas espe- ranzas a quienes creían haberlas perdido para siempre. Las marchas pacíficas llegaron también a otras ciudades como Londres, donde la cantan- te y activista Joan Baez acompañó a una multitud esperanzada en Trafalgar Square.
Betty Williams y Mairead Corrigan fueron galardo- nadas con el Premio Nobel de la Paz de 1976 por su defensa de la causa de la paz y la reconcilia- ción, tras haber superado el miedo y constituyen- do un poderoso ejemplo a seguir.
que se tiñeron, una vez más, las calles de Belfast en aquel día de 1976.
Anne Maguire paseaba con sus hijos por la ace- ra de la calle Finaghy North. Hacía seis semanas que su tercer hijo, Andrew, había nacido. John te- nía dos años y Joanne, de ocho, les acompañaba montando en su bicicleta.
Eran algo más de las dos de la tarde de un día soleado de agosto, pronto vendrían los desapaci- bles días de otoño con sus nubes y la lluvia mo- jándolo todo. Pero aquel día los jardines de las casas bajas del vecindario lucían espléndidos, cuajados de flores y aromas.
Un poco más allá, en la misma calle Finaghy North, irrumpió el bronco sonido de unos ve- hículos en lo que parecía ser una persecución. Danny Lennon, un joven activista del IRA (Irish Republican Army, Ejército Republicano Irlandés), fue tiroteado mientras le perseguían soldados británicos. Herido mortalmente, perdió el control del coche que conducía y, dando tumbos sobre la acera, arrolló inesperadamente a Anne Maguire y a sus tres hijos. Andrew y Joanne murieron en el acto, John falleció al día siguiente en el hospital. Anne, aunque quedó gravemente herida, salvó su vida aunque jamás lo superó.
Todo sucedió tan rápido que ninguno de ellos pudo escapar al zarpazo de la fatalidad. Como tantas veces, la violencia había traído de su mano más violencia y calamidad. Por unos instantes, se hizo el silencio, pareciera que el tiempo se hu- biera detenido, que el mundo hubiera perdido el aliento.
Hasta aquel verano de 1976, el conflicto norirlan- dés ya se había cobrado más de 1.700 víctimas en ocho años. La opinión pública británica co- menzaba a estar tristemente acostumbrada a no- ticias como aquella, la intensidad de la violencia que se vivía entonces en Irlanda del Norte hacía
presagiar que todo sería más o menos igual días después.
Betty Williams iba a visitar a su madre cuando es- cuchó el fuerte impacto contra la valla. Algo dra- mático había sucedido más allá de la calle, echó a correr hasta llegar a la escena de la tragedia, poco pudo hacer más allá de presenciar la crude- za de aquel desastre. Una mezcla de conmoción profunda, indignación e insondable dolor brotaron del corazón de Williams y ella no les puso freno. Mientras, los soldados británicos daban cuenta de lo sucedido a las autoridades.
Betty Williams conocía bien el barrio y a muchos de sus vecinos, allí vivían sus padres, la familia Smyth. Era una familia sencilla, su padre era carnicero y su madre se ocupaba de los traba- jos del hogar familiar. Betty, después de estudiar graduado en un colegio católico, había trabajado como recepcionista. A sus 33 años tenía dos hi- jos, Paul y Deborah, fruto de su matrimonio con Ralph Williams. Era una mujer normal con una vida normal.
Lo que sucedió tras el accidente forma parte de su extraordinaria historia y del modo en que algu- nas personas intentan cambiar el rumbo de las cosas, a pesar de las dificultades.
Casi sin pensarlo, comenzó a llamar a las puertas de los vecinos del barrio con la profunda convic- ción de que algo como aquello no debería volver a suceder nunca más. En su interior manaba la certeza de que había llegado el momento de pa- rar aquella escalada de muertes sin sentido, las de uno y otro bando, para ella nada justificaba un hecho tan lamentable, tan triste.
No habían pasado apenas cuarenta y ocho horas y las peticiones en contra de la violencia promovi- das por Williams habían conseguido más de seis mil firmas de adhesión.
BETTY WlLLlAMS
A pesar de este y de muchos otros esfuerzos, la conclusión del proceso de paz para Irlanda del Norte no llegó hasta la firma del Acuerdo de Vier- nes Santo del 10 de abril de 1998, casi veintidós años después. Para entonces más de 3.500 vícti- mas habían perdido su vida en el conflicto. Betty Williams apeló con su valentía a la espe- ranza, a pesar de que siempre supo que no sería fácil. De hecho, en una ocasión dijo: “Tenemos que crear un mundo en el que no haya desconoci- dos, extranjeros hostiles en el otro extremo. Será un trabajo muy duro. La única fuerza que puede romper las barreras es la fuerza del amor, la fuer- za de la verdad, la fuerza de alma”.
Nació en Nablus y vivió su infancia en la ciudad de Jenin, donde acabó sus estudios secundarios. Estudió Sociología en la Universidad de Bir Zeit en Ramallah. Tras casarse, en 1988 se trasladó a Gaza, de donde proviene su marido y con el que tiene tres hijos. En la actualidad, desempeña el cargo de Oficial de Coordinación en la OCENU (Oficina del Coordinador Especial de las Nacio- nes Unidas para el Proceso de Paz en Oriente Medio).
Rana ha participado activamente en los grupos de jóvenes y mujeres defensores de los derechos nacionales palestinos bajo la ocupación durante más de 11 años. Cuando empezó a trabajar para Naciones Unidas en el año 2000, Rana tuvo que coordinar la asistencia a la población palestina,