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A SOFTWARE TESTING LIFECYCLE

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3.2 A SOFTWARE TESTING LIFECYCLE

Dulzura de la muerte

Al día siguiente, la sala de Magallo estaba transformada en capilla, y la alcoba del Padre en sacristía. De allí salió el sacerdote revestido, y le precedía, con el misal recostado al pecho, un hombre de edad, lejano pariente de don Pedro.

Eran las seis de la mañana, y asistían al santo sacrificio más de cuarenta personas, todas llenas de unción y con santo recogimiento.

¿Era que por no ser aquel un lugar público debía estarse en él con mayor respeto?

¡No! Era que el pueblo tenía sed de agua bendita y hambre de pan eucarístico. Cuando el sacerdote alzó la hostia, varias personas lloraron de ternura. Antonio, desde su cama, oía arrodillado la misa, con fervor excesivo, pues hacía varias ceremonias de las que ejecutaba el sacerdote: abría las manos y las juntaba a la vez que el Padre.

Cuando éste, después de la bendición, volvió al evangelio, el loco empezó a decir:

-Hermanos, me tomo la libertad de reclamar toda vuestra circunspección acerca de la presencia de un sacerdote en esta casa.

El Padre no suspendió su lectura, y terminada ésta, permaneció inmóvil, en la misma actitud de antes, mientras Antonio seguía:

-Y no es bastante que, llevados de vuestro buen corazón y de celo religioso, no le digáis a nadie que él está aquí; es preciso no hacer alusión ninguna a él, y, más que todo, buscar caminos extraviados y horas intempestivas para llegar aquí, para que otras personas no lleguen a preguntarse: ¿por qué irá tánta gente a aquella casa? Pensad que sería deshonroso para mí permitir que este sacerdote saliera preso de mi lado, y pensad en su dolor si llegara a caer en manos de sus enemigos. Y no hablo de dolor material, porque ése no tiene poder sobre un hombre que ama los sufrimientos, como los aman los verdaderos sacerdotes de Jesucristo. El dolor material es un dón del cielo: es como un segundo instinto que nos ha dado la Providencia para guardar nuestra vida. El dolor es como el instinto de la conservación: si al arrimar la mano al fuego, el dolor no nos la hiciera retirar, nuestros miembros estarían mutilados y, a fuerza de no sentir, habríamos pasado a la vida eterna. ¡Bendito sea el dolor! El dolor es señal de vida, afirman los sabios; por eso, cuando la enfermedad lleva al hombre al umbral de la muerte, el cuerpo ha perdido toda, o casi toda su sensibilidad, y los últimos momentos de nuestra existencia corren no solamente sin dolor, por terrible que haya sido la última enfermedad, sino que son instantes de verdadero placer: dejad que el moribundo vuelva los ojos, se retuerza entre las convulsiones del paroxismo: él ya no siente pena alguna, y parecería poco digno de la bondad divina el que, cuando el hombre no puede hablar, cuando sus oídos escuchan mal, cuando sus ojos no distinguen la luz de las tinieblas, cuando no tiene fuerzas para sostener entre sus manos una ligera cruz, estuviera atormentado por un dolor agudo. No, eso no se parece en nada al modo como pasan las cosas en la naturaleza: comer, beber, reír, y todo lo que hacemos para satisfacer las necesidades que Dios nos impuso, hasta el acto de llorar, todo nos da placer, y placer muy grande habrá de sentirse al morir: aquellos descoyuntos, aquella decadencia de nuestras fuerzas, deben ser más dulces que la embriaguez del opio.

El sacerdote volvió al centro del altar, tomó el cáliz y se dirigió a la sacristía. Antonio calló, y con espantados ojos miraba a Lucas, volviendo el rostro a medida que éste andaba, hasta que se ocultó.

Un momento después volvió a presentarse el cura en la sala, vestido de paisano; ya la mayor parte de la gente había desaparecido. Acercóse a la cama de Antonio y le dijo, sonriendo:

-¿Por qué no nos anunció que tenía preparado un bonito discurso, para haberle dispuesto un pulpitico en la cama? -Porque yo no había preparado ningún discurso. Eso fue que se me salió sin pensar en ello. ¿Estuvo bonito?, ¿qué dije? En ocasiones no puedo contener el borbotón de palabras que atropellan de adentro para afuera, y me pongo a hablar como un demente: de ahí será de donde sacan que estoy loco, pero, calcúla… uno metido entre cuatro paredes, sin distracción, sin un amigo, entre extraños, cuando no rodeado de caras enemigas; con una alma capaz de mucho bueno y un corazón de mucho malo. Con los ojos del alma sondeo los cielos, es decir, que como que barreno con ellos el espacio, y penetra en ese abismo que llamamos cielo, y descubro claridades inmensas, y no encuentro luégo a los míos para comunicarles mis visiones, y entonces cae sobre mis ojos un paño rojo, y quedo ciego y no vuelvo a saber de mí.

-¿Pero ahí no veo a tu madre y a tu novia? –le preguntó Lucas. -¡Cállate! Bueno… ¡sí!... ellas son… Si tú conocieras a Mercedes…

Díle que te muestre sus ojos divinos, capaces de inspirarles amor a las piedras, si las mira; que te muestre las trenzas de sus cabellos, que no ha tenido el sol espejo más limpio para retratar sus rayos; que te deje ver sus cejas… ¿dónde habrá visto ésta cejas como las de mi novia? ¡Ni en La Ceja! Y a esa vieja, o viejita, o como quieras, díle que te diga dónde está don Pedro Hurtado… Y después créeles que son mi madre y mi novia.

Hizo el Padre una señal a Mercedes para que se acercara, y dirigiéndose al pobre loco, le preguntó: -¿No son éstos los ojos de tu Mercedes?

Quedó Antonio mirándola y suspiró hondamente, diciendo: -Aquellos eran más claros, más dulces.

-Y esa cabellera, ¿no es la de Mercedes? Antonio, sin vacilar, repuso:

-¡Sí! –y el sí lo vertió en un agudo grito; luégo se puso a reír y se volvió para el rincón. -Hay que atarlo ya –profirió Mercedes, y sus ojos pálidos vertían amargas lágrimas.

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