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Some illustrative simulations with multiple locations

In document Copyright by Bulent Guler 2009 (Page 128-132)

2.5 Joint-search with Multiple Locations

2.5.2 Some illustrative simulations with multiple locations

En este pequeño apartado nos interesa destacar el carácter que reviste el trabajo infantil en la agricultura en México y que mayormente se despliega en el contexto de la incorporación de familias de trabajadores agrícolas jornaleros, especialmente indígenas.

Existe en la actualidad una enorme literatura a nivel teórico y empírico sobre el trabajo infantil en la agricultura que es la mayoría en el mundo (70%). Una vertiente importante de investigación atribuye el incremento del trabajo infantil a la liberalización económica, el libre comercio y las políticas en favor de ellas de los gobiernos hacia el campo, porque han agudizado procesos que en su caso ya existían, pero que en su concurso han adquirido matices de extrema gravedad.

También se aduce que la reestructuración y el empobrecimiento creciente de las zonas rurales significaron una mayor integración del trabajo infantil a actividades productivas agrícolas en beneficio de compañías productoras y comercializadoras nacionales y extranjeras con orientaciones hacia la exportación, dándole a dicho fenómeno el matiz de la globalidad (López; 2006).

Primero algunas cifras generales sobre la magnitud del trabajo infantil en el mundo y en México como modo de apreciar la dimensión del fenómeno de los niños jornaleros.

No obstante que el último reporte de la OIT (2006) da cuenta de una disminución significativa del trabajo infantil en el mundo después de su acelerado crecimiento (que en mucho se atribuye a las crisis de la década de los noventa), éste aún está muy extendido, pero concentrado en los países subdesarrollados. La OIT calculaba que cerca de 218 millones de niños entre los 5 y 17 años de edad están trabajando49, de los cuales, más de 152 millones se dedican a la agricultura, y de estos, 126 millones a actividades consideradas peligrosas. El 90% de estos niños, niñas y adolescentes que trabajan, lo hacen en el sector informal de la economía, puesto que la gran mayoría no percibe ingresos y trabajan hasta 45 horas semanales.

Se han establecido algunos criterios para la determinación del trabajo infantil. En general se considera como tal, aquél que es realizado por niños en un número determinado de horas (15 hrs.) de trabajo semanal y que, sobre todo, interfiere en su escolaridad según el criterio de la OIT.

49 En el informe de 2006, la OIT (p.2-7) consigna una disminución de la magnitud de niños trabajando en el mundo,

pues con respecto al informe de 2004, la cifra representaba 246 millones, esto es, una reducción de 11% en el global y de 26% en los considerados peligrosos. En América Latina la reducción fue sensible sobre todo por la reducción del 15% de los 18.5 millones cuya mitad de ellos correspondían a Brasil y México.

110 El trabajo de los niños es variado, pero el 70%, es decir, la mayoría, se ocupa en actividades agrícolas y el resto en actividades de comercio y servicios. Esto ya define el perfil netamente rural y agrícola del trabajo infantil que es precisamente el espacio en que más se concentra también la pobreza.

En el caso de México hay 3.6 millones de niños, niñas y adolescentes trabajando entre los 5 y 17 años, lo que equivale al 12.5 % de la población infantil nacional en ese mismo rango de edad. De ellos, 1.1 millones son menores de 14 años (OIT; 2006), es decir, no han cumplido la edad mínima para laborar marcada por la Ley Federal del Trabajo50. La incidencia del trabajo infantil indígena es del doble que la nacional (25%).

El trabajo jornalero infantil es catalogado como una de las formas más peligrosas de trabajo en la agricultura, por la elevada incidencia de accidentes, muertes y enfermedades debidas a la exposición de sustancias químicas (pesticidas, herbicidas, fertilizantes, etc.) y a otros peligros inherentes a la actividad, además de las condiciones materiales tan precarias en que habitualmente viven en campamentos improvisados, albergues o cuarterías con elevados niveles de hacinamiento, falta de servicios sanitarios, insalubridad y muy limitadas condiciones para integrarlos a la educación formal, ya que más de la mitad no asiste a la escuela y muchos de los que asisten temporalmente no completan su instrucción primaria (INEGI; 2004:11-13).

De los 3.1 millones de jornaleros agrícolas contabilizados en el país por la Coordinación Estatal de Guerrero del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) en 2006, casi el 20% de esta fuerza laboral (620 mil) estaba constituida por menores de 6 a 14 años de edad, de los que cerca de la mitad (310 mil) abandonan su lugar de origen en calidad de migrantes en el contexto de sus familias y las menos de las veces solos. En correspondencia con el perfil de la actividad jornalera migrante, este grupo presenta el más alto grado de rezago educativo del país.

Además, el trabajo agrícola de niños jornaleros migrantes es el que se realiza más precariamente a comparación del grueso del trabajo infantil en la agricultura. Debido a que la mayor parte no reciben ingresos, se consideran actividades de autoconsumo familiar. La mayor parte de ellos proviene de comunidades indígenas, por lo que la migración se traduce también para ellos en manifestaciones de discriminación por etnia, género y por hablar alguna lengua indígena. Alrededor del 42% padece algún grado de desnutrición y la mayoría están expuestos a diversos

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México no ha ratificado el Convenio 138 sobre la edad mínima de 1973 de la OIT, pero sí el Convenio 182 de 1999 sobre las peores formas de trabajo infantil que incluye el agrícola, especialmente el trabajo jornalero.

111 peligros en los campos agrícolas con el consecuente riesgo para su salud y desarrollo. La peor dificultad para los niños jornaleros migrantes es la dificultad de integrarlos o reintegrarlos al sistema educativo.

El trabajo que realizan los niños/as en la agricultura a menudo es invisible, porque ayudan a sus progenitores en el trabajo a destajo o mediante otras formas de organización del trabajo que invisibiliza su aportación, por lo que su contribución pasa desapercibida ya que su labor no está reconocida ni se registra fácilmente en las estadísticas.

Desde las perspectivas críticas, se ha considerado que el trabajo infantil, en cualquiera de sus formas, debe ser reconocido como una forma de explotación desde el momento en que este contribuye a generar una riqueza que es apropiada por terceros y que dinamiza la actividad económica de un sinnúmero de agentes, especialmente porque el capitalismo incentiva diferenciadas formas de integración y uso de este trabajo.

Por otra parte, debido a que muchas de las actividades que realizan los niños son de carácter pretendidamente doméstico, cierto enfoque funcionalista resalta que algunas actividades que pueden ser calificadas como trabajo infantil, son en realidad parte del proceso de integración de los niños a actividades productivas comunitarias, familiares o de autoconsumo, por lo que forman parte de su “integración cultural a la vida adulta”, especialmente cuando ocurren sin la mediación del mercado de trabajo.

Ambas posturas tienen sus problemas dado su carácter reduccionista. En el primer caso porque, independientemente del tipo, finalidad e intensidad, toda actividad infantil que pueda ser considerada como productiva es remitida a un sistema de explotación. En el segundo caso, porque se tienden a invisibilizar actividades que efectivamente conforman parte de una estrategia de reproducción económica que puede ser de subsistencia en espacios rurales. No obstante, existen problemas cuando también se considera el trabajo infantil en el contexto de la incorporación de la familia al trabajo asalariado, pues esto más que representar una estrategia de reproducción doméstica autónoma, representa un incorporación mediada por el salario, lo que es un fenómeno que en el capitalismo y su economía de mercado adquiere rasgos distintos, como lo refiere López Limón (2006:3).

Estas posturas se ponen en franca confrontación en el caso de los jornaleros agrícolas, ya que aquí nos estamos enfrentando a un trabajo infantil que se despliega de forma permanente y dual, pues lo mismo que se integra como parte del proceso de reproducción de la unidad

112 doméstica desarraigada, también permite la conjunción de un fondo salarial, implícito la mayoría de las veces, al ingreso de las familias jornaleras.

De ahí que es importante diferenciar la doble función del trabajo infantil en el caso de las familias jornaleras; por un lado, su función inmediata como ingreso directo para las familias y, por otro, su función para el capital en tanto cubre una parte no pagada de trabajo del asalariado que conduce a la sobreexplotación y la depresión salarial. Consecuencia de lo cual, se produce la perpetuación de la pobreza, pues la remuneración del trabajo infantil da paso a la desvalorización del trabajo adulto (Arroyo; 2001:18).

Sánchez y Macchia (2002:2-3) han señalado que es necesario distinguir entre trabajo propiamente dicho y otras formas de trabajo disimulado implicadas en las formas de reproducción de los jornaleros agrícolas migrantes. Desde nuestro punto de vista esto es complicado cuando el trabajo jornalero se despliega en el marco de la familia que migra, pues muchas de las actividades que desarrollan los niños en este contexto se dan en el marco de las tareas cotidianas que implican coadyuvancia a la reproducción asalariada de los jornaleros y debido a la misma situación migratoria.

Se puede argumentar, que si este criterio se aplicara a todos los hijos de los asalariados que realizan actividades domésticas que pueden calificarse como trabajo directo o de coadyuvancia en la reproducción del asalariado directo (padres), entonces efectivamente el trabajo invisible de los niños sería enorme. El asunto sobre el que deseamos llamar la atención es que hay una gran diferencia entre tareas mínimas y necesarias que implican una preparación para la vida adulta en el marco del hogar, y las actividades que despliegan los niños de familias jornaleras sumamente implicadas en la consecución diaria del jornal que representa la propia posibilidad de subsistencia de la familia, lo que ya es absolutamente distinguible cuando los niños trabajan codo a codo con los padres en los campos de cultivo. En esta situación, el trabajo de los niños pasa a formar parte del fondo salarial de reproducción y, correlativamente, son arrancados de aquellas actividades que precisamente debían ser parte de su formación para el futuro. Por eso es que luego señalan estas autoras (Sánchez y Macchia; 2002), que las otras actividades desempeñadas por los niños en el marco de las estrategias migratorias, tales como cuidar a los hermanos menores, preparar alimentos, etc., son la forma más clara del trabajo infantil “disimulado”.

Se entiende en este sentido además, que estas coadyuvancias indirectas al salario en el marco del trabajo que puede ser considerado familiar, son una contribución a la reducción de los

113 costos de la mano de obra para los empleadores y, consecuentemente, una forma clara de transferir la externalidad del costo de reproducción de la fuerza de trabajo familiar. López (2002:99) refiere de cómo en muchos campos agrícolas, las condiciones de trabajo de los niños en el contexto de la familia deben ser tan duras como la de los padres para poder garantizar un ingreso al final exiguo.

Asimismo, hay aristas que vuelven grave el fenómeno del jornalerismo que implica el trabajo infantil directo o disimulado y que no sólo se relacionan con el fondo de reproducción familiar, sino con el hecho de que todas las circunstancias de esta actividad significan un alejamiento sistemático de las condiciones que les permitirían en el futuro romper el círculo compulsivo en que se transforma para ellos la migración. Efectivamente, con los datos obtenidos en la región de nuestro interés, pudimos constatar una migración cada vez más temprana por grupos de edad y la mayor acumulación de años migrando relacionadas con la edad de incorporación a la migración. Para muchos niños, la migración se convierte en la constante en sus vidas, en una condición que los aleja definitivamente de las escuelas y que en el contexto en que se desenvuelven significa la cancelar la oportunidad de romper el círculo de precariedad y la falta de oportunidades.

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