1.4. Source materials
1.4.2. Source materials: precepts
Una primera lectura de las entrevistas expuso un punto importante de análisis que se encuentra vinculado directamente al rol asignado a la mujer dentro de la sociedad. Históricamente la mujer ha sido vinculada y categorizada como ama de casa, que dentro de lo social y culturalmente establecido debe abocarse al cuidado de sus hijos y esposo y al mantenimiento del hogar. Esto implicó la construcción de una imagen estereotipada de mujer que puso a la misma como única responsable de la crianza –y decisiones que a ellos
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conciernen-, de las tareas domésticas y de la vivienda propiamente dicha. Esta construcción tuvo origen con el inicio del sistema patriarcal que se encargó de reproducir aquel precepto sobre ella. Como plantea Lerner (1986), este sistema no se presentó como natural sino que fue una construcción histórica elaborada por varones y mujeres en un proceso que demandó miles de años. La familia patriarcal se convirtió en la unidad básica del patriarcado donde se destacó el predominio masculino en la esfera pública y las instituciones. De acuerdo a lo planteado, la familia quedaba subordinada en todos sus aspectos al patriarca, por ello, sus miembros se entendían como “esclavos del padre”, la madre era definida por su condición de reproductora a quien se encomendaba la crianza de los hijos, mientras que el padre se definía por la propiedad y por poseer derechos sobre los demás. Este sistema impuso e impone formas de pensar y percibir que desde hace tiempo moldean la vida de las personas formando parte de todos los ámbitos de la sociedad. Con el surgimiento del sistema educativo, se expandió la idea de que lo doméstico y lo público se constituían en dos ámbitos aptos para definir lo femenino y lo masculino. Es decir, “(…) en tanto estuviera protegida en el espacio doméstico, resguardada en el estrecho ámbito del mundo privado, conseguiría cumplir con eficacia su auténtica y fundamental función pública: ser madre de los hijos de la república” (Lionetti, 2010:320). Ahora bien, a partir de las entrevistas, observamos que del total de los entrevistados (10), nueve fueron mujeres y solo en uno de los casos se hizo presente un varón. Esto puede tener dos o más lecturas. Por un lado se ve reflejado lo antes expuesto donde la mujer continuaría encomendada de la crianza de los hijos y de cuestiones vinculadas a su educación. Por otro lado, las entrevistadas expresaban que su marido o pareja no podía presentarse a la entrevista por razones laborales, pero al indagar sobre su propia situación laboral ellas también trabajaban, aunque a la hora de decidir quién iba al jardín fue la mujer la encargada de hacerlo. Si bien el varón cumple con su rol de padre, para ciertas ocasiones como reuniones en el jardín, ó en este caso las entrevistas, se hizo presente la mujer ó como segunda opción alguna abuela. Cabe destacar que al momento de citar para las entrevistas se convocó a la familia en su conjunto, no obstante eso, se hicieron presentes casi en su totalidad mujeres. Del mismo modo, durante el lapso de trabajo con la institución se observó poca presencia de los padres en reuniones y demás actividades.
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La cuestión laboral dentro de los hogares merece un análisis puntual y minucioso. Este punto requiere especial atención ya que se indagó en el trabajo de campo acerca de quién era el proveedor dentro del hogar, o precisamente quien trabajaba; y respecto de esta situación, cómo organizaban las tareas en el espacio doméstico. La cuestión laboral dentro de una familia es crucial a la hora de pensar la reproducción de los roles de género dado que esta situación se vuelve determinante para el sostén de una familia. Dos cuestiones que se identificaron en las entrevistas fueron, por un lado familias en donde el varón aparecía como único proveedor del hogar, es decir sale a trabajar y la mujer permanece como ama de casa al cuidado de los hijos; por otro lado, se entrevistó familias en donde ambos cónyuges trabajan formalmente y son proveedores conjuntos del hogar. Esta situación descripta puede verse graficada de la siguiente manera:
un 50% de las familias posee a ambos cónyuges como proveedores conjuntos del hogar;
en un 30% son las mujeres las únicas proveedoras del hogar;
en un 20% de las familias era el varón el único encargado del sostén del hogar.
Con respecto a la situación donde se da que el varón es quien trabaja se identifican varios puntos que merecen ser analizados. Como punto de partida considero pertinente
Situación laboral en las
familias
Hombre proveedor Mujer proveedora Ambos proveedores
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tomar la superioridad del hombre sobre la mujer. El modelo patriarcal propuso la figura del varón como único proveedor del hogar; mientras que a la mujer le fue reservado el lugar de esposa desde una relación de subordinación, desplegando toda su capacidad en el ámbito doméstico y en la crianza de los hijos. Esta situación que se ve reflejada en varias de las entrevistas realizadas, expone a la mujer subordinada a lo doméstico lo que se verifica en el discurso de las mismas, dado que expresaron ser ellas las encargadas de realizar las tareas dentro del hogar, sin recibir ayuda. Al respecto una de las entrevistadas expresó “(…) yo soy la ama de casa que hago todo, ¡todo!, lavo, plancho, cocino y atiendo a los nenes; en cambio él viene del trabajo y se sienta” (Entrevista A). Asimismo, podría decirse que estos hechos formaron parte de la desigual división del trabajo que el propio sistema impuso prohibiendo a la mujer durante largos años acceder al mercado de trabajo formal. Al respecto Lerner (1986) plantea que teorías tradicionales atribuían la subordinación de la mujer al hombre como un hecho universal y natural, es decir aceptando la asimetría entre los sexos. Dado esto, aceptaban la atribución de tareas diferentes a varones y mujeres, por lo tanto consideraban “(…) que la división sexual del trabajo fundamentada en las diferencias biológicas es fundamental y justa” (Lerner, 1986: S/N). Por ello, entendían que la asimetría sexual se debía a factores simplemente biológicos (por ejemplo la mayor fuerza física de los hombres, cargar mayor peso, correr, entre otras) lo que implicaría que estos sean los únicos proveedores del hogar. Mientras que a la mujer por poseer condiciones biológicas diferentes al hombre, se le asigna como un hecho natural, ser madre.
Dadas las condiciones de las familias entrevistadas podría decirse que no existe equidad entre ambos sexos, ya que en todos los casos la mujer expresó ser ella la encargada de realizar las tareas domésticas y contar con escasa colaboración de su pareja. Las estadísticas demostraron que en tres de las diez entrevistas se presentaron casos donde el hombre aparecía como único proveedor del hogar y la mujer permanecía como ama de casa, lo que dejó entrever un cambio en la composición de los hogares, por un lado, y por otro transformaciones en la división del trabajo de los cónyuges dado que son más las situaciones que se presentaron con ambos integrantes del matrimonio como proveedores. Es decir, se asiste a una mayor presencia de la mujer dentro del mercado de trabajo formal. A partir de las constataciones realizadas podemos coincidir con los planteos de Wainerman (2005), quien señala que producto de la crisis socioeconómica sucedida en el país durante
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la década del 80 las relaciones entre trabajo y familia han sido transformadas profundamente. Como afirma la autora “(…) el modelo patriarcal del hogar nuclear con un padre-esposo proveedor económico que sale a buscar el sustento del hogar y una madre- esposa ama de casa que permanece en el hogar, proveedora de los afectos y de la reproducción diaria y generacional de la familia, ha sido sacudido hasta sus raíces” (Wainerman, 2005:47).
Por ello, podemos identificar entre las familias con las que trabajamos, hogares en donde ambos cónyuges están trabajando y son proveedores; hogares en donde la mujer es única proveedora en reemplazo de su pareja desocupada; y hogares donde los cónyuges se encuentran separados y la mujer se ve obligada a enfrentar ambos roles. Además, como plantea la autora, se asistió también una crisis cultural de valores proveniente de Occidente que abrió paso a nuevas ideas. Nuevamente esta situación se ve reflejada en las entrevistas, ya que del total de familias entrevistadas la mitad de ellas manifestaron ser ambos cónyuges proveedores directos. Realidad que deja entrever, tal como plantea Wainerman (2005) una degradación del modelo tradicional de familia patriarcal con proveedor único. Por ello, se produciría una ruptura en la visión segregada de esposo/padre -proveedor único- que aporta sustento económico y esposa/madre que colabora en el mantenimiento del hogar. En este contexto de crisis, la situación de la mujer y el papel que desempeña está en la familia es fundamental, ya que se vieron obligadas a insertarse dentro del mercado de trabajo formal.
De aquí podemos identificar otra cuestión que se encuentra vinculada a lo laboral, más precisamente al trabajo doméstico de las mujeres y a la discusión existente entre lo público y lo privado asociado al tiempo de ocio que pueden disponer varones y mujeres de acuerdo a su condición laboral. Para ello resulta oportuno señalar de acuerdo a lo propuesto por Murillo (1996) que existen dos formas de entender lo privado de acuerdo al género de pertenencia, femenino o masculino. Para el varón lo privado estaría vinculado al distanciamiento del afuera (del ámbito laboral), aliviado de obligaciones que le permiten disfrutar de la vida familiar. Es decir, la privacidad tiene una connotación positiva ya que implica un cierto distanciamiento que permitiría a éste hacer uso de su tiempo de ocio. Para otros, “(…) tratándose de las mujeres la privacidad cambia de signo y se convierte en un conjunto de prácticas que tienden al desprendimiento de sí, más próximas al dominio de la
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domesticidad” (Murillo, 1996:17). Lo privado en el mundo femenino carece de valor positivo y se entremezcla con lo doméstico, ya que la mujer ejerce una presencia continua dentro del hogar siendo su tiempo reducido a solucionar problemas dentro de este ámbito. Con esto, la autora entiende que lo privado se bifurca dependiendo a quien represente sea hombre o mujer apareciendo “(…) en su aceptación positiva- propio- o en su sentido negativo – “privación”. (Murillo, 1996: 18).
Al revisar lo planteado en las entrevistas, se observó de acuerdo al discurso de las mujeres que estas no poseen un tiempo privado que les permita disfrutar de un periodo de descanso ó esparcimiento. Es decir, aquellas mujeres que manifestaban estar insertas dentro del mercado laboral al concluir con la jornada de trabajo deben dedicar su tiempo libre a las tareas domésticas que demanda el hogar ó precisamente todo su tiempo se remite al cuidado de los demás. Las mujeres transitan una doble jornada laboral, dentro y fuera de la casa, contrariamente a lo que sucede con los varones, dado que ellos cumplen con su jornada laboral y al llegar al hogar esperan que todo esté solucionado. Solo en casos aislados las entrevistadas manifestaron recibir colaboración de la pareja en las tareas domésticas. Pero existe un ámbito donde se diferencia claramente el orden privado del doméstico y lo es en el mercado de trabajo. Con respecto al varón el mercado de trabajo actúa extendiendo las obligaciones de este en el terreno de la privacidad, “robándosela” plantea la autora, ya que se produce una prolongación de la jornada laboral. Ahora bien, no sucede lo mismo dentro del ámbito doméstico, ya que toda demanda que provenga del mismo será vista como rehusada e incompatible con prácticas laborales.
Otra cuestión vinculada con la situación laboral de las mujeres refiere al hecho de que las entrevistadas que decían ser amas de casa y expresaban estar sin trabajo, no reconocían la labor doméstica como trabajo en sí. Es decir no otorgaban el valor que verdaderamente merece el trabajo doméstico, sino que argumentaban que su pareja era quien trabajaba, mientras que ellas solo realizaban las tareas domésticas y cuidado de los hijos11. Esto se debe, como plantea Morgade (2012) al gran consenso que existe respecto de qué es “trabajar”. Teniendo en cuenta que el trabajo implica a cambio una remuneración, un salario, las amas de casa no lo han hecho, ni lo hacen: “(…) sólo “trabajan” aquellos/as
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que, de alguna manera, venden su actividad, generalmente en forma extradoméstica” (Morgade, 2012:103). Con la llegada del modo de producción capitalista la estructura familiar patriarcal, basada en la subordinación de mujeres y niños/as, se vio reforzada y fortalecida. Las directrices patriarcales fueron imponiendo determinada forma de entender el trabajo doméstico no remunerado en la sociedad, formas que se evidencian hoy en día en las familias. Es decir, las mujeres que manifestaban ser amas de casa no lo reconocían como un trabajo, esto se debe a la concepción de trabajo que ellas tienen. A partir de esto, resulta importante señalar, como plantea la autora, el carácter social que adquiere la división sexual del trabajo. Durante largo tiempo existió el mito de pensar que se trataba de una división natural, pero plantea la autora,
Abundante investigación antropológica desarrollada recientemente ha demostrado que la universalidad del empleo del criterio del sexo para el reparto de roles no se corresponde de manera directa con el contenido de lo asignado a mujeres y varones: las tareas asignadas a unas y otros en las diferentes sociedades ha variado en el espacio y en el tiempo. (Morgade, 2012:103)
Así, documentos encontrados darían cuenta de que las mujeres realizaron trabajos variados, de acuerdo a la sociedad de pertenencia, la época y la cultura, lo que demostraría que la división sexual del trabajo es social y no natural.
Como se demostró anteriormente a través de la información recabada de los relatos, el número de familias en las que ambos cónyuges trabajan fuera del hogar es mayor al número de aquellas en las que solo lo realiza el hombre. A su vez pudo notarse, a partir de la realización de las entrevistas, que las mujeres miembros de estas familias no solo trabajan fuera de su hogar sino que también se encuentran encargadas de las tareas domésticas; hecho que las ubica en una situación desfavorable con respecto a los hombres de estas familias, quienes se muestran independientes de la realización de dichas tareas.
El análisis estadístico de la muestra seleccionada demuestra que en un 56% son las mujeres las encargadas de las tareas domésticas; en un 33% las tareas son compartidas entre ambos cónyuges y solo un 11% refleja al varón en el desarrollo de las tareas domésticas.
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Un dato importante plasmado por Wainerman (2005) muestra que en las últimas dos décadas muchas mujeres se abrieron al mercado de trabajo y en ocasiones se convirtieron en el único sostén del hogar, aunque muchas de estas mantuvieron un trabajo restringido tratando de compatibilizar el trabajo doméstico con el extra-doméstico. La división de tareas asociada al género de pertenencia continúa muy arraigada en las familias, tanto que la mujer sigue desempeñándose en lo doméstico y el varón se encuentra asociado a tareas de mantenimiento, como se expresó en una de las entrevistas
Bueno mi marido es de ayudar muy poco en lo que respecta a los quehaceres domésticos no se… lavar, planchar y limpiar, pero en lo que refiere a los mantenimientos que requiere la casa por ejemplo si se quema un foquito o si se rompe algo, es él el encargado de arreglarlo; se da mucha maña para los trabajos de albañilería por eso arregla las cosas de la casa. Pero yo hago las demás cosas dentro de la casa, aunque también hacemos tareas juntos como ir al supermercado y hacer los mandados (Entrevista E)
Al respecto Wainerman (2005) plantea que en las tareas domésticas cotidianas no participan los varones. Su estudio demostró que un 77% se abstiene de lavar, planchar, cocinar, limpiar etc. ya que estas no serían actividades asociadas al género masculino,
Desarrollo de tareas
domésticas
Mujeres Hombres Ambos
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mientras que sí estarían marcadas por el femenino. Aquellas actividades vinculadas al mantenimiento y reparación de elementos de la vivienda estarían encomendadas a los varones, ya que serían las únicas tareas no domésticas. Pero tal como expresa la autora y como se refleja en las entrevistas, las mujeres saben delegar muchas veces estas actividades en sus hijos/as mayores, lo que demuestra en cierto grado la asignación de roles en los niños.
Ahora bien, ¿Qué roles son transmitidos por las familias a sus hijos/as? Para ello resulta importante señalar qué tipos de familias fueron las entrevistadas para poder establecer si existe reproducción y asignación de roles en ellas. Se entrevistó una heterogeneidad de familias, ya que había núcleos conyugales completos, es decir, los cónyuges e hijos; núcleos conyugales incompletos, con uno de los cónyuges presentes y los hijos; y familias ensambladas. Un dato importante lo constituye el hecho de que no se presentaron familias numerosas, todas en su mayoría estaban integradas por no más de cuatro miembros.
Pero, ¿Qué son los roles? ¿Por qué tienen una connotación negativa? A través del sistema patriarcal varones y mujeres adquieren roles de acuerdo a su género de pertenencia sea este “femenino” o “masculino”. Desde el mismo momento en que se asignan, proceso que se inicia con el nacimiento de una persona, la vida de un individuo se ve condicionada y estructurada por formas de actuar, de pensar, de concebir y obligaciones impuestas por ese rol. Estos encuentran su origen en construcciones sociales que varían de acuerdo a la época, la cultura, la religión y a otras categorías sociales como lo es el status socio- económico de una persona.
Los roles de género son transmitidos y adquiridos de manera inconsciente. Existen diferentes vías de reproducción siendo la principal y más conocida, la que se realiza a través de la familia, luego le siguen otros medios como la escuela o ámbitos educativos y
medios de comunicación entre otros. Estas diferentes vías de socialización de roles de género inciden en cada una de las personas que integran la sociedad, otorgando formas estereotipadas de actuar y pensar. Es decir, se produce una socialización diferencial del género de acuerdo al sexo de pertenencia, varón o mujer, situación que no es ajena a lo observado en los/as niños/as y en las familias. Pero, sin duda alguna “(…) la educación
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familiar infantil marca con fuerza la subjetividad de las personas, convirtiéndolas en “hombrecitos” o “mujercitas”” (Morgade, 2012:45). Pudo observarse que en aquellas familias que se encontraban integradas por ambos cónyuges la reproducción de estos roles se manifestó de forma mucho más fuerte, ya que los varones se abocaron exclusivamente a aquellas tareas que quedaban por fuera de las realizadas por las mujeres y éstas no intervinieron en aquellas que consideraron correspondían a los hombres. Con respecto a los hijos, en ellos aparece reflejada la delegación de tareas, principalmente en las hijas mujeres quienes ayudan en tareas como poner la mesa, cocinar y ordenar la habitación entre otras. En cuanto al discurso de las familias a la hora de interrogar sobre los roles que sus hijos naturalizan o reproducen expresaban que, de acuerdo al sexo, se identificaban con la madre