Tanto las Administraciones públicas como la Iglesia tienen una grave y seria responsabilidad ante esta situación social que afecta a un amplio sector de la juventud. Es necesario y urgente proponer líneas de intervención para hacer frente a esas conductas y comportamientos antisociales, pre-delincuenciales que van a llevar a muchos individuos a la cárcel, generando una realidad social de marginación y exclusión.
Es necesario, desde todos los frentes posibles, proponer planteamientos de
prevención166 que atajen de raíz determinadas desviaciones conductuales. En este
sentido los poderes públicos y la Iglesia, con todos los medios a su alcance, han de trabajar en el campo de la educación, formando en los valores éticos y morales a los niños y adolescentes, proponiendo un modelo de ser persona que les atraiga y les impulse a luchar por unos valores de justicia, de responsabilidad, de
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Al adentrarnos en el origen del término prevención, podríamos decir que proviene de la palabra Onis, que significa predecir, adelantarse a un acontecimiento o hecho para evitar su aparecimiento o si se presenta, aminorar sus consecuencias. “Prevenir” es preparar y disponer con anticipación las cosas necesarias para un fin. Cf. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, Diccionario de la Lengua
96 formación intelectual y profesional, de asumir retos de futuro con ilusión y esperanza.
Hay campos de intervención en los que el Estado y la Iglesia deben participar más activa y comprometidamente. Es evidente el hecho de la situación que viven tantos niños y jóvenes en los barrios marginales, donde confluyen situaciones conflictivas y deshumanizadoras. En esa realidad deben ponerse de manifiesto políticas preventivas que ayuden a la juventud a afrontar el futuro desde unas perspectivas más satisfactorias; es necesario sacarles de ese mundo de exclusión y pobreza, incentivándoles por su formación, por los estudios, preparándoles para un futuro laboral, desde la formación profesional, desde donde tenga posibilidades que le saquen del sentimiento de fracaso, de vivir dependiendo siempre de sus padres, de un donativo, o que se vean evocados inexorablemente a la droga, a la delincuencia y a la cárcel.
En este campo la intervención de la Iglesia es primordial, ella debe llevar una pastoral de integración, de prevención y de evangelización en esos barrios marginales, aún a sabiendas de que es peligroso y costoso.
Desafortunadamente en la Iglesia existen pocos voluntarios vocacionados para trabajar pastoralmente en esas áreas de pobreza y marginación. Sin embargo, es prioritario en el servicio de evangelización y por la causa del Reino que los pobres han de ser los primeros en recibir la Buena Noticia de la esperanza, de la ilusión por ser personas y por descubrir que Cristo Jesús vino a salvar lo que estaba perdido y a redimir y liberar a los más débiles de la sociedad.
La acción pastoral desde las parroquias ubicadas en esos núcleos urbanos de miseria y marginación tiene un gran reto a la hora de intervenir preventivamente en aquellas situaciones donde las carencias se ven más apremiantes. Existen varios frentes donde pastoralmente es imprescindible
97 intervenir, uno de ellos es de la familia; normalmente la realidad está marcada al encontrarse bastantes parejas sin estructura matrimonial, solo unidas afectivamente y en razón de los hijos.
La pobreza cultural y de valores, en líneas generales, es una tónica común en muchas de esas parejas y matrimonios; bastantes miembros de la familia tienen experiencia en el campo de la drogadicción, la delincuencia y la cárcel. Los hijos viven y se “educan” en ese ambiente. Su personalidad se va estructurando a partir de lo que ven y viven, lo que conduce a algunos de ellos a imitar en el futuro las conductas vistas y recibidas en su casa. En este ambiente la pastoral parroquial ha de procurar introducirse, aun sabiendo de las dificultades que ello comporta, para ofrecer una Buena Noticia de valores, de sentimientos, de actuaciones, abriéndoles a la fe en el Padre misericordioso.
La parroquia tiene medios importantes para adentrarse en ese campo, como son la preparación de los niños a la Primera Comunión; con este motivo ha de ofrecer a los padres unos momentos de encuentro para reflexionar y profundizar sobre la vida, la fe, la educación y la formación de los hijos, etc. Así mismo, se pueden organizar talleres ocupacionales y de manualidades para las madres para ayudarles en su autoestima, a que se valoren más, a que se preparen cultural y moralmente, a que sepan afrontar, a veces en solitario, la difícil tarea de educar a sus hijos.
Otro de los frentes es el de la infancia y la adolescencia. Hoy más que nunca, se vive en un mundo de interrelaciones necesarias, en donde el mundo infantil se contagia muy pronto del modo de ser y de actuar de los adultos, es un mundo, por otra parte, muy influenciable y manipulable; los niños y niñas actúan por mimetismo, tomando como modelos los ídolos que los medios de comunicación les proponen y consumiendo marcas comerciales más en boga. Precisamente por eso es necesario ejercer sobre ellos un modo de actuar que les
98 eduque en los valores positivos y que les lleve a crecer como personas y como cristianos.
Es verdad que el campo de influencia sobre ellos por parte de la Iglesia en cuanto a la preparación sacramental es muy corta, apenas un año, en el peor de los casos a duras penas 6 meses, por eso es que es imprescindible elaborar programas que abarquen en esos momentos, todos los campos de influencia del niño: la familia, el barrio, el colegio, los medios de comunicación, especialmente la televisión, etc. Y si fuera posible, elaborar proyectos de intervención con los más jóvenes a base de talleres educativos, de ocio y tiempo libre, salidas, campamentos, etc. Lo importante es rescatarles de la calle y de la influencia perniciosa de estar constantemente en contacto con la droga, la delincuencia y los comportamientos antisociales.
La intervención pastoral sobre el mundo de la familia, la infancia y la juventud no solo ha de llevarse a cabo en los barrios marginales; la Iglesia, a través de las parroquias en cualquier zona o barrio que se encuentren de la ciudad, deben realizar una verdadera labor de prevención, con vistas, no solo a educar en la fe, sino a formar social y cívicamente a las personas, de tal modo que vivan integrados en la familia, la sociedad y la Iglesia, y así sustraerles de la amenaza que puede suponer el caer en las redes de la droga, de conductas pre- delincuenciales o, lo que puede ser peor, en la cárcel.
La prevención, en la Pastoral Penitenciaria, con sus diversas vertientes, es un llamado urgente a la necesidad de una toma de conciencia, desde donde se proporcionen espacios de integración, que permitan a los niños y jóvenes en crecimiento una mejor oferta de vida, un buen proceso de acompañamiento y una mejor formación en los diversos aspectos de su vida, de tal manera que les permita tener más y mejores alternativas de progreso y de desarrollo. Prevenir es el paso que delimita a la reinserción.
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