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4. Methodology

4.9. Standpoint/reflexive statement

inclusión y también se han enunciado las características y competencias preponderantes para que todo directivo escolar pueda ser un buen líder, pero antes de hablar del papel que tiene en la inclusión escolar de niños y adolescentes con discapacidad motriz, primero es

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preciso señalar que, para que este proceso se dé, es necesario superar, abolir o incluso eliminar los obstáculos que se oponen a este propósito.

Todo aquello que dificulta el acceso a la educación regular de los niños, niñas y adolescentes con discapacidad neuro-músculo-esquelética es considerado como una barrera para el desarrollo educativo (Ministerio de Educación Nacional, 2006).

Los obstáculos, cualesquiera que sean, surgen de la interrelación de los actores educativos, las redes de apoyo institucional, la legislación, el contexto sociocultural y la estructura económica, cabe señalar que éstos, limitan o bloquean a la persona del aspirante, al alumno con discapacidad, ya que le impiden participar de forma integral en el beneficio que se ofrece en la Institución Educativa.

Como se mencionó, los obstáculos pueden encarnarse en diversos actores y

circunstancias, un obstáculo puede estar personificado en la figura del director, visto desde la importancia de su papel como líder en la institución escolar, ya que a través de él

permean diversas posturas que generan acciones a favor o en contra de la inclusión escolar; entonces el mismo director puede ser un factor en contra del proceso.

Con base en lo anterior, al hablar de las funciones que el director escolar debe llevar a cabo para promover una saludable administración del entorno educativo, la Declaración de Salamanca al tratar el tema de la gestión escolar atribuye al Director algunas funciones básicas de administración que promueven la integración y posterior inclusión de los niños con alguna discapacidad: “Los administradores locales y los directores de establecimientos escolares pueden contribuir en gran medida a que las escuelas atiendan más a los niños con necesidades educativas especiales, si se les da la autoridad necesaria y la capacitación adecuada para ello” (UNESCO, 1994).

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El director de suyo tiene la autoridad del puesto, sin embargo debe aprender a mediar entre esta y la participación de todos en el proceso de inclusión, es ahí donde él debe contar con procedimientos de gestión flexibles y accesibles, de tal forma que estos permitan la reasignación de los recursos educativos y la diversificación de las opciones en materia de educación de tal forma que esto sea un respaldo, un soporte que no solo permita el acceso sino que responda a las diversas dificultades que experimenten los niños con discapacidad al interno de las escuelas. Según Hargreaves y Fink (2008, citados en Gómez-Hurtado, 2012) la propuesta de un liderazgo sostenible podría ayudar a que el directivo escolar responda ante los retos de la comunidad educativa: “El liderazgo y las mejoras educativas sostenibles preservan y desarrollan el aprendizaje profundo para todo lo que se extiende y perdura, de forma que no se perjudique a quienes nos rodean y se genere un auténtico beneficio para ellos”.

Un liderazgo sostenible permitiría la atención del alumnado con discapacidad desde los principios de profundidad, duración, justicia, diversidad, iniciativa y conservación, ya que desde estos el líder (director escolar) situaría las relaciones humanas en el centro de su acción, por encima de las estrategias y los recursos (Gómez-Hurtado, 2012).

¿Qué tipo de relaciones deben situarse desde un liderazgo efectivo y sostenible? Lo primero será el sano establecimiento de las relaciones necesarias y de los canales

indispensables para que se vincule a los niños, padres de familia y comunidad educativa de forma efectiva, recordando que el director encabeza y que los resultados óptimos

dependerán de la participación asertiva de todo el equipo de trabajo, ya que hablar de inclusión es hablar de atención a la diversidad y conlleva un cambio en la organización y funcionamiento del centro, una transformación de todos los elementos curriculares dando lugar, por tanto, a un tipo de cultura escolar específica (Gómez-Hurtado, 2012).

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Comúnmente se cree que el director escolar es el encargado de llevar a cabo todas las directrices administrativas y de velar porque la normatividad se cumpla al interno de los planteles escolares, pero la función del director en el tema de la inclusión escolar se proyecta más allá de sus deberes propios del puesto tiene que ver también con crear un clima armónico fomentando actitudes auténticas, articular acciones que conlleven el respeto a la dignidad del otro como persona en cada miembro de la comunidad escolar y coordinar una cooperación eficaz sociedad – escuela – familia (SEP, 2010).

Las circunstancias adecuadas se verán en la medida de que a toda acción directiva preceda una reflexión desde el bien común, basada en la promoción de valores que

engrandezcan las propuestas educativas y que desemboquen en una comunidad incluyente, por la calidez en su trato hacia las personas y por la calidad de sus propuestas de desarrollo.

Hoy se necesitan personas comprometidas de frente a la necesidad del otro, escuelas como entornos responsables en el tema educativo y sociedades corresponsables, cuando de experiencias y espacios de interacción se trata; hacer de la escuela un espacio de inclusión tiene que estar dirigida por la idea de una “educación para todos”, que lleve a eliminar toda barrera de exclusión, ¿quién llevará adelante esta tarea? (UNESCO, 2000).

Es a través de la educación que el ser humano que se constituye en “plenamente humano” (Savater, 2006), las acciones de un director escolar de frente a forjar una cultura a favor de la discapacidad deberían tener a la base este modo de actuar.

Asegurar que se cumpla la inclusión de las personas con discapacidad al entorno educativo, debe ser para el líder escolar (director) una prioridad, porque el sentido profundo del gestor escolar se obtiene de su relación de persona a persona, de su administración a favor de los individuos, y esta debe darse en el marco de la no discriminación y en base a la igualdad de oportunidades (Blanco et al, 2010).

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¿Qué está detrás de este “asegurar que se cumpla”? Las acciones y decisiones del director escolar respaldado por la normas en materia de educación vigentes y por la instancia gestora, la Secretaría de Educación Pública; dichas acciones no solo están

enmarcadas en la educación básica sino y de toda forma deben ser aplicadas en los diversos niveles educativos (SEP, 2010).

Un aspecto importante y uno de los primeros pasos a seguir es el de la administración de todos los recursos para que las personas con discapacidad puedan tener una educación básica inclusiva, de calidad y en el caso de las escuelas de gobierno, gratuita, en igualdad de condiciones; la cual tiene que ver con el bienestar de las personas dentro de la

comunidad educativa y con su participación activa como miembros de ella, implica que ésta sea recíproca en cuanto a la convivencia y corresponsable con los niños, adolescentes o jóvenes con discapacidad y sus familias.

Cuando de discapacidad motriz se habla también se hace referencia a ciertas adaptaciones del entorno y sobre todo al tan ya mencionado proceso de inclusión, lo cual sugiere que la labor del director evolucione a través de la mejora continua dando respuestas acertadas, como bien lo menciona González (1997): “el mejoramiento cualitativo de cada centro educativo depende mucho del director; de su capacidad de ser: líder, supervisor, animador y capacitador para transformar su centro en una institución que promueva el desarrollo continuo en forma compartida de todos los que participan en el proceso”.

Concretizando, las mejoras lideradas por el director escolar deben ir en torno a las concepciones, actitudes y prácticas. Al hablar de las concepciones es preciso que desde el director hasta el último colaborador del centro educativo en primera instancia conozcan y comprendan ampliamente la terminología ligada a la inclusión educativa y la diferencia que existe entre exclusión, segregación e integración; lo anterior lleva a romper paradigmas e

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incluso a usar la terminología correcta en materia de discapacidad (Conferencia Internacional de Educación, 2008).

Otra acción que tiene un nivel de prioridad alto es la que tiene que ver con la formación de los docentes y el convencimiento de su aportación a la inclusión educativa para el desarrollo de sus alumnos. Es verdad que alrededor del tema de inclusión existe el temor y el rechazo por parte de los docentes de contar con algún niño con discapacidad en sus aulas; las razones que anteceden a dichos temores tienen en su mayoría que ver con la falta de preparación especializada para darles atención, sin embargo la oportuna

capacitación y profesionalización al respecto debe ser gestionada y provista por el director, si él impulsa a su comunidad educativa en favor de la inclusión debe prever la capacitación al respecto y asimismo dar validez y seguridad a las acciones a favor de los niños y

adolescentes con discapacidad emprendidas por los docentes.

No basta con dar formación a los docentes para la inclusión educativa como parte de su formación inicial, sino es preciso instaurar programas de formación continua que privilegien el acompañamiento de las prácticas docentes (Calvo, 2013).

El directivo debe tener claro que parte de su tarea será favorecer que sus docentes cuenten con los conocimientos sobre inclusión educativa y aún más sobre la discapacidad, propondrá oportunidades para que se actualicen incentivando hacia el compromiso ético y la aplicación de los conocimientos en la práctica.

Es importantísimo que los directivos como líderes escolares involucren a todas las partes interesadas en el tema de la inclusión, entre ellas a los padres de familias, ya que ellos son los expertos en el tema de la convivencia con la discapacidad; un líder que no tome en cuenta a las familias de los niños con discapacidad se pierde de coadyuvar en el desarrollo de tales alumnos, debe ser imprescindible para el director hacer efectivo el

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derecho de las familias a participar en el proceso educativo y en la toma de decisiones que conciernen a sus hijos con discapacidad (Echeita y Ainscow, 2010).

Hoy por hoy el director escolar debe superar el viejo modelo centrado en la limitación del niño o del adolescente con discapacidad, permeado por la ideología de que “son niños especiales”, todos los niños son especiales, todos con y sin discapacidad tienen necesidades especiales, la tarea del buen líder educativo es dar respuesta a todas ellas, dirigir a la

comunidad hacia un modelo social en el que la persona con discapacidad se concibe como un miembro más, un actor educativo, capaz de interactuar y desarrollarse.

Si el director como líder comprende que la “discapacidad” no es una enfermedad, sino “toda restricción o ausencia (debida a una deficiencia) de la capacidad de realizar una actividad en la forma o dentro del margen que se considera normal para un ser humano (Blanco, Mascardi y Narvarte, 2010), en concreto si la concibe como una condición de vida, podrá permear de este significado a la comunidad educativa.

Lo anterior supondrá estar dispuesto a comprender y acompañar los procesos de cada persona con discapacidad, puntualmente la neuro-músculo-esquelética; esto tiene que ver con la distinción entre las limitaciones que puede tener un niño o adolescente con este tipo de discapacidad y las dificultades que presenta en el desempeño o realización de las actividades, lo cual supone intuir las restricciones de tal participación (González, 2009).

Desde una perspectiva de derechos de las personas con discapacidad, queda por demás comentar que el director escolar es el promotor número uno y el propagador primario de los mismos hacia adentro y hacia afuera del centro educativo.

En la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (ONU, 2006), se subraya la necesidad de salvaguardar la integridad de las personas con discapacidad en todos los rubros de la sociedad, entiéndase lo anterior no como

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sobreproteger ni tomar actitudes paternalistas; sino por el contrario favorecer en todo sentido su inclusión para una participación plena y efectiva en la sociedad, la escuela es gestora de esto preparando a las nuevas generaciones para que dicho objetivo se lleve a efecto.

En cuanto a las decisiones y acciones del director escolar, se trata de no exigir a la persona con discapacidad que se adapte y cambie conductas de interacción, sino de proponer al contexto que sea él el que provea cambios de acuerdo a las necesidades de las personas con discapacidad, ya que estas tienen un sin fin de posibilidades desde sus capacidades, viéndose beneficiadas si se les brinda el apoyo y soporte necesario, desde lo intangible (actitudes de la comunidad educativa, formación al profesorado, etc.) hasta lo físicamente necesario (adaptaciones a la infraestructura, etc.).

Si bien el sistema educativo de nuestro país cuenta con pocos recursos para hacer todas las mejoras y cambios deseables, desde la toma de consciencia y la puesta en marcha de la responsabilidad social de directivos y docentes se puede tener un alto impacto para que poco a poco se den las condiciones propias de escuelas incluyentes (Booth y Ainscow, 2000).

El director escolar que está dispuesto a actuar a favor de una educación incluyente, es coherente al ofrecer una atención educativa especializada dirigida no solo a brindar

educación de calidad sino a contribuir directamente a la rehabilitación social del individuo, que haga de la propuesta pedagógica un parteaguas que trascienda en las vidas de los niños y adolescentes en esta condición.

No es necesaria una escuela especial, si la educación regular a través de las instancias escolares, ofrece ambientes educativos incluyentes en los que todos los estudiantes se

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eduquen juntos, porque al fin del cuentas los fines de la educación son los mismos para todas las personas (Blanco et al, 2010).

2.4.3. Manejo de las situaciones escolares para la inclusión educativa. Hoy en