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Step 1: Photoperiod sensitivity 1 Plant material

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4.2.2. Step 1: Photoperiod sensitivity 1 Plant material

LAS CONSECUENCIAS sociales de la nueva fe para los primeros creyentes no fueron favorables. En vida de Jesús éstas ya fueron especialmente difíciles para su círculo más personal pero tras su muerte se llegaría incluso a la per- secución más encarnizada. Todo ello fue considerado por la Iglesia primiti- va como algo que merecía la pena ser soportado. Aquello que habían cono- cido y experimentado era más que su- ficiente para hacer frente a la enemis- tad, al rechazo e incluso a la posibili- dad de muerte.

Mientras que la Iglesia se mantuvo dentro del judaísmo fue del mismo de donde recibió esta animadversión pero cuando la fe alcanzó al mundo gentil los ahora cristianos encontraron una serie de retos que ponían a prueba to- das sus creencias.

La razón esencial de ello era que ha- bían conocido al Salvador de sus vi- das y, como consecuencia, toda su forma de pensar y de actuar había cambiado. Se había producido una transformación interior que se dejaba ver en el exterior. Para ellos, las rela- ciones familiares, las religiosas y las

sociales tenían un nuevo color y senti- do algo que los parientes no creyen- tes, los amigos y los conciudadanos no entendieron o no quisieron com- prender. Estos cambios fueron vistos, en no pocas ocasiones, como actos desafiantes a las autoridades y éstas respondieron en consecuencia.

Los creyentes consideraban que ha- bían nacido a una nueva vida que se traducía en una diferente manera de entender la moralidad, las relaciones personales, la sociedad al completo. En el seno del judaísmo los seguido- res del Camino fueron calificados so- bre todo de herejes y por ello fueron así acusados y señalados. Desde la perspectiva gentil, los creyentes fue- ron vistos sobre todo como que aten- taban contra el buen funcionamiento del estado, de las buenas costumbres y de la concordia entre ciudadanos. Esto se evidenciaba en su rechazo a la reli- gión imperial, en su “ateísmo” (al creer únicamente en un Dios se les consideraba de esta forma), en su in- tento de subvertir los valores tradicio- nales, en su negativa a valorar a las personas según su estrato social.

Para aquellos creyentes, se trataba de vivir y morir por Jesús. Abrazar el cristianismo implicaba unas conse- cuencias sociales de enorme enverga- dura, el coste para ellos fue tremendo. Si nos centramos en primer lugar en la religiosidad del Imperio, la misma era muy diversa y existían prácticas de todo tipo y origen. Los dioses y creencias se fundían, se agregaban o se reformulaban para integrar a toda persona y pueblo. Hábilmente, cual- quier creencia se aceptaba siempre y cuando no chocara con la maquinaria imperial, con la paz dentro de sus fronteras o con su sistema de impues- tos. Para ello, el emperador de turno debía ser adorado. Pero el cristianis- mo era diferente, se trataba de una ex- periencia de tipo personal, una "con- versión", algo desconocido en este contexto sincrético, y la misma impli- caba y demandaba exclusividad. Ahora la persona daba un vuelco a su vida y declaraba que únicamente re- conocía como Dios al Dios de Israel y solamente consideraba como Señor a su enviado, Jesús. Al contrario del resto de prácticas y creencias no era posible la compatibilidad, la fusión. Ello suponía romper con antiguos círculos de amistades, laborales e in- cluso entrar en conflictos familiares. Los creyentes no judíos pasaron a re- chazar las prácticas religiosas de las que habían formado parte por años, un ejemplo nos ayudará a entender todo esto.

Se consideraba que determinados dio- ses protegían a tal o cual ciudad. Con

este fin se realizaban una serie de prácticas religiosas. Se trataba de ga- rantizar la protección y el favor de es- tas divinidades. Cuando el ahora cre- yente se negaba a participar en ellas se interpretada como una ofensa, algo incomprensible y condenable ya que ponía en peligro esta misma salva- guarda. Se estaba minando la seguri- dad, la identidad y el bienestar social por una creencia que parecía fruto del fanatismo.

En el seno de las familias las dificulta- des estaban garantizadas. Pablo tuvo que ocuparse de algo desconocido hasta entonces como fueron los cris- tianos casados con cónyuges que no lo eran (ver 1 Corintios 7:12-16). Si el converso era el marido la tensión fa- miliar era mucho menor (no así la so- cial como ya he apuntado) que si su- cedía a la inversa. Sin entrar a consi- derar lo que se ha llamado "el privile- gio paulino", la cuestión en el plano familiar era enormemente compleja si la esposa era la creyente. Ello se debía a que ésta no tenía apenas derechos y debía acatar la autoridad de su marido en cada aspecto de su vida en donde por supuesto estaba incluido el ámbito religioso.

La esposa seguía las tradiciones y prácticas cúlticas que profesaba su es- poso y que por extensión eran las de la familia. Ella era parte en estos ritos. Para una cristiana esto entraba en cla- ro conflicto con su fe, con lo que creía, y si finalmente se negaba a par- ticipar el esposo tenía el pleno dere- cho de usar la intimidación, la amena- za, el miedo, y no hubiera sido extra-

ño que al día siguiente tuviera claras señales de violencia física.

El caso de los esclavos creyentes con amos no cristianos todavía era más te- rrible. Éstos ni siquiera eran conside- rados personas, eran objetos, cuerpos, propiedades para hacer con ellos lo que se quisiera.

Los esclavos formaban parte de la casa y su participación en los ritos re- ligiosos se daba por hecho. Ellos no eran nadie para objetar, para pensar, para hablar. Todo ello se veía agrava- do por la terrible realidad de que ade- más de ser una posesión para llevar a cabo diferentes trabajos, los esclavos también eran una propiedad para fines sexuales. Los dueños, tanto hombres como mujeres, usaban estos “cuerpos” para satisfacer hasta el más oscuro de sus deseos. Pero ahora el creyente te- nía una moral muy distinta, conocía que ciertas prácticas eran pecado. Además se sabían personas, habían ganado una dignidad que nadie jamás les había reconocido. Ya no eran obje- tos o cuerpos, eran plenamente seres humanos, receptores del amor de Dios, salvadas en todos los sentidos. De esta forma, el esclavo creyente po- día ser llamado por su dueña para dar un servicio sexual y la tensión y an- gustia resultante es difícilmente ima- ginable. El castigo por negarse podía ser una paliza, la flagelación o incluso la muerte.

Volviendo al contexto judío, la nueva fe tampoco fue fácil vivirla.

Espiritualidad Espiritualidad

Alfonso P. Ranchal

Diplomado en Teología por el CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas), Licenciado en Teología y Biblia por la Global University y Profesor del CEIBI. Vive en Cádiz.

LA SAL Y LA LUZ

DE LA TIERRA

LAS CONSECUENCIAS sociales de la nueva fe para los primeros creyentes no fueron favorables. En vida de Jesús éstas ya fueron especialmente difíciles para su círculo más personal pero tras su muerte se llegaría incluso a la per- secución más encarnizada. Todo ello fue considerado por la Iglesia primiti- va como algo que merecía la pena ser soportado. Aquello que habían cono- cido y experimentado era más que su- ficiente para hacer frente a la enemis- tad, al rechazo e incluso a la posibili- dad de muerte.

Mientras que la Iglesia se mantuvo dentro del judaísmo fue del mismo de donde recibió esta animadversión pero cuando la fe alcanzó al mundo gentil los ahora cristianos encontraron una serie de retos que ponían a prueba to- das sus creencias.

La razón esencial de ello era que ha- bían conocido al Salvador de sus vi- das y, como consecuencia, toda su forma de pensar y de actuar había cambiado. Se había producido una transformación interior que se dejaba ver en el exterior. Para ellos, las rela- ciones familiares, las religiosas y las

sociales tenían un nuevo color y senti- do algo que los parientes no creyen- tes, los amigos y los conciudadanos no entendieron o no quisieron com- prender. Estos cambios fueron vistos, en no pocas ocasiones, como actos desafiantes a las autoridades y éstas respondieron en consecuencia.

Los creyentes consideraban que ha- bían nacido a una nueva vida que se traducía en una diferente manera de entender la moralidad, las relaciones personales, la sociedad al completo. En el seno del judaísmo los seguido- res del Camino fueron calificados so- bre todo de herejes y por ello fueron así acusados y señalados. Desde la perspectiva gentil, los creyentes fue- ron vistos sobre todo como que aten- taban contra el buen funcionamiento del estado, de las buenas costumbres y de la concordia entre ciudadanos. Esto se evidenciaba en su rechazo a la reli- gión imperial, en su “ateísmo” (al creer únicamente en un Dios se les consideraba de esta forma), en su in- tento de subvertir los valores tradicio- nales, en su negativa a valorar a las personas según su estrato social.

Para aquellos creyentes, se trataba de vivir y morir por Jesús. Abrazar el cristianismo implicaba unas conse- cuencias sociales de enorme enverga- dura, el coste para ellos fue tremendo. Si nos centramos en primer lugar en la religiosidad del Imperio, la misma era muy diversa y existían prácticas de todo tipo y origen. Los dioses y creencias se fundían, se agregaban o se reformulaban para integrar a toda persona y pueblo. Hábilmente, cual- quier creencia se aceptaba siempre y cuando no chocara con la maquinaria imperial, con la paz dentro de sus fronteras o con su sistema de impues- tos. Para ello, el emperador de turno debía ser adorado. Pero el cristianis- mo era diferente, se trataba de una ex- periencia de tipo personal, una "con- versión", algo desconocido en este contexto sincrético, y la misma impli- caba y demandaba exclusividad. Ahora la persona daba un vuelco a su vida y declaraba que únicamente re- conocía como Dios al Dios de Israel y solamente consideraba como Señor a su enviado, Jesús. Al contrario del resto de prácticas y creencias no era posible la compatibilidad, la fusión. Ello suponía romper con antiguos círculos de amistades, laborales e in- cluso entrar en conflictos familiares. Los creyentes no judíos pasaron a re- chazar las prácticas religiosas de las que habían formado parte por años, un ejemplo nos ayudará a entender todo esto.

Se consideraba que determinados dio- ses protegían a tal o cual ciudad. Con

este fin se realizaban una serie de prácticas religiosas. Se trataba de ga- rantizar la protección y el favor de es- tas divinidades. Cuando el ahora cre- yente se negaba a participar en ellas se interpretada como una ofensa, algo incomprensible y condenable ya que ponía en peligro esta misma salva- guarda. Se estaba minando la seguri- dad, la identidad y el bienestar social por una creencia que parecía fruto del fanatismo.

En el seno de las familias las dificulta- des estaban garantizadas. Pablo tuvo que ocuparse de algo desconocido hasta entonces como fueron los cris- tianos casados con cónyuges que no lo eran (ver 1 Corintios 7:12-16). Si el converso era el marido la tensión fa- miliar era mucho menor (no así la so- cial como ya he apuntado) que si su- cedía a la inversa. Sin entrar a consi- derar lo que se ha llamado "el privile- gio paulino", la cuestión en el plano familiar era enormemente compleja si la esposa era la creyente. Ello se debía a que ésta no tenía apenas derechos y debía acatar la autoridad de su marido en cada aspecto de su vida en donde por supuesto estaba incluido el ámbito religioso.

La esposa seguía las tradiciones y prácticas cúlticas que profesaba su es- poso y que por extensión eran las de la familia. Ella era parte en estos ritos. Para una cristiana esto entraba en cla- ro conflicto con su fe, con lo que creía, y si finalmente se negaba a par- ticipar el esposo tenía el pleno dere- cho de usar la intimidación, la amena- za, el miedo, y no hubiera sido extra-

ño que al día siguiente tuviera claras señales de violencia física.

El caso de los esclavos creyentes con amos no cristianos todavía era más te- rrible. Éstos ni siquiera eran conside- rados personas, eran objetos, cuerpos, propiedades para hacer con ellos lo que se quisiera.

Los esclavos formaban parte de la casa y su participación en los ritos re- ligiosos se daba por hecho. Ellos no eran nadie para objetar, para pensar, para hablar. Todo ello se veía agrava- do por la terrible realidad de que ade- más de ser una posesión para llevar a cabo diferentes trabajos, los esclavos también eran una propiedad para fines sexuales. Los dueños, tanto hombres como mujeres, usaban estos “cuerpos” para satisfacer hasta el más oscuro de sus deseos. Pero ahora el creyente te- nía una moral muy distinta, conocía que ciertas prácticas eran pecado. Además se sabían personas, habían ganado una dignidad que nadie jamás les había reconocido. Ya no eran obje- tos o cuerpos, eran plenamente seres humanos, receptores del amor de Dios, salvadas en todos los sentidos. De esta forma, el esclavo creyente po- día ser llamado por su dueña para dar un servicio sexual y la tensión y an- gustia resultante es difícilmente ima- ginable. El castigo por negarse podía ser una paliza, la flagelación o incluso la muerte.

Volviendo al contexto judío, la nueva fe tampoco fue fácil vivirla.

Aunque en el seno del judaísmo pa- lestino del siglo primero existía una indiscutible diversidad, estos grupos religiosos a lo más que llegaban era a enfrentarse por controversias de tipo doctrinal, a exclusiones y a críticas más o menos tajantes. En ningún caso se perseguían violentamente salvo en casos excepcionales considerados como muy graves y en épocas muy concretas de su historia. Pero para los cristianos judíos palestinos, como ya indiqué anteriormente, las cosas no fueron fáciles desde el primer mo- mento.

Jesús ya apuntó en esta dirección en textos como Mateo 10:34-36 en don- de se dice que los enemigos serán los de su propia casa. De igual forma en Marcos 13:9-13 y paralelos Jesús ad- vertía que sus discípulos-seguidores podrían ser llevados ante los tribuna- les a causa de su fe. Habría división en el seno de la propia familia, hijos contra padres, padres contra hijos y hermanos entregarían a la muerte a otros hermanos. Todo ello resultado de una diferente forma de entender la vida.

La primera persecución "oficial" que se conoce fue la llevada a cabo por el fariseo Saulo. Tal y como él mismo menciona en algunos textos de sus cartas, la dureza y violencia estaban presentes en estas detenciones. Lo mismo se dice en Hechos 8:3.

Sin duda Saulo consideraba que Jesús había sido un fracasado, un falso pro- feta (no muy diferente a lo que al pre-

sente se piensa en algunos círculos al hablar de un profeta apocalíptico que acabó en una fosa común), pero ahora estaba siendo venerado como el au- téntico Mesías prometido. Esta herejía debía ser cortada de raíz y así se puso manos a la obra.

Entre los creyentes judíos pronto apa- recieron aquellos llamados judaizan- tes. Éstos más que adaptar su pasado religioso a la nueva fe, y dejar aquello que era incompatible con la misma, hicieron lo contrario, tomaron ele- mentos diversos junto a la figura de Jesús e intentaron encajarlo todo en sus antiguos patrones de pensamiento. El peligro era evidente. Pero en el contexto gentil aparecieron en deter- minados lugares dos actitudes muy distintas e igualmente erradas. Por un lado estaban aquellos que hacían de cualquier contacto con lo no cristiano un motivo de preocupación y rechazo; en el polo opuesto se situaron los que no veían ningún problema en este contacto de tal forma que incluso no se diferenciaban de los no creyentes en aspectos esenciales como la mora- lidad. Ambas posturas fueron tratadas por Pablo.

Al presente esto mismo ocurre en la iglesia cristiana. Por un lado no pocos viven un fundamentalismo que mira de reojo todo aquello que no procede de sí mismo. Es un cristianismo ex- cluyente, acusador, que vive en una especie de gueto cultural creado por y para sí. Sus dirigentes muestran claras características de manipuladores, ha- cen uso de auténticas prácticas secta- rias. Los hay además que defienden que ellos tienen siempre y en todo

momento la interpretación correcta, poseen la infalibilidad doctrinal, mien- tras que otros se caracterizan por "vi- vir en el Espíritu" y para ellos lo más importante es sentir, "volar como los ángeles".

En el otro extremo aparecen los que están tan "integrados" en su entorno que casi no se diferencian de él. Son moralmente relajados, piensan que todo es relativo, aún el mismo perso- naje central de su fe, Jesús. En el as- pecto de pareja, de concepto de familia, no creen que existan patrones a seguir, en este sentido todo vale. Se argumenta que si hay amor todo lo de- más debe ser aceptado.

Dios sería visto de la misma forma, un Dios de amor, sólo de amor. Si se indi- ca que en la Biblia también se habla de nuestra responsabilidad esto ya no se considera. Se sostiene que son anti- guas formas, concepciones atrasadas, paradigmas ya superados. Si los pri- meros están ocupados en hacer caer una culpabilidad insoportable sobre los hombros de los creyentes éstos ni siquiera hablan ya del concepto de pe- cado y de la redención en la cruz. Los primeros han enterrado la mirada com- pasiva divina, su gracia; los segundos han enterrado su equidad. Ambos han deformado al Dios que predicaba Jesús.

Cuánto sufrimiento y dolor se hubie- ran ahorrado aquellos creyentes, tanto judíos como gentiles, si hubieran mira- do para otro lado en aspectos morales. Cuánto desprestigio y problemas hu- bieran evitado callando su fe y apare- ciendo como tantos otros. Pero no lo

hicieron. Sabían que su Maestro no era un mito, creían que había muerto y resucitado y que su seguimiento im- plicaba mucho más que buenas pala- bras. Para ellos aquí estaba la clave, Jesús como intérprete de Dios.

Sin duda el Galileo presentó a un Dios bueno, habló de la gracia que li- beraba pero también se refirió a la res- ponsabilidad individual. Llamó a in- fluir en el entorno, a clamar en contra de las injusticias, a dar de comer al hambriento.

Aquellos hombres y mujeres que pa- decieron lo indecible conocían muy bien esto y tras enormes tensiones emocionales, presiones de todo tipo, castigos y vejaciones, decidieron que todo ello merecía la pena. Sopesaron lo que perderían comparándolo al te- soro que habían encontrado y las pér- didas fueron dadas por buenas. Creye- ron que el Dios bueno, justo y santo tendría la última palabra y que ellos encontrarían el auténtico reposo en