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Storage and Computation Overhead

3.6 Performance Analysis and Simulation

3.6.2 Storage and Computation Overhead

otras, se van consolidando, en buena medida por la importancia y el éxito de sus escritos, líneas con su propia pluralidad y evolución in- terna, que mantendrán contactos desde muy pronto y que conoce- rán, cada una de ellas, desarrollos posteriores. En este libro dedica- mos cuatro capítulos a las diversas líneas cristianas de la segunda generación. En este capítulo V, a la representada por los evangelios sinópticos, unos textos narrativos; en el VI, a la pospaulina, que procede de lo que podríamos llamar la escuela paulina, unos textos epistolares; en el VII, a la joánica, en la que encontramos textos na- rrativos y epistolares; en el capítulo VIII se estudian otras líneas de la segunda generación cristiana, que tiene menos presencia literaria, pero que nos hablan de la pluralidad y diversidad del cristianismo en estos momentos, teniendo en cuenta, además, que algunas de es- tas líneas van a tener desarrollos posteriores muy notables (por ejemplo, el radicalismo apocalíptico y el modelo de institucionali- zación que ya se observa en la primera carta de Clemente y en Ig- nacio de Antioquía).

Conviene tener presentes dos observaciones. La primera es que es- tamos continuamente hablando de textos literarios y no tenemos otro remedio porque para la época que nos ocupa no hay restos materiales de procedencia cristiana, pero nuestro objetivo no es propiamente ha- cer un estudio de la literatura cristiana primitiva. Por supuesto inten- tamos analizar con rigor crítico los textos, pero lo que pretendemos, ante todo, es descubrir la vida del movimiento cristiano, sus caracte- rísticas, su evolución, su diversidad y su unidad. Nos interesan las ca- racterísticas literarias y teológicas de los escritos, pero nos importa de forma especial su contexto social y eclesial. La segunda observación es que la delimitación temporal de la segunda generación (del 70 al 110) hay que tomarla con flexibilidad. Es necesario mirar a lo que antece- de, pero, sobre todo, puede ser muy instructivo hacer algunas refe- rencias a la evolución posterior de las formas de cristianismo que se van consolidando tras la segunda generación. Así se va logrando una visión coherente del conjunto y vale aquello de que «el futuro nos des- vela la verdad del presente». Hay formas de cristianismo de la tercera generación que se pueden entender como desarrollos o como reaccio- nes a lo que toma cuerpo en la segunda generación. Por otra parte, al- guna de estas formas que aparecen claramente más tarde, se vislum- bran ya en la segunda generación.

En torno al año 70 nos encontramos con dos hechos de enorme importancia que marcan un tiempo nuevo en el proceso formativo

del cristianismo: la guerra judía con la destrucción del Templo en el año 70 y la desaparición de los testigos directos de Jesús.

a. La guerra judía

Las relaciones de los judíos con los ocupantes romanos se fueron tensando progresivamente a lo largo del siglo Ihasta que desembocó

en la llamada «guerra judía», que comenzó el año 66 cuando Elea- zar, hijo del sumo sacerdote Ananías, consiguió suprimir el sacrifi- cio diario que se ofrecía en el Templo por el emperador. Al mismo tiempo, una muchedumbre enardecida quemó los palacios de Ana- nías y del rey Agripa y Berenice, y aprovechó la ocasión para «que- mar los archivos y destruir así los comprobantes de los préstamos e impedir la devolución de las deudas, ganándose las simpatías de los deudores y enfrentado a los pobres contra los ricos» (Bell. II, 426- 427). Estas palabras de Josefo subrayan que la sublevación antirro- mana tenía también un fuerte componente de reivindicación social. La reacción de los romanos fue implacable y sus tropas, primero ba- jo el mando de Vespasiano y, más tarde, de Tito, conquistaron Jeru- salén y la prendieron fuego en agosto del año 70. Un grupo de re- sistentes huyeron de la ciudad y se hicieron fuertes en Masada, un picacho impresionante en el desierto sobre el mar Muerto, en el que Herodes había construido un gran palacio, y allí resistieron aún cua- tro años más al asedio romano hasta que al final fueron extermina- dos o, como cuenta de forma épica y un tanto legendaria Josefo, procedieron a un suicidio colectivo para no caer en las manos ene- migas (Bell. VII 275-406).

La destrucción del Templo de Jerusalén supuso el cuestiona- miento radical de la identidad judía, que tenía su columna vertebral en el Templo y en el sistema cultual con todas sus derivaciones. El judaísmo del siglo I era enormemente plural y la tesitura de tener

que redefinir su identidad hizo que una línea, la farisea, fuese pre- valeciendo en el tiempo posterior –porque era un movimiento laical preocupado, ante todo, por el cultivo de la ley y por extender a la vida cotidiana unos preceptos de pureza que los sacerdotes restrin- gían al Templo– y se diese un proceso de unificación en el seno del pueblo, en el que acabó predominando el judaísmo rabínico, que marcaría toda la historia posterior. Hay una leyenda, según la cual Yohanan ben Zakkai, discípulo de Hillel, uno de los fundadores de la escuela farisea, se opuso a la guerra y escapó de la ciudad. Se en- 197

contró con Vespasiano y le profetizó que sería el próximo empera- dor. En recompensa se le permitió que se instalase en Yamnia, cerca de la costa, donde creo una academia para reunir y proseguir las en- señanzas fariseas1.

¿Cuál fue la actitud de los discípulos de Jesús en la guerra judía? Según una antigua tradición, tras la muerte de Santiago, el herma- no del Señor, la comunidad de Jerusalén huyó a Pella, una ciudad helenística de Transjordania. Esta tradición es recogida por Eusebio de Cesaréa a principio del siglo IV(HE III, 5,3). Es una tradición

verosímil, pero cuya autenticidad es muy discutida. En todo caso, ¿salieron de Jerusalén todos los discípulos de Jesús?, ¿regresaron tras la guerra?, ¿no pudo haber, como piensan algunos estudiosos, judeo- cristianos que participaron con sus hermanos de sangre en la guerra contra los romanos y corrieron su misma suerte?2 El evangelio de

Marcos puede ofrecer algunas pistas sobre este asunto, pero lo que más nos interesa subrayar en este momento es que los aconteci- mientos del año 70 marcaron el inicio de una nueva etapa en la his- toria del pueblo judío y en el proceso formativo del cristianismo.

b. La desaparición de los testigos directos

La guerra judía coincide en el tiempo con la desaparición de los testigos directos de Jesús. En un movimiento social la desaparición de los colaboradores inmediatos del líder que está en el origen es un momento decisivo y desencadena una serie de transformaciones so- ciales. Por testigos directos entendemos un grupo amplio, con vincu- laciones primarias, pero en algunos casos secundarias o a través de intermediarios relevantes, con Jesús de Nazaret.

La tradición posterior aumentó notablemente el papel desempe- ñado por el grupo de los Doce, cuya existencia bien puede remon- tarse al mismo Jesús. Pero su importancia como los grandes misio- neros y como los testigos privilegiados es, en buena medida, una construcción posterior. En los Hechos Apócrifos aparecen disper- sándose para llevar el evangelio a las diversas partes del mundo. En

1L. Michael White, De Jesús al cristianismo. El Nuevo Testamento y la fe cristiana:

un proceso de cuatro generaciones, Verbo Divino, Estella 2007, pp. 290-292 con bi-

bliografía.

2Samuel George F. Brandon, Jesus and the Zealots, Manchester University Press,

Mánchester 1967; íd., The Fall of Jerusalem and the Christian Church, Society for Pro- moting Christian Knowledge, Londres 1951.

la obra lucana, los Doce son los únicos que propiamente pueden ser llamados «apóstoles», porque son un grupo reducido que garantiza la vinculación del tiempo de Jesús con el tiempo de la Iglesia: han estado con él «todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con noso- tros» y son «testigos de la resurrección» (Hch 1,21-22). El prestigio de cada uno de los Doce fue, sin duda, muy grande en la comuni- dad primitiva y en la tradición posterior, pero probablemente no ju- garon, desde un punto de vista histórico y personal, un papel tan ex- clusivo ni tan preponderante como se ha solido pensar. En realidad, los testigos directos constituían el amplio grupo de discípulos y sim- patizantes de Jesús que, en la primera generación y con diferentes funciones, guardaron y elaboraron las tradiciones de Jesús. Como veremos después, hay tradiciones cuya transmisión tiene un doble control: por una parte, el grupo como tal, pues se trata de una me- moria social y compartida, y por otra, la autoridad que se reconoce a algunos discípulos que habían estado especialmente cerca de Jesús. Es precisamente en torno al 70 cuando van desapareciendo estos tes- tigos inmediatos, visuales y auriculares, de Jesús.

Adelanto unos elementos que, por su importancia y complejidad, tendrán que ser posteriormente profundizados. Siguiendo una conven- ción muy aceptada, como ya hemos dicho reiteradamente, estamos ha- blando de la «segunda generación» cristiana, que comienza alrededor del 70 y dura cuarenta años. Pero conviene distinguir entre los coetá- neos de Jesús, sus hijos (que serían jovencísimos en las décadas de los años 30 y 40) y los descendientes de estos hijos (que serían los jóvenes de los años 70)3. En psicología social se observa que es la generación de

los nietos la que muestra un interés mayor por la recuperación de la me- moria histórica de sus ancestros. Lo que para sus padres era obvio o se ocultaba para ser aceptados en la nueva situación, para ellos se convier- te en una reivindicación preciosa. En un grupo étnico que emigra, los hijos fácilmente olvidan u ocultan las tradiciones y hasta la lengua pa- tria para ser aceptados en la nueva situación, mientras que los nietos buscan sus raíces (apellidos, costumbres, lengua) y las reivindican como señal de identidad propia. Bruce J. Malina4recurre al «principio de la

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LA SEGUNDA GENERACIÓN Y LA CONSERVACIÓN DE LA MEMORIA DE JESÚS...

3Es obvio que no me estoy refiriendo a hijos y padres en sentido biológico, sino

a las generaciones como tales, sin suponer que sus miembros fuesen hijos o nietos de creyentes en Jesús, lo que en este tiempo sería excepcional frente al caso más corrien- te de convertidos adultos.

4Bruce J. Malina, Timothy. Paul’s closest associate, Liturgical Press, Collegeville