parecía ver peligro de contaminarme. A semejanza del médico, o del sacerdote hegemónico, yo estaba allí para curar, o al menos para reunir los datos sobre los que pudiera planificarse una cura.
Mis «blancas» presencia y actitud no tenían sin embargo nada que ver con los blancos ropajes de los médios y de la Mãe-de-Santo. La suya era una blancura ofrecida en holocausto, dispuesta a mancharse, lo que literalmente ocurría du- rante las sesiones. Mi blancura, por el contrario, ocultaba su debilidad detrás de su derecho hegemónico a establecer las reglas del juego, y a hacerlo de manera tal que nunca perdiera. El conflicto radical entre los dos modos de ser blanco constituía una especie de abismo religioso que apenas disimulaba el conflicto de clases subyacente. El hecho de que, a pesar de ser un intruso y de estar en minoría absoluta en el grupo, este último fuera capaz de tolerarme, muestra de manera evidente que la religión a la que yo pertenecía era también la religión de la clase hegemónica. En consecuencia, aunque la observación era recíproca, yo observaba al grupo con arrogancia (imperialistamente), mientras que el grupo me observaba con impotencia.
Lo que antecede muestra que mi observación sólo era neutral en aparien- cia. En términos reales era una observación hostil. Interpreté como firme eviden- cia de esto el hecho de que, durante las sesiones, y con independencia del lugar que ocupase en la estancia, solía verme rodeado por los elementos casi marginales del grupo religioso: gente joven, siempre dispuesta a tomarse en broma el ritual; gente menos motivada que asistía por curiosidad; nuevos conversos que tenían todavía miedo de participar demasiado intensamente. Puede también ocurrir que fuese yo, en vez de ellos, quien tomara la iniciativa de colocarme cerca de los elementos que tenían más posibilidades de desacreditar y poner en tela de juicio la religión «bajo observación». Sea como fuere, mi observación se asociaba con el eslabón más débil del proceso social que se estaba observando. Es decir, mi observación «neutral» era entorpecedora, y sabía cómo potenciar al máximo el entorpecimiento. La neutralidad del científico social era un modo de neutralizar la realidad social.
Lo que había de trágico en todo esto es que, al final de las sesiones de «observación» pude cumplimentar muy nítidamente mi lista previa de cosas a observar, pero difícilmente encontraba alguna relación entre mis notas y lo que realmente había acontecido en la sesión. Y más trágico todavía era que esto no me sorprendía en lo más mínimo. Durante las sesiones, la observación fue recíproca. No sólo porque el grupo me observaba a su vez, sino también porque yo mismo observaba mi propia observación. Y, al hacerlo, la estaba saboteando. Mi observa- ción resultaba impotente frente a mi arrogancia.
Por el contrario, en las sesiones de Umbanda en las que sí participé llegué a ser, más o menos, un miembro más del grupo. Había algunos factores perturba- dores relacionados con la clase, tales como mis ropas y el color de mi piel. Pero estos elementos, que en las sesiones en las que me había limitado a «observar» habían sido parte integrante de un todo coherente, y no habían sido individual-
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mente perceptibles, se convirtieron en las sesiones «participativas» en apéndices extraños, en accesorios anacrónicos, que flotaban alrededor en una búsqueda fre- nética de la identidad perdida. Tenía que olvidarme de ellos antes de que los otros miembros del grupo pudieran hacer lo mismo. Unas veces pude conseguirlo y otras no. Reificado como estaba por la división del trabajo característica de la ciencia moderna, tendía a verme en estas sesiones como alguien que estaba de vacaciones, haciendo terapia, o asistiendo sencillamente a los servicios de mi religión, pero nunca podía verme trabajando o estudiando. Debo confesar que consideré las se- siones «participativas» perdidas para mi investigación. De hecho, cuando después de una sesión de éstas intentaba repasar mi lista de comprobación (checklist), el esfuerzo se me antojaba ridículo, o incluso macabro. No recordaba en absoluto (o sólo vagamente) los detalles que se suponía que tenía que comprobar. Cuanto más «importantes» eran tanto más total era el vacío en el recuerdo. El efecto era también macabro. Es como si después de haber participado en una experiencia amorosa estuviera diseccionando cadáveres en el anfiteatro anatómico. La riqueza de la experiencia nada tenía que ver con las palabras rígidas, muertas, de la lista de comprobación. Llegué en rigor al convencimiento de que el criterio de observación implícito en la mayor parte de las listas de comprobación que había consultado tendía a orientar la atención del investigador hacia la dimensión técnica de la vida social, al aparato externo con el que las cosas se confrontan con otras cosas, y de que éstos eran los aspectos que resultaban menos importantes una vez que la participación había adquirido su propia dinámica. Las listas de comprobación eran mecanicistas en su construcción, y tendían a imponer una visión mecanicista de la realidad social. La búsqueda de neutralidad y de mantenimiento del control por parte del científico social era el equivalente estructural de la dimensión técnica y del aparato externo de la realidad social. Y en la misma medida en que toda perspectiva mecanicista implicaba una ideología expansionista y una voluntad de dominación, la neutralidad del investigador era un modo de neutralizar la realidad social sometida a análisis. Y lo que es más: llegué a la conclusión de que el inves- tigador sólo puede conseguir el control de sí mismo por medio del control de los demás.
Los tipos de violación de las reglas que la metodología transgresora hacía posibles mostraban que esta era, en última instancia, un intento de liberar al objeto de la ciencia liberando al científico de la ilusión del autocontrol. Ahora resulta muy fácil hablar de metodología transgresora. Pero en la época en la que yo estaba terminando mi investigación de campo las cosas estaban bastante menos claras. Ante la presión (tanto interior como exterior) que sentía de mostrar que había merecido el dinero invertido en mi investigación, me sentía muy angustiado y perdido. El material extraordinariamente rico que había reunido parecía ser suficiente, e incluso innovador, para casi cualquier tema para una tesis, excepto para el tema del que se suponía que yo tenía que escribir. Cuando me marché de Brasil, dudaba mucho de que tuviera datos suficientes para escribir un artículo aceptable, y mucho menos una tesis doctoral. Dudaba incluso de que tuviera da- tos en absoluto. Tan sólo sabía que había pasado por una experiencia personal y
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