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3.3 Methodology

3.3.2 The case study design

esCUelade estUdios hispanoameriCanos, CsiC

introducción

Este estudio se inicia con el reinado de Carlos IV, el último soberano ilustra- do del Imperio español, y continua con el de su hijo Fernando VII, que marcó la transición del Antiguo Régimen a una forma liberal-burguesa de gobierno y el desarrollo del capitalismo económico. Esta transformación fue impulsada por la llegada de las tropas francesas a la península ibérica en 1808 lo que desen- cadenó la llamada «Guerra de Independencia Española». De forma paralela se puso en marcha un proceso constitucional surgido tras la formación de diversas Juntas Provinciales, la Junta Central y el Consejo de Regencia y cuyo punto culminante fue la proclamación de la Constitución de Cádiz en 1812.1 A largo

1. Para el estudio de este periodo de revoluciones liberales, en el caso de la península ibérica en concreto, véanse Josep Fontana, La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820, Ariel, Barcelona, 1971; del mismo autor, La crisis del Antiguo Régimen 1808-1833, Crítica, Barcelona, 1979; Europa ante el espejo, Crítica, Barcelona, 1994; Historia, análisis del pasado y proyecto social, Crítica, Grupo editorial Grijalbo, Barcelona, 1982; La historia después del fin de la Historia, Crítica, Barcelona, 1992; La historia de los hombres, Crítica, Barcelona, 2001; Miguel Artola, Antiguo Régimen y Revolución liberal, Ariel historia, Barcelona, 1979; del mismo autor «La burguesía revolucionaria 1808-1874», en Historia de España, volumen V, Alfaguara, Madrid, 1981; Partidos y programas políticos 1808-1936, volumen I, Alianza edi-

torial, Madrid, 1991; La hacienda del siglo xix. Progresistas y Moderados, Alianza universidad,

Madrid, 1981; Raymond Carr, España 1808-1939, Horas de España, Barcelona, 1985; Jesús Cruz, Los notables de Madrid, Alianza, Madrid, 2000. Para Europa véanse E. J. Hobsbawm, Las revoluciones burguesas, pp. 201-206. En esta obra, el autor considera que existieron tres

plazo, esta guerra también supuso el inicio de la construcción del nacionalismo español como uno de los pilares sobre los que se sustentaba el nuevo sistema de gobierno liberal.2 Todos estos cambios que se fueron llevando a cabo con-

taron con la oposición del propio monarca que tendió siempre hacia formas absolutistas de mandato. Sin embargo, tras su muerte en 1833, la regencia de su esposa María Cristina y el reinado de su hija Isabel II, supusieron la consolida- ción del sistema liberal burgués.

Paralelamente, los territorios coloniales de América y Asia comenzaron a pedir su inclusión en el estado liberal en formación en igualdad de condiciones con respecto a las provincias peninsulares del Imperio o, en su defecto, sistemas de gobierno autónomos para sus territorios. La negativa de los diputados a que esto ocurriera desencadenó todo un proceso que culminó con la independencia de la mayor parte del territorio americano de la monarquía para 1823, auspiciada por Gran Bretaña y Estados Unidos.3 Después de estas fechas, el Imperio español sólo

conservó el territorio peninsular y las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, aunque estos últimos espacios siempre fueron considerados colonias y nunca gozaron de un sistema de gobierno liberal para regirse.4 Las máximas autoridades en estos te-

rritorios fueron los capitanes generales, en lo político y militar, y los intendentes, en lo económico, todos ellos nombrados directamente por el gobierno metropolitano y, por tanto, servían a sus intereses y no a los de la isla y La Habana.5

oleadas revolucionarias en Europa: la primera entre 1820 y 1824, la segunda entre 1829-1834 y la tercera en 1848; E. P. Thompson, La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra: 1780-1832, volumen I, II y III, Laia, Barcelona, 1977; Alberto Gil Novales, «Tras la revolución: Europa a partir de 1800», en Trienio, núm. 38, noviembre 2001, Madrid, pp. 5-19.

2. Véase José Álvarez Junco, Mater dolorosa: la idea de España en el siglo xix, Taurus, Ma-

drid, 2003; Josep Maria Fradera, Cultura nacional en una sociedad dividida. Cataluña 1838- 1868, Marcial Pons, Madrid, 2003. Véase también E. J. Hobsbawm, Nación y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 1995.

3. Véase vvAA, Historia general de América Latina, volumen IV, V y VI, UNESCo, París,

2000-2004; Leslie Bethell (ed.), Historia de América Latina, volumen V, VI, VII y VIII, Crítica, Barcelona, 1991; François Chevalier, América Latina. De la independencia a nuestros días, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, pp. 21-26; John Lynch, Las revoluciones hispa- noamericanas 1808-1826, Ariel, Barcelona, 1985; Claudio Véliz, La tradición centralista en América Latina, Ariel, Barcelona, 1984.

4. Véase Josep Maria Fradera, Colonias para después de un imperio, Bellaterra, Barcelona, 2005; Josep Maria Fradera, Gobernar colonias, Península, Barcelona, 1999; Manuel Chust, La cuestión nacional americana en las Cortes de Cádiz, 1810-1814, Fundación Instituto Historia

social-UNAM, Valencia, 1999.

5. Los capitanes generales de la isla de Cuba durante este periodo fueron el marqués de Someruelos de 1799 a 1812; Juan Ruiz de Apodaca de 1812 a 1816; José Cienfuegos de 1816 a 1819; Juan Manuel Cagigal de 1819 a 1821; Nicolás Mahy de 1821 a 1822; Sebastián Kindelán de 1822 a 1823; Francisco Dionisio Vives de 1823 a 1832; Mariano Ricafort de 1833 a 1834; Miguel Tacón Rosique de 1834 a 1838.

Esto hizo que la elite intelectual habanera comenzara a fraguar un sistema cultural distinto al que se traba de implantar desde la metrópoli. No obstante, cometeríamos un grave error si entendiéramos las luchas políticas y culturales en La Habana y el resto del territorio cubano del periodo comprendido entre 1793 y 1832 como producto de un enfrentamiento entre criollos y peninsulares pues los resultados de nuestro estudio estarían desvirtuados y no nos permi- tirían entender muchos hechos de los que entonces ocurrieron.6 Esta teoría,

basada en la división, fue firmemente apoyada por la historiografía nacionalista cubana representada por Ramiro Guerra y Sánchez,7 Emeterio Santovenia y

Raúl Shelton8 y, más recientemente, por Eduardo Torres-Cuevas.9 Al crear esta

parcelación antagónica daban homogeneidad a grupos heterogéneos. La rea- lidad, sin embargo, fue mucho más compleja, como trataré de demostrar a lo largo de este estudio. La división entre criollo y peninsular y su asociación al nacionalismo cubano y al español respectivamente que mantiene, con matices, la historiografía actual, no estaba tan nítidamente establecida en los primeros momentos del periodo que estudiamos, sino que los encargados de construirla y fomentarla fueron los intelectuales habaneros y las autoridades metropolita- nas del periodo final aquí analizado y, fundamentalmente, del inmediatamente posterior.10 Pienso que el centro de atención de nuestro estudio debemos des-

6. La historiografía tradicional ha intentado fundamentar el origen del nacionalismo espa- ñol y cubano basándose en el lugar de nacimiento y por eso denomina «criollos» a los des- cendientes de peninsulares nacidos en territorio americano y «peninsulares» a los que vivían en América pero habían nacido en la península ibérica.

7. Ramiro Guerra y Sánchez, Historia de la nación cubana, volumen III, Historia de la Nación Cubana, La Habana, 1952; Manual de historia de Cuba (económica, social y política). Desde su descubrimiento hasta 1868, Cultural, La Habana, 1938; Azúcar y población en las Antillas, Cultural, Madrid, 1935.

8. Emeterio Santovenia y Raúl Shelton, Cuba y su historia, volumen I, Rema Press, Miami, 1965.

9. Eduardo Torres-Cuevas, La polémica de la esclavitud. José Antonio Saco, Ciencias so- ciales, La Habana, 1984.

10. Un buen estudio del movimiento tradicionalista lo hace Javier Herrero en su obra, Los orígenes del pensamiento reaccionario español, Alianza universidad, Madrid, 1988. Son numerosos los informes de los capitanes generales a la Corona, de las autoridades de la isla y los «espías» de la Corona en otros países de América donde esta idea se repite. Véase Ramón de la Sagra, «Una página para la historia de la época actual» y «Breve noticia de los primeros

meses de mando del Exmo. Señor D. Miguel Tacón», en vvAA, Ramón de la Sagra y Cuba,

volumen II, Edicios do Castro, A Coruña, pp. 20-28 y 106-115; Archivo General de Indias (en

adelante AGI), Cuba, 2007, núms. 15, 16 y 17; AGI, Cuba, 2008, núm. 36; AGI, Cuba, 2057, núm. 44;

AGI, Cuba, 2065, núms. 24, 27, 29, 30 y 31; AGI, Cuba, 2107, núm. 63; Archivo Nacional de

Cuba (en adelante ANC), Asuntos Políticos, 29, núms. 1 y 7; ANC, Asuntos Políticos, 36, núm. 16;

ANC, Asuntos Políticos, 117, núm. 99; Archivo Histórico Nacional de Madrid (en adelante AhN),

plazarlo de la supuesta lucha entre criollos y peninsulares a la formación de una identidad cubana paralela a la que se trataba de implantar desde la metró- poli lo cual, desde el punto de vista administrativo-político, se tradujo en un enfrentamiento entre centralización, descentralización y autonomía.

eL origen deL centraLismo en La isLa de cuba

A través del proceso constitucional que se inició en el Imperio español en 1808, éste se encaminó hacia una forma de organización del estado centralista, en torno al cual hay multitud de hipótesis. Claudio Véliz cree que, con altibajos, la centralización se inició en América con la misma colonización.11 Según John

Lynch, en la segunda mitad del siglo xvII y durante los primeros cincuenta años del siguiente, en América, el grado de control de las elites locales sobre el apara- to del estado, la generalización de la corrupción y el no respeto a la legislación real, permitían hablar de la existencia, de hecho, de una primera independencia americana. Después de 1763 los planificadores de la monarquía borbónica, enca- bezados por José de Gálvez, decidieron poner fin a la influencia criolla y volver a una noción más centralista de imperio. No obstante, este autor reconoce en sus últimos estudios que la «desamericanización» del estado colonial no se aplicó a su brazo militar.12 Esta misma teoría, con algunos matices, es mantenida por Jorge

Gelman y François Chevalier.13 Sin embargo, Josep Fontana y Josep Maria Delga-

do han cuestionado esta supuesta centralización que se produjo en las colonias americanas en la segunda mitad del siglo xvIII.14 En cualquier caso, de forma más o menos eficaz, hubo un intento de centralización que, según pone de manifiesto Benedict Anderson, fue un factor importante en la formación de las identidades 11. Claudio Véliz, La tradición centralista en América Latina, Ariel, Barcelona, 1984, pp. 15-33. A partir de este momento se sucedieron los procesos de centralización y relajación del centro.

12. John Lynch, «Los factores estructurales de la crisis: la crisis del orden colonial», en Ger-

mán Carrera Damas (dir.), Historia general de América Latina, vol. V, UNESCo, París, 2003,

pp. 30-54. Esta misma postura es mantenida en John Lynch, Las revoluciones hispanoameri- canas, pp. 13-35; Antonio Morales Moya, «El estado de la Ilustración», en Guillermo Gortázar (ed.), Nación y estado en la España liberal, Noesis, Madrid, 1994, pp. 15-77.

13. Véase Jorge Gelman, «La lucha por el control del estado: administración y elites co- loniales en Hispanoamérica», en Enrique Tandeter (dir.), Historia general de América Latina,

vol. IV, UNESCo, París, 2000, pp. 251-264; Chevalier, América Latina, pp. 21-26.

14. Josep Fontana y Josep Maria Delgado, «La política colonial española: 1700-1808», en

Enrique Tandeter, (dir.), Historia general de América Latina, vol. IV, UNESCo, París, 2000,

pp. 17-31. Esta idea es mantenida por Pedro Pérez Herrero, «Conflictos ideológicos y lucha por el poder», en Germán Carrera Damas (dir.), Historia general de América Latina, vol. V,

en el nuevo mundo y, por tanto, también en La Habana y en la isla de Cuba, a lo que se unía el hecho de ser el territorio cubano una unidad administrativa en sí (capitanía general), todo lo cual se vio reforzado a lo largo del tiempo desde el punto de vista económico y judicial pues tuvo un superintendente y se creó en ella una audiencia. Las políticas comerciales de la metrópoli a lo largo del siglo xvIII habían convertido este territorio en una zona con entidad propia e in- dependiente del resto pues era la entrada comercial a América. El respaldo final a todo esto fue el factor geográfico debido al carácter insular de Cuba.15 Aunque

estos hechos fueron importantes en la construcción de una «comunidad imagi- nada» cubana, como la ha denominado Benedict Anderson, sin embargo, por sí solas, las zonas de mercado, geográficas o político-administrativas no forman adeptos, sino que fue necesaria la llegada del capitalismo impreso para que esto ocurriera.16 A la isla de Cuba la imprenta llegó en el siglo xvIII, pero estuvo muy

controlada por el estado y hasta que en el siglo xIx la presión estatal no cedió un poco, no pudo empezar a gestarse una «comunidad imaginada».

El proceso de centralización ejercido desde la Península se desarrolló clara- mente a partir de la puesta en marcha de la Junta Central y las Cortes de Cádiz. Aunque estas últimas proclamaron la igualdad de los territorios a ambos lados del océano, porque las circunstancias así lo requerían, en las mentes de los liberales gaditanos subyacía la idea de desigualdad y la intención de construir un estado centralizado.17 Ante tal beligerancia, los partidarios de los gobiernos autónomos

comprendieron que por el momento sólo podrían luchar por la descentralización. De forma paralela a este proceso de centralización administrativa, el liberalismo peninsular, desde el punto de vista cultural, impuso los elementos de una iden- tidad española cuyo centro era Castilla. La guerra que acababa de vivirse en la Península empezó a ser denominada «Guerra de Independencia de España», y el día dos de mayo de 1808 fue considerado el día en el que el pueblo español se levantó contra los franceses, contra el «enemigo común». En estos momentos se dio un nuevo impulso a las reales academias de la Historia, de la Lengua y a la Academia de San Fernando, creadas en el siglo xvIII y que tanto habían ayudado a formar esa identidad nacional.18 A través de ellas se fomentaba la escritura de la historia

del origen y la grandeza de la nación española, la descripción, ya fuera en prosa o verso, de las tierras españolas, la pintura de escenas nacionales y la escritura

15. La importancia de la territorialidad la ponen de manifiesto José Álvarez Junco, Mater dolorosa, pp. 12-13.

16. Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difu- sión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1993, pp. 81-96.

17. Josep Maria Fradera, Colonias para después, pp. 1-4.

18. Nos referimos a la Real Academia de la Lengua Española, la Real Academia de la His- toria y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, todas ellas ubicadas en Madrid.

de obras de teatro destinadas al público analfabeto para difundir entre ellas el orgullo de lo «español».19 Para trasladar esos valores a Ultramar se habían creado

las sociedades económicas y la Sociedad Económica de La Habana cumplió con este cometido en el ámbito intelectual a ella asignado, aunque en su seno hubo individuos que intentaron que se decantara a favor del desarrollo de una identi- dad distinta, sobre todo a partir de 1823, igual que sucedió en la Universidad de La Habana y en el Seminario de San Carlos de dicha ciudad.20

eL carácter centraLista de La sociedad económica de La habana

La Ilustración peninsular impulsó la puesta en marcha de sociedades eco- nómicas en la Península y posteriormente en los territorios de Ultramar.21

19. Véase la obra de José Álvarez Junco, Mater dolorosa, pp. 31, 54-56, 73-74, 78-81, 83, 119 y 194.

20. Las sociedades económicas habían sido centros cuya creación fue promovida a fines del

siglo xvIII por Melchor Gaspar de Jovellanos en la Península, en época del monarca ilustrado Car-

los III, para impulsar el desarrollo económico y se extendieron a todos los territorios coloniales con el objetivo de conocer mejor las características de estos espacios y los recursos materiales y humanos con que contaban para contribuir al desarrollo de la metrópoli (población, geografía, flora, fauna, etc.). Véase Gaspar Melchor Jovellanos, Informe de la Sociedad Económica de esta Corte al Real y Supremo Consejo de Castilla en el expediente de la ley agraria, Imprenta de Sancha, Madrid, 1795. Véase también José Álvarez Junco, Mater dolorosa, pp. 103-104; Jesús Raúl Navarro García en sus obras Control social y actitudes políticas en Puerto Rico (1823-1837), Quinto cen- tenario del descubrimiento de América, Sevilla, 1991 y en la obra Puerto Rico a la sombra de la independencia continental (1815-1840), Centro de estudios avanzados de Puerto Rico y El Caribe y Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Sevilla-San Juan, 1999, ha puesto de manifiesto que otros medios de control usados fueron la censura de las publicaciones, la confesión, los sermo- nes y la Comisión Militar para sancionar con rapidez los delitos políticos y los comunes (robos y asesinatos). Estos últimos medios de control, junto con otros, no dependieron directamente de La Sociedad Económica sino que eran competencia de otros órganos del gobierno. Sobre la Univer- sidad y el Seminario véase Eduardo Torres-Cuevas, Ramón Armas y Ana Cairo Ballester, Historia de la Universidad de La Habana, vol. I, Ciencias sociales, 1984; Julio Ángel Carreras, «El inicio de la enseñanza secundaria en Cuba», Santiago, núm. 9, diciembre de 1972, pp. 120-130; Antonio Bachiller y Morales, Apuntes para la historia de las letras y la instrucción pública de la isla de Cuba, vol. I, II y III, Cultural, La Habana, 1937; Enrique José Varona Pera, La instrucción pública en Cuba; su pasado y su presente, Imprenta de Rambla y Bouza, La Habana, 1901; Manuel Puelles Benítez, Educación e ideología en la España contemporánea, Labor política, Barcelona, 1980; Ofelia Morales y del Campo, «La evolución de las ideas pedagógicas en Cuba desde los orígenes hasta 1842», Revista Bimestre Cubana, vol. XXII, núm. 5, 1927, pp. 713-732, vol. XXII, núm. 6, 1927, pp. 846-867, vol. XXIII, núm. 1, 1928, pp. 91-120, vol. XXIII, núm. 2, 1928, pp. 215-245, vol. XXIII, núm. 3, 1928, pp. 416-441, vol. XXIV, primer semestre de 1929, pp. 132-139.

21. Véase François-Xavier Guerra y Annick Lempérière, Los espacios públicos en Ibero- américa, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, p. 83; François-Xavier Guerra, Moder-

Estas instituciones supieron aprovechar al máximo el desarrollo económico que en esos momentos se gestaba allí e intentaron fomentar la agricultura, la ganadería, el comercio y la industria, que debían ser los pilares que sus- tentaran el progreso de la nación, de acuerdo con los principios ilustrados y más tarde liberales que empezaban a desarrollarse y, por supuesto, fueron un instrumento para conocer las características de la población, geografía, flora y fauna del territorio.

El objetivo que llevó al gobierno de la metrópoli a autorizar la formación de una sociedad económica en La Habana nos lo manifiestan los estatutos de su fundación en 1792.22 En ellos se decía que era para conocer las riquezas y

bienes que había en aquellos territorios y para la diversificación de la produc- ción.23 Era evidente que las regiones de Ultramar se habían convertido en cante-

ras de donde extraer todo tipo de materias primas necesarias para el desarrollo de la metrópoli.

nidad e independencias, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, pp. 92-94 y 102-108; Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, (dir.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Taurus, Madrid, 2001, pp. 529-534; María Cruz Seoane, Historia del periodismo en España, vol. II, Alianza universidad, Madrid, 1983, p. 114. Todos ellos consideran que las sociedades económicas fueron la institucionalización de las tertulias, que eran una modalidad de encuen- tro que recogía elementos de las formas más tradicionales de la sociedad hispánica: las visitas de conversación y de cumplimientos y la reunión, más o menos espontánea, de amigos de similar condición social.

22. La Sociedad Económica de La Habana se reunió por primera vez en 1793. Fue la se- gunda fundada en la isla tras la de Santiago de Cuba, que se creó en 1781, la primera puesta en marcha en América. Véase Izaskun Álvarez Cuartero, Memorias de la Ilustración: las Socie- dades Económicas de Amigos del País en Cuba, 1783-1832, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, Madrid, 2000, pp. 17-25; María Dolores González-Ripoll, Cuba, la isla de los ensayos. Cultura y sociedad, 1790-1815, CSIC, Madrid, 1999; Eduardo Escasena y Núñez, «El

131 aniversario de la Sociedad Económica de Amigos del País», en Revista Bimestre Cubana, vol. XIX, núm. 3, 1924, pp. 216-223; Diana Iznaga y Yolanda Vidal, «Apuntes para la Historia de la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana», Revista de la Biblioteca Na-