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5.3.4 SUMMARY AND SYNTHESIS Advertising activity

Sigmund Freud (1920/1992) genialmente descubrió que, además de la libido narcisista identificable con las pulsiones de autoconservación, existen unas enigmáticas tendencias masoquistas del yo que contradicen el principio del placer y se caracterizan por la compulsión de repetición. Esto nos remite al contradictorio efecto de las drogas en los toxicómanos. Además, agrega que, paradójicamente, el principio de placer parece estar al servicio de las pulsiones de muerte, y su defensa son las pulsiones narcisísticas de autoconservación.

Como ya mencioné, son muy conocidos los aspectos autodestructivos y autopunitivos en las personas que ubicamos como toxicómanas, a los que, también resultan relevantes las formas arcaicas de vergüenza y culpa, así como temores globales de humillación y venganza, que suelen estar presentes en la interacción social de estos sujetos. En ellos, llegamos a visualizar algunos efectos de un superyó arcaico, con las características de las personas introyectadas, como poder, severidad, actitudes vigilantes y punitivas (Freud, 1929/1992; Wurmser, 1974).

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Desde ahí podemos leer lo que Michael Jordan relata de su relación con su padre: “Estaba bien resentido con mi papá (silencio prolongado) …pues eso, mucho resentimiento, mucha tristeza, no sé, un chorro de tristeza también […] La neta yo siempre me acordaba que cuando me pegaba o pasaba algo, yo siempre me quedaba ‘Nada más espérate a que crezca porque…’ pues estaba chiquito y no podía hacer nada, ‘Espérate a que crezca y luego me las vas a pagar’ (silencio prolongado) …Y ahorita reflexionando, la neta (silencio prolongado) …pues…así fue. De algún modo así pasó. O sea, todo lo que me hizo sentir de algún modo yo se lo regresé, pero haciéndome daño a mí mismo”.

La introyección de las figuras parentales sádicas y punitivas –que en las historias de vida de Mac, Paul Walker y Michael Jordan destacan: la abuela, el padrastro y la familia materna (tías, primas, abuelos), y padre, respectivamente– formaron en los sujetos superyós precarios, que evidencian la ambigüedad de la toxicomanía, en la que hay tanto displacer como placer absoluto, porque el sadismo del superyó y el masoquismo del yo se complementan y se aúnan con las pulsiones de destrucción para provocar las mismas consecuencias (Freud, 1929/1992).

Asimismo, podemos traducir las tendencias masoquistas yoicas –primarias y secundarias– o la necesidad de ser castigado por un poder parental, o de “ser golpeado por el padre” que remite a la etapa sádico-anal del desarrollo infantil, vinculada con la sexualidad femenina pasiva y con tendencias homosexuales del ideal del yo (Freud, 1924/1992a), que fueron mencionadas anteriormente.

Paul Walker dice: “De hecho siempre me gustaba que me pusieran límites buenos y límites congruentes […] de hecho mi mamá cuando ya no me aguantaba, ya cuando nada, ni mi padrastro, me llevaban a casa de mi abuelo para que me pegara o para que me dijera dos-tres

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cosas y ya yo estaba así (se pone rígido), era una semana de excelencia escolar casi, casi…Porque yo siempre, ehh…le tuve un pinche respeto, no miedo, un respeto cabrón a mi abuelo”.

Asimismo, debemos recordar que todo displacer neurótico es placer que no puede ser sentido como tal, y la compulsión de repetición hace revivir lo que evoca displacer al yo – debido a que saca a la luz mociones reprimidas– pero satisface a otro sistema (Freud, 1920/1992). En el caso de las toxicomanías parece ser que el displacer para el yo –debido a un exceso de energía psíquica para el cual no se cuenta con recursos de elaboración simbólica–, es placer para el ello y el superyó primitivo. Basta pensar en los delirios paranoicos y persecutorios que vivían con terror Mac y Paul Walker al estar intoxicados, pero que al mismo tiempo es posible que procuraran una descarga para el ello y satisfacían la necesidad de vigilancia y castigo del superyó. Así, el “más allá del principio del placer” facilita la elucidación del por qué los toxicómanos toleran los síntomas de la abstinencia, los delirios paranoicos provocados por las sustancias e incluso el peligro que representa su consumo.

Jean Bergeret (1980 citado en Pages-Bertier, 1993) indica que esa incapacidad para gestionar la violencia natural engendra la necesidad de dañar a otros y a sí mismo, esto nos recuerdo una vez más al sujeto endriago de la subjetividad actual. Lo que Paul Walker describe que sucedió inmediatamente después de enterarse que su mamá le era infiel a su padrastro puede servirnos como ejemplo: “[…] estaba muy enojado, y yo quería, o sea, matarla a golpes. Pero nada más le di una cachetada y me salí, me salí corriendo y me salí, me acuerdo que agarré la moto y por mero me mato en la moto”.

Esta incapacidad para tolerar, o más bien administrar, la violencia orilla a los sujetos a buscar “la ilusión del placer primitivo”, de re-encontrarse en la etapa de la infancia del vientre materno, evocando a la muerte, pero, al mismo tiempo, evitándola. Como describe Freud

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(1920/1992), la compulsión de repetición es un mecanismo con el cual el yo se entrega a la pulsión de muerte, pero, al mismo tiempo, evita aquello que podría ayudarlo a alcanzar su meta por el camino más corto.

La relación de los sujetos toxicómanos con la droga es una apuesta a lograr la satisfacción total, la plenitud. Entonces, la única forma que Mac, Paul Walker y Michael Jordan tuvieron para gestionar esta sobrecogedora fuerza, fue apelar a las pulsiones narcisísticas de autoconservación. Esta es la ligazón de las toxicomanías con la melancolía, la pulsión de muerte y el narcisismo.

El principio de realidad debe sustituir al principio del placer para que la cultura pueda dominar sobre la naturaleza; pero cuando el dolor y el displacer dejan de ser advertencias para convertirse en metas, el principio del placer queda paralizado, y el guardián de la vida anímica narcotizado (Freud, 1924/1992a).

Según indica Massimo Recalcati (2014), a esta “narcotización” del principio del placer se le conoce como el principio del Nirvana, “me debo narcotizar, no debo sentir nada” y funciona como una forma de organizar la economía libidinal. El autor señala la serie narcotizarse- nirvanizarse-nadificarse, tiene por consecuencia la desaparición del sujeto en la droga.

El Nirvana es un estado de suspensión y quietud absolutas de las vicisitudes de la vida, marcado por la disyunción entre Eros y Tánatos. A eso se refiere Freud con el más allá del principio del placer, el placer más absoluto es regresar a lo inanimado, dejar de existir. Esto es bastante claro en los fragmentos de discurso en donde Mac, Michael Jordan y Paul Walker explican su experiencia al estar intoxicados: suspendidos en el tiempo, resguardados en su realidad psíquica, viviendo únicamente “el aquí y el ahora”, con la única preocupación de conseguir más droga, sin miedos o debilidades, disueltos en y por la sustancia. Los sentimientos oceánicos facilitados por

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estos quitapenas hacen pensar que la dependencia es más que nada psicológica.

4.4.7 Castración y crisis de representación/dificultades en el acceso a la

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