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Por las mismas rutas que los contrabandistas antioqueños utilizaban para traer mercancías desde Panamá, empezaron a confi gurarse las redes de exportación de droga a Estados Unidos y Europa. De esta manera, poco a poco, empezaron a proliferar los negocios de moteles, casas de juegos, ofi cinas de cambio de moneda extranjera, licoreras, inmobiliarias y ofi cinas de prestamistas, porque representaban la forma menos compleja para lavar los ríos de dólares que empezaron a llenar las arcas del

narcotráfi co. En otras palabras, como lo han reconocido los analistas del tema, el contrabando fue la escuela para capos como Pablo Escobar Gaviria, quien después de afi anzar sus primeras rutas entendió que el siguiente paso era asegurar el silencio de políticos, empleados públicos y funcionarios públicos a través de dos vías: la corrupción o el asesinato. Para cumplir las dos tareas, los capos empezaron a consolidar un verdadero ejército de asesinos a sangre fría que pronto adquirieron un califi cativo propio: los sicarios.

Según el periodista judicial Luis de Castro, cuando comenzó a afi anzarse el imperio de los carteles de la droga, la violencia se multiplicó excesivamente y el periodismo poco a poco empezó a silenciarse. “Con los narcotrafi cantes no era como con los bandidos de otras épocas. Con ellos no se podía hablar y publicar algo en su contra empezó a ser identifi cado como una sentencia de muerte. Tocaba cuidarse mucho. Yo alcancé a tener varios sustos por seguimientos que me hicieron hasta mi casa. Los periodistas judiciales comenzamos a trabajar con cierto nerviosismo, sobre todo quienes teníamos que hacerlo con esas informaciones”1.

Lo cierto es que desde principios de los años 80 y básicamente después de que el Estado emprendió la

El dinero le servía a Pablo Escobar para comprar las con- ciencias de los congresistas que no votaban para quitarle la impunidad.

Foto: El Espectador

El periódico El Espectador era una de las voces que más com- batía el narcotráfi co con sus investigaciones

guerra contra los carteles del narcotráfi co, los negociantes de la droga empezaron a fortalecer sus ejércitos de sicarios, aunque las autoridades duraron mucho tiempo en reconocer que esta nueva modalidad de asesinato a sueldo empezó a causar estragos en Colombia.

Pero no sólo fue una creación del cartel de Medellín. El cartel de Cali, por ejemplo, tenía 22 sicarios seleccionados que llevaron a cabo múltiples asesinatos para preservar el negocio. La mayoría de cadáveres de sus víctimas fueron arrojados a las aguas del río Cauca y, según se lee en el libro “Confesiones de un narco”, en los primeros tiempos del negocio fue Helmer Herrera el encargado de conformar estos ejércitos privados para la protección del cartel. “Todos los jefes aportaban recursos fi nancieros para el sostenimiento de 250 pistoleros como mínimo y la multiplicación de estos si se presentaba una emergencia”. La proporción del reclutamiento de asesinos correspondía a una siniestra lógica matemática: “Si mataban a un sicario aparecían cinco para reemplazarlo. Si mataban a un narco surgían tres”. Sin embargo, para mediados de los años 80, después de las denuncias del ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla, ya estaban más o menos identifi cados los grandes capos del narcotráfi co y sus organizaciones. Básicamente, al momento de concluir el gobierno de Belisario Betancur, los capos identifi cados por la sociedad colombiana eran: Pablo Escobar Gaviria y los hermanos Ochoa Vásquez como los grandes jefes del cartel de Medellín; los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela junto a José Santacruz Londoño, como los responsables principales del denominado cartel de Cali; Evaristo Porras Ardila como el gran negociante de la cocaína en el Amazonas; Gonzalo Rodríguez Gacha, responsable de los grandes embarques de droga en el centro del país con proyección a los Llanos Orientales; Helmer Herrera Buitrago, Diego León Montoya e Iván Urdinola como los grandes jefes del cartel del Norte del Valle; y una serie de capos

Las investigaciones descubrían a los ejércitos de justicia privada exportados para cobrar deudas de los narcos.

menores o independientes como Severo Escobar, José Cabrera, José Rafael Abello Silva, Víctor Patiño Fómeque, Phanor Arizabaleta Arzayus u Octavio Piedrahita Tabares, entre otros. Además empezaba a ser claro que el narcotráfi co ya estaba fi nanciando las actividades del paramilitarismo, sobre todo en regiones como el Magdalena Medio, el nordeste de Antioquia, la zona de Urabá, la región de los Llanos Orientales y el norte del Valle del Cauca. Y lo que es peor, que el paramilitarismo también adoptó la estrategia de los sicarios.

Con este desafío de los violentos, aumentado además por la sistemática acción de las guerrillas, en agosto de 1986 asumió como Presidente de Colombia el dirigente liberal Virgilio Barco Vargas. Y, como era de esperarse, los sicarios empezaron a hacer de las suyas. Como lo recuerda el periodista Enrique Rivas, “a los 23 días de su posesión ya habían matado al primer congresista de la Unión Patriótica, al representante a la Cámara Leonardo Posada Pedraza, asesinado en Santander. Al día siguiente asesinaron al senador Pedro Nel Jiménez, también de la Unión Patriótica, esta vez en Villavicencio”2. Simultáneamente, bajo

la fachada de “Los Extraditables”, los narcotrafi cantes empezaron a utilizar a los sicarios para asesinar a sus enemigos en la justicia, las Fuerzas Militares y el periodismo. “En cuatro meses, la gente del cartel de Medellín asesinó al grupo de colombianos que había respaldado al ministro Rodrigo Lara Bonilla en su primera ofensiva contra el narcotráfi co”3.

El 31 de julio fue asesinado al norte de Bogotá el magistrado de la Corte Suprema de Justicia Hernando Baquero Borda, quien había sido ponente de un fallo que negó la inconstitucionalidad del Tratado de Extradición suscrito entre Colombia y Estados Unidos.

Las cabezas del cartel de Medellín. De izquierda a Derecha: Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y Carlos Lehder. Foto: El Espectador.

El 30 de octubre, sicarios acabaron con la vida del magistrado Gustavo Zuluaga Serna, quien había tenido el valor de abrir un proceso penal contra Pablo Escobar Gaviria. El siguiente en la lista fue el coronel de la Policía y principal enemigo de los carteles de la droga Jaime Ramírez Gómez, asesinado a la entrada de Bogotá el 17 de noviembre de 1986. Y la racha de ese año terminó el 17 de diciembre de 1986, cuando fue asesinado en Bogotá, cuando salía del periódico El Espectador, su director Guillermo Cano Isaza, quien desde su columna “Libreta de Apuntes” había desplegado una ofensiva periodística contra los carteles de la droga, en especial contra la mafi a orientada por el capo Pablo Escobar Gaviria.

Este último hecho conmocionó a la sociedad y a los medios de comunicación a tal punto que, por primera vez en la historia del país, durante 24 horas, todos los medios se silenciaron. No hubo periódicos ni funcionó la radio, tampoco la televisión emitió su programación. Silencio mediático total. Con estas palabras, El Espectador rindió tributo a su memoria: “Guillermo Cano ejerció la verdadera procuraduría de la opinión contra el narcotráfi co (…) desde su columna dominical Libreta de Apuntes y en numerosos editoriales, invitó a los colombianos a decidir frente al que consideró el delito generador de asesinatos a sangre fría, monstruosas venganzas entre ellos mismos, corrupción de la niñez y de los adultos, defraudaciones fi scales”4. Al realizar los recuentos sobre las razones que llevaron al

narcotráfi co a asesinar a Guillermo Cano, se recordó que fue él la primera persona que divulgó los antecedentes criminales de Pablo Escobar Gaviria, al reproducir una publicación de 1976 en momentos en que el ministro Lara Bonilla hacía sus denuncias en el Congreso en 1983.

Aunque no hubo responsables por el crimen de Guilelrmo Cano a los 3 años se vinculó ofi cialmente al cartel de Medellín.

Así recuerda este episodio el periodista Luis de Castro: “Yo encontré y publiqué la fotografía que dio origen a la guerra del narcotráfi co contra El Espectador. Un año después de la muerte de don Guillermo, el periodista Fabio Castillo, quien también trabajaba con nosotros, escribió en su libro Los Jinetes de la Cocaína que don Guillermo Cano había descubierto esa foto. Yo le cuento la verdad, quien me refrescó la memoria fue un detective del DAS que me llamó al periódico y me dijo que nosotros habíamos publicado una foto de Escobar en los años 70 cuando lo habían detenido por narcotráfi co. Desde que el detective llamó, yo me la pasaba en el archivo buscándola, hasta que empezábamos a olvidarnos de eso cuando apareció. Esa vaina fue el origen del asesinato de Guillermo Cano porque Pablo Escobar le cogió un odio visceral y los criminales del narcotráfi co no se dedicaban a amenazar periodistas, simplemente los quitaban del camino. Los expertos en amenazar eran los delincuentes de cuello blanco sabiendo que eran culpables”5.

La Primera Ofensiva Contra El Narcotráfi co

El asesinato de Guillermo Cano colmó la paciencia de las autoridades que en ese fi nal de 1986 y en los comienzos de 1987 desataron una cacería contra los bienes y secuaces del narcotráfi co. La mayoría de los operativos se concentró en la región del Magdalena Medio y, por primera vez, la Policía allanó el fortín de Escobar, la hacienda Nápoles en Puerto Triunfo (Antioquia), donde el capo tenía un sofi sticado zoológico con jirafas, hipopótamos y las más

En el articulo se muestra la primera foto de Pablo Escobar reseñado por narcotráfi co y que fue del asesinato de Guillermo Cano.

Foto: El Espectador.

El Ejército destruyó la pista en la hacienda Nápoles para evitar que vuelos clandestinos aterrizaran allí. Foto: El Espectador.

exóticas especies. En medio de la ofensiva quedó al descubierto el maridaje que existía entre sectores de la Policía y los mafi osos. La evidencia fue la reprochable actuación del capitán Yesid Parra Vera, quien meses atrás había ordenado a un grupo de subalternos a custodiar a un grupo de mafi osos que asistió en La Dorada al cumpleaños de Gonzalo Rodríguez Gacha, alias ‘El Mejicano’. “Entre los invitados estaban Pablo Emilio Escobar Gaviria, los hermanos Ochoa, los hermanos Correa de Medellín, Carlos Lehder y otros menos conocidos. El hotel fue copado por todos los narcotrafi cantes en los tres días junto con los ejércitos de sicarios que superaban más de 150 hombres6. “La voz solitaria de Guillermo Cano, su batalla de

Quijote y no una campaña sistemática del periódico El Espectador, fue lo que le costó la vida al director del periódico”, sostiene el periodista Enrique Rivas.

Ese enero, como una respuesta al desafío de Los Extraditables y en homenaje a la memoria de Guillermo Cano, los principales periódicos se aliaron para realizar publicaciones colectivas, reproducidas el mismo día en todas la publicaciones comprometidas, y después con las cadenas radiales y los noticieros de televisión para notifi car que la libertad de prensa se iba a sostener por encima de la muerte. “Los medios de comunicación consideran que el país y su gobierno enfrenta una guerra abierta que les han declarado las mafi as del narcotráfi co solas o en contubernio con las guerrillas y demás grupos fuera de la ley. Ante esa guerra los medios de comunicación han tenido un comportamiento valeroso han afrontado una alta cuota de sangre, pero ven con asombro que las acciones de la guerrilla ni la reacción de los altos estamentos de la sociedad corresponden al peligro que está el país al caer bajo el dominio total del narcotráfi co, el atentado contra el ex ministro Parejo que se suma al reciente asesinato del señor Guillermo Cano nos obliga formar un frente unido en todos los diarios, revistas, radio y televisión de esta declaración de guerra en Colombia. Por esas razones hemos acordado montar guardia permanente para exigir al gobierno a los partidos y sociedad colombiana que se unan solidariamente alrededor de acciones efectivas para ganar la guerra a los criminales del narcotráfi co”7

Venganza tras venganza, los narcotrafi cantes pagaban sicarios y el cobro de cuentas se volvió una costumbre. Y lo imitaron los paramilitares que también dejaron que los sicarios ajusticiaran por ellos. Por eso 1987 no fue distinto a los odios desatados de fi nales de 1986. Todas las violencias siguieron desbordadas y murieron demasiados líderes. El candidato presidencial de la Unión Patriótica Jaime Pardo Leal, el presidente del Comité de Derechos

Humanos de Antioquia Héctor Abad Gómez, el congresista Pedro Luis Valencia. Simultáneamente el proceso de paz con las FARC quedó prácticamente liquidado en junio de 1987 luego de un ataque de las FARC a un convoy del ejército en el Caquetá donde perdieron la vida más de 20 soldados. “Donde quiera que las Fuerzas Militares sean atacadas, entenderán que ha sido roto el cese al fuego”, fue el argumento del presidente Barco para dejar intacta la opción de la guerra. Desde Estados Unidos el presidente Ronald Reagan sostenía que los narcotrafi cantes merecían morir8. A pesar de la implacable lucha del

Estado contra el narcotráfi co, este había cogido mucha ventaja y sólo se oían noticias de extradiciones. La reina de la coca Marlen Navarro y Berta Páez, condenadas en Estados Unidos por lavado de dólares. En cambio, Gilberto Rodríguez Orejuela contó con la suerte de que no lo extraditaran a Estados Unidos después de llegar preso desde España porque el

gobierno no lo autorizó. Semanas después un juez lo absolvió de los cargos de narcotráfi co.

El año 1988 fue aún más difícil. Apenas en enero fue secuestrado y asesinado en Medellín el procurador general de la Nación Carlos Mauro Hoyos. Ese mismo día fue liberado el candidato a la alcaldía de Bogotá y con los años presidente de Colombia Andrés Pastrana Arango. El procurador salió herido durante su secuestro y fue rematado después de la orden del capo Escobar Gaviria, cuando se enteró de la liberación de Pastrana.

De las primeras capturas en el narcotráfi co que se dio fue la Reina de Cocaina condenada por lavado de dólares.

Foto: El Espectador.

Las cenizas del edifi cio Mónaco luego de que el cartel de Cali ordenara su destrucción en la guerra de carteles. Foto: El Espectador.

Escobar Gaviria emprendía su cruzada terrorista del secuestro como arma de guerra para detener las redadas del gobierno y combatir la extradición. Días antes del asesinato del procurador Hoyos, el cartel de Cali dinamitó el edifi cio Mónaco en Envigado donde residía la familia de Escobar Gaviria, con un carro bomba que dejó un vigilante muerto y dos personas heridas. Minutos antes de que llegaran las autoridades el capo del cartel de Medellín salió ileso junto a su esposa y dos hijos. Otra guerra, esta vez entre los mismos narcos, con la misma estrategia de terroristas y sicarios. También ese año el paramilitarismo emprendió una secuencia de masacres de campesinos en Córdoba y Urabá que sacaron de su anonimato a otro mercenario del paramilitarismo: Fidel Castaño y sus hermanos Carlos y Vicente. La violencia había llegado a niveles incomprensibles, pero faltaba lo peor. El Límite Del Horror

1989 fue un año doloroso donde la secuencia de horrores se desbordó del todo. Guerrilla, paramilitarismo y narcotráfi co dejaron un saldo doloroso de colombianos muertos en una guerra sin tregua. Y Colombia conoció el rostro del narco terrorismo, la expresión más cruel de violencia indiscriminada y cobarde. En enero se conmovió al país y conoció el verdadero rostro del paramilitarismo, cuando una comisión judicial llegó al Magdalena Medio a investigar la desaparición de 37 comerciantes y otros cuantos crímenes de los grupos paramilitares y fue masacrada en el sitio conocido como La Rochela. El 5 de marzo fue asesinado en el aeropuerto El Dorado el dirigente de la Unión Patriótica José Antequera y salió gravemente herido el precandidato liberal Ernesto Samper el 5 de marzo de 1989. En uno de sus editoriales, el periódico El Espectador dimensionó el ambiente nacional: “la secuela de unos hechos que han venido estremeciendo al país que de tanta insistencia han terminado por volver al país insensible no fue un acontecimiento aislado sino una presión política cuyos orígenes tienen tanto que ver con las injusticias sociales acumuladas a lo largo de la historia como la ineptitud de los partidos políticos para solucionar los problemas nacionales, la adulteración del sistema democrático y con la desmoralización pública y privada, la infl uencia corruptora del narcotráfi co y del extremismo de izquierda y derecha.”9

La cremación del general Valdemar Franklin, aguerrido enemigo de los carteles de la droga que lo asesinaron. Foto: El Espectador

Después fue Antonio Roldán Betancur, el gobernador de Antioquia, asesinado en junio de 1989 en un atentado terrorista en Medellín que fue ordenado por los carteles de la droga. El 16 de agosto cayó también asesinado por el narcotráfi co, el magistrado Carlos Valencia García que se había atrevido a ordenar el juzgamiento de Escobar Gaviria y sus lugartenientes por el asesinato del periodista Guillermo Cano. El 18 de agosto en la mañana, en Medellín, los mismos desatados criminales dieron muerte al comandante de la Policía Antioquia, coronel Valdemar Franklin Quintero, y ese mismo día en la noche, en la plaza central de Soacha, fue asesinado el virtual presidente de Colombia Luis Carlos Galán Sarmiento. Era cuestión de que pasaran los días para que fuera elegido, pero los narcotrafi cantes no lo dejaron llegar a las elecciones. Ya había fracasado un primer intento de asesinarlo el 6 de agosto en Medellín, pero “la Policía logró frustrarlo”.10 El

trágico desenlace se cumplió 13 días después en plaza pública y así repudió el periódico El Espectador la muerte de Galán: “Desde 1983, el desaparecido candidato Luís Carlos Galán Sarmiento, asesinado anoche en el municipio de Soacha, había denunciado que el narcotráfi co quiere destruirnos”11. La investigación judicial por el magnicidio resultó tan

aplastante como el asesinato de un dirigente político que muchos consideraron una esperanza. El periodista Enrique Rivas lo recuerda: “un espectáculo grotesco fue el que montó el comandante del F-2 de inteligencia policial, coronel Oscar Peláez Carmona, cuando acusó a un grupo de individuos encabezados por el comerciante Jubiz Hazbum que pagaron cinco años de cárcel por un crimen que no cometieron”12. ¿Se desvió la investigación?

¿Fueron solamente chivos expiatorios? Después se supo que asesinos al servicio de Gonzalo Rodríguez Gacha, pero de la misma cuerda de sicarios del Magdalena Medio con que Pablo Escobar y los demás narcotrafi cantes ajusticiaban a sus víctimas, fueron los asesinos de Luis Carlos Galán. Un asesinato que obligó al gobierno a reaccionar con la extradición sin atenuantes, sin necesidad de normas jurídicas, y que Los Extraditables respondieron con terrorismo. Así lo rememora el periodista Enrique Rivas: “el periodismo

En su gira por la presidencia Luis Carlos Ga- lán asistió a la cita con la muerte en Soacha. Escobar ya había ordenado su muerte.

judicial cambió del todo. Empezamos a cubrir magnicidios. Cada caso parecía peor que el anterior. Todos estábamos amenazados, pero particularmente El Espectador resistía con valor porque hasta el periódico cuando llegaba a las ofi cinas de Medellín era quemado.”13