4. PILE LOAD TEST PROGRAM METHODS 40
4.3. SUPPORTING INSTRUMENTATION 42
hoy como una reliquia del pasado y endémica se remonta a los tiempos prehistóricos. Un ejemplo de ello es la presencia del pino silvestre en la Península Ibérica que, según un
estudio científico, puede afirmarse que esas poblaciones representan relictos del Terciario que han sobrevivido aisladas durante todas las glaciaciones en elevadas altitudes (Sinclair et al., 1999). Además, el aislamiento de esta especie en diferentes montañas ha dado origen a varias subespecies endémicas, entre otras, cabe citar el Pinus sylvestris var
ibérica o Pinus sylvestris nevadensis. La diferencia de la carga genética tan dispar hacer pensar que se trata de refugios pleistocénicos (Arroyo et al., 2008).
Pero, no son las únicas especies cuyos orígenes pueden rastrearse hasta épocas prehistóricas, pues, las masas boscosas compuestas por Prunus lusitanica son una reliquia de la época del Terciario, de los bosques del tipo laurisilva (Blanco et al., 2005). El mismo bosque de laurisilva también guarda en su interior la calificación de relicto (Ferreras y Arozena, 1987). La razón de que en el Sistema Central se puedan encontrar hayedos en la actualidad se debe a que el clima que hizo posible su nacimiento se mantiene inalterado. Hablándose, por tanto, de un «clima fósil», fresco y húmedo como el que existió en la mitad de la península en tiempos pasados (Herrero, 2008).
Hay varios tipos de robles que son ejemplares exclusivos del solar hispano en el que desarrollan sus funciones vitales. Pueden citarse el Quercus robur subsp.
estremadurensis (O. schwarz) y el Quercus petraea subsp. mas (Thore) del grupo
petraea. El cortejo florístico que acompaña a estos robles pubescentes está caracterizado por estar dominado, principalmente, por elementos eurosiberianos (Blanco et al., 2005).
Con anterioridad se ha señalado que la característica de la endemicidad venía determinada porque las plantas tenían una distribución geográfica muy restringida o, también, pudiera darse el caso de existir una población de árboles en un lugar que, en teoría, no es el idóneo. Una muestra de esta última afirmación es el bosque de abedules que se puede encontrar en la Sierra de Riofrío, en Ciudad Real. Es extraño encontrar una masa de abedules a tan sólo 640 m (Blanco et al., 2005). También tienen la condición de relictos los abedules que, formando un ecosistema, pueden encontrarse en las estribaciones del río Durcal en Sierra Nevada (Martínez et al., 1990). Admitiendo el gran valor que tienen las plantas endémicas como muestra de biodiversidad y como testimonio de la vitalidad del paisaje, no se comprende como la Administración pública devastó una población de tejos (en Canarias) para sustituirlos por cemento (Saa, 2007).
Asimismo, desplazado de su normal lugar de evolución, está el bosque de alisos, en una llanura que es posible observar en Castellar de la Frontera, en el tramo del río Guadarranque que por su amplitud ocupa todo el fondo del valle. Es excepcional por encontrarse donde está y, porque ha dado muestras de una adaptación a los cambios sobrevenidos como la construcción de una línea férrea (Ferreras y Arozena, 1987).
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Los bosques de acebuches que pueden hallarse en la cornisa Cantábrica también reciben el calificativo de relictos. Es una comunidad vegetal con carácter de permanencia y que crece al abrigo de los encinares cantábricos más termófilos (Bueno y Fernández 1991). Los bosques mixtos ibéricos también forman poblaciones únicas y excepcionales en su valor y es posible hallar más ejemplares que adquieren tal calificación como son los encinares que se encuentran en Cantabria (Blanco et al., 2005).
Fotografías 17 y 18. Fuente: El Bosque Protector.
Aquí se muestra una perspectiva de la Sierra de los Filabres. Por su ubicación geográfica se le ha llegado a denominar a este ecosistema como el «bosque frontera».
Dentro de los abundantes bosques de pinos que son posible observar en el solar hispano, como muestra del carácter endémico podría señalarse que los orígenes del pino canario se remontan hasta el Terciario. Quizá, fue una de las primeras plantas que se posesionó del Archipiélago Canario. Más de la mitad de todos los árboles que crecen en dichas islas pertenecen a esta especie endémica de Canarias (Sánchez-Pinto, 2008).
Es posible hallar en Canarias endemismos como el tajinaste rojo –capaz de alcanzar los tres metros de altura-, el rosarillo, el perejil de cumbre o la hierba pajonera (García, 2009 b). La denominación de relicto también se dará al pino negro (Pinus nigra Arn. Ssp salzmannii) que se puede encontrar en la Sierra de los Filabres (Alejano y Martínez, 2006). Asimismo, en esta Sierra después de la sobreexplotación llevada a cabo por el hombre hay algunos ejemplares que han quedado indicando qué especie poblaba esos paisajes. Por ejemplo, en Bacares, sólo permanecen cincuenta ejemplares centenarios. No sólo el bosque es testigo de la riqueza florística, el sotobosque de la Sierra de los Filabres alberga muchos endemismos ibéricos que caracterizan este ecosistema y que son propios, también, de las sierras béticas (García, 2009 g).
La rareza, característica de las especies endémicas, se vuelve en su contra cuando la carga genética que les ha hecho evolucionar se agota. Es el caso del bosque de tejos que puede contemplarse en Sierra Nevada. Las posibilidades de que haya una sucesión normal son problemáticas, por tanto, la desaparición de este bosque está más cerca (Hernández et al., 1999).
Los testimonios de la singularidad de la flora española son innumerables y prueba de ello son los descubrimientos recientes de nuevas especies o subespecies que integran los ecosistemas españoles. Se puede citar, entre otros, un helecho tropical muy primitivo (Psilotum nudum) en la Sierra de Algeciras. Esta nueva especie fue descubierta en 1965 por la botánica inglesa Betty Molesworth. En 1967, se descubrió en Mallorca la náufraga de Mallorca (Naufraga balearica) con la particularidad de que esta especie también fue hallada en Córcega. Más ejemplos que pueden exponerse es el del brezo del Andévalo (Erica andevalensis) que es propia de esta localidad onubense. No sólo existen ejemplos de flora recién descubierta. También, se han descrito recientemente especies nuevas de árboles tales como manzanos, avellanos, nogales y palmeras (Blanco, 2002).
En Almería, es posible hallar especies endémicas que caracterizan la biodiversidad de tales montes. Así en la serie termomediterránea bético-algarviense y tingitana seco-subhúmeda basófila de la encina es posible encontrar especies únicas como
Salvia candelabrum, Sideritis foetens o Thymus baeticus. Asimismo, en Almería es posible encontrar más especies endémicas en la zona clasificada como una serie oromediterránea nevadense silicícola del enebro rastrero es posible descubrir especies como Sideritis glacialis (Simón et al., 2005). Así pues, será posible recorrer esta región de España y registrar más especies que se caracterizan por tener su ecosistema en esta localización y que dotan a este espacio de una biodiversidad singular. En este sentido, con estos testimonios es posible percibir la pujante riqueza genética que ha de ser conservada y, en su caso, expandida.
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