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5 Analysis of Symbolic Traces

Definition 5. 13 A statement in a program is said to be redundant if its sole purpose is to define the value of a data structure and this particular value is not used anywhere

5.6 SUPPORTING SOFTWARE TOOL

Nadie encuentra lo que busca si lo que busca lo asusta

si le asusta lo que busca.

La mirada contra el suelo la muerte en la punta del arma la punta del arma en el pelo le abre al alma una negra alba.

Nadie encuentra lo que busca si lo que busca lo asusta nadie encuentra su guajira si su guajira lo busca.

-Frente a vos siempre he sentido como una distancia y un asquito, y unos deseos de vomitar, frente a vos. ¿Sabes? Pero tomémonos un trago allí en el “Baliska” y escondé esa pistola en el mostrador por ahí derecho.

-Y vos cuándo vas a esconder la moto?

-Después de haberme empujado el primer aguardiente y de echarle al “Cómo fue” del Benny. No sé decirte cómo fue pero seguramente que yo, hermano, me puse a hablar más de la cuenta, a contar lejos del canto.

-¿Te acordás como cayó ese man cuando le dí?

-No hablés tanto de eso, Esquinel-, le dije a mi hermano menor mirando la moto. Roja. De poco cilindraje porque en este negocio no se necesita un caballo con poder sino con... usté sabe: una moto maniobrable y escurridiza entre el tráfico de esta ciudad que por algo llaman Metrallín.

-Yo manejo esa moto, hermano. Y no le digo hermano en un tono camajo sino en el familiar ruiseñor que es el que nos une como hermanos legítimos que somos desde el balcón de la vieja

casa en Sopetrán y entre zapotes. Amarillos los zapotes. Y usté sabe hermano que yo manejo esa motorcita mejor que cualquiera y no hable tanta bobada.

-¿Y por qué no la guarda, pues? ¿Y cómo así de que yo no hable tánto, dice?

-“Acórdate como cayó cuándo le dí en la chonta con la Magnum. Tu moto ahí, Luis, runruniando mientras me esperabas.

-Dále sobre seguro, me dijo alguien cuando oprimí el gatillo antes de verlo caer como un perforado y rígido cadáver que desde hacia rato estuviera rindiendo cuentas allá arriba.

-Y él recibió el primer impacto en el cerebro porque ahí pego yo: en el merebro, en la mera pepa...

-Por eso estás hablando demasiado aquí en el Baliska.

-¿Sí?

-Sí. Y para acabar de ajustar, cometiste el error de dispararle a esa pinta desde muy lejos”.

-No me gusta que me remedés, hombre; no me gusta. Ni me gusta la vocesita que utilizás pa’remedarme, oíste?

-¿Y qué? Yo no soy como vos. Yo ya escondí mi pistola y estoy limpio. En cambio con esa moto aquí parqueado. Estás cargando con el delicioso y no te has dado cuenta.

-Pero es tu lengua la que sigue metiendo las patas. No me gusta que uno y otra vez estés diciendo cómo fue, no sé decirte cómo fue, entendés? Estás hablando del Benny y no de vos: de su voz. Y voz sos vos aquí cantándole a todo el mundo como fue que le dimos a ese man cuando debemos ser unas tumbas. ¿Qué qué? ¿Qué cómo? No sabemos nada. ¡Nada de nada!

-Bueno ya. Nadie tiene por qué saber quién manejaba la moto o cual de los dos jinetes del rojo caballo de 180 cilindros, un fogoso alacrán disparando ráfagas de Ingram, de Magnum, de M-16 entre los autos, disparó el arma que fuera, nadie. Porque lo único cierto de todo es que seguís hablando pendejadas nos hundís a todos y yo no quiero tocar fondo porque a vos los años te hubieran dado por ese lado. Pero voy al teléfono un momento, hermano... “a llamar a Mi Don a ver cómo hacemos pa’tapale la boca antes de que nos hundamos todos, entiende?!.

-Qué hubo pues, qué tal? Cómo les ha ido mientras resuenan las manos en el saludo de esquina. Restallan las palmas en un saludo que recuerda las mil y una noches hechas pateando un deshecho clavelito pero sin dejarlo caer y ese olor a frisoles y a carne sudada, a posta con yucas amarillas, a sazón y a colegialas en sazón, a baldoncito repicando sobre la grama como un pequeño planeta de cuero partido en cascos, bajo el sol que se movía más despacio haciendo más largos los días de los 15 años.

-Y eso mismo es lo que estamos haciendo ahora aquí, en el Baliska. Somos los mismos, mirá. Un poco más creciditos. Grandes. Grandotes. Armados. Invictos. Felices. Como muchos de los amigos que con nosotros patearon miles de veces pero con suavidad un clavelito en esta esquina y hoy están ya muy serios y hechos una criba bajo tierra, con una tibia cebolla plantada en el ombligo. Una cebolla que mañana freiremos los vivos para darle gusto a los huevos pericos con perico y más perico todavía, ese primer derivado del café: el café con leche. Los mismos pero menos y en las mismas, eso somos. Los mismos, los que quedamos vivos estamos bebiendo veinte años después en la misma esquina del clavelito como si nada. ¡Mentiras! Ahora no estaban en la acera de enfrente sino dentro del Baliska. Ahora no tenían, dijeron sus muertos amigos, clavelito, no colegialas, ni posta con yucas sino unas pesadas cadenas de oro al cuello y unas pistolas y unas metras acuarteladas bajo el sobaco. Y aquí están ellos que sólo atinan a preguntar ¿Cuándo nos vamos y pa’donde? Y yo, en la sabrosura que me produce la risita de haber matado con ventaja, sigo diciéndoles como lo ví caer contra el antejardín, sacudiéndose, y eso que el primero se lo pegué como a veinte metros. Y me le tuve que arrimar pero mientras me le acercaba seguía disparándole y a cada impacto el tipo estaba cada vez más lejos de mí. Hasta que dejé de darle con esa medio

bobadita que hace rato hice guardar en el cajón del Baliska pa’poder tomarme mis aguardienticos tranquilo. Pero el tiro de gracia no se lo dí con la Magnum de 9 milímetros sino con una Brownning calibre 22, pequeña, porque me le tuve que acercar demasiado. Estaba caído contra ese antejardín con flores amarillas y otras muy blancas y muy olorosas y llenas de moscas. Creo que lo que me tiene hablando, muchachos, es que tuve que pegarle como ocho balazos. Estaba muy lejos cuando le disparé el primer tito. Pero ustedes saben cómo soy yo cuando lo hago de cerca. Como con la mano. La coloco como una pelota de Jairo Arboleda.

-Déjate de echar tanta cháchara y vámonos de rumba a comer arepa de La Negra.

-Vamos.

-Pero nos vamos en mi carro.

-Oiste loco: aquí entre nos y mientras dure el viaje, podéis hablar duro y decir todo lo que dé la perra gana. Por algo estás entre amigos, hombre loco, loquito, locuaz.

-Claro. Estamos de aguardiente y arepa de chócolo.

-A mí me trae lo mismo, Nerita, y unas empanadas.

-Entonces por quién brindamos pues, ¿por vos o qué?

-Por mí? ¿Y me lo dicen con esa frescura, como si nada, eh? Claro. Saben, pienso, que mi pistola está bien fría pagando escondidijos en el Baliska. Allá está buena. Es como tener mamá pero como te dije. Y estos manes que andan todos mancados. Pero es imposible que mi hermano me vaya a dejar sin entucar, sin sacar la cara por mí. Pero ahora caigo en cuenta de que el hombre también anda desarmado. No le gusta montarse en la pistola o en la metra cuando le toca la moto. Dice que el peso de la Magnum, le hace perder el equilibrio, la movilidad, los reflejos. En cambio la mía:como me haces falta, mi Magnum. Sin vos me siento desnudo. Me hace falta tu cuerpo frío

bajo el sobaco, tibio bajo la pretina, caliente cuando salís tronando. ¡Machihembra? Ese poder que tenés pa’tumbar un tipo. De cerca. De lejos. Ese grito como de karateca que pegás, púm! Eso es profesionalismo, conocimiento, eficacia. Y ahora me vienes dizque a morder aquí, como si no me conocieras, como si nunca nos hubiéramos visto en las buenas y en las malas.

-Lo mismo y un chucito.

-Si vieran. Yo ya había visto al hombre. Desde cuando Mi Don me entregó la foto y me dijo más o menos por dónde se movía, cómo se vestía, qué clase de carro tenía, el hombre ese estaba más frío que ni pa’qué. Fue hace dos meses. Ni la moto de mi hermano necesité. Le asenté la pistola por detrás en la chonta, apreté el gatillo y el resto parecía una pizza, muchachos; un vómito, les digo. Eso es lo que yo llamo profesionalismo, frialdad, efectividad.

--Al paso que va los va a contar todos.

-Cállate que nos estás dañando el chucito y los guaros. Y para acabar de ajustar, nos los dañas hablando de un hombre al que vos mismo sabés que Mi Don te mandó a darle por boquiancho.

-Claro que yo sabía que el hombre era un sapo.

-Tu hermano está hablando demasiado. Está tan loquito que si sigue así le quito de ahí. Dijeron de mí.

-Claro. Yo también estoy sintiendo esa pistola de nueve milímetros apoyando su bocota contra mi nuca. Ahí donde la cabeza hace su siesta: en la silla turca. También siento el percutor. Su click. Y, por último, no quiero sentir la peor de las volteretas; una enorme bala que no solamente destrozaría mi silla turca sino todos los muebles de la sala, los noventa y pico de escaparates y otras cuarenta y una sillas turcas que desde hace poco les estoy guardando en casa a Alí Babá y los Cuarenta Ladrones.

-Nos soplamos otros cositos... ¿Sí o no?

-Claro. Y metámonos un periquito, y tomémonos otro trago, que mañana lo pagamos, si se enoja Don Joaquín, lo agarramos del tomín, y tomémonos otros tragos, y fumémonos un Lucky, y casquémosle al otro varillo porque mientras más cosas hagamos es mucho mejor.

-La noche es larga todavía. Tenemos tiempo para hacer de todo: Hasta de lo que sobre. Pásame el ají.

-Sabrosa esta carne.

-Estaban muy calladitos. Casi no dicen ni una palabra.

-Ni las siete palabras, ni la última palabra. Pero esta vaina si parece la última cena. Y todos levantamos la mirada desde la carne destasada de cada uno o de la del otro y por supuesto que con ensalada y todo, con el chimichurri. Más tarde más vicio. Que no falte el vicio. Sí: El vicio es el ocio del lumpen ¿dijiste Esquinel?

-Yo no he dicho nada. Pero si me quieren oír creo que aquí se crea, se chulea, se menea. Todo eso está aquí, embambao sobre el corazón del glorioso DIM, entre los chorizos de la negra y la grasa de la gorda y en estas pistolas que como serpientes con una nueva piel, pugnan por salir debajo de la pretina para ver quién a puede morder, una y otra vez, déle a la pólvora, los pumpones y los pompones.

-Y eso que ahora no están resollando las Ingram. Y eso que ahora estamos en paz.

-Pero aunque estemos en paz nadie ha sacado nunca la cara por un boquiancho, ni en la paz ni en la guerra. Por eso nada pasa aquí entre nosotros, hermano. Aquí estamos sabroso, y sigamos

comiendo choricitos aunque sea para no seguir hablando demasiado y péguele al guaro que nos tapa la boca y acalla el tronar de las Ingrams.

-Claro. Eso antes de sacarlas. Porque cuando uno saca esas hijuemamas ya no hay barranco que ataje la guerra. ¿Se acuerdan de Juangui, de Ignacio, de Ernesto y del échele candela al baile ese que duró como seis meses?

-Pero pasábamos muy bueno en el cuartel general, entre combate y combate, juá, juá.

-¿En Robledo? Sí, como no, hombre. Lo duro era salir.

-Yo sí me daba mis vueltecitas en la moto tirando frescura.

-Pues porque usté me llevaba a mí de parrillero con una Ingram, hermano.

-¿Y nosotros qué, ah? Te acordás de los Toyota. Te acordás de la batalla de los Toyota en plena carretera de Santa Elena. Esas curvas. Esos candeleos subiendo y bajando, esas esperas como tanquecitos entre los recodos y en las carreteritas laterales. Y todo el mundo con su Toyota y su Ingram. Oigan a este.

-No teníamos tranquilidad.

-¿Y cómo íbamos a tener si estábamos en guerra? Esa vaina de estar siempre embalado y armado hasta los dientes, sin comer, sin dormir, sin bañarse, siempre pendiente del tiroteo, escondiéndose, saliendo a tender emboscadas que muchas veces se convertían en una trampa.

-Cómo cuando mataron a Omar, y al Gordo Tejada ¿Se acuerdan?

-No había dones entonces. Todos eran Dones. Por eso hoy, después de esa guerra, quedan muy pocos Dones y las cosas están tranquilas. Porque mientras más pocos y más poderosos Dones tengamos, menos guerras tendremos. Es mucho más fácil entenderse entre pocos. Con mayor razón ahora cuando en el negocio tenemos desde oficiales del ejército hasta jefes de estado. Lo único que alcanzo a ver como obstáculo real para nosotros es el gobierno gringo: Estos cuatro pelagatos de Envigado y del Barrio Antioquia y de Manrique les estamos abriendo un hueco enorme en su sociedad y en su economía. Y como son tan envidiosos del bien ajeno, están que rechinan porque ellos no controlan el negocio sin nosotros. Claro que yo no los culpo porque a todo el mundo les gusta la plata.

-Pero el problema es que ahora y aquí, hay una cantidad de pelaos que van palo arriba. Sóngoro cosongo se han ido trepando al carubito, tienen billete y no es difícil que por culpa de ellos estalle otra guerra. Muchos hasta son protegidos de Dones muy grandes y poderosos. A lo mejor tendremos que enfrentar muchas otras guerras peores. Unas guerraitas: Muchachos peleándose por un barrio, por una cuadra, por un jíbaro de esquina. Imagínese: desatar una guerra de Ingrams por un jíbaro.

-Eso es antes de esgrimirlas, repito. Nosotros ya no somos unos muchachitos. Sabemos que cuando uno esgrime la Ingram es pa’ganar la guerra y los otros también. Eso es lo duro.

-Por supuesto. Eso lo sabemos todos mientras comemos y pagamos.

-O mientras nos convertimos en cebollas.

-¿Por qué me mirás a mí cuando decís cebolla, ah?

-No has entendido lo que dijo Julio? Parece que no supieras que Julio es el único de nosotros que va a llegar lejos, arriba, muy alto, porque ha sido el único inteligente de la barra desde que estábamos chiquiticos, el Julio, con sus camisas de seda color salmón y sus corbatas también de seda pero rojas o viceversa.

-¡Vámonos! Digo y mientras pienso en Julio, voy entendiendo poco a poco esa cosa de aceite que siempre ha tenido: si intentas agarrarlo cuando está caliente, te achicharra la mano. Así es Julio. Un jefe. Un jefe típico. Haga esto. Váya usté por aquello. Mate a fulano o al perencejo del paraguas pero rapidito y no me venga a decir que fracasó o que no pudo completar el trabajo. Este negocio es el mejor del mundo pero también es el más peligroso. Por eso: chitón en boca. En boca cerrada no entran las balas, ya sabe. Y el pendejo de mi hermano no ha podido entender lo que está pasando y hasta yo estoy bailando en la cuerda floja por culpa suya. Y el problema es que yo sé que a Julio le gusta botarlos en plena boca del túnel y quedan como si entraran o salieran.

-Pará antes del túnel yo pego una meadita, dice Julio.

-El antioqueño no mea sólo, hermano. Bájese usted también que es mi hermano legítimo, hijos del mismo padre y de la misma madre allá en Sopetrán y entre zapotes.

-Oí la canción que está sonando, hermano, mientras orinamos. Las luces del auto golpean contra la espalda de Julio-. Julio termina. Julio se da vuelta y con sus ojos y su boca me dan una orden tan macabra que me petrifica la meada y siento que los orines me suben gaznate arriba como una gárgara mientras miro a mi hermano. Mi hermano no ha visto a Julio. Mi hermano tiene los ojos puestos contra el talud. Elevao. No dice ni una palabra. Porque desde no sabíamos donde, Benny Moré venía cantando “¿Cómo fue?” Y su voz rodaba entre el túnel para entregarnos la mejor versión de su mejor canción, otro Benny Moré, desconocido y más hermoso. Mi hermano seguía inmóvil, embelesado en el corte del talud, una empinada pared de cascajo y fango. Julio me repitió la señal y yo fui tras él en silencio. Estaba amaneciendo y apenas quedaba un cachito de luna muy alto y no como la luna de Manhattan, hermano, que parece asomándose como si los rascacielos fueran una ventana. Pensé que sería muy bueno darle ese cachito de luna a mi hermano mientras Julio me entregaba la Magnum grande y pesada. Los cachitos de luna destellaban contra su acero pavonado cuando me le acerqué a mi hermano por la espalda y me dí cuenta de que seguía lo mismo de ido. Había terminado de orinar hacía rato y todavía seguía sosteniendo el pipí entre las manos.

-Por qué me has hecho esperar tanto? Eso no se le hace a nadie, hermano, no sea hijueputa. Esperar es lo peor que puede haber en la vida.

-Perdoná, hermano.

-Perdoná qué. Hombe? Si desde que empezamos a comer chuzos yo ya la veía venir. Metí las patas y qué: Esa es la ley.

-Te lo voy a poner en la sien y perdoná si cierro los ojos.

-En la sien no me la vaya a poner, hermano. Yo soy un profesional. Pongámela aquí detrás, en el cerebro: desde la silla turca y hacia arriba, contra la pineal.

-Qué qué? ¿Contra qué?-, pregunté. Pero puse la Magnum ahí donde mi hermano me dijo y cerré los ojos.

EL PROFESOR

(Monólogo escrito para mi amigo Rubén Darío Trejos, actor y profesor en ”El Bar de la Calle Luna”).

(NOCHE TEMPRANO. AL CALOR DE LAS PRIMERAS COPAS EL PROFESOR, UN HOM- BRE Y UNA MUJER, COMPARTEN EN EL

BAR.)

EL PROFESOR: Están equivocados. Ambos están equivocados. Y se los digo porque para mí es imposible penetrar al interior de nuestra problemática, a partir de un lenguaje estereotipado y pordebajeador que me habla de mi mismo dizque desde un marco teórico. Por eso es que este país está como está, porque el análisis es ajeno y prestado y las palabras que utilizamos son una jerga yerta impuesta por el amo. ¡Ilusos! Sigan flotando en la nube de la superestructura y no aterricen... Dénse cuenta de que desde la misma introducción tan ladina y servil que le hicieron al problema, empezaron por desconocer que las contradicciones y las guerras de nuestros opresores, y entiendan que a nosotros nos queda muy difícil afeitarnos en un espejo prestado.

Pero si estuviéramos un poco más de acuerdo con nosotros mismos, si acaso nosotros no fuéramos el invento que dicen que somos, de estraperlo podría servirnos como botón de muestra esta perla: Miren en lo que ha venido a parar el hasta hace poco infalible estructuralismo, por ejemplo: Altahusser le rompió el pescuezo a su mujer, ¡desnucó a su mujer! El mismísimo padre del estructuralismo, le volvió chicuca la estructura ósea a su mujer. ¡Eso si es una ideología de carne y