Chapter 4: Balancing liberty and security?
4.3.1.2 Suppression of documents
El uso de explicaciones de lo político signado (o limitado) a cualquier acción simbólica, implica un vendaje frente a la referencia “amplia” de lo que contiene el conflicto. Los recursos simbólicos reseñan la disputa, pero poco se sabe si en realidad se vuelven acicate para la incorporación de los individuos — motivados por un posicionamiento— a lo político.
Ya sea que se considere que, en efecto, las referencias políticas en el discurso parten de una consigna que desdibuja otras orientaciones del individuo, o bien, que sólo son espacios designados para encauzar las enunciaciones legítimas (normadas); lo político contiene las condiciones de suma hacia qué y cómo un individuo se emplaza en la realidad. Sin embargo, el “vaciamiento” del individuo supone que incluso cuando éste
sean más que las características que el otro te da, con lo que tú solo estas afirmando como idea propia la idea que el otro tiene de ti”. Barboza, Darío, Óp. Cit., p. 316.
186 “Cualquier realización de un ‘rol’ concreto se refiere al sentido objetivo de la institución y, por ende, a las otras realizaciones de ‘roles’ que la complementan, y al sentido de la institución en su conjunto. El problema de integrar las diversas representaciones implícitas en ello se resuelve primeramente en el plano de la legitimación, pero puede tratarse según determinados ‘roles’. Aunque todos los ‘roles’ representan el orden institucional en el sentido antes mencionado, algunos lo representan simbólicamente en su totalidad más que otros. Dichos ‘roles’ tienen gran importancia estratégica en una sociedad, ya que representan no solo tal o cual institución, sino la integración de todas en un mundo significativo. Estos ‘roles’, por supuesto, contribuyen ipso fado a mantener dicha integración en la conciencia y en el comportamiento de los integrantes de la sociedad vale decir, que tienen una relación especial con el aparato legitimador de ésta. Algunos ‘roles’ no tienen más función que esta representación simbólica del orden institucional como totalidad integrada; otros asumen esta función de vez en cuando, además de las funciones menos elevadas que desempeña rutinariamente” Berger y Luckmann, Óp. Cit., p. 98.
107
especifique una intención a sus posicionamientos y experiencias, estos últimos se efectúen bajo el condicionamiento de las instituciones y al final no se expliquen cómo movimientos de emancipación, sino como normalizaciones de la divergencia.
¿Qué indicación o “esencia” tiene un acto político? Por encontrarse entre los campos de la consciencia y la reproducción; esta dicotomía no exige que exista reproducción consciente, o bien, que a pesar de que una acción “consciente” busque eliminar todo rastro de reproducción en su aparición en lo político, necesariamente lo logre.
Esto se debe a que el acto político no consigue llamarse en solitario. Discursos y prácticas materiales de la experiencia común, mudan en recursos mnemotécnicos del “cómo actuar” de un individuo y el modo en que se distinguen de acuerdo a una intención — y al reacomodo de ésta—, se vuelve trama significativa. “Todo campo social… tiende a conseguir de quienes entran en él que tengan esta relación con el campo que llamo illusio187. Pueden querer trastocar las relaciones de fuerza en ese campo, pero, precisamente por ello, conceden reconocimiento a los envites, no son indiferentes. Querer hacer la revolución en un campo significa admitir lo esencial de lo que está tácitamente exigido por este campo, concretamente que es importante, que lo que en él se juega es suficientemente importante como para que se tengan ganas de hacer la revolución en él”.188
Todo enunciado o acto material, político; se bate entre la consciencia y la reproducción. En un acto político aparece una narrativa de potencia emancipadora; pero esto no le exime de ser encauzado por las delineaciones estructurales en las que se inscribe. Si no
187 Illusio, “es el hecho de meterse dentro, de apostar por los envites de un juego concreto, como consecuencia de la competencia, y que sólo existen para aquellas personas que, cogidas por el juego y estando en disposición de reconocer las apuestas en juego, están dispuestas a morir por unos envites que, inversamente, aparecen como carentes de interés desde el punto de vista del que no está cogido por ese juego, y lo dejan indiferente”. Bourdieu, Pierre, Razones prácticas, Anagrama, Barcelona, 1997, p. 142.
108
se describe en las condiciones que le invierten algún tipo de alineación, lleva a su reificación y elimina su pertinencia.
Frente a un paradigma que infiere que la construcción de un actor político es un reordenamiento de la experiencia posible del mismo acto político, corresponden algunas pautas a discutir. Primero, ¿un acto político material también construye la subjetividad?, ¿automáticamente explica al hombre en la estructura?,189 o al revés, ¿la designación de una identidad, despliega las prácticas como comprobaciones de una subjetividad? La consciencia y la contención de ésta (objetivada), se da por medio del enunciado. Incluso desde el momento que un discurso político dice que se “ha tomado consciencia” de la situación en la que se vive, de las “alineaciones”, de las “reificaciones”; es en el lenguaje donde no únicamente se designa al individuo, se le denomina en medio de categorías que describen el mundo en el que ese sujeto (como subjetividad o potencial sujeto colectivo) ha sido omitido.
En este trabajo se ha puntualizado el papel de la ideología en la formación de motivaciones y procedimientos de dirigirse en el mundo cotidiano; pero en el político tiene un papel aún más reseñado.
Una ideología que se presenta tolerante a la crítica, naturaliza la hegemonía y la reproducción de ésta (sobre todo desde las prácticas). A su vez incorpora espacios de ejecución subordinados al poder que le permiten legitimarse al tolerar manifestaciones como las políticas de identidad. En consecuencia, el individuo y su derecho a la identidad desde su eventual aprehensión y subjetivación, sería deseable que se alejen de un esencialismo político en condiciones ejecutivas de recreación.190
189 “Si bien el habitus tiende a reproducir las condiciones objetivas que lo engendraron, un nuevo contexto, la apertura de posibilidades históricas diferentes, permiten reorganizar las disposiciones adquiridas y producir prácticas transformadoras”. García, Néstor, Óp. Cit., p. 78.
190 Re-crear. Volver a crear condiciones que no existen como tal a través del lenguaje. Esto es útil a la hora de formar identidades desplazadas de la institución; ya que un actor político y sus designaciones de ciudadanía le
109
La ideología accede a que una organización simbólica se llame actor político y construya el relato sobre el cual pretende legitimar sus aspiraciones prácticas en la realidad. Aunque también es barrera para el acto, pues al “normar”191 cómo se adjetiva un individuo tiene a bien clasificar y encauzar la disrupción. 192
Los mecanismos por medio de los cuales se diversifican las funciones estructurales de instituciones y actores, en orden de mantener la “armonía” en un campo, son los aparatos ideológicos.193 Por un lado, a través de ellos se mantiene una represión simbólica que instituye valores, teorías y “formas de vida” que los hace clave en la formación de la identidad e infieren una aparente apertura para la autonomía del sujeto.194 En otras palabras, crean un espacio en el que se distingue un rango entre la consciencia y la reproducción.
¿Por qué volver a la ideología en esta discusión? Porque a su vez ubica uno de los conceptos más recurridos (para apoyarlo o negarlo) en los debates sobre lo social y lo
constriñen a determinadas actitudes. Si llega a salirse de éstas en orden de defender su planteamiento, inmediatamente es normalizado en una distinción semántica (negativa).
191 Se pone en ese sentido normar, porque el papel de la ideología no siempre está asociada a una directiva de oposición frontal, en realidad se supone que debe ser “natural” respetarla.
192 Boltanski y Chiapello, distinguen como los movimientos críticos al capitalismo, tiene una recepción por parte de éste con el fin de normalizarlos, dándoles un lugar en la estructura normalizada e incluirlos en sus propios discursos. Luc Boltanski y Ève Chiapello, “Del espíritu del capitalismo y el papel de la crítica”, El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Madrid, 2002, pp. 33-93.
193 Estos tienen como fin reproducir las condiciones de producción que contienen las fuerzas productivas y las relaciones de producción existentes, dando una limitada apertura al conflicto, Louis, Althusser, Óp. Cit.
194 Los agentes de la incorporación hegemónica se encuentran desde los medios de comunicación hasta las escuelas, a través de ellos se experimenta la adaptación que se constituye a través de los aparatos ideológicos del Estado. Estos hacen asequible un espacio seguro en la disposición de la estructura social de acuerdo a un habitus que coadyuva a la reproducción de la ideología hegemónica. Aunque parecería una mala suma incorporar aparatos ideológicos y habitus en un mismo párrafo, se considera que no son conceptos tan alejados, sino que distinguen un mismo fenómeno. El cómo los individuos significan una potencia creadora que, en la enseñanza de cómo “sería mejor usarla o cultivarla”, tiende a la reproducción de condiciones de dominación. Estas formas de enseñar y ejemplificar la especificad de aprender a ser dominados. Ibíd.
110
político: la falsa consciencia.195 La importancia de este concepto, radica en que compromete la legitimidad de una razón esencial frente al dominio. Mientras este último se da desde muchos frentes e incluso se aleja de sus formas más evidentes (materiales), la falsa consciencia argumenta la franqueza de la incongruencia.
La reproducción social no responde a una dominación ideológica que actúa en solitario, lo hace en suma a otras condiciones de coacción. Por ejemplo, la dominación económica se llega a legitimar por medio de la ideología; ésta evoca lógicas basadas en la meritocracia, o en designaciones semánticas que procuran emplazar los roles.196
En el caso de la violencia simbólica, la dominación se ejerce a través de un sistema simbólico que excede al lenguaje, incluso en la conformación de una identidad. De tal manera que la identidad política — reificada como “proveniente del orden racional” — se construye emulando un consumo simbólico.197 Esta adquisición de sentidos a invertir en un intercambio social que busca transformar ciertas condiciones, no responde a la racionalización, la procuración de sentido, o la congruencia, sino a lareproducción. Esto
195 “La representación más o menos explícita y sistemática que uno se hace del mundo social, de la posición que en él se ocupa y de la que se ‘debería’ ocupar en él; y el discurso político, cuando existe como tal, a menudo no es otra cosa que la expresión más o menos eufemistizada y universalizada —y siempre irreconocible a los propios ojos de los que lo expresan— de esa representación. Esto quiere decir que entre la posición realmente ocupada y las posturas que se toman se interpone una representación de aquélla que, aunque esté determinada por la misma (la condición de que se la defina completamente, es decir, también diacrónicamente), puede estar en desacuerdo con las posturas que dicha posición parece implicar para un observador exterior (esto es lo que a vece se denomina ‘falsa conciencia’).” Bourdieu, Pierre, Óp. Cit., 2012, p. 464.
196 “Las ideologías efectivamente, sobre todo las orgánicas, dan lugar a un estilo de vida, a una ética que es vivencia práctica de los valores ideales que se convierten así en normas y guía para la acción. En este sentido, se trataría de un concepto más cercano al de cultura, aunque esta última sugiere una mayor unidad o bien la presencia de una concepción del mundo que ha logrado imponerse sobre las otras, por lo menos a nivel “nacional”, hasta presentar rasgos unitarios en medio de las diferencias”. Giovanna Giglioli, “Gramsci, teórico de la superestructura”, Revista Filosofía Univ. Costa Rica, número XXXVI, (1996), pp. 237-245. Disponible en: https://kmarx.wordpress.com/2014/04/28/gramsci-teorico-de-la-superestructura/. Consultado el 19 de enero de 2015.
197 El consumo simbólico designa “productos a los que confieres sus diferentes identidades sociales” (Bourdieu, Pierre, Óp. Cit., 2012, p. 99). Bajo esta premisa se supone que los discursos pueden verse en una dinámica similar. ¿Cómo se demuestran los contenidos abstractos de la realidad y cómo se vuelven material a identificar en un plano simbólico?
111
se da dentro de un orden dado para que las identidades —que terminan abonando a fines diferentes de los que se habían planteado — se conviertan en un ejercicio conformista de participación política.198 Como consecuencia proliferan los filántropos discursivos que emergen de las filas de una asociación positiva que les da la apropiación de una lucha política.
La desigualdad en las herramientas dadas por la determinación del habitus, la poca movilidad social en los estratos sociales y económicos y las connivencias que conlleva esta reproducción; describen la manera en que se reproduce y apropia la ideología dominante. También facilita la comprensión coyuntural de una situación, pero se evita la radicalización del planteamiento que pretenda hacer más incesante o estable la participación de los sujetos.199
La instauración de mecanismos para disputar el poder a través de un universo simbólico, por medio del hacer como base y premisa para la actualización de la realidad, admite simulacros de diálogo institucionalizados.200 La tutela en la que el sujeto se remite a la idea de participación se da por medio de la noción de ciudadanía ejercida por medio del voto u otras formas de expresión reguladas.
Toda instauración de lo que se supone que existe en lo político señala que “la identidad” —en ciertos aspectos— es una decisión y los canales de incursión de ésta
198 “Las relaciones de poder y de dependencia ya no se establecen directamente entre personas; se instauran en la objetividad misma, entre instituciones, es decir, entre títulos socialmente garantizados y puestos socialmente definidos” Ibíd., p. 57.
199 Al hablar dela “las posiciones medias del espacio social”, Bourdieu refiere que “la indeterminación y la incertidumbre objetiva de las relaciones entre las prácticas y las posiciones es máxima; y también, en consecuencia, la intensidad de las estrategias simbólicas.” (Bourdieu, Pierre, Óp. Cit., 1987, p. 137). Lo que distingue que en el uso de ejercicios alejados de una radicalidad por lo general responde a una brecha entre las prácticas atribuidas y efectuadas bajo la indeterminación de saberse propias de un habitus.
200 Las propias formas de la democracia participativa se identifican en las descripciones de la violencia simbólica; impuesta a través de la estructura fundamental de los espacios ideológicos hegemónicos. Estos encauzan las posibilidades de participación (en un voto) y su “producción real” se ciñe a unos cuantos sujetos que son considerados agentes identificables para enunciar (“representantes”), el resto no tiene la condición de actor político sino de ciudadano. Ibíd.
112
también lo son. Esta aparente libertad inscribe una doble alineación del individuo: colige que se tienen todas las libertades otorgadas (para ser y actuar), por el precedente político de igualdad, pero omite que esa igualdad no existe más que en la alusión a una abstracción complaciente.
En esta distinción, el proyecto emancipatorio se reformula a través del conocimiento que se tiene sobre la realidad. En ese contexto muchos emplazamientos de denuncia se ven limitados o relajados a proveerse de mecanismos que parten del mismo esquema de discursos y prácticas que buscan transformar. Esta dinámica la distingue de la siguiente manera Pierre Bourdieu: “Toda la lógica de la dominación cultural hace que a menudo pueda coexistir y coexista el más completo reconocimiento de la legitimidad cultural con la protesta más radical de la legitimidad política. Es más, la toma de conciencia política con frecuencia es solidaria de una verdadera empresa de rehabilitación y de restauración de la estima de sí que, pasando por una reafirmación —vivida como libertadora (lo que también es siempre) — de la dignidad cultural, implica una forma de sumisión a los valores dominantes y a algunos de los principios sobre los que la clase dominante funda su dominación, como el reconocimiento de jerarquías…”201
Si bien se distingue que el papel de un discurso guía, ordena o dispone una manera en la que se dan los ejercicios de cambio en lo político y la manera en la que el individuo se describe en ellos; también existe como contraparte el discurso antihegemónico, el cual responde a una reivindicación explicativa del sujeto frente a las condiciones materiales y simbólicas de dominación.
En esta dinámica no se busca decir que el dominado sólo será el dominado (ontología limitante para sus potencialidades subjetivas); pero el llamar a un ejercicio acrítico al respecto, contiene el “grado de engaño” asociado a las capacidades subjetivas socialmente reconocidas. Un individuo puede referirse sobre sí mismo y sobre la realidad
113
de cualquier manera —en la medida de lo que sus capacidades lingüísticas se lo permitan—; ello no quiere decir que para el contexto en el que sea recibido, su discurso tenga un significado que empate con las cualidades, características o suma de capitales que ha enunciado y por tal, que sea reconocido.
La identidad es un medio y fin en sí mismo de la intersubjetividad. No se supone entonces que el individuo se separe del todo al construirla, que la moldee “a su gusto”, que indique de manera autónoma los intereses que le proveerá o de acuerdo a qué contenidos étnicos o suprasubjetivos se movilizará. La presunta diferencia que distingue a los movimientos subalternos202 es que tienen consciencia de la alineación que les encara y se designan con base en ella.
En la diferencia entre consciencia y reproducción, “la identidad puede evidentemente asimilarse a caras distintas de las de la consciencia de clase cuando se manifiestan sentimientos de solidaridad ‘abstracta’, por la que se movilizan los actores que o están directamente involucrados, que no están directamente vinculados en sus identidades inmediatas o en sus intereses. En la mayor parte de los movimientos transpiran ciertas formas de identificación moral, “principios” en los que no trata de integración o exclusión sino de la definición misma de lo que es tolerable y de lo que amenaza la existencia de un sujeto socialmente definido” 203
A continuación, se refieren algunas de estas llamadas políticas de identidad esbozadas en el capítulo anterior. Además, se incorporan ejemplos de movimientos reivindicativos
202 Por una parte debe quedar claro que los movimientos subalternos se parte de una subjetividad que se distingue siendo subordinado en un “contexto capitalista”. Lo subalternos son los “disgregado y discontinuo, siempre sujetos a la iniciativa de los grupos que gobiernan, incluso cuando se rebelan y sublevan” (Biagini, Hugo y Andrés, Arturo, (directores) Diccionario del pensamiento alternativo, Editorial Biblos/UNLa, 2008, disponible en: http://www.cecies.org/proyecto.asp?id=47, consultado el 6 de septiembre de 2015). Por un lado “las clases subalternas sufren siempre la iniciativa de la clase dominante, aun cuando se rebelan”, sin embargo consolidan “rasgos de autonomía”; de tal modo que “la subalternidad se construye por ende tratando de entender tanto una subjetividad determinada como su potencial transformación por medio de la conciencia y la acción política” Modonesi, Massimo, Óp. Cit., p. 5.
114
(no necesariamente antonomásticos de lo que se describe en este trabajo) que se vierten entre ser movimientos sociales y aspiran o se convierten movimientos políticos por medio de recursos como la reivindicación.204
En este punto se hace un freno en orden de evitar malinterpretaciones. Este trabajo no tiene por fin denostar cualquier movilización reivindicativa; sino describir el camino de las apropiaciones identitarias que hace un individuo a la luz de expresiones de lo político; las cuales no requieren otro empeño por parte de el sujeto, que la palabra alojada en una