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Table 1: Which Patients Are at High Risk for ICP Elevation?

De las cuatro claves socio-narrativas del sueño americano tratadas hasta el momento se desprende un sentido de misión y una visión providencialista, rasgos de identidad que han acompañado la historia del país desde sus orígenes. Ambos aspectos ya aparecen en la conciencia e identidad de los habitantes de las trece colonias, en especial en las comunidades puritanas de Nueva Inglaterra y en otros núcleos de colonos proscritos por su confesión, establecidos al sur: cuáqueros, metodistas, baptistas, unitarios, presbiterianos, congregacionalistas, y miembros de sectas

anabaptistas como los huteritas, amish y menonitas. Adeptos de algunas de ellas aún permanecen hoy día aislados en comunidades rurales, en régimen de endogamia.

Más allá del componente religioso de sus orígenes, el sentido de misión y destino ha perdurado en el ethos nacional como fundamento de un excepcionalismo peculiar frente a otros países y sociedades modernas. Cuatro siglos después de la arribada de los Padres Peregrinos a la bahía de Massachusetts, un 75 por ciento de los estadounidenses estaba de acuerdo en 2008 con la siguiente afirmación: "América es única entre todas las naciones porque está fundada sobre los ideales de libertad, igualdad y oportunidad"29. El excepcionalismo y el sentido de misión se encuentran intactos como claves socio-narrativas del American dream, y esto es algo que puede comprobarse en la retórica presidencial, con independencia de épocas y tendencias ideológicas. El propio presidente Barack Obama, que se definió a sí mismo como ejemplar viviente del sueño americano30, certificaba la vigencia del país como tierra de promisión en su discurso sobre el estado de la Unión de 2011:

Somos la primera nación fundada por el bien de una idea: que cada uno de nosotros merece escoger su propio destino. Podemos tener diferencias políticas, pero todos creemos en los derechos consagrados por nuestra Constitución. Podemos tener diferentes opiniones, pero todos creemos en la misma promesa que dice que ésta es una tierra donde puedes obtener lo que buscas si lo intentas. Podemos tener diferentes procedencias, pero creemos en el mismo sueño que dice que este es un país donde cualquier cosa es posible31.

El providencialismo y la cultura del mérito se encuentran arraigados en el ethos nacional como parte de la herencia puritana, que vio en el nuevo continente no solo una tierra de promisión sino la oportunidad de llevar a cabo una misión divina. John Winthrop, primer gobernador de la Colonia de la Bahía de Massachusetts a comienzos del siglo XVII, se refería a la comunidad puritana en América como "la ciudad sobre la

colina" (city upon a hill), icono que ha permanecido hasta hoy como faro entre las

29 Greenberg Quinlan Rosner Research. Encuesta 27 de enero-8 de febrero de 2008.

30 Discurso de aceptación de la candidatura presidencial, "The American Promise". Barack Obama: 28 de

agosto de 2008. On line, Gerhard Peters and John T. Woolley, The American Presidency Project. http://www.presidency.ucsb.edu/ws/?pid=78284.

31 Discurso previo a la sesión del Congreso sobre el Estado de la Unión. Barack Obama: 25 de enero de

2011. Online, Gerhard Peters and John T. Woolley, The American Presidency Project. http://www.presidency.ucsb.edu/ws/?pid=88928.

naciones. También en Nueva Inglaterra, el teólogo congregacionalista John Edwards señaló a la naciente América un siglo más tarde como la "gloriosa renovadora del mundo" (the glorious renovator of the world). Al mismo tiempo, la estricta moral presbiteriana introducida en las colonias por calvinistas escoceses e irlandeses inculcó en la primitiva sociedad una cultura de la prosperidad unida al trabajo denodado, pero también al éxito económico y social, como prueba indefectible del favor divino.

Tindall y Shi destacan que, no obstante, el providencialismo no quedó circunscrito al entorno presbiteriano. Según los autores, en los años posteriores a la guerra de la independencia este aspecto adquirió una nueva dimensión que ayudó a perfilar el ethos de la nueva nación ante los demás pueblos:

Este sentido de misión no se limitó a Nueva Inglaterra ni quedó arraigado en el calvinismo. Desde la retórica democrática de Thomas Jefferson hasta el pragmatismo de George Washington o los embriagadores brindis pronunciados en las tabernas de Carolina del Sur, los patriotas difundieron por todas partes el papel singular del liderazgo americano en la historia. La misión consistía ahora en una llamada a liderar el camino a la libertad y la igualdad (Tindall y Shi 2007: 167-168).

2.5.1. Miedo a la invasión y arquetipo del atrincherado

Como se comprobó al tratar sobre el wéstern como género nacional, el cine reflejó desde sus inicios una epopeya de construcción del hogar colectivo según los postulados propuestos por Turner en su ensayo sobre la frontera. En síntesis, la tesis de Turner sintetizaba en la identificación de la historia del país con la historia de la colonización del oeste, y en el papel fundamental de la frontera como agente configurador tanto del carácter nacional como de la americanización de los inmigrantes.

Sin embargo, mientras la frontera se desplazaba lentamente desde las trece colonias hacia el interior, la constante tensión de los pioneros que habitaban en los límites de la civilización derivó en el temor a una invasión de sus puestos avanzados. Se trata de una psicosis primigenia que Stearns identifica como una de las fobias nacionales características, transmitida primero de pioneros a colonos para

posteriormente enquistarse en la conciencia estadounidense en forma de amenaza permanente de la frontera (Stearns 2006). A tenor de lo expuesto atrás, en el ethos estadounidense se aprecia una paradoja entre el providencialismo y el sentido de misión por un lado, y el miedo a la invasión por otro: un temor que a menudo convertía las fronteras en trincheras de vigilantes aislados. En este sentido, el sueño americano de colonos y pioneros corría el riesgo de convertirse también en la pesadilla del personaje

atrincherado, arquetipo menor que ya aparece en el wéstern clásico y que se rehabilitó

con especial recurrencia en los géneros populares de acción tras los atentados del 11S. Una de las fronteras más antiguas del país se conserva en Nueva York, gracias al trazado urbano de Wall Street. La calle, símbolo del poder financiero, se extiende desde Broadway hasta el East River. El origen de su nombre deriva del muro que los colonos holandeses, primeros pobladores de Nueva Ámsterdam en Manhattan, levantaron para defenderse de eventuales ataques de las tribus nativas americanas. El miedo a una invasión indígena fue heredado por ingleses, que rebautizaron la ciudad con su nombre actual en la segunda mitad del siglo XVII. Desde entonces, la historia de los europeos en el nuevo continente podría resumirse simbólicamente en el desplazamiento de la empalizada de Manhattan hacia el Pacífico. A menudo, la frontera no solo marcaba los límites imaginarios entre la civilización y la naturaleza salvaje: también establecía una trinchera física que protegía a los europeos recién llegados al continente, quienes pronto se organizarían en milicias locales para suplir las carencias de efectivos militares.

El arquetipo del personaje atrincherado que resiste heroicamente en tierra hostil es una de las figuras dramáticas representativas del wéstern. Podemos pensar en títulos clásicos como Corazones indomables (John Ford 1939), Tambores Lejanos (Raoul Walsh 1951), El Álamo (John Wayne 1960) o la mencionada Centauros del desierto, cuyos protagonistas son familias pioneras y soldados —tropas regulares de la Unión,

Texas rangers, voluntarios o el propio Séptimo de Michigan— obligados a resistir el

cerco de las tribus Mohawk, semínola o comanche en diferentes territorios de frontera como Nueva York, Florida y Texas. En El Álamo se recrea la gesta de los defensores de la República de Texas, atrincherados en una misión católica para resistir frente a las tropas mexicanas de Santa Anna. Como los pioneros de Manhattan tras la empalizada, los defensores de El Álamo son familias llegadas de lejos decididas a implantar sus valores y prosperar en una tierra extraña y prometedora: la esencia del sueño americano.

Declarado por Turner el cierre de la frontera en 1893, la nación entera se introdujo en una nueva dimensión histórica donde los límites entre la seguridad y la amenaza coincidía con sus inmensos contornos territoriales: dos océanos, un río al sur y una larga línea imaginaria interrumpida por los Grandes Lagos. La intervención en las dos guerras mundiales trajo consigo en los años 50 una reformulación del miedo a la invasión en forma de ataque nuclear y, tras la caída del muro de Berlín, en forma de atentado terrorista a gran escala —materializado en septiembre de 2001—. Como consecuencia de esta extensión de las dimensiones geopolíticas, el arquetipo del atrincherado abandonó las granjas y desiertos locales para adquirir un carácter nacional e incluso continental.

Entre 2001 y 2008, la percepción de riesgo se convirtió en un lugar común mediático que reflejaba diversos síntomas de descomposición en los vínculos entre ciudadano e instituciones sociales: desconfianza en el Estado como garante de seguridad, manifestaciones de xenofobia marcadas por ánimos de venganza, proliferación de teorías de la conspiración, nacionalismo, enquistamiento social y, es especial, la obsesión ante la invasión (Sánchez-Escalonilla 2013). Tras el 11S, Hollywood acudió al arquetipo del atrincherado pero esta vez desprovisto de su carácter patriótico, como recurso en la elaboración de reflexiones críticas en torno a la América surgida sobre los escombros de la Zona Cero. Desde el cine de géneros populares se elaboraron discursos y se enviaron mensajes a la sociedad con objeto de contrarrestar el miedo, condenar el recurso a la guerra o a la reacción violenta individual, al tiempo que se advertía sobre la restricción de los derechos civiles32.

Durante el período previo al 11S, el arquetipo del atrincherado ha sido tratado por directores de Hollywood como una deformación concreta del sueño americano transformado en pesadilla, a menudo mediante un discurso alegórico presente en

thrillers o filmes de ciencia-ficción y fantasía. Es el caso de cineastas como Steven

Spielberg en La guerra de los mundos (2005), Frank Darabont en La niebla (2007) y M. Nigh Shyamalan en El bosque (2004) y El incidente (2008). En todos estos ejemplos, el

32 Esta tendencia narrativa de carácter sociopolítico ha sido estudiada en los trabajos de investigadores

como Dixon (2004) y Fenster (2008), además de los mencionados Kellner y Stearns, que centraron sus análisis sobre las producciones de Hollywood dentro del campo específico de los géneros populares.

modelo de individuo aislado por la amenaza se muestra como un obstáculo o incluso un peligro para los propios protagonistas envueltos en tramas de invasión y catástrofe.

En El incidente y en La guerra de los mundos, el concepto de atrincheramiento se asocia a personajes marcados por una desconfianza paranoica, la superstición y la agresividad social. Así, en el filme de Spielberg se muestra a un francotirador refugiado que se oculta de los invasores extraterrestres mientras apela al principio de inviolabilidad del suelo americano. En el título de Shyamalan, un granjero atrincherado comete el único asesinato explícito de todo el guion tras proclamar la defensa armada de su propiedad como derecho fundamental del pionero. En El bosque, por otro lado, el director muestra a una colectividad enquistada que se ha apartado de la sociedad para evitar la violencia, si bien finalmente se pone de manifiesto la utopía de la comunidad ideal, principio rector de los puritanos de Nueva Inglaterra. Finalmente, Darabont relata en La niebla el misterioso ataque de unos monstruos de pesadilla contra una pequeña población cercana a Nueva York. Entre el grupo de vecinos refugiados en un supermercado destaca el personaje de la señora Carmody, que anuncia el fin del mundo a una sociedad merecedora de castigo.

A través de esta versión anacrónica del personaje atrincherado, el cine de géneros populares del nuevo siglo ha advertido sobre el riesgo que el miedo a la invasión puede provocar sobre el ethos del sueño americano: en especial sobre los derechos ciudadanos a la defensa, la propiedad o la religión, que en momentos de crisis pueden desvirtuarse y volverse letales no solo contra la contra la propia comunidad. Como advierte Stearns, “la arquitectura principal del miedo americano procede de fuentes diferentes, incluso contradictorias, pero nunca se ha librado de los recurrentes miedos raciales ni de la persistente expectativa de algún tipo de castigo divino” (Stearns 2006: 74). Sobre este último aspecto cabe destacar el creciente influjo de las sectas milenaristas durante el cambio siglo, fenómeno procedente de una deformación del providencialismo característico del American dream que a menudo combina fanatismo iluminado con violencia.

En términos generales, lejos de ofrecer su clásico perfil patriótico, el arquetipo del atrincherado es empleado por el cine posterior al 11S como una figura dramática

residual, alejada de los valores de identidad de pioneros y colonos hasta el punto de corromper el sueño americano y transformarlo en una suerte de pesadilla americana.