Siendo el deseo siempre mimético, la imitación del imitador sobre el modelo puede y suele revertirse produciéndose un doble vínculo en el que el imitador se transforma en el modelo y el modelo se transforma en el imitador.
Entonces, ambos son a la vez modelos e imitadores mutuos originándose todo tipo de escalamientos miméticos tanto positivos como negativos. El más terrible ejemplo de estos escalamientos es el que causa los casos de violencia doméstica con frecuente resultado de muerte.
La convivencia de una pareja es por antonomasia la situación de mayor riesgo de doble vínculo mimético debido al hecho de que quienes conviven y comparten la propia vida juntos tienen más probabilidades de convertirse en modelos mutuos.
El doble vínculo mimético por el que cada uno se convierte al mismo tiempo en imitador y modelo para el otro puede convertir una relación de pareja en un melifluo paraíso o, por el contrario, en un infierno en la tierra.
La mutua imitación de gestos delicados, caricias, cuidados o piropos puede transformarse en una mutua imitación de insultos, reproches, menosprecio, indiferencia o violencia.
Consecuencias: el doble vínculo produce alternativamente escalamientos
de afecto o escalamientos de violencia. La reciprocidad positiva puede quedar sustituida por la reciprocidad negativa. Será cuestión de ver y detectar el mecanismo mimético que genera este riesgo y elegir voluntaria y racionalmente el primer caso.
Otro de los efectos del doble vínculo a evitar será el problema de la envidia dentro de la pareja, que es una causa de ruptura más frecuente de lo que se piensa. Las parejas amorosas se encuentran en riesgo de competir y rivalizar por todo tipo de deseos que pueden terminar copiándose mutuamente: el afecto de los hijos, el éxito profesional en sus carreras o trabajos, la popularidad, la valoración o el aprecio de las amistades comunes... Este tipo de rivalidad o competitividad interna a la pareja genera como subproducto la envidia que horada y socava muy secretamente las relaciones a un nivel poco conocido.
Se busca en todo tipo de ideologías la causa de las desavenencias de pareja olvidando significativamente que esta rivalidad entre hombres y mujeres (en total escalamiento) es la responsable de la mayoría de los casos exacerbados de violencia verbal y física en el ámbito doméstico.
Un caso específico del mimetismo relacional lo podemos ver en el drama habitual en el que uno de los miembros de la pareja o incluso ambos rivalizan con los miembros de la familia de origen del otro. Los chistes de suegras y nueras retratan este drama relacional de las querellas sin fin que proceden de competir por el cariño, el tiempo o la atención preferente del otro miembro de la pareja.
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UINTA LEY. L
A MUTUA IMITACIÓN O RECIPROCIDADNEGATIVA ENTRE TU PAREJA YTÚ OS CONDENA A UN
CONFLICTO SIN OBJETO
Uno de los efectos más increíbles del mimetismo y de la violencia exacerbada que este genera entre las parejas cuando se convierten en mutuos imitadores es la desaparición del objeto de deseo a medida que avanza el litigio.
De modo paradójico, la violencia doméstica entre rivales conyugales termina haciendo desaparecer los objetos de la contienda, que pasan a un segundo plano. Cualquiera que sea la pelea: la custodia de los niños, quién se queda con el coche, la casa, cómo se reparte el dinero de la herencia de, o quién se queda con el perro, etc., el problema termina siendo el mismo.
La exasperación de la rivalidad mutua está estructuralmente abocada al fracaso sistemático de todo intento mediador o toda negociación. Llegados a este punto todos los intentos mediadores son tan bienintencionados como imposibles. Ningún abogado divorcista puede dudarlo.
A partir de un determinado momento, la rivalidad ya no versa sobre el objeto del litigio, sino sobre el otro miembro de la pareja, tomado este no como objeto, sino como objetivo al que hay que ganar, vencer, someter o sojuzgar a toda costa.
La importancia original del objeto como elemento de conflicto sobre el que se apoyaba la rivalidad va a difuminarse progresivamente a medida que avanza la mutua imitación en el resentimiento y el odio mutuo y va a acabar desapareciendo del conflicto. Ya no se trata de disputarle al rival un objeto determinado, sino de abatirlo y aniquilarlo como persona. Sin objeto por el que pelear solamente queda la reciprocidad negativa al desnudo y vemos la paulatina transformación del otro en «objetivo a batir».
Por ello esta rivalidad mimética entre las parejas culmina con frecuencia en un maelstrom violento, insoluble desde ninguna mediación. No hay posible mediación a partir del momento en el que ya no hay objeto a compartir o a repartir puesto que ya el objetivo de cada uno de los rivales es abatir, someter o incluso eliminar al otro.
La violencia devuelve a las claras la realidad esencial de la rivalidad y de su base en el mimetismo del deseo. Nos revela la carencia de objeto real en lo profundo de todo deseo y su carácter emulativo o copiativo. No es el objeto disputado lo primario en los conflictos y en la violencia entre parejas, sino el mimetismo, es decir la imitación mutua en el deseo por algo.
Consecuencias: si bien es verdad que la violencia puede irrumpir en los
conflictos de pareja antes de que el objeto de litigio se haya desvanecido en el horizonte, lo cierto es que la reciprocidad violenta confirma la desaparición de los objetos en las contiendas conyugales de todo tipo.
En todas las guerras domésticas, el objeto de la querella termina desmaterializándose ante nuestros ojos. Ya no se pelea por esta o aquella cuestión. En los divorcios, llegados este punto, no importan ya ni la custodia de los niños, ni la casa común, ni nada. En ese momento, la pelea solo sirve para destruir y aniquilar al otro miembro de la pareja, transformado en un adversario. Debido a su propio mimetismo, los antagonistas quedan mutuamente fascinados, creyendo en la maldad intrínseca de otro y pierden de vista el objeto.
De ahí en adelante, el objetivo es el otro. El objeto de deseo es así reemplazado por el sujeto que es el otro tomado ya como un adversario a batir.