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4 OVERVIEW OF DATA CLUSTERING AND ITS TOOLS

4.4 TAXONOMY OF DATA-CLUSTERING METHODS

Pero no todo eran fáciles triunfos entre aquellos ancianitos. De mano maestra nos ha pintado en sus notas, los retratos de dos ancianos que por algunos días ensombrecieron aquellas horas felices que pasó en el Asilo. Eran éstos el “Judío” y Aniceto. Oigámosle:

“A pesar de las buenas caras y de la buena “madera” y de la frecuencia de Sacramentos de mis ancianos, no todos eran triunfos; tenia

que pasar por la pena de ver a algunos, muy pocos, refractarios a todo procedimiento de atracción.

Uno de éstos era de carácter reservado, obscuro de alma como de cara, huraño, molesto y quejumbroso siempre con la Hermanita que le servía, y por cierto, con una mansedumbre y paciencia admirable.

Un día le vi arrojar a la cara de ésta el líquido con que le lavaba una llaga cancerosa de la oreja.

La Hermanita se contentó con sonreír. Conmigo nunca se descompuso; sin llegar a la amabilidad y expansión con que sus compañeros me solían recibir, siempre se mantuvo respetuoso y casi agradecido a mi interés por su salud muy quebrantada por cierto.

Pero de confesión, ¡nada!, a las indirectas sobre el particular quede cuándo en cuándo le hacía, me respondía con un dejo de severidad y esquivez, como diciendo: “No toque Vd. ahí.”

Llegaban fiestas y solemnidades y el mismo cumplimiento pascual, en que todos se confesaban, y él impertérrito las dejaba pasar.

Sólo pude conseguir de todos mis trasteos apostólicos con él que me recibiera el escapulario del Carmen y lo llevara siempre colgado.

No me quedaba otra esperanza que ésta y las oraciones de la buena Hermanita.

En los otros ancianos creo que su conducta ya no causaba escándalo, pues con ellos era también huraño y mal encarado y por su irreligiosidad y mal carácter se había ganado el nombre de “el Judío.”

Un buen día recibo aviso urgente de la Superiora para que fuera al Asilo, porque un ancianito se había tirado por las escaleras.

Pensando en el “Judío” y temiendo a la par que fuera él, me puse volando al pie de la escalera, en la que temía encontrar el cuerpo del suicida.

Abajo no encuentro a nadie y miro hacia arriba, al último piso, y allí veo un grupo de Hermanitas y ancianos tirando de un hombre amarrado por la cintura y colgado sobre el hueco de la escalera.

¿Qué había pasado?

Efectivamente era el “Judío” que, en un arranque de desesperación, aprovechando la ausencia de Hermanitas y ancianos, y saltando la baranda, se tiró desde la parte más alta de la escalera; pero, ¡oh prodigio!, al ir a soltar la mano con la que se sostenía cogido a la

baranda y ya todo el cuerpo en el aire, se sale el cordón debilísimo del escapulario y, como si fuera una cadena, se enreda entre sus dedos y muñeca, y formando un círculo con el brazo alrededor de uno de los hierros de la baranda, lo deja colgado.

A los gritos que la violencia de la postura y quizás el arrepentimiento le arrancaron, acudieron sobrecogidos de espanto ante la atrocidad del anciano y de admiración y gratitud ante el prodigio patente de su celestial protectora.

No hay que decir que el “Judío” dejó de serlo, y el poco tiempo que después vivió fue un buen cristiano.

Aniceto: Así se llamaba otra de mis “duras” ovejas.

Norteño de origen, comerciante de profesión, “indiano” y enriquecido en In días y arruinado a su regreso a España, vino Aniceto a parar a nuestro Asilo.

Alto y delgado, fino de modales y corto de palabras, gustaba más de pasear solo que de conversar con sus compañeros; en esos paseos me hacia el encontradizo con él.

Os confieso que pocos hombres encontré tan herméticamente cerrados como este hombre.

Le veía disfrazar con sus finos modales la amargura y la desilusión en que estaba sumergida su alma y, a mis preguntas sobre sus cuentas con Dios, siempre me respondía con una sonrisa de tolerancia: “Sí, sí, ya hablaremos de eso otro día.

Pero el día no llegaba y mi Aniceto era uno de los que nunca confesaba ni comulgaba.

Hermanita, decía yo repetidas veces a la de su sala, a Aniceto no se le conquista con discursos, sino con oraciones.

Cayó enfermo sin que el médico conociera la enfermedad y, una larga temporada, guardó cama.

Mis visitas más repetidas y mis invitaciones al ajuste de cuentas no le arrancaban más que la consabida sonrisa.

Un día llama a la Hermanita y en tono serio le dice: “He decidido irme al Hospital, a ver si allí me entienden y curan; tráigame mi ropa y que me lleven al Hospital.”

Ruegos, lágrimas, preguntas de la Hermanita no consiguieron hacerle cambiar de propósito.

Le lleva su ropa de calle y manda preparar el coche para que lo trasladen. Cuando estuvo vestido, llama a la Hermanita y parte; pero, al salir muy erguido de la sala a la galería, sin escalón en donde tropezar ni obstáculo alguno, cae al suelo cuan largo era.

Acude la Hermanita y algunos ancianos a levantarle y a la pregunta de si se había hecho daño alguno, responde: No, nada, nada... ¡Quiero acostarme y que inmediatamente llamen al Capellán!

Me avisan, acudo al punto y, con un gesto a los que rodean la cama para que se retirasen, me dice cuando nos quedamos solos: — ¿Me quiere Vd. confesar? Quiero ajustar cuentas con Dios que no quiero que me salgan mal como con los hombres.

Terminada la confesión, me dice sonriente y moviendo la mano derecha, como metiendo prisa: Y ahora todo lo demás, todo.

Le administré el Santo Viático, la Sagrada Extremaunción, le hice la recomendación del alma, y sonriendo, pero no ya con sonrisa de amargado, sino de paz, me dice: Adiós, adiós, y con la misma sonrisa quedó el rostro de su cadáver.

La Hermanita lloraba y sonreía; sin duda aquellas lágrimas tenían el secreto de la rápida conversión de duro en blando del corazón de nuestro Aniceto” (27).

¡Las lágrimas de la Hermanita! dice —D. Manuel— ¿nada más que esto?.. ¿Qué duda cabe que también las oraciones y el celo del Capellán?

El secreto de su apostolado era esa admirable unión de las dos gracias, la sobrenatural y la natural.

Se hallaban tan abundantemente derramadas sobre él y tan deliciosamente mezcladas que daban un peculiar atractivo a su apostolado. Su celo ingenioso sabía adaptarse a todas las circunstancias y sacar partido de todo para el bien de las almas.

Es la adaptabilidad de carácter la gran condición del conquistador de corazones.

“Adaptabilidad es —según escribiera él más tarde— darse sin entregarse, es poner en la cara y en el gesto y en la palabra y en la obra lo que naturalmente no se tiene ganas de poner.

Es tirar la red al agua y a uno mismo, si es preciso, sin ahogarse, es tratar a cada cual no por los méritos propios, ni por la simpatía que nos inspire, ni por las ventajas que traiga, sino solo por lo que representa.

Es meterse en el fango, si hace falta, y no mancharse; es enfadarse si es necesario, y no pecar es tragar mucha saliva y mucha hiel y poner la cara del que paladea miel... (28).

He aquí un caso típico de adaptabilidad apostólica en la que Don Manuel se muestra ya maestro en los albores de su ministerio con las almas.