3 OVERVIEW OF VULNERABILITY DATABASES AND THE COMMON VULNERABILITIES AND
3.6 THE COMMON VULNERABILITIES AND EXPOSURES (CVE) LIST
Fuime derecho al Sagrario de la restaurada iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos... y ¡qué Sagrario!
¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro que aún estaba amarrado a los aldabones de la puerta de la iglesia y salir corriendo para mi casa!
Pero no hui. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de Misión y alientos para llevarlo a cabo: pero sobre todo encontré...
Allí de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades, mi fe veía a través de aquella puertecilla apolillada, a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba...
Parecíame que después de recorrer con su vista aquel desierto de almas, posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más... una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio: lo triste del “no había para ellos posada en Belén”, lo triste de aquellas palabras del Maestro: “y vosotros ¿no queréis también dejarme?”; lo triste del mendigo Lázaro pidiendo las migajas sobrantes de la mesa del Epulón, lo triste de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la bofetada del soldado, de los salivazos del pretorio, del abandono de todos... ¿Verdad que la mirada de Jesucristo en esos Sagrarios, es una mirada que se clava en el alma y que no se olvida nunca?
De mí se deciros que aquella tarde, en aquel rato de Sagrario, yo entreví para mi sacerdocio una ocupación en la que antes no había soñado.
Ser cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo, emplear mi sacerdocio en cuidar a Jesucristo en las necesidades, que su vida de Sagrario le ha creado, alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud, proporcionar desahogos a su corazón con mis santos sacrificios.
Servirle de pies para ¡levarlo a donde lo deseen, de manos para dar limosna en su nombre aún a los que no lo quieren, de boca para hablar de El y consolar por El y gritar a favor de El cuando se empeñen en no oírlo... hasta que lo oigan y lo sigan... ¡qué hermoso sacerdocio!
¿Y si se obstinan en no quererlo? ¿y si no quieren ni mi amistad porque los lleva a El, ni mi dinero porque en su nombre lo doy y me cierran todas las puertas?
¡No importa!
Siempre a Jesús y a mí nos quedará el consuelo de tener una por lo menos abierta:
El la de mi corazón y yo la del suyo...
Embebido en estos pensamientos y dulcemente entristecido el corazón con los sentimientos que éstos excitaban se dio la Misión.
Al caso no hace describir las peripecias de ella, que no fueron pocas como entre otras, el tener que dormir el misionero en la cuadra del señó Antonio para que no le molestasen los chiquillos de la casa y en un catre en constante protesta y amenaza contra la humanidad de aquél, ni los frutos que no fueron escasos, ni las ganas que a mi me quedaron de quedarme de pastor de aquellas pobrecillas ovejas, ni del sentimiento con que me separé de ellas.
Para el interés de mi historia baste decir que la impresión de aquel tristísimo Sagrario de tal modo hicieron mella en mi alma que no solamente no se me ha borrado ni se me borrará en la vida, sino que vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir todo mi ministerio sacerdotal de otra manera, no se si llamarla menos poética o más seria.
Al poema pastoril de mis ensueños apostólicos del Seminario había sucedido de pronto la visión de una tragedia. Sobre aquel cuadro todo luz, todo expansión, todo alegría de los pueblos que yo creía cristianos y que por tanto tiempo había embelesado mi alma,
acababa de caer una mancha roja, como de sangre, que quitaba toda la alegría del cuadro y apagaba toda la luz.
¡Ay! ¡abandono del Sagrario, cómo te quedaste pegado a mi alma! ¡Ay! ¡qué claro me hiciste ver todo el mal que de ahí salía y todo el bien que por él dejaba de recibirse!
¡Ay! ¡Qué bien me diste a entender la definición de mi sacerdocio haciéndome ver que un sacerdote no es ni más ni menos que un hombre elegido y consagrado por Dios para pelear contra el abandono del Sagrario...!” (19).
* * *
Cuando esto escribía, después de catorce años de aquella misión, aún conservaba viva y como reciente la impresión de aquella mirada, de las luces y de los sentimientos de aquel rato de Sagrario, decisivo en su vida sacerdotal.
La visión de su futuro ministerio había cambiado para él; ante el Sagrario de Palomares había encontrado su vocación especial, personalísima (20).
19 “Aunque todos... yo no”, 6.ª ed., p. 25.
20 En recuerdo de esto, las “Marías” sevillanas colocaron una lápida en la capilla
del Sagrario de Palomares del Río, que fue bendecida y descubierta por el Entino, y Rvdmo. Sr. Cardenal Segura. Arzobispo de Sevilla, el 4 de marzo de 1941, XXXI
II
En el Asilo de las Hermanitas
Seguí diciendo Misa en el Sagrario (Parroquia) hasta el día ti de febrero en que comencé a decirla en las Hermanitas de los Pobres, como capellán; fui nombrado el día 8 de febrero de 1902 y en ese día recibí las licencias generales.
Así escribe en el libro de sus notas de Misas y sermones.
El día de la Virgen de Lourdes inauguró, pues, su capellanía. Esta contaba con casa para el capellán y allí se trasladó con su familia.
¡Cuánto gozó en aquel primer campo que la Providencia confiara a su celo de novel sacerdote!
Siempre recordaba con gusto aquellas primicias de su apostolado, y dos meses medio antes de su muerte, el 15 de octubre de 1939, asistiendo en Valladolid a las fiestas jubilares de la fundación del Instituto de las Hermanitas, en donde fue invitado a predicar, les decía:
“Yo daría con gusto mi anillo pastoral y mi cruz pectoral por ser nuevamente el capellán de las Hermanitas. Los tres mejores años de mi vida han sido los que pasé en vuestra casa de Sevilla.” (21)
El mismo nos va a contar su vida de capellán del Asilo, y entre las graciosas anécdotas que recuerda, podremos observar el ingenioso celo de su caridad, que sabe hacerse todo para todos.
Si más tarde había de hacerse niño con los niños, ahora supo hacerse anciano con los ancianos, niños en cierto modo también.
Los escuchaba sin prisa, les preguntaba con interés su historia, les sufría sus impertinencias, les tiraba algún pellizco en la barba, y a cada cual le buscaba su flaco.
A los más duros en rendirse a la gracia les hacia su tratamiento especial para irlos acercando, y así se los ganaba para Cristo Sacramentado.
Ese apostolado de su caridad tan fina y graciosamente adaptable y paciente, terminaba siempre en el Sagrario, en la Eucaristía conocida, comida y desagraviada.