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Tras muchos años de sentir como si estuviera saboteando continuamente mi éxito, abandonando o dejando un puesto o relación justo cuando las cosas empezaban a despegar, decidí intentar una regresión a vidas pasadas para determinar si este problema procedía de alguna otra experiencia vital.

reencarnación en la otra vida, asistí a una sesión de grupo con entusiasmo y curiosidad pero pocas esperanzas. Cuando me pidieron que declarase por escrito mis intenciones para ese viaje, reafirmé mi decisión de descubrir por qué, tras alcanzar cierto nivel de logro, siempre abandonaba. Tranquila y relajada, exploré una vida en la que yo era Sarah, una hacendada viuda en la Inglaterra rural del siglo xvii. Tenía tres hijos, un varón —el mayor— y dos gemelas. Para mí, en esa vida, estaba claro que a quien más unida estaba era a mi hijo, que desempeñaba un papel esencial en el mantenimiento de la tierra que yo había heredado a la muerte de su padre. Mi objetivo principal en la vida era preservar nuestra independencia como familia conservando la tierra y manteniéndonos juntos. Era una existencia dura y laboriosa, pero me había ido bien durante años y estaba orgullosa de mis logros, una proeza de lo más inusual para una mujer sola en esa época. Justo cuando empezaba yo a confiar en que nuestros temores de pobreza y separación habían quedado definitivamente atrás, mi hijo murió en combate. Tenía solo dieciocho años. Me vi en su velatorio, allí en mi hacienda, totalmente desconsolada por la pérdida. Si me habían devuelto el cuerpo, es que no había muerto en una guerra en suelo extranjero. Además, tuve la inequívoca sensación de que no se había alistado voluntariamente, sino que de alguna manera lo habían coaccionado u obligado a ello.

Fue el fracaso supremo. Durante largos años había trabajado duro para conservar nuestras tierras de modo que mis hijos estuvieran seguros y conmigo, y procurarles una vida de libertad y relativas comodidades. Incapaz de proteger a mi hijo de la guerra, había perdido no solo a mi queridísimo niño sino también mi única ayuda fiable en nuestros empeños. En un giro inesperado, seguí imaginándome a ese hijo muerto de uniforme en la Guerra Civil americana. Para mí no tenía sentido. Mientras seguía viajando por esa vida, advertí que, pese a las adversidades, seguí trabajando la tierra y la conservé para mis hijas, una de las cuales se casó y formó una familia; las dos se quedaron allí a mi muerte. Pero ya no era lo mismo; y me morí pensando que los grandes sacrificios y las penurias no habían servido de nada porque no había sabido proteger a mi hijo.

Una vez concluida la sesión, me sentía emocionada y acongojada por una pérdida ocurrida centenares de años atrás. Busqué respuestas y al día siguiente investigué un poco en internet. No sabía de ninguna guerra librada por los británicos en esa época, y aunque conozco bien el reclutamiento forzoso americano, no tenía ni idea de si en la Inglaterra de entonces existía ese concepto de la leva. Me sorprendió enterarme de que entre mediados y finales del siglo xvii tuvieron lugar tres guerras civiles británicas. Por eso tenía sentido la imagen del chico luciendo uniforme de la Guerra Civil americana, la única que me sonaba; fue la pista más clara que mi mente pudo darme sobre su muerte. Muchos de los soldados alistados en ambos bandos fueron coaccionados o reclutados por terratenientes, nobles y oficiales militares. Al parecer, buena parte de la población rural inglesa era neutral, no tomaba partido ni por el Parlamento ni por el rey. Los dos bandos combatientes solo podían tener sus regimientos bien provistos obligando o engatusando a jóvenes sanos para que se incorporasen a sus filas. Comprendí al instante que mi hijo de esa vida había muerto en las guerras civiles británicas, y que efectivamente había sido movilizado en contra de su voluntad. Aunque éramos «titulares de plena propiedad», no constituíamos una familia rica ni prominente desde el punto de vista social; así, mi hijo era precisamente el tipo de persona que

buscaban los militares, alguien a quien no se echaría de menos abiertamente, alguien cuya familia no podría oponerse al reclutamiento. Según ciertas estimaciones históricas, en esas guerras civiles murieron unos 185.000 hombres —una cuarta parte de la población masculina adulta inglesa de la época.

Al final caí en la cuenta de que la tragedia de esa vida me había acompañado en las sucesivas encarnaciones, con lo que me quedaba la persistente sensación de que, al margen de lo mucho que me esforzara o del éxito que tuviera, el fracaso era inevitable, pues siempre hay variables incontrolables y resultados imprevisibles. El desconsuelo de Sarah no me abandonaba jamás. Sabiendo que ahí estaba el origen del instinto de dimitir en las coyunturas críticas, empecé a visualizar la idea de dejar atrás a Sarah y su familia y meditar sobre mi éxito personal en esta vida. Es más, fui capaz de reconocer a mi hija mayor en esta vida como la gemela que se había casado y había formado una familia; en aquella vida, su hijo (mi nieto) era de hecho mi hijo en esta. Entonces entendí que la necesidad de atención y aprobación de mi hijo y mi hija en esta vida provenía de su experiencia conmigo en la época de Sarah, quien, de tan acongojada y desilusionada como estaba, nunca consiguió conectar con sus hijas y sus nietos como había hecho con el hijo muerto.

Actualmente estoy intentando hacer realidad mis sueños, viajar a Irlanda, publicar mi primera novela y disfrutar de una relación estrecha y afectuosa con mis tres hijos. Doy las gracias a Sarah por su ética del trabajo pero aún más por la oportunidad que me brindó para relajarme y disfrutar de mis logros, algo que no había experimentado todavía. Descubrir que el pasado aún me perseguía me permitió realizar un esfuerzo concertado para superarlo, poner nombre a mi miedo al éxito, y dejar la pena de Sarah enterrada en Inglaterra con su hijo. ~ Melanie Harrell

La paciente de Melanie, Anna, fue capaz de aplacar su pena de la vieja época inglesa, con lo que eliminó esos obstáculos y quedó liberada para escribir, tener éxito y curar sus relaciones. También fue capaz de reconocer varias de las almas reencarnadas de esa vida anterior, lo que le permitió entender sus actuales temores y necesidades. Viajamos a través del tiempo con muchas de las mismas almas, que a menudo se reencarnan en distintas relaciones; por ejemplo, como en el caso de Anna, un nieto que vuelve como hijo. En la vida actual, solemos adoptar y repetir patrones vagamente recordados. Mediante el reconocimiento y el conocimiento, es posible reparar y mejorar patrones negativos de relación.

Anna hizo bien en buscar a Melanie, una terapeuta, para analizar la razón de sus forcejeos con el éxito. A lo largo de los años, y sobre todo en mi práctica psiquiátrica, me he encontrado con muchas personas que se sienten fracasadas. No han alcanzado cierto objetivo que, a su juicio, les habría proporcionado «éxito». Tal vez el objetivo era económico, un mínimo de aprobación familiar, un sueño infantil o cualquier otra cosa no lograda. También he tratado a muchos responsables de empresas y organizaciones, actores y actrices, famosos del deporte y tipos similares de individuos que dan la impresión de tenerlo todo pero que sin embargo se sienten frustrados, insatisfechos o tristes.

y culturas. ¡Somos almas, no robots! Estamos aquí para aprender sobre amor, compasión, amabilidad y no violencia. Hemos de evaluar el éxito con arreglo a estas cualidades. ¿Vamos a ser personas más comprensivas y empáticas? En tal caso, tendremos éxito. El alma se aferra en esa clase de aprendizaje, pues se trata de verdades espirituales.

Con los pacientes que pese a destacar profesionalmente se sentían desdichados, nos centrábamos en los valores esenciales de ser una persona mejor y más amable. Entonces su actitud empezaba a mejorar. Al fin y al cabo, por esto están —estamos todos— aquí en la Tierra. Nuestra finalidad en la vida no es vender muchos libros, tener una carrera económicamente lucrativa o alcanzar el estrellato, sino ser alguien más afectuoso y compasivo. Podemos utilizar los éxitos para favorecer la vía espiritual y llegar a más personas, pero esto es solo un posible medio, no el fin. El verdadero objetivo es ayudar a los demás, y si conseguimos que así sea, a la larga seremos autores superventas, o multimillonarios... o no. Da igual. Tan pronto abrimos el corazón, las demás cosas llegan solas.

El dinero no es maligno. Es una cosa nada más, como cualquier otra. Podemos utilizarlo de formas maravillosas y caritativas. Sin embargo, aprendemos por medio de las relaciones, no de las cosas. Tras la muerte del cuerpo, no nos llevamos las pertenencias al otro lado: es un lugar de energía y conciencia superiores, no otro estado físico. Por tanto, no podemos llevarnos la casa, el coche, las cuentas bancarias, los diamantes, los títulos, los premios, el estatus ni ningún otro indicador semejante de éxito. Todo esto tiene solo carácter temporal. Lo que existe para siempre, lo que sí llevamos encima cuando seguimos adelante, es el buen corazón. Y, en cuanto lo tenemos, ya no lo perdemos.

En la siguiente historia, Brooke habla de lo que llevaba consigo: un miedo de dos mil años a estar sola.