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Debido a ciertos episodios acaecidos en mi familia y mi vida personal a finales de 2008, pasé varios días muy abatida. De hecho, esto no es propio de mí, pero fue comprensible teniendo en cuenta lo que me había pasado: una pelea con uno de mis hijos, el divorcio de otro, mi padre muriéndose tras años de lucha contra el cáncer, y yo cada vez más enferma. Por alguna razón, durante ese período acabé obsesionada con la idea de estar soltera, vivir sola y trabajar como secretaria.

En mayo de 2009, fui a la conferencia «¡Puedo hacerlo!» de San Diego y asistí a una clase de Brian Weiss. Compré más regresiones suyas grabadas en CD, y al cabo de solo unas semanas ya tuve una experiencia ciertamente asombrosa.

Cuando volví a casa desde San Diego, había estado haciendo las regresiones cada día o dos, de modo que no me resultaba nada fuera de lo normal tumbarme en la cama, en una tarde tranquila, y poner uno de los CD. Un día me sentía más triste y deprimida que de costumbre y no sé por qué puse el disco. Estaba sola en casa y disponía de tiempo, así que entré en la regresión meditativa. Estaba tan triste que empecé a llorar enseguida.

Las lágrimas cesaron, y escuché con más atención mientras Brian me conducía a niveles más profundos de la experiencia. Recordé una maravillosa vida pasada en Chicago. De hecho, cuando mi esposo y yo visitamos la ciudad dos años atrás, me sentí muy cómoda y me gustó mucho, aunque siempre había pensado que la encontraría desagradable y demasiado grande.

En la regresión, me vi en la década de 1940, una mujer joven de veintitantos o treinta y tantos, llamada Jenny. Estaba soltera, y era una profesional delgada y bonita. Había sido ascendida a secretaria ejecutiva de un subdirector, y luego del director de la empresa, una importante compañía de seguros con sede en un moderno edificio de oficinas. Aunque sin interés en el matrimonio o la maternidad, me sentía la mar de feliz, contenta y satisfecha con mi vida. No solía salir con novios, y no quería ni necesitaba un hombre; no había deseo de formar una familia. Quizás había sido huérfana y estaba acostumbrada a estar sola.

Recuerdo bien mi vestido favorito. Era un traje chaqueta a cuadros verde y beige con mangas de tres cuartos. Lucía medias y tacones altos. Vi el «sujetador años 40», las «bragas de señora mayor» y el

liguero. Llevaba el pelo corto, cardado y muy rociado con laca. Por la noche y durante el fin de semana llevaba pantalones pirata y zapatillas. No tenía coche ni lo necesitaba; vivía en el mismo bloque donde estaba mi oficina. Era libre. ¡Nada de complicaciones ni familias! Mis amigas trabajaban conmigo, y estábamos muy unidas. Yo vivía sus separaciones y embarazos.

Mi vida como Jenny me encantaba. Era muy feliz; no había ninguna clase de estrés. Podía pasear junto al lago Michigan, dar migas a los pájaros del parque y luego ir de compras al mercado de la esquina. Mi apartamento era pequeño pero cómodo, y estaba limpio y carecía de cosas superfluas. Con cada ascenso me mudaba a un piso más grande. Echo de menos la vida de Jenny: mi vida. Quizá me morí demasiado pronto y lo que tenía, además de «añoranza», era una sensación de inconclusión. Tal vez su vida, mi vida como Jenny, no terminó como a mi juicio habría debido terminar. La vida de Jenny era una clave para resolver mi depresión y mis problemas actuales. Creo que acaso quería un divorcio y una vida propia porque, cuando era Jenny, me sentía increíblemente realizada. Solo un día después de la regresión ya me notaba bastante más feliz que el día antes. Buena parte de ello tenía que ver con este conocimiento, esta interpretación de por qué deseaba yo tanto vivir sola aun habiendo escogido estar casada y tener un montón de niños durante esta encarnación. Al cabo de seis meses de la regresión, comprendí que la obsesión que sentía antes de experimentar mi vida como Jenny se había desvanecido sin siquiera darme yo cuenta. Ya no estaba obsesionada con vivir sola, estar soltera, trabajar de secretaria, etcétera. Todo esto desapareció sin más de mi mente consciente, como consecuencia de lo cual soy capaz de seguir con mi vida y ser mucho más feliz.

~ Terri

La validez de la experiencia de vidas pasadas suele residir en la desaparición de síntomas. Fantasear simplemente con una vida más sencilla no elimina la tristeza, la depresión ni las obsesiones. Sin embargo, un recuerdo real sí puede tener este efecto curativo (como así ocurrió en efecto). Desapareció la tristeza de Terri, que fue capaz de reanudar su vida actual con más sosiego y felicidad pese a todos los problemas y complejidades.

La comprensión se produce en muchos niveles, no solo en el consciente. En el nivel subconsciente, puede ser igual de importante. Nuestra mente más profunda observa los dramas de vidas pasadas y dice: «Vaya, resulta que mis obsesiones, miedos, afinidades, talentos, relaciones o síntomas vienen de ahí. Ahora lo entiendo. Pues ya no lo necesito. Lo superaré.» Y entonces nos curamos.

La experiencia enseña la lección de la naturaleza temporal de las emociones. Ser consciente de por qué surgen sentimientos negativos, y de cuáles son sus causas y orígenes, los elimina enseguida. A veces se deben a episodios y circunstancias de la vida actual. No obstante, puede que provengan de anteriores encarnaciones que vuelven a manifestarse en nuestra vida presente.

Perdonar a quienes nos han hecho daño y prescindir de la cólera es difícil, pero si lo hacemos nos sentimos libres. Una ventaja de hacerse uno mayor y acumular experiencias es que a menudo es consciente de haber vivido antes una situación parecida. He estado antes furioso, y la sensación ha

pasado. El enfado aparece, se queda un tiempo y luego se va. Es como una nube que pasa flotando solo para desvanecerse. Todas nuestras emociones funcionan de modo semejante. La tristeza viene y se va. El miedo aumenta y disminuye. La ansiedad fluye y refluye. La frustración llega y se marcha. Al final, las heridas se curan. La desesperación se introduce furtivamente en la conciencia, y luego mengua. Todo es transitorio. El conocimiento de que todas las cosas pasan suele bastar para que se produzca la curación. Pero si los síntomas o las emociones persisten, la exploración de las vidas anteriores puede procurar el remedio. Así fue sin duda en el caso de Tom, un hombre de mediana edad que asistía a uno de mis talleres intensivos. Mientras participaba en un ejercicio de energía, su compañera experimentó una sensación de ardor en el vientre. Creía que eso tenía que ver con Tom. Cuando finalizó el ejercicio, Tom confirmó que la impresión de ella había sido correcta: él sufría un cáncer de estómago, y a causa del tratamiento, en especial la radiación, solía sentir ardor en esa zona. A todos los demás del grupo nos pareció de lo más triste. El segundo día del taller, quedaron claras algunas de las respuestas a la tristeza y el estado deprimido de Tom. Este explicó que había perdido a su hijo; poco después, también a su esposa. El grupo reprimió colectivamente un grito ahogado al suponer que ambos habían muerto. En realidad, el hijo sí, pero la mujer no. Ella le había abandonado en cuanto se le hubo diagnosticado a él el cáncer. Desde luego, todos podíamos identificarnos con su dolor y su tristeza ante tal serie de acontecimientos trágicos, pero sobre todo nos desconcertaba que su esposa lo hubiera dejado justo en ese momento tan difícil.

No tendríamos que esperar mucho para entenderlo. Durante la regresión grupal, el propio Tom descubrió la respuesta a esa pregunta: cuando la tuvo, nos describió lo experimentado. Ya podíamos ver que su rostro brillaba más; era como si se hubiera quitado un peso de encima. Incluso sonrió por primera vez.

Tom había hecho una regresión a una vida en la Guerra Civil americana, en la que estaba comprometido con la mujer que era su esposa en la vida actual. Por culpa de la guerra no habían podido casarse. Hacia el final de la contienda, había vuelto a casa y estaba por fin con sus seres queridos cuando dio con él un grupo de soldados enemigos. Estos le dispararon en el estómago, en el mismo sitio en que tenía cáncer en la vida actual y donde los tratamientos de radiación le causaban esa sensación ardiente. Tom flotaba sobre su cuerpo y miraba a su prometida balancearse de un lado a otro, sollozando y llorando desconsolada. Murió con la cabeza en el regazo de ella, que le derramaba las lágrimas en la cara.

Para Tom resultaba evidente que, en su vida actual, su esposa no le había dejado por otro, debido a algún defecto o alguna otra razón desconocida. Simplemente no quería verle morir por segunda vez — quizás había incluso más pérdidas en otras vidas de las que él aún no era consciente—. En ese momento, Tom fue capaz de liberarse de la pena y el miedo, la cólera y la tristeza. Y gracias a este conocimiento se produjo una curación formidable. Durante el resto de la semana, Tom pareció una persona diferente. Estaba de mejor humor. Ayudaba a otras personas. Entendía perfectamente que la partida de su esposa no era algo personal: ella, debido a sus circunstancias internas, simplemente no podía soportar perderle de nuevo.

También descubrió que era inmortal. Había vivido en la Guerra Civil y muerto como soldado, y aquí estaba de nuevo, reencontrado con la misma mujer, la misma alma. Sabía que, en este nivel, era un ser eterno y que por tanto su hijo, que había muerto siendo un adulto joven, tampoco estaba de veras muerto.

La experiencia de Tom resultó increíblemente conmovedora para todo el grupo. Todos establecimos lazos de empatía con su dolor y su tristeza, y nos sorprendió el cambio inmediato en su estado de ánimo y su actitud. Era capaz de perdonar. Se liberó de la carga; ahora podía seguir adelante con su vida. Tom volvía a tener esperanza. Nos sentíamos todos muy aliviados al ver que había superado ese punto crítico y que volvía a estar bien. Somos almas, conectadas unas con otras. Lo que le pasa a una afecta a todas. Cuando un alma recupera esperanza, en un nivel más profundo todas las demás almas se sienten también más esperanzadas.

La capacidad de Tom para liberarse de su enojo me recordó una parábola que había leído yo recientemente sobre dos monjes listos para cruzar un río que bajaba crecido. Ahí cerca una mujer también deseaba cruzar, pero tenía miedo de la corriente. Uno de los monjes cogió a la mujer y se la colocó encima de los hombros, y uno y otro cruzaron sin novedad hasta la otra orilla. Una vez allí, el monje dejó en tierra a la mujer, que siguió su camino, lo mismo que hicieron ambos clérigos.

Al cabo del rato, el monje más joven dijo al otro: «No me puedo creer que llevaras a la mujer por el río. Te la pusiste sobre los hombros. Esto va contra nuestros valores, contra nuestros votos. Tenemos prohibido tocar a las mujeres. ¿Cómo has podido hacerlo?» El monje sensato, de más edad, contestó así: «Yo dejé la mujer en cuanto hubimos cruzado el río. Tú aún la llevas a cuestas.» Al pensar en esta historia, caí en la cuenta de que todos hacemos esto a diario. Tras finalizar nuestros problemas y tareas, no solemos dejarlos a un lado y que se las arreglen por su cuenta. Los llevamos con nosotros mucho más tiempo del necesario, lo que crea una carga que añade peso y fatiga a los hombros y pone tensas las mentes. El remedio es vivir siendo cada vez más conscientes del momento presente. Esto es difícil de hacer y requiere práctica, naturalmente, pero vale la pena intentarlo. Es importante aprender lecciones del pasado y recordarlas, pero luego hemos de dejar el pasado tranquilo. No es preciso llevarlo al otro lado del río.

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