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Typical Texture Representations for Physically Based Models

2.4. Introduction to Physically Based Rendering

2.4.3. Typical Texture Representations for Physically Based Models

La historia de cómo me familiaricé con el potente proceso de experimentar vidas del pasado comenzó en mis vacaciones de verano tras acabar séptimo curso. Había crecido en la Bulgaria

comunista, y los temas de naturaleza religiosa o mística no formaban parte de mi formación. No obstante, unos años antes de ese verano Europa del Este había sido barrida por una oleada de revoluciones democráticas, por lo que enseguida contamos con cierta información espiritual. Tenía yo a la sazón trece años. Me encontré con su libro A través del tiempo. Aunque el concepto de reencarnación no tuvo peso alguno en mi infancia y dudo de que llegara a discutirse en mi presencia, yo no ponía en duda su posibilidad. Parecía algo totalmente natural, normal. Como decía Voltaire, «no es más sorprendente haber nacido dos veces que una». Las historias del libro me encantaban a más no poder. Me gustaba la sabiduría contenida en ellas, las posibilidades que me ofrecían. Me lo pasé tan bien que, tras leer las últimas páginas, decidí inmediatamente efectuar una grabación de mí misma leyendo el texto muestra del libro y experimentar una regresión por mi cuenta. Mientras me preparaba para empezar a grabar, me recordé pensando Pero si solo tengo trece años; realmente no me pasa nada. No tengo fobias ni achaques físicos; ¿por qué hago esto? Sin embargo, las ganas y la curiosidad eran demasiado fuertes para oponerles resistencia.

Hice la grabación, rebobiné la cinta hasta el principio, y aunque no sabía muy bien qué esperar, pulsé play. La grabación me guio por una hermosa relajación, y me sentí muy cómoda y tranquila. Sin embargo, en el momento en que crucé la puerta a una vida pasada, todo cambió.

De inmediato me encontré en el cuerpo de una mujer que corría para salvar la vida, y me convertí en ella. El corazón me palpitaba de miedo, y mis inhalaciones de aire eran cortas, bruscas y desesperadas. Aquello era aterrador. Estaba corriendo por un pasillo débilmente iluminado perseguido por unos hombres que, si me alcanzaban, me matarían.

Mi traje gris consistía en una chaqueta y una falda de lana gruesa. Lucía medias negras y calzaba zapatos negros con tacones bajos. Llevaba el pelo oscuro recogido pulcramente en un moño. Las paredes de ladrillo retumbaban con el sonido de mis pasos apresurados. Se veían hileras de puertas a ambos lados, pero al intentar abrirlas me di cuenta de que estaban cerradas. Por fin, un pomo cedió. Entré en la sala y vi que estaba vacía: tenía una ventanita alta con barrotes en la pared, cerca del techo. Supe que estaba atrapada y que me cogerían.

Era la época de la Segunda Guerra Mundial. Yo era una médica que, en vez de curar a un general alemán, lo había envenenado y matado. Por eso aquellos hombres iban tras de mí: querían vengarse. La siguiente escena la contemplé desde arriba. Vi que me colocaban en una silla eléctrica, me amarraban a ella las manos y las piernas con correas, y me ejecutaban.

Luego sucedió algo de veras hermoso. Vi a mi espíritu abandonar mi cuerpo, elevarse lentamente, siguiendo una estela de luz blanca. Al final de ese camino, se apreciaba una puerta abierta por la que brillaba una espléndida luz blanca. Junto a la puerta había un ser que resplandecía de amor y luz, aguardando para dar la bienvenida a mi espíritu. Yo sentía paz, amor y una sensación de eternidad.

Esa noche esperé ansiosa a que mi madre volviera de trabajar. Le expliqué lo que había experimentado y le pregunté si en la Segunda Guerra Mundial habían existido realmente sillas eléctricas. Años después me enteré de que habían entrado en funcionamiento allá por 1890.

sucedió a los trece años. Se cree que el número trece es el número del cambio. Para los numerólogos y los lectores del tarot, es el número de la transformación. Requiere el estudio de los principios básicos de uno, en qué cree. Suscita cambios en el modo en que una persona define todas las cosas de su vida, lo que origina cambios en su cosmovisión y su existencia. Mi primera regresión transformó todo eso, sin duda.

Años después, la historia de la vida experimentada siendo niña se amplió aún más en un taller del Instituto Omega dirigido por Brian. Durante una de esas regresiones de grupo, apareció en mi mente la imagen de una larga carretera bordeada de abedules. Yo era una mujer joven caminando por un tranquilo camino de tierra en el campo. Sostenía en la mano una pequeña maleta y llevaba en la cabeza un pañuelo anudado. Abandonaba el pueblo para ir a estudiar medicina a San Petersburgo. La última parada que hice fue en el cementerio, donde presenté mis respetos ante las tumbas de mis parientes muertos. Me sentía apesadumbrada. Pasarían muchos años antes de que volviera a casa... si es que volvía.

Mientras estudiaba en la universidad, fui reclutada por el servicio secreto de la Unión Soviética. En Europa se estaba cociendo algo; había rumores de una posible guerra. Me mandaron a Europa a espiar para mi país.

Yo era una mujer muy atractiva que sabía utilizar sus encantos, y me resultó fácil reunir información. Vi una escena vívida en la que estaba sentada frente a un pequeño artilugio que utilizaba para enviar cables cifrados con la información recogida.

Había un club nocturno frecuentado por muchos americanos, al que solía ir con la esperanza de encontrarme con un hombre concreto en el que estaba interesada, no por mi trabajo sino porque me había enamorado de él. Él también estaba enamorado de mí. La siguiente escena se desarrolló en un largo tramo de escaleras frente a un gran edificio de carácter administrativo. Yo había recibido órdenes de trasladarme a otro lugar de Europa, así que había ido a despedirme. El hombre estaba de pie frente a mí, diciendo que me quería, suplicándome que no me fuera y pidiéndome que me casara con él. Aunque yo le quería mucho, no podía quedarme. Ya había dado mi palabra y comprometido mi vida, mi amor y mi corazón por mi país. Le aseguré que cuando él volviera a su casa, a la granja familiar de América, se casaría con una mujer buena, tendría hijos y sería feliz. Le dije adiós con lágrimas en los ojos, y acto seguido bajé corriendo las escaleras hacia el coche que me estaba esperando.

Más adelante, me casé con un importante oficial alemán, Esto facilitó muchísimo mi labor y me protegió. Ya había comenzado la Segunda Guerra Mundial. Yo había estado practicando la medicina, sobre todo tratando a militares alemanes, y recibí órdenes de matar a un general alemán de alto rango a quien le había estado tratando una enfermedad. Me vi de pie frente a una mesa. El general estaba a mi lado, sentado en una silla. En la mesa había un vaso de agua. Yo sostenía un pequeño recipiente con unos polvos y miré hacia el techo, inquieta por lo que estaba a punto de hacer. No obstante, como no quedaba otra opción, eché los polvos en el vaso. En vez de darle al general su medicación, le di veneno.

Aquí es donde encaja mi primera regresión como niña. Volví a verme corriendo por aquel pasillo y al final me cogían. Pero esta vez, como yo era mucho mayor y más capaz de manejar toda la historia,

vi los truculentos detalles de los interrogatorios a los que me sometieron. ¿Traicioné a mi red? No. Hasta el último momento sostuve que había actuado sola. Me golpearon, torturaron y preguntaron. Los golpes, torturas y preguntas se repitieron una y otra vez. Lo único que no me hicieron los interrogadores fue violarme. Consideraban que había pertenecido a uno de ellos, y esa era una línea que no se podía traspasar. Al final, me sentaron en una silla eléctrica y me ejecutaron.

Mientras mi espíritu se elevaba por encima de la escena, supe que la lección de esa vida era una lección de amor, de la necesidad de enfocar todas las situaciones con amor y permitirme a mí misma ser también amada. Esa vida estaba organizada de tal modo que yo había tenido la oportunidad de elegir el amor cuando el americano me propuso matrimonio en aquellas escaleras. Sin embargo, preferí ser fiel a la promesa de servir a mi país. También supe que, después de irme yo, él sentía que no tenía ninguna razón de vivir; mi partida le había partido el alma. Murió en una zanja de tierra, tras recibir un disparo en la frente durante un combate contra el ejército alemán.

En las horas que siguieron a esa experiencia, me sentí conmocionada hasta la médula y con una gran sensación de lamento por haber desperdiciado toda una vida y haber hecho daño a otra persona. Sin embargo, como sé que somos eternos, también sé que toda vida nos enriquece el alma con lecciones valiosísimas.

Mi alma habrá elegido experimentar y aprender la lección del amor profundo en mi vida actual, pues lo que me da una mayor sensación de significado y plenitud es ofrecer amor, luz e inspiración a las personas. Una de las cosas que más me gusta es ayudar a que los demás experimenten sus vidas anteriores y adquieran conocimiento sobre las personas y circunstancias que les rodean. También tengo una relación muy afectuosa con un hombre que, casualmente, tiene dos miedos irracionales y muy arraigados: el miedo a perderme y el miedo a que le disparen a bocajarro en la frente. Y me hago la siguiente pregunta: ¿Es mi segunda oportunidad de amor con el americano que conocí una vez?

~ Mira Kelley

A sus trece años, Mira actuó según su saber intuitivo y su curiosidad por el conocimiento y el crecimiento espiritual mientras escuchaba las cintas que había grabado. Esta decisión cambió su vida: la condujo a su potencialidad superior, a su labor sanadora, y en última instancia a un reencuentro con su alma gemela.

El miedo de su alma gemela a perderla otra vez es típico del tema subyacente de la ansiedad por separación. Con frecuencia, los niños que tienen más miedo irracional de separarse de sus padres los han perdido realmente en vidas anteriores. Recuerdan la pérdida de manera subconsciente, como le pasa al amante actual de Mira. El remedio para este tipo de miedo a la separación es reconocer su origen en un episodio de una vida anterior. El trauma ya se ha producido. Pertenece a otra época, no es algo que debamos temer en el presente o en el futuro. Las preocupaciones del alma gemela sobre perder otra vez a Mira o recibir un disparo en la frente provienen de la época de la Segunda Guerra Mundial. Sabiendo esto, puede liberarse de ellas y promover una relación más libre y no restringida por inseguridades muy

arraigadas.

La descripción de Mira de los episodios posteriores a su muerte física, cuando el espíritu abandonó el cuerpo, se hace eco de ciertos estudios sobre experiencias cercanas a la muerte (NDE, por sus siglas en inglés), de los que ella no sabía nada a los trece años. La luz espléndida y reconstituyente y el afectuoso ser espiritual de la historia de Mira son universales en las NDE. Su reconfortante presencia y la confirmación de la otra vida eliminan el miedo a la muerte y a morirse. Somos, nos recuerdan, inmortales, y la muerte no es más que una puerta al otro lado.

De vez en cuando surge una sincronía que atrae mi atención casi por la fuerza. Los hechos sincrónicos son episodios aparentemente fortuitos de asuntos afines que, en mi opinión, tienen una conexión en el plano metafísico. Quizá no entendamos esa conexión causal, pero está ahí.

Mientras terminaba de escribir mis reflexiones sobre la historia de Mira a principios de 2010, sonó el teléfono avisando de la llegada de un e-mail. Habían transcurrido menos de cinco minutos desde que escribiera sobre liberar temores actuales toda vez que los traumas se habían producido en una vida anterior.

En el e-mail, una mujer me explicaba que su «atroz miedo a volar» le había impedido disfrutar plenamente de la vida. Volar por placer o negocios estaba para ella estrictamente limitado. En 2003, había asistido a un taller que organizábamos en Miami. Mientras yo conducía el grupo a una regresión a vidas pasadas, ella se puso a recordar intensamente una vida en la Segunda Guerra Mundial.

«Me vi mirando por la carlinga de un avión... Era un hombre, el piloto de un avión de transporte de personal militar», escribió. El avión se estrelló «debido a un fallo mecánico; murieron todos los tripulantes y los pasajeros (también mi copiloto y yo misma)». Acabó el taller. En un breve espacio de tiempo, los frutos de su regresión estuvieron listos para ser cosechados. «Once días después del taller», explicaba ella, «recibí una llamada urgente y tuve que coger un avión a Boston. No sentí nada... en absoluto... ningún miedo... nada de nada. Desde ese día de 2003 he volado varias veces y en ningún momento he sentido miedo ni ansiedad. De modo que, aunque ha tardado mucho, gracias, doctor Weiss». Si yo necesitaba un signo de admiración cósmico, ahí estaba. Solo momentos después de haber escrito al respecto, llegó por e-mail la confirmación de que los miedos y las fobias actuales suelen tener su origen en vidas pasadas. Si recordamos estos orígenes, es posible curar los síntomas por completo. No hay por qué seguir teniendo ansiedad ni miedo. El taller que curó a esa mujer había tenido lugar hacía casi nueve años, sin embargo su e-mail llegó al cabo de solo cinco minutos de una diana perfecta. Me podía haber contado esa historia en cualquier momento de todo ese período. La probabilidad de que la sincronización sea una coincidencia es remota. Y, como conexión final, ambas historias incluían muertes traumáticas en la Segunda Guerra Mundial.