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A. THE CHARACTERIZATION OF SENSOR ERRORS

1. Test Setup

La adolescencia ha sido definida como una etapa de transición que separa la niñez de la edad adulta. El primero en concebirla como una realidad con carácter propio fue Rousseau321, quien en el Emile establece su condición de segundo nacimiento doloroso que conlleva grandes tensiones emocionales. Otros autores contemporáneos también insisten en la adolescencia como una etapa que marca el renacer del ser humano por todos los cambios físicos y psicológicos que ésta comporta. Por ello algunos antropólogos como Mircea Eliade322 se han detenido a estudiar la simbología presente en los ritos de iniciación de las sociedades primitivas, donde la muerte simbólica era una de las pruebas a las que se veía sometido el neófito antes de formar parte de la comunidad adulta.

Según el filósofo del siglo XVIII Giambattista Vico la civilización avanza por tres épocas o edades: la de los dioses, que identifica con la infancia; la de los héroes, asimilada a la adolescencia; y la de los hombres, representante de la madurez. La civilización primitiva suele explicar y ordenar la vida según mitos y fuerzas todopoderosas (dioses) que rigen sobre los seres humanos, proporcionándoles orden y bienestar sólo si son apaciguadas con los sacrificios y las ofrendas de la sociedad. El móvil del individuo y del grupo, pues, es el miedo. En la época de los héroes la civilización les entrega a unos líderes selectos todos los privilegios y todo el poder mítico antes reservado a los dioses, ennobleciéndolos así y garantizando la buena marcha de la sociedad. Y en la tercera época, el hombre entra en un período de desmitificación, dándose cuenta del papel que desempeña en la vida y, por consiguiente, la concomitante responsabilidad en una sociedad

321 Cfr. CASTILLO CEBALLOS, G. (1999). El adolescente y sus retos. La aventura de hacerse

mayor. Madrid: Pirámide, p. 24.

hecha a su medida323.

En relación con este enfoque filosófico hay que apuntar que la adolescencia, en cierta medidia, se relaciona con el heroísmo al poderse caracterizar por una visión idealista y romántica de la vida que, al llegar a la edad adulta, se hace más realista. Asimismo, las amenazas que se perciben desde el exterior se convierten en obstáculos que tienen que ser vencidos y esto produce cierto espíritu de heroísmo en el adolescente. La narrativa de viajes y aventuras se convierte, entonces, en terreno idóneo para la identificación, pues el protagonista ha de enfrentarse al peligro y superar con éxito todas las pruebas que surgen en el camino324.

Cirlot determina en su diccionario de símbolos que

desde el punto de vista espiritual, el viaje no es nunca la mera traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva del mismo. En consecuencia estudiar, investigar, buscar, vivir intensamente lo nuevo y profundo son modalidades de viajar o, si se quiere, equivalentes espirituales y simbólicos del viaje. Los héroes son siempre viajeros, es decir, inquietos325.

Todas estas características del viaje se adecuan al espíritu adolescente: inquieto, curioso, emotivo y con ganas de enfrentarse al mundo, lo desconocido y la aventura, ya sea a través de la experiencia directa o a partir del mundo de ficción recreado en los libros y en otros soportes audiovisuales. Stanley Hall, uno de los primeros autores en escribir un compendio sobre la adolescencia (Adolescence, 1904)326 destaca que a los adolescentes les agradan las tensiones anímicas y los

323 VICO, G. (1744) Principios de ciencia nueva. Ed. J. M. Bermudo. Barcelona: Folio, 1985, Vol. II,

pp. 161 y ss.

324 El heroísmo presente en la novela de aventuras ha sido comparado con el de la épica, ya que

J. M. Bardavío concluye que “la novela de aventuras es de por sí una epopeya en pequeño” (Cfr. BARDAVÍO, J. M. Op. cit., p. 45); aunque cabría distinguir entre la significación colectiva del héroe épico y la individualidad que caracteriza al héroe de la narrativa de aventuras.

325 CIRLOT, J. E. (1969). Diccionario de símbolos. Madrid: Siruela, 1997, s.v. “viaje”. 326 Cfr. CASTILLO CEBALLOS, G. Op cit., p. 25.

estados de excitación.También son propios de esta edad los deseos de independencia y autonomía, deseos que tienen su correlato en las novelas de nuestro corpus en la partida del héroe lejos de su hogar. Fernando Savater indica que para el héroe

es preciso dejar el cosmos ordenado de la casa-patria natal y afrontar el caos del reino de la aventura, de donde se volverá renacido y curado de la muerte por su propio esfuerzo327.

Emilio Pascual apunta en este sentido que “lo extraordinario del viaje conlleva la incertidumbre, y en consecuencia el miedo”, por esta razón la superación de situaciones conflictivas por parte del héroe en la novela de aventuras las acerca a las denominadas “novelas de formación”328.

Por su parte Piaget329 presenta la adolescencia como un estadio del desarrollo evolutivo del ser humano ligado a la reestructuración de las capacidades cognoscitivas; en concreto esta etapa se cacacteriza por el paso del pensamiento concreto al pensamiento formal. Esto provoca que el adolescente posea ya la capacidad para formular teorías generales sobre la realidad y deducir las conclusiones a partir de puras hipótesis, y no sólo desde la observación de lo real. Así puede reconstruir su vida pasada para darle un sentido en el presente y concebir planes de futuro. Para Juan Corbella y Carmen Valls

en la adolescencia se produce la convergencia entre la realidad y el proyecto. Mientras que para el niño el futuro es únicamente el día siguiente, y aunque puede hablar de lo que hará cuando sea mayor no es consciente de la trascendencia de sus decisiones, para el adolescente el futuro es ya una realidad con todas sus consecuencias. El adolescente se da cuenta de que está en camino hacia ese futuro, y de que éste depende de sus comportamientos

327 SAVATER, F. (1992) La tarea del héroe. Barcelona: Destino, p. 174.

328 PASCUAL, E. (1990) “La novela de aventuras o volver tras un largo viaje”, CLIJ, 18, p. 12. 329 PIAGET, J. (1967) Seis estudios de psicología. Barcelona: Seix Barral, 1979, pp. 93-107.

actuales, de sus decisiones y expectativas. Este futuro es representado fundamentalmente por los ideales, la vocación y la manera como se proyecta su devenir vital. La vida adulta dependerá de cómo la haya estructurado el joven durante la adolescencia; en pocas palabras, de la presencia o ausencia de un proyecto vital. Ésta es la etapa en que se toman las decisiones más trascendentes de la vida, aquellas que decidirán los caminos y las formas de ser adulto330.

Y uno de estos caminos se consigue delimitar a partir del aprendizaje que supone todo viaje. En las narraciones juveniles que estamos estudiando, al tiempo externo de la aventura se superpone un tiempo interior, que es el que presenta el proceso iniciático, y por tanto de crecimiento sufrido por el joven. Se podría hablar entonces de un tiempo objetivamente mensurable frente a un tiempo subjetivo en que cuenta la experiencia vivida. Si acudimos a la etimología del término “aventura” en el Diccionario de la Real Academia Española se hace alusión al étimo latino “adventura, t. f. de advenire, llegar, suceder”331, mientras que en el de María Moliner también se alude al mismo étimo, cuya traducción es “cosas que han de venir”332. Vladimir Jankélevitch menciona que el tiempo de la aventura tiene un carácter futuro, es un tiempo indeterminado que se abre a lo posible, el misterio y que, por tanto, permite ejercer la libertad. Frente al tiempo cíclico del mito, el de la aventura se resiste a cerrarse al proyectarse en el espacio hacia el horizonte de la esperanza333. Fernando Savater también incide en que “la aventura es un tiempo lleno, frente al tiempo vacío e intercambiable de la rutina”334.

Así la aventura se constituye siempre en proyecto, en posibilidad, y por ello

330 CORBELLA ROIG, J. y VALLS LLOBET, C. (1989). Ante una edad difícil. Psicología y biología

del adolescente. Barcelona: Folio, p. 211.

331 Cfr. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española.. Madrid: Espasa Calpe 1992,

Vigésima primera edición, s. v. “aventura”.

332 Cfr. MOLINER, M. Diccionario de uso del español. Madrid: Gredos, 1992, s. v. “aventura” 333 Cfr. JANKÉLÉVITCH, V. (1989) La aventura, el aburrimiento, lo serio. Madrid: Taurus, pp. 12 y

ss. Por ello pensamos que Sancho Panza se resiste a abandonar esa vida ligada al viaje y a la peripecia y anima a don Quijote, postrado en cama, a seguir hacia delante.

es más propia de una etapa en la que la vida ofrece una gran cantidad de opciones, de caminos y percances, de puertas que se abren y se cierran, de espacios callados para repostar y reflexionar, de rutas que se abandonan a la mitad y se quedan truncadas, de disyuntivas y encrucijadas. Y al final del viaje siempre queda la opción de reintegrarse a la sociedad ya como adulto o seguir siendo eternamente joven, al igual que hace Robinson en la versión de Michel Tournier Viernes o la vida

salvaje335, pues al final, aunque tiene la posibilidad de volver a la civilización, la

rechaza, y prefiere quedarse junto al indígena Viernes llevando a cabo una vida en la que dominan el juego y el azar, el acontecimiento y el misterio, en una palabra, la aventura.

En la narrativa de viajes ya quedó apuntada la estrecha relación entre el tiempo y el espacio, confluencia que se hace patente en toda obra literaria. Por ello Bajtín llama “cronotopo” a una categoría de la forma y el contenido en la literatura que expresa el carácter indisoluble del espacio y el tiempo: “los elementos de tiempo se revelan en el espacio, y el espacio es entendido y medido a través del tiempo”336. Para el crítico el concepto de género y sus variantes se determinan precisamente por el cronotopo. Así va haciendo un análisis de éste en diferentes modalidades narrativas a través de la historia literaria.

Es evidente que el cronotopo resulta un elemento esencial en el tipo de novelas que nos hemos propuesto analizar, ya que el énfasis se pone en el espacio como categoría organizadora de la sintaxis del relato a partir de un viaje que necesita ser desarrollado a través de un tiempo, un tiempo que, al tratarse de narraciones históricas, siempre es pasado, pero que puede reactualizarse al transportarse al espacio peculiar de la lectura, un espacio que, según R. Gullón constituye la “dilatación del espacio literario”337. En este sentido Antonio García Verdulla como colofón a un análisis sobre unas novelas históricas juveniles de Ignacio Martínez de Pisón argumenta que

la línea del tiempo ya transcurrido, y por lo tanto del pasado, se

335 TOURNIER, M. (1982) Viernes o la vida salvaje. Barcelona: Noguer. 336 BAJTÍN, M. Op. cit., 237

desplaza y se sitúa ante nosotros [los lectores] en un porvenir histórico. Nos prepara para asistir a la narración del pasado como real, durante el tiempo narrativo de la lectura. En esta línea real de nuestro tiempo se incrusta entonces una línea del pasado histórico manipulado en la ficción...338.

Noé Jitrik también reflexiona sobre la relación entre historia e imaginación literaria:

Si la materia de que trata la historia reside por fuerza en el pasado y ese ser en el pasado de los hechos le confiere un carácter temporal, la novela histórica, a causa del carácter espacializante que tiene la escritura podría ser un intento por espacializar el tiempo: tomar un tiempo concluido y darle una organización en un espacio pertinente y particular339.

Esta vez la idea de espacio está referida al que crea el propio texto, entendido como una entidad que posee una arquitectura, un pattern; pero no olvidemos que la novela –aparte también de constituir un proceso– no puede existir fuera del tiempo lector. De esta manera éste es capaz de rescatar el flujo temporal de lo acontecimientos de la historia a partir de su propia temporalidad –se podría hablar entonces de la operación inversa, respecto a la concepción de Jitrik, de “temporalizar el espacio”–, de su propia vivencia y convertir el pasado en porvenir gracias a la experiencia ganada tras la aventura de la lectura.

Así, al lado de un tiempo sujeto al espacio físico de la novela –tanto en su condición de escritura como de simulacro de la realidad–, y por tanto espacializado, se sitúa un tiempo interior o subjetivo, aquel que se desenvuelve tanto dentro de la conciencia del héroe como del lector adolescente, que va evolucionando a lo largo del camino y va ganando experiencia para la vida. Las palabras del escritor Joan

338 MORENO VERDULLA, A. (2002) “Narrativa juvenil contemporánea. Dos novelas de Martínez

de Pisón”, Lazarillo, 7, p.34.

Manuel Gisbert lo explican: “el movimiento de la aventura es dual: recorre los espacios urbanos, geográficos o cósmicos, pero discurre también por las vías íntimas del ser”340. Volvemos a la idea de que el espacio en estas novelas se temporaliza, se impregna de tiempo y por tanto de vida. En este sentido R. Gullón esgrime:

El espacio puro, simplemente, no existe. Para ser potable, como el agua y como el tiempo, ha de arrastrar las impurezas que le confieren existencia, y, sobre todo, esa impregnación de temporalidad que lo humaniza341.

El cronotopo de la novela griega, estudiado por Bajtín, era abstracto y estático; los héroes recorrían numerosos espacios pero el tiempo no dejaba huellas, pues al final del ciclo del viaje volvían al punto de partida, a su patria, sin haber sufrido ningún cambio. Frente a él, el de la narrativa de viajes y aventuras se muestra concreto –las descripciones geográficas de los lugares se inyectan de un tiempo histórico real– y dinámico, ya que ni el protagonista ni el lector son los mismos después de haber vivido la aventura.

La idea de cronotopo sobre la confluencia de las coordenadas espacio- temporales se aplica a la novela porque, en definitiva, forma parte de la vida, tanto en su dimensión física como espiritual. No hay que olvidar que toda obra escrita parte de un autor, y en el caso del relato histórico los hechos acontecidos en el pasado quedan mediatizados por su propio tiempo y espacio. Al lector, el receptor, le toca entonces recomponer los fragmentos y otorgarles sentido dentro de su propio tiempo y espacio.

340 GISBERT, J. M. (1990) “La incesante aventura”, Corrientes actuales de la Literatura Infantil y

Juvenil Española en Lengua Castellana, Op. cit., p. 48.

2.3.6.2. El progreso del héroe342 o la heroína: hitos mítico-simbólicos en el