4.5 GENERAL FRAMEWORKS ON COMPETENCIES
4.5.2 The European e-Competence Framework (e-CF)
Las palabras y las cosas comienza con un brillante texto so b re el juego de m iradas y representaciones que Velázquez transm ite en Las meninas. M iradas huidizas y encontradas, líneas que trazan el recorrido de lo que, para Foucault, co rrespondería al m odo clásico de entender el m undo, es decir, a la epistem e clásica. Las m eninas, con su juego de miradas, propone una composición del cuadro en la que el centro de todo es un personaje ausente: el rey. Para Foucault, este m odo de presentar el m undo rom pe con la epistem e ante rior, la renacentista, proponiendo otro m odo diferente de orden basado en un a priori histórico: la representación.
Ahora bien, ¿en qué se diferencia el orden de luis m eninas o del Q uijote del orden renacentista?
Hasta el siglo xvi, durante el Renacimiento, el orden del m undo quedaba establecido en torno a las relaciones de semejanza. El m undo entero estaba íntim am ente conecta do m ediante relaciones internas d e semejanza: emulación, analogía o simpatía. La naturaleza entera se com unica secre tamente, hasta él pun to d e que determ inadas plantas como el acónito recuerdan al ojo, las plantas son análogas a los animales, el rostro hum ano es una emulación del cielo y los siete planetas. Los saberes que dan cuenta del m undo rena centista participan de este m odo d e conocim iento e intentan expresar la estructura interna de semejanza que encierra el m undo. Dice Foucault en Las palabras y las cosas:
Buscar la ley de los signos es descubrir las cosas semejantes. La gramática de los seres es su exégesis. Y el lenguaje que hablan no cuenta otra cosa sino la sintaxis que los liga. La naturaleza de las cosas, su coexistencia, no es diferente a su semejanza. Y esta solo aparece en la red de los signos que de un cabo a otro recorre el mundo.
El lenguaje es un com entario del gran libro del m undo que ya está escrito, y era Dios quien aseguraba la identidad entre palabra y m undo.
El universo renacentista es, p o r lo tanto, un gran libro sagrado que el saber trata de interpretar. Todo está estruc turado con arreglo a un orden interno y las estrategias de conocim iento pasan po r descifrar las conexiones íntimas de semejanza del m undo po r m edio de la divinado., que hace hablar a la naturaleza, y la erudido, que busca la claridad de la palabra. Palabra y m undo, palabras y cosas pertenecen al mismo universo legible que debe ser interpretado sin des
canso. Un universo, el renacentista, del que el Q uijote huirá rom piendo la epistem e renacentista y propiciando al paso a la epistem e clásica de Las m eninas.
La ruptura con el Renacimiento fue debida, para Fou- cault, a la pérdida de identidad entre el lenguaje y el m un do. Las palabras y las cosas ya no son lo mismo, sino que las palabras, a p artir del siglo xvn, comienzan a m antener una relación de representación con el m undo. Com o afirma Miguel M orey en la obra anteriorm ente citada: «Foucault coloca como em blem a del paso del Renacimiento al clasi cismo a un loco ilustre (¿acaso no decíamos anteriorm ente que el clasicismo inventa la locura?): D on Quijote». Efec tivamente, D on Q uijote representa un desplazam iento ra dical, el conflicto entre un m undo renacentista — el d e las semejanzas del Q uijote— y un m undo nuevo en el cual Don Q uijote tiene sentido únicam ente com o una representación, como una novela. Don Q uijote solo encaja en el m undo de la episteme clásica como una ficción, o com o una locura: la locura de aquellos que no pueden ser representados de otro m odo en el nuevo orden.
Según Foucault, Velázquez, con Las m eninas, ejemplifica esa representación, que se funda sobre algo ausente. Preci samente, se representa algo que no está presente, que se trae a colación a través de la palabra. Con lo que el lenguaje ya no tratará de expresar las relaciones íntimas de las palabras y las cosas, sino que se bastará a sí mismo para decir — re presentar— el m undo, con lo que la relación del significante y lo significado no va a estar asegurada p o r ningún interm e diario. De este m odo, el signo que representaba el m undo comenzó a hablar — tal y como se afirmó en el famoso ma nual de lógica cartesiana, la Lógica de Port-Royal (1662)— de dos cosas al mismo tiempo: lo representado y su propio carácter representativo.
La s m e n in a s de Velázquez (1656), una de las obras cumbre de la pintura de todos los tiempos, que puede verse sobre estas líneas, es la herramienta utilizada por Foucault para representar metafóricamente el paso de la epistem e renacentista a la clásica. En el cuadro se hacen presentes dos espacios; uno visible (lo que vemos) y otro invisible (todo lo que, desde fuera de la com posición, nos influye). Tal como afirma Foucault: «Nos vemos vistos por el pintor, hechos visibles a sus ojos por la misma luz que nos hace verlo».
La novedad de esta representación lúe vital a la hora de organizar el saber científico d e la época. Usta nueva confi guración rige los saberes principales del siglo xvii: gram á tica general, historia natural y análisis d e las riquezas. A lo largo de las páginas d e Las palabras y las cosas desfilan los argum entos que le sirven a Foucault para fundam entar que los saberes clásicos se sostienen en el orden de la represen tación: la gramática universal, en el verbo y el nom bre; la historia natural, con Linneo, en la designación de las taxo nomías de la vecindad de los seres y las especies; y el análisis de las riquezas, con William Petty, en m oneda, circulación y cambio.
Simplificando, se podría decir que tanto los análisis gra maticales sobre el nom bre como los de la historia natural sobre las taxonom ías de las plantas o los análisis de la ri queza sobre el cambio y la m oneda responden a un orden basado en la representación, ese procedim iento lingüístico consistente en traer, con la palabra, un elem ento ausente del m undo, el que organiza los saberes de la episteme clásica que, a su vez, se rom pieron en mil pedazos en el m om ento en que esa ausencia fue asaltada p o r una nueva figura que hizo estallar el orden epistémico: el hom bre.
Q uizás la epistem e clásica ya anticipaba la emergencia de esa figura antropológica del hom bre. A p artir del siglo xvm es posible observar de qué m odo se comienza a subvertir la identidad en tre palabra y m undo que la semejanza propor cionaba. Y se comienza a subvertir cuestionando el papel de Dios com o garante de la conexión de todas las cosas. El clasicismo sustituye la semejanza divina p o r la representa ción lingüística, prefigurando el progresivo papel dom inan te del ser hum ano, sus ansias de apoderarse de la creación, de asaltar los cielos. C uando, en el siglo xix, Nietzsche p ro clamó la m uerte de Dios, se estaba apuntando a un paso
más a través del cual el hom bre, con sus saberes asocia dos, inauguraba un nuevo orden: la epistem e m oderna. En concreto, la finitud hum ana pasó a ser, según Foucault, el elem ento ord en ad o r de los nuevos
tiempos, desplazando a los órde- Puede muy bien ocurrir
nes anteriores. que hayáis matado a
El hundim iento de la episteme Dios [...], pero no penséis
clásica tiene lugar en el m om ento que podréis hacer [...] un
en que la noción de historia co- hombre que viva mucho
mienza a traspasar los saberes, pro- m á s que él.
piciando el espacio adecuado para u arqueologíadelsaber
pensar la finitud humana. Las pala
bras y las cosas nos presenta el desplazam iento en dos m o mentos diferentes, 1775 y 1825. El p rim er m om ento viene m arcado p o r los trabajos paradigm áticos d e Adam Smith, que convirtió el análisis de las riquezas en ciencia econó mica, de Jean-B aptiste Lamarck, que transform ó la historia natural en ciencia biológica y del filólogo William Jones, que pasó de la gramática general a la ciencia lingüística. El segun do m om ento, que completa la historización de las disciplinas científicas, viene caracterizado p o r los trabajos del biólogo Georges Cuvier, padre de la anatom ía com parada, el econo mista David Ricardo y el lingüista Franz Bopp, y supone la autonomía de los conceptos de trabajo, vida y lenguaje con respecto al resto de las representaciones clásicas. Trabajo, vida y lenguaje pasarán a ser los objetos trascendentales que, en lugar de la representación, articularán un orden epistémi- co basado en la finitud humana.
La aparición en el saber de los conceptos de vida, trabajo y lenguaje de m anera autónom a no es sino una transform a ción de las antiguas disciplinas que sostenían el viejo orden renacentista: análisis de las riquezas, gramática universal e historia natural. D esde el m om ento en que comienza a pen-
sarse la finitud hum ana como modelo del saber y del m un do, las viejas disciplinas se someten al influjo de la historia, del tiempo hum ano, transform ándose en ciencias que tienen por objeto asuntos hum anos pensados bajo un orden hum a no, a una escala antropologizada. Ya no se trata de pensar el orden íntimo del m undo, las semejanzas entre animales y plantas, el tiem po de los dioses y la eternidad, o de crear nuevas representaciones del m undo. A partir del siglo xvm se trata de habitar un m undo hum ano, de hacerse con un m undo hum ano, de conquistar el territorio de la necesidad convirtiéndolo en libertad a través de la acción humana. Re hacer el m undo pasa por pensarlo de nuevo sin recurrir a nada que no sea ese sujeto que piensa el m undo, es decir, que no sea el hom bre mismo. El único fundam ento posible será el sujeto que piensa pero que, precisamente, al pensarse a sí mismo, deja de considerarse como sujeto y se convierte en un objeto que vive, trabaja y habla.
El trabajo, la vida y el lenguaje se convierten en obje tos teóricos principales debido a la reflexión que se realiza acerca de la subjetividad, el ser hum ano y la finitud, que implica la emergencia del concepto de hom bre y de las ciencias hum anas que tratan de definirlo y defenderlo, jus tam ente — como dice Foucault en Las palabras y las cosas— , «el día en que la vida, el trabajo, el lenguaje dejaron de ser atributos de una naturaleza para convertirse ellos mismos en naturalezas enraizadas en sus historias específicas».
Las ciencias hum anas contienen el ser hum ano, que a par tir de ese m om ento se encontrará explicado, definido y en cauzado p o r cada uno de los objetos trascendentales que, a partir de la reflexión sobre el mismo, las ciencias hum anas han convertido en m arco del nuevo orden antropológico. En definitiva, la aparición de las ciencias hum anas implicó convertir al hom bre en un objeto científico, pagando el pre-
La episteme que inaugura el siglo xix se caracteriza por introducir la finitud humana en el corazón de las antiguas ciencias, dando lugar a los conceptos centrales de vida, trabajo y lenguaje, base de las nuevas ciencias humanas.