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4.8 DEVELOPING IS SECURITY E-COMPETENCIES IN HIGHER EDUCATION

4.8.5 Training and development from IS and security related fields

A finales de 1965, Foucault aceptó un puesto en la Univer­ sidad de Túnez, con el objetivo de acum ular m éritos para conseguir, en un futuro, plaza en París. Se instaló en Sidi Bou Said, una aldea a orillas del m ar a pocos kilóm etros de Túnez. Precedidas p o r el éxito d e Las palabras y las cosas, sus clases fueron acogidas con entusiasm o p o r los alum nos y, en poco tiem po, se convirtió en uno d e los profesores con m ayor influencia del departam ento. D u ran te los prim eros meses su estancia estuvo m arcada por la tranquilidad y la ascesis filosófica, que hicieron de Túnez una especie d e reti­ ro paradisíaco. Sin em bargo, en 1967 estallaron las revuel­ tas universitarias, unidas a una represión atroz contra los

estudiantes. Id am biente reposado cam bió d e repente hacia una agitación constante del m undo universitario, com o el mismo Foucault relató a su antiguo m aestro G eorges Can- guilhem en junio de 1967. P oco a poco, las torturas d e los alum nos detenidos llevaron a algunos docentes, en tre los que se encontraba Foucault, a p ro testar p o r los abusos. En Conversaciones con Foucault (1978), del periodista y crítico d e arte D u c c io lro m b a d o ri, afirmaba que «esos m uchachos y m uchachas que asumían unos riesgos form idables redac­ tando una octavilla, distribuyéndola o haciendo un llam a­ m iento a la huelga, ¡que asumían el riesgo de la privación de libertad!, fue algo que m e im presionó profundam ente. C onstituía para m í una experiencia política [...] . Allí, en Túnez, me vi em pujado a aportar una ayuda concreta a los estudiantes».

De este m odo, la experiencia que al año siguiente supuso el Mayo del 68, la sufrió Foucault anticipadam ente en Túnez, y de un m odo más brutal debido a la falta d e seguridad y a la diferente situación política. Q uizá p o r ello, cuando se le acusó de falta de com prom iso con el movimiento del Mayo del 68 parisino, Foucault recordó a sus críticos que su tarea consistió precisam ente en m ediar ante el gobierno tunecino en favor de los estudiantes, en acogerlos y esconderlos en su casa, en hacer, en definitiva, todo lo que su estatus de respetable ciudadano francés le perm itía a la hora de ayudar a una revuelta en la que la gente se jugaba su libertad, su in­ tegridad física y su futuro. Fue en Túnez, p o r lo tanto, donde se sintió obligado a com prom eterse políticam ente, a intentar repensar la situación política y su propio com prom iso desde una perspectiva diferente al m arxismo y el izquierdism o al uso que defendían los estudiantes. P o r ello cuando, en 1969, se le propuso com o director del departam ento d e filosofía de la recién creada Universidad de Vincennes, en París, su

com prom iso político se encontraba ya perfectam ente defini­ do. Algunas imágenes pueden servir para ilustrarlo: dos mil antidisturbios entrando en la facultad de Vincennes; Fou- cault detenido junto a otros profesores del departam ento por perm itir y alentar la ocupación, y los disturbios en una universidad convertida en perm anente cam po de batalla; los despachos destrozados p o r la actuación policial; las mesas, estanterías, libros y mobiliario convertidos en barricadas. D urante los dos años que estuvo en Vincennes, el filósofo desarrolló una labor totalm ente com prom etida con la lucha de los estudiantes, de denuncia de la represión policial y de los abusos del gobierno, encarnando, poco a poco, la figura que lo definiría pocos años más tarde: profesor y militante.

En 1971 Foucault cambió p o r última vez de destino aca­ démico, llegando al puesto que ocuparía durante el resto de su vida. Tras años vagando po r diversas universidades y centros culturales, se le abrieron po r fin las puertas del cen­ tro más prestigioso del m undo intelectual francés: el célebre Collége de France. Un lugar en el cual tan solo debía d ar cuenta de sus investigaciones en un seminario anual de unas pocas clases. Las condiciones de trabajo eran inmejorables y pudo dedicarse exitosam ente a su labor reflexiva sin im ­ pedim entos materiales. Pero Foucault había cambiado, los acontecimientos lo habían llevado a la arena política y ya no era el mismo filósofo que se volcaba de m odo exclusivo en el análisis de los saberes. Ahora, una nueva cuestión lo angus­ tiaba, le rondaba, le exigía modificar la reflexión. Se trataba de la cuestión del poder. Existen dos textos fundamentales que marcaron ese giro en la obra de Foucault, ambos p u ­ blicados en 1971. El prim ero es Nietzsche, la genealogía, la historia, en el que desarrolló el nuevo m étodo genealógico de pensam iento que sustituía al arqueológico. El segundo texto fue su lección inaugural en el Collége de France, titu-

Los acontecim ientos del Mayo del 68 (arriba, imagen de una carga policial en el centro de París) fueron para Foucault, aunque no los viviera directam ente, un acicate para ahondar en la reflexión sobre el poder, pues supuso unir la teoría y la política tomando como modelo las luchas cotidianas llevadas a cabo por todos los movimientos de base que prefiguraron la revolución parisina. La unión entre teoría y política provocó una politización del pensamiento que buscaba la denuncia del poder, independientemente del lugar donde se diese. Se trataba, en fin, de desenmascararlo, de mostrar cómo se ejercía, de arrancarle sus máscaras de legitimidad y obligarlo a mostrarse en toda su crudeza.

lacla II/ orden del discurso, en la que desplazó el análisis de la problem ática del lenguaje al análisis del poder.

El m étodo genealógico que debía sustituir al arqueológi­ co tiene su referente en el pensam iento de Nietzsche. Si la arqueología trataba de encontrar los restos de una época en los docum entos de su saber, la genealogía debía tratar de entender esos docum entos a través de las prácticas sociales que habían provocado su aparición. El m étodo genealógico brinda la oportunidad doble de decir cóm o es el presente y, al mismo tiem po, de criticarlo; se trata, pues, de una «onto- logía crítica de nosotros mismos», com o afirmaría Foucault años más tarde. P ara ello, ante un objeto cultural X, como puede ser p o r ejem plo la práctica psiquiátrica, debem os proceder com prendiéndolo com o un acontecim iento y es­ tablecer las condiciones necesarias para su aparición. Es d e­ cir, es necesario analizar las prácticas sociales que hicieron que apareciese en determ inado m om ento histórico. La dife­ rencia fundam ental con respecto a la arqueología consiste, precisam ente, en que la genealogía busca en las prácticas sociales, concretam ente en las correlaciones de fuerzas so­ ciales, el m om ento de surgim iento de una verdad. Ya no es el lenguaje el terreno donde hay que buscar los motivos de lo verdadero y lo falso, de los discursos válidos y los dese­ chados: lo im portante es, en realidad, lo que m anda sobre las palabras, quién m anda sobre el lenguaje. En resum en, «la cuestión es saber quién m anda». Y Nietzsche afirmaba, precisam ente, que existen elem entos sociales que m andan sobre las palabras. Analizarlos es la tarea de la genealogía. En prim er lugar, estableciendo correctam ente el discurso o el objeto cultural a analizar, considerándolo com o un acon­ tecim iento en sí mismo. En segundo lugar, analizando las fuerzas que han provocado su aparición y que la han hecho posible en un m om ento histórico concreto. Finalm ente, en

virtud ile Isi caracterización de tales fuerzas, se podrá esta­ blecer una tesis ontológica y crítica sobre la implicación del discurso o el objeto analizado y su relación con el presente. Es un m étodo, p o r lo tanto, que investiga la invención de los objetos culturales y su im plicación en nuestro presente, y que desvela todas las prácticas sociales im puras q ue hi­ cieron posible el presente. La pregunta p o r el orden de las cosas se convierte en la pregunta acerca d e quién ordena lo existente, explicando así los cam bios en tre épocas que la arqueología no podía explicar. ¿P o r qué se pasaba de una consideración renacentista de la locura a una concepción m oderna? La arqueología tan solo podía d ar respuesta a los cambios de discurso, m ientras que la genealogía contestará a la pregunta esencial — ¿quién m anda, quién ordena?— m ostrando a los actores de tales cam bios, sus motivaciones y sus implicaciones.

Así, cuando Foucault leyó su lección inaugural en el Co- llége de France, se centró en las palabras prohibidas. Se­ gún su tesis, si se analiza el lenguaje d e un m odo superficial, se pueden encontrar sus códigos, pero esos códigos no nos perm itirán ir más allá del mismo lenguaje, en un juego au- torreferencial. En cambio, al analizar las prohibiciones es posible preguntarse p o r qué unas palabras son prohibidas y, lo que es más im portante, quién las prohíbe. El lenguaje, los discursos, las palabras no son inocentes. Se trata de dis­ cursos ordenados y la pregunta acerca d e quién ordena los discursos conduce hasta una consideración básica que reco­ rrió el resto d e la obra d e Foucault: las relaciones de poder. Analizar las verdades implica considerar las relaciones de poder existentes en el m om ento en que esas palabras se con­ virtieron en verdades y, p o r consiguiente, perm ite desvelar el papel d e tales relaciones de po d er en nuestro presente, un presente m oldeado p o r el poder.

lacla /:/ orden del discurso, en la que desplazó el análisis de la problem ática del lenguaje al análisis del poder.

El m étodo genealógico que debía sustituir al arqueológi­ co tiene su referente en el pensam iento d e Nietzsche. Si la arqueología trataba de encontrar los restos de una época en los docum entos de su saber, la genealogía debía tratar de entender esos docum entos a través de las prácticas sociales que habían provocado su aparición. El m étodo genealógico brinda la oportunidad doble de decir cómo es el presente y, al m ismo tiem po, de criticarlo; se trata, pues, de una «onto- logía crítica de nosotros mismos», com o afirmaría Foucault años más tarde. P ara ello, ante un objeto cultural X, como puede ser p o r ejem plo la práctica psiquiátrica, debem os proceder com prendiéndolo com o un acontecim iento y es­ tablecer las condiciones necesarias para su aparición. Es de­ cir, es necesario analizar las prácticas sociales que hicieron que apareciese en determ inado m om ento histórico. La dife­ rencia fundam ental con respecto a la arqueología consiste, precisamente, en que la genealogía busca en las prácticas sociales, concretam ente en las correlaciones de fuerzas so­ ciales, el m om ento de surgim iento de una verdad. Ya no es el lenguaje el terreno donde hay que buscar los motivos de lo verdadero y lo falso, de los discursos válidos y los dese­ chados: lo im portante es, en realidad, lo que m anda sobre las palabras, quién m anda sobre el lenguaje. En resumen, «la cuestión es saber quién m anda». Y Nietzsche afirmaba, precisam ente, que existen elem entos sociales que m andan sobre las palabras. Analizarlos es la tarea de la genealogía. En prim er lugar, estableciendo correctam ente el discurso o el objeto cultural a analizar, considerándolo com o un acon­ tecim iento en sí mismo. En segundo lugar, analizando las fuerzas que han provocado su aparición y que la han hecho posible en un m om ento histórico concreto. Finalm ente, en

virtud tic la caracterización de tales luerzas, se podrá esta­ blecer una tesis ontológica y crítica sobre la implicación del discurso o el objeto analizado y su relación con el presente. Es un m étodo, p o r lo tanto, que investiga la invención de los objetos culturales y su implicación en nuestro presente, y que desvela todas las prácticas sociales im puras que hi­ cieron posible el presente. La pregunta p o r el orden de las cosas se conviefte en la pregunta acerca de quién ordena lo existente, explicando así los cambios entre épocas que la arqueología no podía explicar. ¿Por qué se pasaba de una consideración renacentista de la locura a una concepción m oderna? La arqueología tan solo podía dar respuesta a los cambios de discurso, m ientras que la genealogía contestará a la pregunta esencial — ¿quién m anda, quién ordena?— m ostrando a los actores de tales cambios, sus motivaciones y sus implicaciones.

Así, cuando Foucault leyó su lección inaugural en el Co- llége de France, se centró en las palabras prohibidas. Se­ gún su tesis, si se analiza el lenguaje de un m odo superficial, se pueden encontrar sus códigos, pero esos códigos n o nos perm itirán ir más allá del mismo lenguaje, en un juego au- torreferencial. En cambio, al analizar las prohibiciones es posible preguntarse p o r qué unas palabras son prohibidas y, lo que es más im portante, quién las prohíbe. El lenguaje, los discursos, las palabras no son inocentes. Se trata de dis­ cursos ordenados y la pregunta acerca de quién ordena los discursos conduce hasta una consideración básica que reco­ rrió el resto de la obra de Foucault: las relaciones de poder. Analizar las verdades implica considerar las relaciones de poder existentes en el m om ento en q ue esas palabras se con­ virtieron en verdades y, po r consiguiente, perm ite desvelar el papel de tales relaciones de po d er en nuestro presente, un presente m oldeado po r el poder.