El primer interés del traductor será el de preservar las calidades que presiden el TO y configuran al texto como “literario”, las cuales deberán seguir presentes en el TT a través de las particularidades (literariedad, ficcionalidad, plurisignificación, etc.) ya enunciadas:
“puesto que de la competencia literaria forma parte el reconocimiento de un texto como texto literario, el traductor, a partir de su conciencia de literariedad de la obra que interpreta para traducirla, actúa en la producción del texto-traducción de tal modo que quienes lo leen puedan reconocer dicho texto también como un texto provisto de especificidad literaria” (Albaladejo, 2005: 54).
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Aunque las convenciones, como indica García López (2004: 29), no están totalmente ausentes: existen las marcas de género, las reglas de la métrica, etc., por no hablar de las propias de otros tipos de textos que la literatura, y concretamente la narrativa moderna, adopta frecuentemente: la carta, el informe policial, la noticia periodística, etc.
El resultado, pues, es otro texto que ha de mantener los rasgos de especificidad literaria en los diferentes niveles lingüísticos y ámbitos semióticos31. Por otra parte es obvio que la importancia asignada a la forma, al contrario de lo que sucede en otras modalidades textuales, repercute directamente en la traducción. En palabras de Miguel Sáenz (1997),
“en esta clase de traducción, la forma no sólo es importante - lo es siempre -, sino fundamental. Y es que, si toda traducción
tiene un propósito específico, en el caso de la traducción literaria ese propósito es crear - o, si se quiere, reproducir - la belleza por medio de la palabra” (Sáenz, 1997: 406)32.
El traductor, como receptor y productor que es, posee una competencia textual y literaria que utilizará para que en el TT estén presentes las posibilidades interpretativas del TO, incluida su ambigüedad (Albaladejo, 2000: 53)33. Con tal fin recreará para el nuevo lector las condiciones de relación del TO con sus receptores y el mismo efecto pragmático. Esta operación implica una limitación evidente, derivada del hecho de que ningún traductor, así como ningún 31
Este aspecto es básico en relación al análisis de traducciones, ya que hay que tener en cuenta que los objetos que se comparan son ontológicamente distintos: El TO es anterior en el tiempo y no está condicionado; el TT es posterior y dependiente del primero (Chamosa, 1997: 40).
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Tal predominio de la forma sobre el contenido ha dado lugar a una de las mayores polémicas sobre la figura del traductor literario, entre aquellos que lo consideran un creador (en palabras de Octavio Paz, traducción y creación son “operaciones gemelas”), una especie de co-autor, y los que lo sitúan en un segundo plano, tras la figura del autor. De este último modo opina el propio Sáenz (1997: 407), quien sostiene que “el traductor [...] tiene una peligrosa tendencia a exagerar su propia importancia [...]. Por la naturaleza misma de la función que ejerce, en el mercado del libro, cada vez más salvaje, estará siempre relegado a un segundo plano, y es ello, precisamente, lo que constituye la servidumbre y la grandeza de la traducción”. Concluye diciendo que el traductor debe “aceptar su papel de figurante en la comedia de la cultura, pero sabiendo que su participación es decisiva” (Sáenz, 1997: 413).
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Beaugrande (Hatim y Mason, 1995: 22) decía que una de las mayores fuentes de fracaso del traductor de poesía es precisamente el apremio por resolver tal polivalencia, particularidad esencial del discurso poético, imponiendo una única lectura del texto.
lector, podrá entender en su totalidad el mensaje de la obra artística pues, como hemos visto, una de las características esenciales del texto literario es precisamente el estar sujeto a múltiples interpretaciones. Por eso el buen traductor, como el buen lector, será el que comprenda el mensaje lo suficiente como para poder ofrecer una interpretación que mantenga la plurisignificación del original34. Hatim y Mason (1995), por su parte, añaden que si tal polivalencia de significados da lugar a diversas reacciones en los lectores del TO, la tarea del traductor será preservarlas en la medida de lo posible, sin reducir el papel dinámico del primero. Pero no se escapa fácilmente a la subjetividad que acarrea cualquier acto comunicativo, y en estas condiciones será difícil que el traductor no incorpore al texto su propia personalidad, su universo, su “espíritu” antes aludido (“traduttore, traditore”) 35. Lo importante es que la comunicación entre el autor y sus traductores, independientemente de las diferentes soluciones que cada uno de ellos aporte, conserve siempre un núcleo comunicativo común, aunque existan también una serie de “derivaciones interpretativas” (García López, 2004) producto de factores personales y culturales, directamente relacionadas con su competencia traductora.
La actitud del traductor será parecida, pues, a la del crítico literario, ya que tendrá que identificar la estrategia poiética o creativa del autor del TO, o lo que es lo mismo, aquellos mecanismos de producción y estrategias comunicativas adoptadas (su intención estética, la elección del género, sus previsiones en cuanto a la recepción del texto y el lector modelo, etc.) que le permitan asumirla y actualizarla a través del TT. Sólo así podrá recrear el idiolecto personal del autor, yendo más allá de la comprensión intelectual con el fin de abarcar lo emotivo, lo más puramente visceral; sólo así podrá
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García Yebra (1989: 135) lo resume en la siguiente fórmula: “el traductor debe aspirar a decir todo y sólo lo que el autor original ha dicho, y a decirlo del mejor modo posible”. De forma parecida, Eco (2003) afirma que “puede decir muchas cosas, pero no cualquier cosa”.
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El traductor, en cada caso, puede decidir lo que es “menos grave traicionar” (Albaladejo, 2005: 56). Como asegura Eco (2003), una infidelidad lingüística a menudo permite una fidelidad cultural.
conservar, en lo posible, “la propiedad, la gracia, la fuerza, el sabor y la eufonía del original” (García Yebra, 1989: 135)36.
Por último, no resta sino decir que la traducción literaria contribuye así a la ampliación de la comunicación literaria, pues la literatura es una “interpretación transitiva” que no termina en quien la lleva a cabo, sino que contribuye a la prolongación del eje comunicativo. Como dijo Renan, un libro no traducido sólo está publicado a medias (Sáenz, 1997: 412).