Las cuestiones operativas que el traductor tendrá que plantearse a la hora de traducir son dos: la primera, en términos de método; la segunda, en cuanto a técnicas translativas. Nos detendremos brevemente en ambos aspectos, ya que serán de utilidad para el
análisis de traducciones que llevaremos a cabo. Tradicionalmente ha predominado una visión dicotómica, por tanto excluyente, de los diferentes métodos o maneras en que el traductor puede enfrentarse al TO. Ya Scheleiermacher, a principios del siglo XIX, dijo que existían sólo dos posibilidades, acercarse al TO o al TT:
“[…] sólo hay dos [caminos]. O bien el traductor deja al escritor lo más tranquilo posible y hace que el lector vaya a su encuentro, o bien deja lo más tranquilo posible al lector y hace que vaya a su encuentro el escritor”52.
Scheleiermacher se manifiesta a favor del primer método, igual que Ortega y Gasset (1937) que, más allá aún, afirma que “sólo cuando arrancamos al lector de sus hábitos lingüísticos y le obligamos a moverse dentro de los del autor, hay propiamente traducción”. Una y otra opción, que se podrían resumir en los conceptos de “traducción literal” y “libre”, se alternan a lo largo de la historia recibiendo diversos nombres. Una de las denominaciones más usada en didáctica, quizá por su practicidad, la debemos a Newmark (1995), que habla de traducción “semántica”, orientada hacia la lengua del TO; y “comunicativa”, hacia lengua del TT53. Pero quizá la más seguida hoy en día es la de Venuti (1999), quien, en términos éticos – pues una traducción no es nunca “inocente” - se refiere, a la necesidad de “extranjerizar” el TT, acercándolo a la idiosincrasia del autor aún a costa de hacerlo parecer “extraño” a la lengua y cultura de llegada, en contra de una “apropiación” o “familiarización”54 del mismo, que 52
Schleiermacher, Ueber die verschiedenen Methoden des Uebersetzens (1813).
Traducción de V. García Yebra (1989).
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La semántica, al acercarse más al TO, sigue los procesos del pensamiento del autor y tiende a interpretar el texto. La comunicativa, en cambio, lo “explica”, tratando de representar su significado de modo que tanto contenido como lenguaje resulten fácilmente aceptables y comprensibles para el lector. Se concentra en el mensaje y en la fuerza del enunciado, privilegiando la simplicidad, claridad y brevedad. Mientras que la primera suele considerarse más oportuna para textos de función expresiva (literatura o textos de autor), la segunda se reserva a los informativos (manuales, informes, artículos científicos...) y exhortativos (publicidad).
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Los términos ingleses “foreignization” y “domestication” han sido traducidos de muchas maneras (extrañamiento, extranjerización, exotización, alteridad, etc., el primero; familiarización, domesticación, apropiación, etc., el segundo). Hemos
convertiría al traductor en “invisible”. Venuti rechaza las traducciones fluidas, “que no se notan”, porque en ellas no hay huella alguna del TO, lo cual es especialmente grave cuando se trata de textos literarios.
Lo visto hasta ahora parece indicar que, cuando se habla de traducción literaria, se defiende la primera opción descrita, la más “literal”, considerando que una aproximación más libre es adecuada a textos no idiolectales en los que el peso del autor disminuye, mientras aumenta, en cambio, la necesidad de adaptarse al sistema del destinatario. Pero no nos engañemos: cualquier traducción surge siempre en un determinado ambiente cultural, con el fin de satisfacer ciertas necesidades y ocupar ciertos espacios en dicha cultura (Toury, 2004: 48), por tanto estará necesariamente condicionada por la posición que pase a ocupar en el sistema receptor. Es más, incluso el hecho de que se mantengan algunas características del TO puede venir determinado por el polo de llegada, que dotará de importancia a aquellos aspectos que más le interesen. De similares convicciones parte el funcionalismo, que nace en los años ochenta y sostiene que toda traducción está mediatizada por la función que se le asigne al TT en la cultura de llegada, que podría no ser la misma que la del TO. No hay, por tanto, una única forma de traducir un texto, sino tantas como objetivos translativos; estos, a su vez, determinarán las concretas estrategias a emplear. En este sentido parecen acertadas propuestas funcionales como la de Nord (Hurtado Albir, 2001: 246), que diferencia entre “traducción documento”, aquella que pretende documentar una comunicación realizada en una cierta cultura, y “traducción instrumento” que, al contrario se propone ser una herramienta para que dicha cultura se comunique.
Alejándonos de posturas dicotómicas excluyentes y siguiendo la línea de Hatim y Mason (1995), quienes proponen una traducción “comunicativa” concebida a la vez como “transacción comunicativa, acción pragmática e interacción semiótica” (Hurtado Albir, 2001), sostenemos, con García López (2000), que el traductor tendrá que encontrar un equilibrio entre ambos polos, los referidos al TO y al TT, ya que tan importante es llegar al programa conceptual del autor, a su intencionalidad, como que el texto resultante cumpla el parámetro de
elegido para este trabajo los propuestos por Carbonell (1999), es decir, “extrañamiento” y “familiarización”.
“aceptabilidad” en la cultura de destino. De ahí que defendamos un “enfoque traductológico comunicativo”55, especialmente en el ámbito literario, “que parte de la reflexión acerca de las especificidades del acto de comunicación que es un texto literario concreto y, como tal acto de comunicación, de todos los factores relacionados con su intencionalidad y objetivos, así como de los valores comunicativos de los elementos lingüísticos que sostienen dichos factores” (García López, 2000: 218).
Tal enfoque se basa a su vez en una nueva concepción de equivalencia “comunicativa” o “translémica” (Rabadán, 1991), fruto de la aplicación a la traducción del enfoque textual y de las corrientes culturales, ya que, al abandonar el terreno de la palabra u oración para entrar en el del texto y su significado, se accede a una formulación más adecuada del término, que será entendido a partir de ese momento a nivel textual y comunicativo. Se deja así de lado el ideal de una simetría entre las lenguas, y con ello la fútil búsqueda de ese tertium comparationis o elemento común que haría posible que los vocablos
de una lengua pudieran encontrar un “equivalente” en otra56. La equivalencia comunicativa, definida por Rabadán (1991: 290) como “noción dinámica57, de carácter funcional y relacional, subordinada a normas de carácter histórico, que actúa como propiedad definitoria de la traducción”, no tiene pues existencia fuera del acto comunicativo concreto, y no se apoya en coincidencias lingüísticas, sino en factores de naturaleza pragmático-funcional e intercultural. Por este motivo “un TO determinado puede originar varios TT siempre que éstos se ajusten a los dos pilares básicos de la equivalencia comunicativa: la 55
Que no hay que confundir con la traducción comunicativa de Newmark (vid. nota
53).
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Snell-Hornby (1999) demuestra que es una utopía al constatar que ni siquiera los términos inglés y alemán “equivalente” y “Äquivalenz” son “equivalentes” entre sí. Carbonell (1999: 46) confirma el valor relativo del término refiriéndose a él como “categoría semiótica y arbitraria que depende de las relaciones entre los elementos que constituyen ambos mensajes y, por consiguiente, del uso al que están destinados”.
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Este adjetivo nos lleva a pensar en la “equivalencia dinámica” de Nida, que en los años sesenta abrió las puertas a un moderno concepto de traducción. Ésta prevé que la nueva relación creada entre el receptor y el mensaje debe ser sustancialmente la misma que la de la situación original, y provocar un efecto equivalente. Traducir es por ello y sobre todo, según Nida, reproducir el mensaje de la lengua original, primero en cuanto a significado; después, en cuanto a forma.
mayor fidelidad posible al programa conceptual (intencional- funcional) del autor, y la aceptabilidad en la cultura o polisistema meta” (García López, 2000: 225).