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Pasó ya el tiempo en que se pensaba y afirmaba que entre ciencia y fe había una oposición irreconciliable; hoy se sabe que cada una tiene sus propios campos, sus cánones y sus categorías.

Pero la ciencia nos enseña cómo es el cielo, y la fe nos dice cómo se va al cielo. La ciencia sirve al hombre de fe para reconocer la realidad temporal; la fe sirve al hombre de ciencia para iluminar esa realidad temporal, orientándola hacia lo eterno.

Debemos esforzarnos para, desde el interior de la ciencia, rescatar la verdad de la fe y, desde el alma de la fe, enriquecer las perspectivas de la ciencia.

El hombre de poca ciencia encuentra dificultades para llegar a la fe; el hombre de mucha ciencia tiene despejado el camino para llegar a la fe. El hombre de poca fe no se sentirá satisfecho con la ciencia; el hombre de mucha fe nunca tendrá miedo de la mucha ciencia.

"Si das acogida a mis palabras y guardas en tu memoria mis mandatos, prestando tu oído a la sabiduría, inclinando tu corazón a la prudencia... entonces entenderás el temor de Yahvéh, y la ciencia de Dios encontrarás. Porque Yahvéh es el que da la sabiduría, de su boca nacen la ciencia y la prudencia" (Prov, 2, 1-6). La verdadera sabiduría está en saber encontrar a Dios, en descubrirlo en todas las cosas y acontecimientos.

El encanto de las rosas -cantó el poeta- es que, siendo tan hermosas, no conocen que lo son.

Indudablemente, tenemos cualidades en diversos órdenes; negarlas sería ingratitud para con el Creador, de quien las hemos recibido.

Pero si somos arrogantes, si ostentamos orgullosamente nuestras cualidades, si nos atribuimos a nosotros mismos la propiedad y no el uso de esas cualidades, además de ser injustos, por atribuimos lo que no es nuestro, demostraremos poca inteligencia, pues no habríamos llegado a comprender que eso que tenemos no es nuestro.

Las rosas no conocen que son hermosas; porque no lo conocen, por ello no tienen mérito; nosotros debemos conocer y reconocer lo que Dios ha depositado en nosotros. Pero todo eso, no para vanagloriamos, sino para asumir la responsabilidad de hacer fructificar esas cualidades para el bien nuestro, de los nuestros y de toda la comunidad. Eso es talento.

"Si no me obedecéis, quebrantaré vuestra orgullosa fuerza y haré vuestro cielo como hierro y vuestra tierra como bronce" (Lev, 26, 19). Nada nos aleja tanto de Dios como el orgullo, el creernos mejores de lo que somos, el no reconocer los defectos y miserias que tenemos. El orgullo es el barro que tapa nuestros ojos y nos impide ver las cosas de Dios.

Dios ha hecho libre al hombre. Por la libertad, signo supremo de la imagen divina en el hombre, Dios deja al hombre en poder de su propia decisión; no quiere autómatas que sirvan, sino hombres libres que lo amen.

El hombre, dueño de su destino, con su inteligencia y su libertad, debe escudriñar en los signos de los tiempos y en la Revelación para restituir el primitivo equilibrio de la Creación.

Fue necesaria la libertad para que la búsqueda y el encuentro con Dios sea un honor y no una violencia en nuestras vidas. Dios nunca puede ser un obstáculo en la persona humana. Lo esencial es llegar a El con libertad. El Espíritu nos guía hacia la verdad plena; y en ninguna mano está nuestra libertad mejor protegida y resguardada que en la de Quien la ha creado.

No es libre el que rechaza la Verdad y el Amor, sino el que los acepta, los abraza y los vive en plenitud.

"Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2 Cor, 3, 17). La libertad de los hijos de Dios, que no es otra cosa que la libertad del amor; de un amor verdadero, que ama al Padre por sobre todas las cosas, y a los hermanos por amor al Padre.

En el universo hallamos un equilibrio; en el hombre sufrimos un desequilibrio. El universo mantiene un equilibrio sujeto a las leyes señaladas por el Creador; sin ese equilibrio sobrevendría el caos y la autodestrucción, no sólo del mundo, sino también del mismo hombre.

El hombre, por el abuso de su libertad, puede alterar su equilibrio íntimo; de esa forma puede llegar a desorbitarse; el hombre altera el equilibrio; en lugar de ser hermano de todos los hombres y señor de todas las cosas, por su ambición y su egocentrismo quiere ser señor de los hombres y se hace esclavo de las cosas, que llegan a dominarle.

Así el hombre, por su afán de poseer, deja de esforzarse por ser; el hombre queda disminuido, sin identidad propia. Solamente volviendo a ocupar el puesto que Dios le señaló podrá restablecer el equilibrio.

"Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres" (Jn, 8, 36). "Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn, 8, 31-32). La Palabra del Señor será la luz que te ilumine y la norma que te guíe.

En la unidad de cuerpo y alma, el hombre es una síntesis del universo, el cual alcanza en el hombre su cima más alta. Por su interioridad, es el hombre superior al universo entero; y a esta profunda interioridad retorna cuando se mete dentro de sí mismo, donde Dios lo aguarda.

Al afirmar en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio, sino que, por el contrario, toca la verdad más profunda de la realidad.

En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley, que él no se dicta a sí mismo. El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón y esa ley es tan íntima que el hombre no la puede desconocer, por más que tenga la triste posibilidad de acallarla y desoírla; siempre estará su conciencia reclamando la vivencia de esa ley.

"La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla" (Gaudium et spes, 16). Dios nos habla por medio de nuestra conciencia; debemos formar la conciencia y seguir sus dictámenes.

Todo tiende a renovarse: la flor que se marchita, cede el lugar a un nuevo capullo; la semilla que se pudre, produce nueva espiga; la noche que se cierra, preludia nueva aurora; la muerte queda compensada con un nuevo nacimiento.

Y el hombre ha de renovarse también; sobre la destrucción del hombre viejo del pecado ha de surgir el hombre nuevo de la gracia; hombre nuevo, que se ha de señalar estas metas: emerger del silencio, para ser el Verbo creador; gozar con el dolor del alumbramiento, para ser el hombre-niño; deponer esclavitudes, para ser el hombre-libre; conquistar la realidad de su existir, para ser el hombre-nuevo.

Hay que mirar la vida con alegría, entristeciéndose y avergonzándose sólo del odio y no del amor; hay que encariñarse con el mundo y con la vida; hay que ponerle multa al miedo y perseguir al pesimismo; hay que mirar siempre hacia las alturas, al azul del cielo y no deslizarse a ras de tierra.

"Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe, siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad" (Ef, 4, 22-24).

El mundo de hoy está exigiendo hombres que tengan la honestidad y el coraje de comprometerse; como prometerse supone ambas cosas: honestidad, porque el compromiso es una posición exigitiva de la fe; coraje, porque es preciso atenerse a las consecuencias del compromiso, que surge de la fe.

Luchar por esa profunda renovación interior, que fortalece y templa, para producir cambio en el ambiente donde actuamos. Prestarle a Cristo nuestros brazos, nuestras acciones, nuestra personalidad, nuestra presencia en el mundo.

Tener respuestas concretas, actuales, a las preguntas más candentes que nos formulen. Si se refieren a Dios y nos callamos, es porque no profundizamos nuestra fe; y si se refieren al mundo en que vivimos y no exponemos nuestros convencimientos personales, es porque somos indiferentes a la realidad que nos circunda. Comprometerse es tener siempre coraje, decisión, convencimiento y fe.

"Muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición... que no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo" (Filp, 3, 18-20). El materialismo es el peor enemigo del hombre moderno, la preocupación excesiva por las cosas de aquí abajo, con detrimento de las cosas de arriba.

Ser un hombre íntegro es una meta que todos quisiéramos alcanzar, y es que la integridad supone un proceso de evolución que ya se ha recorrido antes de llegar a ella.

La integridad es el equilibrio de la autenticidad; el hombre íntegro, el hombre que tiene una personalidad definida y recia, es aquel que sabiendo bien lo que debe hacer, y saliéndole desde adentro, no se-deja llevar de las fluctuaciones circunstanciales.

Ser íntegro es no solamente caminar, sino caminar sabiendo hacia dónde se va; al fin y al cabo, cuando un hombre sabe a dónde va, el mundo se aparta para darle peso.

Ser íntegro es potenciar nuestra personalidad poniéndola al servicio de los demás, pero viendo en ellos la imagen de Cristo, que nos lleva a Dios.

"Que el Dios de la paz os santifique plenamente y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo" (Tes, 5,23).

Vivimos en tiempos en que es preciso definirse, dar la cara sin actitudes vergonzantes, aunque sin necios alardes. Luchar por defender las ideas en que creemos palpitar la realidad del mundo en que vivimos, decir que no a las actitudes pasivas o conformistas, a las medias tintas.

Definirse, actuar con rectitud y sin dobleces, más bien con transparencia y decisión: cumplir nuestra actividad sin dramatismo, pero sin miedos inoperantes; dar un testimonio sencillo por sus maneras, pero firme por su permanencia y definido por su transparencia.

Ser las manos que alivian, los ojos que orientan, los brazos que ayudan, las mentes que crean soluciones. Sumergirse en el mundo, para cambiar sus estructuras injustas, creando nuevos ambientes que posibiliten y faciliten la vida del mutuo amor.

"Deseamos que cada uno de vosotros manifieste hasta el fin la misma diligencia para la plena realización de la esperanza, de forma que no os hagáis indolentes, sino más bien imitadores de aquellos que, mediante la fe y la perseverancia, heredan las promesas" (Heb, 6,11-12).

Amar es condenarse a servir, porque servir es la exigencia imperiosa de la dinámica del amor; por eso es fácil descubrir, sin temor a engañamos, si amamos de veras o si somos falsos en nuestras protestas de amor.

Cuando uno se cansa de servir es porque se ha cansado de amar; cuando uno deja de amar es porque previamente ha dejado de servir. ¿Quieres seguir amando, aumentando tu amor? No cejes en tu actitud de servicio; pero ten presente que si debes amar a todos, porque ése es el primer precepto de la Ley, quiere decir que has de estar en disposición de servir a todos; a todos sin excepción, porque a todos debes amar, a todos estás obligado a amar.

No te decepcione el amor; si te decepciona, examina con detención y sinceridad si primero tú no decepcionaste al servicio de tu prójimo.

"Vuestra caridad sea sin fingimiento... amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los demás, con un celo sin negligencias, con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor con la alegría de la esperanza... compartiendo las necesidades de los santos, practicando la hospitalidad" (Rom, 12,9-13).

Para amar a los otros, hay que comprenderlos; pero es que no llegaremos a comprenderlos nunca si previamente no los amamos.

Comprenderlos no es llegar a conocer los y aun a ubicarlos conceptualmente con el entendimiento; en esta ciencia de la vida nos enfrentamos con la paradoja de que el conocimiento y la comprensión del prójimo es obra del corazón más que del entendimiento.

El corazón tiene razones que el entendimiento no alcanza a comprender; tú eres demasiado cerebral; por eso te resulta tan difícil llegar a amar, ya que solamente quieres amar a aquel a quien juzgas, a aquel a quien juzgas con tu mente que no tiene defectos, que es digno de tu amor, que sabrá corresponder al afecto que tú le brindes. Mucha cabeza y, por eso, poco corazón; y se ama con el corazón y no con la cabeza.

Comienza amando de veras y las cosas y las personas serán vistas y comprendidas más fácilmente.

"Bendecid a los que os persiguen; no maldigáis. Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir los unos para con los otros; sin complaceros en la altivez... Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien a todos los hombres; en lo posible y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres" (Rom, 12, 11-18).

Si amar es servir, analiza prudentemente que podrías caer en un error: que quisieras ser amado, porque anhelas ser servido; y anhelar ser servido ya no es amar, sino que muy fácilmente se confunde con el egoísmo.

Amor y egoísmo son dos realidades tan distintas y aun opuestas y, sin embargo, tan fáciles de entremezclarse, degenerando el amor en egoísmo, carcomiendo el egoísmo los fundamentos del auténtico amor.

¿Amas o deseas ser amado? ¿Amas para ser amado? ¿O eres amado porque primeramente amaste tú y te han respondido amor con amor?

Te quejas de que no eres amado, que no eres aceptado, que no tienes ambiente, que no resultas simpático; ¿no será porque tú no das pie a ser comprendido, aceptado, deseado, amado?

Vale la pena que te examines sobre tu amor.

"Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que Tú me has amado, esté en ellos y yo en ellos" (Jn. 17, 26). El amor de Dios no es egoísta; tampoco debe serlo el nuestro. El amor de Dios es oblativo, es decir, se entrega por nosotros y se entrega a nosotros; así debe ser nuestro amor a Dios y al prójimo.

¿Estás dispuesto a colocar la felicidad de los otros por encima de la tuya, a buscar la felicidad de los otros antes que la tuya?

¿Eres capaz de ir más allá, procurando la felicidad de los que te rodean, aun a costa de la tuya?

Aceptar a los otros no es otra cosa que cederles un lugarcito en nuestro corazón; pero para cederles un lugar es preciso arrinconar algunas cosas nuestras, nuestros propios sentimientos y conveniencias.

Todo esto es lisa y llanamente amar; y, en consecuencia, amar es negarse a si mismo, olvidarse de si, inmolarse, sacrificarse; amar, en resumidas cuentas; no es otra cosa que sufrir por la persona que uno ama. Ya tienes un buen test: ¿sufres, te molestas, te niegas por las personas que dices que amas?

"En verdad os digo: quien reciba al que yo envíe, me recibe a mí y quien me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado" (Jn, 13,20). "Hemos de olvidamos de todos los odios - de toda mentira, de toda ruindad - hemos de abrasarnos en el santo fuego - de un amor inmenso, dulce y fraternal".

No sé si con alegría o con pena se va repitiendo por esos mundos de Dios que el matrimonio es una lotería. Se pretende indicar que son muy pocos los matrimonios que han tenido la suerte de acertar.

El matrimonio es una lotería y como en ésta es mínimo el número de los que tienen premio; es una lotería y a la mayoría de los que han jugado al matrimonio no les ha tocado premio, ni aun por aproximación.

Distan mucho de la felicidad, que sería la lotería.

También suele afirmarse, que "Fulano se sacó la lotería con una mujer como ésa!"; y no se quiere reconocer que el matrimonio, más que de lotería o suerte, tiene de elección; y, si es elección, es estudio previo consciente y detenido; elección con proyecciones no sólo momentáneas y con exigencias que perduran.

Elección que se hace con la cabeza y con el corazón, porque es todo el hombre el que ama, y que por tanto es sabia y cálidamente aceptada y vivida; porque elegir significa comprometer toda nuestra vida.

"Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a si mismo por ella... El que ama a su mujer, se ama a si mismo... Que cada uno ame a su mujer como a si mismo y la mujer, que respete al marido" (El, 5, 25-33).

Tú piensas que los otros no te aman tanto a ti como tú los amas a ellos; y piensas eso porque no te aman como tú los amas; con ello estás cayendo en el error de confundir el tanto con el cómo; no son sinónimos.

El cómo responde a la personalidad; y como cada uno tiene su propia personalidad, cada uno tiene su modo de amar, su cómo ama. No pretendas que los demás amen como tú amas, porque eso sería pretender que los demás se despojaran de su personalidad, para adquirir la tuya.

Te he hablado del cómo en el amor; si te fijas en la intensidad, en el tanto, he de decirte que el tanto no se puede medir por el cómo; la intensidad será medida por la propia disposición psíquica; y así, lo que para uno puede ser mucho, para otro puede resultar muy poco; fíjate más bien en tu propia maduración y no juzgues a los demás.

"El Padre mismo os quiere, porque me habéis querido a mí y habéis creído que salí de Dios" (Jn, 16, 27). El único modo de amar a Dios, es amarle sin modo, ni medida; las matemáticas no sirven, cuando se trata de amar a Dios; nunca se le puede amar demasiado, siempre le amamos menos de lo que El se merece, de lo que le debemos amar.

Tu vida tiene que ser como un río; las aguas del río van deslizándose silenciosamente y van dejando lo que llevan; por donde pasan depositan légamo y suciedad, si es que sus aguas van turbulentas; señal de que el río pasó por allí es la suciedad, que deja. Pero si las aguas van limpias, dejan tras de sí humedad, fecundidad, frescura y verdor.

Haz que las aguas del río de tu vida vayan siempre limpias y deja parte de ellas por donde pases; verás que se te llena de color, de verdor; y que, fruto de tus pasos, brotarán las flores de las virtudes, el césped de la bondad.

Tus palabras, las palabras que hoy pronuncies, pueden ser agua sucia o corriente límpida; y lo que te digo de tus palabras, debes aplicarlo a tus ideas o pensamientos; de tus afectos, de tus obras; que al fin del día no te sientas avergonzado, sino feliz.

“¿Quién puede decir: «Purifiqué mi corazón, estoy limpio de mi pecado»?"