Chapter 2 Reputation: From being an organizational asset to becoming a
2.5 The theoretical approach of practice-based studies: from practice to
“Es menester que ningún ciudadano crea pertenecerse a sí mismo, sino que todos pertenecen a la polis, pues cada cual es parte de la polis; y el cuidado de cada parte debe naturalmente orientarse al cuidado del todo”. Aristóteles.
El interés de la tradición cívica por perpetuar mecanismos políticos y sociales que extiendan su alcance, es una dinámica presente en todos los grupos; desde la antigua Grecia hasta la modernidad, en tanto el “cuidado del todo” es un deber que se inscribe en esferas colectivas y privadas, espacios que se brindan a la totalidad con el fin de un proyecto pensado para su bien y que permita el alcance de logros como la vida doméstica y el desarrollo común, aun dentro de la sinuosidad económica, educativa, cultural y política.
Ante esto aparece la educación, como medio vital para los proyectos ciudadanos, un medio que permite a un sistema controlar los resultados del progreso y el desarrollo de un nivel de vida, de un nivel de conocimiento y un nivel de trabajo. La educación y cualquier proceso formativo está estrictamente pensado para dar al sujeto una estructura compartida en campos como la ideología y la creación. ¿Se quiere una única forma de pensar?, ¿se quiere que muchos piensen de la misma manera?, ¿qué pasa con los que no piensan igual?, estas preguntas deben realizarse cuando se está pensando un proceso formativo en campos como la ética y la política; porque, qué sería de un proceso que se pensara tan decisivo en los jóvenes y que no reparara en la realidad de su manipulación, también debe ser un campo abierto incluso a la contradicción; una formación ético- política que describa la acción presente de la historia social en el sujeto, el individualismo perenne y camuflado en un modelo de democracia y moralidad.
Pensar en otros procesos de formación es una realidad educativa con la que el docente se ha de topar al momento de querer ejercer cambio alguno en su realidad; procesos que incluso generaran sentimientos lúgubres en el que hacer docente, pero que en definitiva hacen parte de las dimensiones de la profesión, de la vida de los sujetos y del mundo de lo social. Este capítulo esta divido en dos grandes apartados, el primero describe el campo de la formación ético-política como proyecto necesario dentro de un proceso educativo, describiendo tanto los hallazgos realizados con los jóvenes, como también las apuestas dentro del campo de la resocialización; el segundo apartado obedece a la experiencia de la práctica pedagógica centrada en este proceso de formación, dando
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respuesta a las limitaciones o desafíos que conlleva la intervención pedagógica basada en la formación ético-política a partir de la comprensión de las representaciones sociales sobre violencia que tienen los jóvenes.
Lo que somos y lo que seremos
Una relación entre iguales, inter homines, que muta y deja huella, esa huella y esa mutación, son el proceso de trasformación de condiciones que si se quiere han sido un producto de relaciones mágicas entre los hombres, mágicas por que han dado origen a multitud de resultados que se escapan a la mirada atenta del observador y de aquel que con criterio estudie al humano. Este proceso casi mágico es algo presente en la socialización del animal político, su razón de ser escapa a su producto haciendo que lo deseado, por medio de su proceso supere a su creador, estipule criterios que redefinen lo real y transforman lo verdadero según el proceso del grupo; “[…] eso es lo que hace fascinante a la magia: sabemos que no son reales, que hay un truco” (Pozo, I. 2006, pg.207). Con esto no significamos lo social como irreal, pero si como producto de un proceso, si se quiere un truco, el truco de la modificación sustancial de sus formas y sus sentidos de vida; por los cuales se han elevado las más grandes consignas, los más estremecedores movimientos, los inquietantes silencios y las más crudas realidades. Lo político o el truco de lo político no es más que una acción directa, de su ejercicio y su resultado.
Para definir lo político debemos hablar de la infinitud de mediaciones que se ciernen en el acto de vivir, la experiencia como proceso de adquisición de conocimientos, es de carácter biológico y cognoscitivo que evoluciona con el proceso de aprendizaje y repetición, el sujeto es un ser que funciona mediante condición y asociación para permitir su proceso de aprehensión; el debate psicologista de estas interpretaciones nos lleva a revivir los debates entre posturas de desarrollo en donde se debaten los procesos mentales entorno a los hechos sociales y su medio en las formas de conocimiento. Este proceso de adquisición de conocimiento pasa primero por ser la mera experiencia, pero con su arraigo y necesidad, es puesto en observación para así constituir un proceso de aprendizaje científico de los hechos.
Hoy hablamos de una sociedad masificada, a la que se le atribuye el derecho a ser la sociedad del conocimiento; que, como cita en Moreno, H. Velázquez, R. (2012, pp.14), es: “[…] la fuerza que
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hegemoniza la reproducción del sistema económico” y que a si mismo mantiene vivo esos procesos de formación activa del sujeto. Lo que se es hoy, en una sociedad masificada por los medios de comunicación y los alcances de la ciencia, es gracias a los caracteres y delimitaciones del mismo ejercicio de la política, podríamos hablar sobre los reduccionismos en la formación moderna, sobre los tintes e intereses que conllevan al proceso de ideologización y formación del sujeto actual, pero detengámonos en el proceso común de formación, un proceso que implica tanto la presencia de la institución como del espacio natural de conformación de subjetividades.
Lo explícito del aprendizaje humano y la conformación de una experiencia nos permite situar como elemento decisorio de la formación política el cómo se adquiere el conocimiento; nos damos cuenta de que su función se da por medio de la aplicación práctica que sitúa a la inteligencia social como la distribuidora de diferentes situaciones a los mejores momentos en donde el sujeto pueda hacer uso de la información que posee.
Cuando planteamos esto frente a un proceso de aprendizaje y conocimiento como lo es la vida social, estamos hablando de la creación de particularidades que conforman a los sujetos; así, la política puede ser una conformación de las representaciones que hacemos de los hechos mediados por un tipo de saber específico, que media en un contexto y en un grupo. La conformación de la identidad en el proceso de acción política constituye en la época contemporánea el florecimiento de nuevas formas de acción, buscando reivindicar los derechos colectivos o individuales; por otro lado, también manifiesta una nueva generación de sujetos disgregados entorno al núcleo común de la política. La identidad es una construcción cultural que se divide en su seno gracias a la existencia de varias manifestaciones políticas, esto conforma a individuos aislados o pequeños grupos que chocan con las manifestaciones impuestas, hablamos de una fragmentación o desintegración del poder consumador de la política; hoy no todos piensan y hacen lo mismo, cada uno tiene un deseo de libertad adquiridos junto con las nociones de sujeto y derechos; podemos ver por ejemplo como entorno a esta noción de identidad aparece el espacio como lugar determinante:
En el barrio sí, eso de las fronteras invisibles, allá hay mucha banda y llegan a monopolizar los otros pedazos, en mi barrio hay la re hartas, la banda de los marranitos, la banda de los chatarreros, solo cuchos, allá hay la de chatarrerías y todos esos cuchos andan con lo suyo, su parchecito, sus portes. (Entrevista # 13)
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La desintegración de la vida política se desarrolla como un proceso histórico que constituye al sujeto colombiano en medio de procesos culturales que lo adaptan a las nuevas formas y tribulaciones que estos generan, y en los cuales está presente una construcción de identidad cultural que constituye la mayoría de los acervos políticos del sujeto. La formación política se va convirtiendo poco a poco en toda aquella actividad que persigue dos fines, el primero es el logro de formas de asociación entre los sujetos, seguido por el interés de esas formas de asociación en construir comunidad, tejido social; justo en este punto la tarea fundamental de la educación en instituciones formadoras se vuelve evidente, si bien la escuela es producto de una cultura, en esta se reúnen los productos y las apuestas de la ciudadanía en términos de adquisición de conocimientos y formas de aprendizaje; podemos retomar las palabras de Gómez Esteban, referente al aprendizaje escolar, cotidiano y científico; en cuanto formas que se vinculan en la escuela y nutren los procesos de formación, “[…] se entremezclan se fusionan se rechazan entre sí y muestran a la escuela como uno de los espacios sociales en donde hay mayor intercambio de representación y de significados culturales” (2004, pg.15).
De esta manera entendemos la formación política como la acción directa y transicional de lo que nos une, de los modelos de vida que forman cultura mediante el ejercicio de cambio y construcción, de los sujetos o los ciudadanos que se inscriben en un entendimiento mutuo; una identificación. Esta identidad permite la consolidación de propuestas que acercan a los jóvenes a espacios de experimentación en busca de su afirmación ciudadana; esto no implica que su búsqueda quede por fuera de lo socialmente aceptado, permitiéndonos pensar la formación política en manifestaciones no convencionales, salidas de la norma, que incluso hacen de la acción violenta un vehículo de identidad, una política que concibe maneras alternas y perjudiciales de ser y estar en el mundo, basadas en aspectos individualistas y pesimistas de lo que somos como sociedad, puesto que el reflejo del todo en ellos constituye también un modelo de identidad, “las mismas personas, porque
más de uno viene de la calle, en un entorno donde no se soluciona; lo que se soluciona es a lo mal hecho, yo creería que son las personas”(Entrevista #13).
La función socializadora de la escuela y de los grupos, que directa o indirectamente buscan la consolidación de una ciudadanía se ha encargado de construir una ciudadanía de lo invisible, una forma alterada en donde las acciones son lo indeseado, lo excluido y así mismo se privan de
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conocer esa formación. Los jóvenes que pueden verse inmiscuidos en este proceso han sentido como recae en ellos el peso de la desconfianza y la mezquindad; recrudeciendo también otras esferas vitales dentro del desarrollo humano, el campo correspondiente a los valores y al comportamiento ético; que en su desarrollo se convierte en manifestación primera de una acción política.
Yo sé que la he cagado, pero ellos le hacen el quite a uno, lo menosprecian por ser uno como es... Pues como yo estaba re indigente no me dejaban entrar a la casa, a la de mi mama no, a la de mis familiares sí. Ellos no me daban plata, me daban comida, pero me la daban afuera como un perro y pues por eso es que también me siento como cargado con ellos... (Entrevista # 11)
El campo de la ética nos permite situar la formación ético-política, como el proceso de acción medido por las pautas individuales que recrean un mundo de lo permitido consciente. El campo de la ética es elemento sine qua non la política no puede llevar a cabo sus objetivos; el mundo de la política comprendido como proceso individual de acción que requiere de la regulación de pautas sociales. El proceso de construcción de una ciudadanía pasa por el planteamiento de nuestro que hacer ético, de nuestro desenvolvimiento con otro para crear lazos de responsabilidad, que en palabras de Levinas, “[…] como responsabilidad con el otro, así, pues como responsabilidad para con lo que no es asunto mío o que incluso no me concierne” (2015, pg.79). De esta manera se sitúa una actitud ética como aquella mención de lo contrario, que en nuestras acciones tienen lugar; al igual que el autor mencionado, los procesos de alteridad que se buscan resaltar con la aparición del otro recobrarían el los sujetos valores perdidos, que sin la necesidad de inscribirse dentro de un orden dogmático pueden hacer parte de las apuestas de consolidación ciudadana.
Con lo que uno ha vivido es fastidioso, uno lo ve innecesario, es bueno para nosotros, pero nosotros entendemos que nos intervienen por “terapearnos”, nosotros no lo vemos así, queremos estar a todo momento relajados, no tenemos conciencia de que esto sirve. (Entrevista # 11)
Al preguntarnos sobre el avance moral en la sociedad actual vemos por un lado el proceso de regularización del sujeto, a la vez que observamos el frenesí de sus nuevas formas de manifestación. Lo moral y lo ético hoy conforman una vieja posición que, a ultranza de su anquilosamiento, sigue constituyendo un orden armónico en la conformación social, la manifestación política que en ella se encuentra es la expresión de la construcción de esa identidad
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que hoy caracteriza a los grupos. La apuesta por lograr una ética de la identidad (Appiah, A. 2007) radica en que la pluralidad de nuestras acciones y por ende de las trasformaciones del sentido ético en un solo sujeto pueden mantenerse si se permite la creación de apuestas comunes que permitan generar esa base de la conciencia civilizada, en donde la moral cívica y la ética hacen parte de la autonomía del sujeto racional, que dentro permitirían la visualización de un “individualismo responsable” (Cortina,1998, pg. 102).
Es evidente que para describir la población abordada tenemos que utilizar las construcciones identitarias que se han gestado entorno a la ética y la política, cuyo desconocimiento e inoperancia en sus contextos ha hecho separarse de la legitimidad social y los cataloga o construye como ilegítimos. Retomando las tesis de Garzón (2000), sobre como la ética y la moral positiva no desempeña ningún papel en la política ni debe desempeñarlo, podemos decir que la operatividad en términos de construcción de sujetos hace que la legitimación de las identidades se justifique y se dispute los medios de consolidación ciudadana. Con esto planteamos una dialéctica ética que por un lado pretende la realización máxima de los sujetos y por otro oculta y difiere con un lenguaje prescriptivo la descripción y emplazamiento de esos otros tipos de formación ético- política, con esto:
Se determina a esta dialéctica sobre la ética, como la tesis de la satanización que pretende excluir una funcionalidad ética, en temas como el uso de la “violencia legítima”, dándose a sí mismos una justificación moral y benévola de la acción; esto genera una tesis de disfuncionalidad, que atribuye que, si la política siguiera unas normas morales, no sería política, arrojándonos de la legitimidad, al funcionamiento del sistema -Conclusiones de seminario y construcción de reseñas en ciclo investigativo I. Fecha abril del 2017. Clase abordada según los documentos de Ernesto Garzón Valdez, en su libro “Instituciones suicidas, Estudios de ética y política”, en el apartado “Acerca de las tesis de la separación entre ética y política-.
Bajo esta concepción los tipos de formación ético-política que han llevado los jóvenes fuera del plantel como dentro de él, permiten analizar la continuación de un tipo de ciudadanía, que no es visibilizada como tal, que pertenece a la visión de las causas, y que en principio, si son producto de otros desarrollos, pero en el momento actual ya se han conformado como un modo de vivir, una experiencia única y un tipo de identidad particular; la ciudadanía de lo invisible permite las injusticias e inequidades, como también el acoplo y aceptación de estas condiciones; se habla de
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las formas y representaciones a las que se llega perteneciendo a grupos específicos, pero también de como esas representaciones inciden en la forma de actuar y pensar que han hecho de los excluidos un sujeto político convencido de lo legitimo de sus formas y acciones, aun dentro del desapruebo de muchos y las realidades que nos acongojan, por ejemplo frente a la pregunta a un estudiante sobre problemas en el barrio, él dice: “ pues sí, pero no le doy importancia, pero a la hora 20 no viví para hacer feliz a los demás, yo en mi vida y ellos en la de ellos” ( Entrevista # 9)
Jóvenes y violencia social: construcción de la ética y la política
Cuando describimos las representaciones sociales sobre la violencia es inevitable hablar sobre el surgimiento de medidas punitivas y de control, junto a sanciones de carácter económico que refuerzan en el joven violento una diferencia de clase que versa sobre la formación de la cultura en su grupo. La relación de esta formación violenta está ligada al desenvolvimiento familiar y de clanes que dentro del Estado moderno son causados por la promoción de una individualidad basada en un liberalismo económico y privado, este fenómeno da origen a las perspectivas políticas de los jóvenes que son tan solo un argumento para la justificación, pero no son un elemento decisivo a la hora de estudiar la violencia en ellos. La violencia se manifiesta como acción política o identitaria por su proceso mismo de formación, anclado a prácticas y a territorios habitados por una cultura equivalente. Los resultados en cuanto a la trasformación de las representaciones fueron negativos, debido a las condiciones coyunturales y específicas, las cuales detallaré a continuación, en tanto su proceso de formación ético- política no es tan diferente.
Este proceso se vio truncado principalmente por el tiempo que los jóvenes pasan en el centro de orientación. Una causa determinante es la experiencia que han vivido afuera, que hace parte de los hallazgos frente a la ética y a la política; pero si se plantea un proceso de formación y en este se dificulta su aplicación, la cuestión cambia y nos hace replantear cuales son las posibilidades y la realidad de toda pretensión educativa al formar sujetos políticos. Los jóvenes han adquirido una identidad marcada principalmente por su clase, dentro de esta denominación están presentes elementos culturales y lingüísticos que los vuelven notorios en correlación a su subjetividad. En este punto aparecen las creencias tanto individuales y colectivas del grupo de jóvenes que comparten elementos culturales.
Para el grupo o para el individuo las dificultades en su ser generan en su proceso de formación la elaboración de un juicio personal desmotivador “El apoyo de la gente; hay personas que les vale mierda eso, no lo hacen, entonces como que uno se desmotiva con eso, para que intentar si no lo
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van a apoyar” (Entrevista # 10). Los procesos de formación que se gestan en espacios de socialización en que inscriben esta clase de argumentos son de variada índole, por un lado, encontramos un pesimismo característico de los grupos e individuos frente a la asociación y creación de una comunidad que prime el derecho de todos, pero por otro ubicamos los vínculos que se ciernen frente a este entramado.
Si bien las posiciones individuales reunidas quebrantan la decisión del otro, este mismo lugar ha