Distributed computing for carbon footprint reduction by exploiting low-footprint energy availability
3. Theoretical model
No siempre ha sido así. En 1940, cuando me gradué en Psicología y acce- dí a mi primer trabajo académico, no existía ningún interés público ni cientí- fico por el estrés. En los Estados Unidos, las primeras inquietudes profesiona- les surgieron a raíz de la Primera y Segunda Guerra Mundial, especialmente la última. Puede decirse con legitimidad que la guerra es un motivo fundamen- tal para la aparición del estrés, especialmente el modo en que afecta sobre el bienestar y actuación de los soldados.
Cualquier país que mantenga alguna fuerza en guerra debe considerar que un porcentaje considerable de sus soldados desarrollará síntomas de estrés, sín- tomas que oscilarán entre la ansiedad leve y grave, la angustia emocional debi-
litante y el trastorno mental severo. Aunque algunos son más vulnerables que otros, cuanto más tiempo estén los soldados expuestos a las condiciones de la batalla y mayor la cifra de bajas, mayor es la probabilidad estadística de los trastornos emocionales. En este sentido, la relativa incidencia de tales trastor- nos en los soldados de las fuerzas aéreas de combate durante los bombardeos nocturnos es de 12.0 cuando se producen bajas tras sólo 160 horas, y sólo de 3.3 cuando ocurren tras 360 horas de vuelo de reconocimiento de costas. Esta incidencia es de sólo 1.1 durante los entrenamientos cuando se necesitan 1.960 horas para que se produzca alguna baja (Tomkins, 1989). Estos trastornos no sólo incapacitan o destruyen la capacidad de volar, además entristecen a los sol- dados e incluso les incapacitan por completo para el combate.
Durante la Primera Guerra Mundial, cuando los americanos sufrían muchas bajas mientras estaban atrincherados, experimentaban shock a las granadas, que era como se denominaba a la crisis emocional inducida por el combate y que erróneamente se atribuía a los efectos cerebrales de los enormes ruidos de las explosiones. Durante la Segunda Guerra Mundial, se reconoció una causa psicológica, que constituyó un importante y dramático avance en nuestro pen- samiento, y los trastornos emocionales inducidos por el combate pasaron a lla- marse neurosis de guerra o fatiga de batalla. Una expresión más reciente para éstas y otras dolencias de estrés es el trastorno por estrés postraumático, un térmi- no que se originó tras la Guerra del Vietnam.
Observe que los términos fatiga de batalla y trastorno por estrés postrau- mático implican una causa externa para los síntomas. A diferencia de la neuro- sis de guerra, estos términos son menos onerosos para la víctima porque no con- notan responsabilidad ante el problema, sin implicación de inadecuación y, por lo tanto, de culpabilidad. Independientemente de la terminología y el corres- pondiente rol de vulnerabilidad individual, sin embargo, se concluye que los problemas emocionales son el resultado del estrés.
En la Segunda Guerra Mundial y durante los años siguientes, el estrés preo- cupó a la cúpula militar, y esperaban que la investigación aportara dos tipos de información práctica: en primer lugar, cómo seleccionar a los hombres de com- bate y qué tipo de hombre sería resistente a los estreses que se producen inevi- tablemente. En segundo lugar, cómo debería entrenarse a las personas para que manejen con efectividad los estreses de combate y sus efectos perjudiciales.
Estos dos importantes aspectos, y el pensamiento que los subyace, siguió siendo característico de la psicología militar de los Estados Unidos durante las guerras de Corea y de Vietnam. Como en las guerras anteriores, existían impor- tantes laboratorios para el estudio del estrés y del manejo, y que ayudaron al fomento de la industria del estrés. Las respuestas requerían un conocimiento básico sobre el modo en que se desarrolla el estrés, conocimiento del que care- cíamos.
Las respuestas simples nunca llegaron a consecuencia de las complejidades que se derivaban de las diferencias individuales en las condiciones en las que se
producía el estrés. Se requería un enfoque diferente y fue necesario examinar los factores de personalidad que influían sobre la vulnerabilidad individual, y estu- diar el modo en que las diferentes personas manejaban el estrés. Como veremos más tarde y en el próximo capítulo, el estrés psicológico no sólo se halla en el entorno ni es consecuencia exclusiva de las características de personalidad, sino que depende de un tipo particular de relación persona-medio.
A partir de la Segunda Guerra Mundial también se evidenció algo más. El estrés se convirtió en competencia de cualquiera, no solamente de los soldados. Nadie podría librarse del estrés y todos nosotros debíamos aprender a manejar- lo. Se pueden postular dos razones para explicar la ampliación del interés desde los aspectos militares del estrés hasta su rol en nuestra existencia cotidiana.
En primer lugar, la guerra moderna se había convertido en lo que se deno- minaba la guerra total. Los líderes de las naciones en guerra llegaron a recono- cer que el modo de ganar consistía en lograr que para el enemigo fuera impo- sible seguir luchando, y la población civil era, en este sentido, tan importante como la población militar. Los civiles mantenían la maquinaria industrial nece- saria para producir los suministros. Como tal, eran tan enemigos como los sol- dados combatientes.
Las armas tecnológicamente avanzadas transportadas por aviones podían sembrar el terror desde los cielos y posibilitar la destrucción y las matanzas a gran escala. Esto es lo que se produjo con el bombardeo de Londres por la Alemania Nazi con el fin de destruir las empresas y el comercio y matar o des- moralizar a los civiles que seguían manteniendo en marcha la maquinaria de guerra. Cuando en los Estados Unidos alcanzamos la superioridad aérea, hici- mos lo mismo con las ciudades alemanas y japonesas. Ahora cualquiera se había convertido en potencial víctima de la guerra y el estrés del combate ya no era exclusivo de los soldados. La cara de la guerra había cambiado para siempre.
En segundo lugar, aún más importante, lentamente entendimos que el estrés era un problema tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra, y esta conciencia constituyó el primer ímpetu para el extraordinario crecimien- to de la industria del estrés durante los años sesenta, setenta y después. El estrés se produce en el puesto de trabajo, en el hogar y en la escuela –en efec- to, en cualquier lugar donde las personas trabajen en equipo o tengan relacio- nes estrechas como, por ejemplo, con los compañeros de trabajo, miembros de la familia, amantes, amigos, estudiantes y profesores. El estrés se convirtió en tópico importante de las ciencias sociales y biológicas. El conocimiento sobre el mismo se filtró hasta el público general a través de los medios de comuni- cación de masas, aunque no siempre con la exactitud debida, y el interés se extendió.
También es curioso lo sucedido con la terminología que designa los diver- sos fenómenos del estrés. El nombre de “estrés” fue ideado incluso antes de la lucha por adaptarse a la vida, su importancia había sido implícitamente reco- nocida por los eruditos y profesionales, si no por el público en general. Soció-
logos, antropólogos, fisiólogos, psicólogos y trabajadores sociales habían esta- do usando términos divergentes pero cuyos significados se sobreponían –por ejemplo, conflicto, frustración, trauma, anomia, alienación, ansiedad, de-pre- sión y angustia emocional.
Estos conceptos, que reflejan los problemas de adaptación impuestos por condiciones vitales difíciles, fueron unificados bajo la rúbrica de estrés. El estrés se convirtió en el concepto dominante que los aglutinaba. Como mani- festaban Cofer y Appley (1964) en un tratado sobre motivación, “Es como si, cuando se puso de moda la palabra estrés, cada investigador que hubiera esta- do trabajando con un concepto que creyera que estuviera estrechamente rela- cionado con él, lo sustituyera por estrés y siguiera en la misma línea de inves- tigación” (p. 449). El estrés se convirtió en el término dominante para unificar estos conceptos y para identificar las causas y consecuencias emocionales de las luchas para el manejo de las presiones de la vida cotidiana.
En una revisión de los principales libros de auto-ayuda sobre el estrés, Roskies (1983, p. 542) presenta un comentario divertido y algo sardónico sobre los excesos implicados en el descubrimiento público del estrés, tal y como se manifiestan en los libros de auto-ayuda. No le impresionaban los libros ni las pruebas de los logros alcanzados por los mismos y decía al respecto:
Durante los últimos años nuestra forma de entender las causas de la enferme- dad se ha visto transformada por un poderoso concepto nuevo: estrés. Desde sus humildes orígenes como término de laboratorio en los años cincuenta, el estrés se ha convertido en un símbolo taquigráfico para explicar la mayor parte de los males del mundo contemporáneo, invocado para explicar condiciones tan diversas como morderse las uñas, fumar, cometer homicidio, cometer suicidio, el cáncer y los ataques cardíacos. Desde una perspectiva antropológica, el estrés sirve a las mis- mas finalidades en la sociedad moderna que los fantasmas y los espíritus malig- nos en tiempos anteriores, dando sentido a las diversas desgracias y dolencias que de otro modo serían consideradas como meros juegos del azar...
Sería antiamericano aceptar una nueva causa para la enfermedad sin tratar de curarla o controlarla. En este sentido, no es de sorprender que los manuales de auto-ayuda se hayan sumado a la tendencia a enseñarnos a manejar el estrés. Entre la gama amplia de guías de auto-ayuda para aumentar el placer sexual, para for- mar un cuerpo perfecto y para el aprovechamiento de las capacidades mentales y emocionales ocultas se encuentra toda una cosecha de manuales dedicados a miti- gar el estrés.
Como siempre en el campo de la psicología, en la que constantemente pare- cemos estar redescubriendo la rueda, las ideas y el lenguaje usado para expre- sarlas puede remontarse a una era anterior. Por ejemplo, Platón y Aristóteles en la Grecia Antigua hace más de 2000 años tenían importantes y provocativos comentarios sobre los conflictos internos entre pensamientos, deseos y emocio- nes, que parecen bastante modernos, pero la palabra “estrés” no había sido inventada aún.
La trilogía básica de la mente comenzó con Platón que, simplificando, divi- dió la mente –a la que llamó alma– en razón, apetito y espíritu. En la actuali- dad los clasificamos como cognición, motivación y emoción. Estas facultades mentales, tal como se las denomina algunas veces –o mejor aún, funciones men- tales, de las que la razón se considera como la más elevada– a menudo entran en conflicto. Aristóteles siguió esta tradición pero añadió una idea muy importan- te en su libro Retórica (Aristóteles, 1941, Libro II) –a saber, que el modo en que una persona elabora un suceso causa nuestra reacción emocional al mismo.
Aristóteles escribió, por ejemplo, que la ira es el resultado de la interpreta- ción subjetiva de que hemos sido desairados por otra persona y esto ocasiona nuestro deseo de revancha. Así, Aristóteles contempló la cognición al servicio de la emoción así como su regulador. Este tratamiento es, que yo sepa, la pri- mera versión de lo que en la actualidad denominamos mediación cognitiva. En el Capítulo 3 del presente libro comento este concepto y el de valoración, que es la esencia de tal mediación.
La tradición de la Antigua Grecia del conflicto entre la razón y la emoción (pasión en aquel tiempo) fue adoptada y ampliada por un erudito, maestro y escritor romano, Séneca, cuyo principal interés radicaba en el control de la ira y de la violencia. Posteriormente, la necesidad social y personal del control racional de nuestras emociones se convirtió en la pieza clave de la Iglesia Católica Romana durante la Edad Media, que quería que sus seguidores adop- taran decisiones morales en las que los instintos animales o pasiones –tal y como se llamaba a las emociones hasta los tiempos modernos– fueran subordi- nados a la razón y controlados por la voluntad humana. En efecto, los clásicos veían la razón y la voluntad como procesos que podían controlar las emociones destructivas, haciendo inevitable el conflicto psicológico.