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En medio de la complejidad de un mundo cada vez más inmerso en las corrientes del mercado internacional y en el flujo de concepciones ideológicas, religiosas y políticas, dos grandes acontecimientos marcaron el panorama de aquella época: la revolución mexicana y la primera guerra mundial.

Desde 1911, con la caída de Porfirio Díaz, la vida política mexicana presentaba síntomas de una aguda transformación, cuyos componentes básicos eran la movilización popular de masas campesinas y la lucha de fracciones por el poder en esa sociedad. Lo nuevo ahora era la injerencia directa de los intereses norteamericanos en un problema que muchos estimaban como propio y exclusivo de la sociedad mexicana. La intervención externa jugaba de distintas

maneras, pero ahora se trataba de una intervención política y militar sin tapujo alguno por parte del gobierno de Estados Unidos.

Con el fin de ayudar a las fuerzas de Venustiano Carranza, a principios de 1914 el presidente Wilson levantó un embargo sobre armas destinadas a México y estacionó varios barcos de guerra en el puerto de Veracruz. El 21 de abril los soldados norteamericanos ocupaban el puerto, donde permanecieron hasta noviembre de ese año e inclinaron así la balanza a favor de Carranza. La intervención norteamericana en los asuntos internos de México había significado el apoyo de Wilson a Pancho Villa, pero cuando en 1915 éste entró en confrontación con Carranza, la posición pública del presidente Wilson fue de supuesta neutralidad. En enero de 1916, ante la ahora abierta oposición de Villa a los norteamericanos, una tropa de más de 10.000 soldados al mando del general Pershing entraba en México, esta vez por el norte, para perseguir durante cerca de un año a las fuerzas de Villa.

Para los colombianos, el asunto tenía doble importancia. De una parte, constituía otra expresión de arrogancia norteamericana, con su injerencia en los asuntos directos de estos países. "¡Otra vez Panamá!" era el clamor de muchos. De otra, la nación discutía el posible acuerdo con ese gobierno sobre el caso del istmo. Los periódicos locales difundían las noticias que llegaban, y hubo quienes, como don Nicanor y sus allegados, se formaron juicios al respecto.

El 25 de abril de 1914, precisamente cuatro días después de la ocupación norteamericana del puerto de Veracruz, don Nicanor escribía a su hermano:

Preocupado he estado con la guerra de Méjico y Estados Unidos, como desgracia de la humanidad que es toda guerra y por la resonancia que pueda tener aquí para la aprobación de los tratados. A riesgo de parecer poco patriota te digo que yo no estoy tan bravo con los yankees como casi todos mis conterráneos; parece que faltó Wilson a los preceptos del Derecho Internacional al no reconocer a Huerta, pero se hace cuestarriba, teniendo uno la fuerza, ir reconociendo a un vecino que sube al poder con un asesinato alevoso. Y luego, aunque los norteamericanos no tienen derecho a intervenir en querellas domésticas de otros Estados, es lo cierto que la larga guerra mejicana perjudica a sus nacionales y es mucha tentación intervenir para normalizar las cosas y dar salida al comercio propio, cosas muy materiales, pero que son las que hoy se pelean en todo el orbe, y las que se han peleado siempre. Finalmente, ese asesinato erigido en sistema por

años, da algún simulacro de razón, en nombre de la humanidad, para querer hacerlo cesar. En resumen, sin defender a los yankees, creo que los mejicanos tienen lo que se han buscado; y creo que así como en el asunto Tejas y en Panamá, los americanos buscarán pretextos para satisfacer su codicia, en esta ocasión van a la guerra más bien forzados, y sin intención hoy por hoy, mañana puede modificarse, de anexar territorio mejicano.51

También en Europa se advertían desde 1913 las primeras tensiones entre las distintas potencias. El detonante fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 28 de junio de 1914. La posterior represalia del régimen austro-húngaro en Servia y la progresiva participación de Alemania, Rusia, Francia, Italia, Inglaterra y otros Estados en el conflicto, desató la primera guerra mundial. A partir de julio de 1914 se precipitaron los acontecimientos de tal manera que durante cuatro años la contienda bélica alteró el desarrollo de las relaciones económicas internacionales y cambió decisivamente el campo de la política mundial.

Los efectos de la guerra europea no se hicieron esperar en Colombia. Como se ha dicho, la dificultad para importar productos de Europa creó una coyuntura favorable para la formación de industrias. Simultáneamente, la importancia del café en las exportaciones colombianas desplazó el comercio europeo y consolidó la primacía de Estados Unidos en el comercio exterior colombiano. Cuando estalló la guerra en Europa, Colombia destinaba la mitad de sus exportaciones a Estados Unidos. Cuatro años después, según reportes de comercio de ese país, la cifra llegaba al 82.4%.52 A mediados de 1915, don Nicanor Restrepo le escribía desde Nueva

York a su hermano:

La guerra se sabe mucho aquí día por día y no se le ve fin; el único hecho importante que yo alcanzo a ver es que los rusos están poco menos que fuera de combate, cosa muy decisiva, pues quizá el aporte de Italia es menor que el ya vencido ruso; en todo caso, ha de durar mucho.53

Poco después y en el marco de la propia guerra se desataría la revolución bolchevique en Rusia. Como es bien sabido, en octubre de 1917 el partido comunista con Lenin a la cabeza se tomaba el poder y se embarcaba en la consolidación de la llamada "dictadura proletaria".

Desde su posición como estudiante universitario, para Gonzalo Restrepo Jaramillo el impacto de la guerra ha debido tener gran resonancia; pero mayor aún sería la del triunfo de la revolución bolchevique. En el transcurso de su vida intelectual y política Gonzalo habría de

estimar que allí había surgido la más trascendental confrontación política del mundo moderno. Casi un cuarto de siglo después, cuando escribió su libro La crisis contemporánea, éste era precisamente el centro de su reflexión, sintetizada en una referencia suya al historiador Hilaire Belloc:

la revolución bolchevique no es una revolución económica sino religiosa. Religiosa con signo menos. Por lo tanto, es la antítesis de la civilización occidental, la negación implacable de cuanto amamos, esperamos y creemos.54

Diez años después, cuando era canciller de la república, su larga actividad política, su experiencia en los foros internacionales y su dedicación al estudio le habían permitido formarse un sólido concepto de lo que representó para la cultura y la sociedad de Occidente la primera guerra mundial. En una carta dirigida a su hijo Rodrigo cuando éste era estudiante en Estados Unidos, se refería precisamente a esa guerra, que en su opinión había cambiado definitivamente la faz de la política internacional y del mundo:

La borrasca que me tiene hondamente preocupado es la amenaza al mundo. Las noticias que tengo son sumamente malas de modo que estoy en la dolorosa convicción que

estamos en la víspera de una nueva guerra mundial, o mejor dicho, de la continuación de la que tenemos desde 1914, pues esto no es sino una inmensa revolución en varias etapas, de la cual ha de surgir sin duda una nueva sociedad, una nueva civilización, un nuevo sistema de vida. Para mí es algo parecido a la invasión de los bárbaros, a la caída de Constantinopla o a cualquiera de esos acontecimientos que transforman la fisonomía del mundo.55

La misma reflexión le servía de punto de partida para el análisis comparativo de los siglos XIX y XX, el cual dejó plasmado en un trabajo titulado "De siglo a siglo" y que se publicó en la Revista de la Universidad de Antioquia en 1961. Allí se puede reconocer la importancia que en la edad madura le otorgaba Gonzalo a la mencionada guerra:

La verdadera separación entre los siglos XIX y XX, no se produjo en 1900 sino en los cuatro años de la primera guerra mundial o sea, entre 1914 y 1918 [...] Fue esa ciencia descreída, orgullosa y técnicamente admirable, la que en 1914 se encontró de manos a boca con el estallido de la inmensa revolución contemporánea que estamos viviendo: la primera guerra mundial. La ciencia no estaba preparada para aquello [...], la humanidad

empezó a comprender y acabó comprendiéndolo del todo al terminar la guerra con el triunfo del comunismo en Rusia que la técnica sola no cura los males del mundo [...]. Las generaciones que hoy viven no pueden darse cabal cuenta, sin esfuerzo de meditación, del cambio que ha sufrido el mundo. Pero es que tampoco se la dieron los gobernantes que en 1914 lanzaron la humanidad al cataclismo. Basta leer la historia diplomática de los días que siguieron al asesinato del archiduque, los telegramas de los monarcas y los titulares de la prensa para comprender estupefactos que la humanidad entró al infierno con la misma inconsciencia con que entraba a los balnearios de moda. Nicolás de Rusia, Guillermo de Alemania, Francisco José de Austria, Poincaré de Francia, George de Inglaterra creyeron iniciar una de esas guerras clásicas que terminaban con pequeños cambios de fronteras y una nueva colección de héroes para los escultores de talento.56

Aunque este juicio es el producto de una elaboración que abarcó toda su vida, no cabe duda de que comenzó a incubarse en aquel joven estudiante que leía las noticias publicadas en la prensa, escuchaba los comentarios de sus familiares y amigos y de seguro planteaba desde entonces sus propios comentarios al respecto.

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